4 de diciembre de 2015

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...El trabajo de limpiar la casa no está bueno. Todas las mañanas me encuentro con el sillón tapado de latas de cerveza, el baño de abajo está siempre tapado. No logré que discutiéramos ni siquiera sobre fumar adentro, a mí me parece la peor idea.
Estoy yendo a la pileta de Fitzroy a hacer acquagym, la profesora nos grita desde el borde de la pileta como un general y es difícil no sentirse intimidado. Isaac y Lee van al mismo lugar a nadar, me ven desde los carriles, me saludan y se ríen. La otra noche llegué tarde de Trippy Taco y lo encontré a Lee en la cocina, nos quedamos hablando un rato y se hicieron como las tres de la mañana. Lee tiene mucho sentido del humor, es inteligente, me hace reír.
Entiendo lo que dice Oliver de robar, mucha gente piensa así. Sin ir muy lejos, mi madre. A los 15 años salíamos del colegio al mediodía con mi amiga Facetti y, en vez de ir a comer, íbamos a robar Tamagotchis al shopping. Se había corrido el rumor por el colegio y todos nos pedían que robáramos uno para ellos, teníamos hasta lista de espera. Éramos invencibles. Íbamos al baño del shopping y nos sacábamos Tamagotchis de la bombacha, del corpiño, de las medias. Nunca me sentí tan viva como cuando cruzaba las alarmas de la entrada, los primeros pasos afuera y la gloria, la fortuna infinita.
Estoy preocupada por mi hermana, llamé a Italia el otro día y me dijo que se le están cayendo los dientes y le sangran las encías. Acá Paul no deja de fumar porro y ya echó a dos personas más de la casa. Eran nuevos, no los conociste.
Te quiero.

Bárbara hablaba con su familia todas las semanas, yo la escuchaba porque los llamaba con su Tablet desde la habitación. Muchas veces yo estaba en mi cama, justo encima de la suya, o leyendo contra la ventana. Me encantaba escucharla hablar italiano, era como estar en una película. Hablaba un rato largo, caminando en círculos por la habitación con los auriculares blancos en las orejas. Era muy expresiva con su voz y casi no necesitaba gesticular. Cuando cortaba el teléfono siempre me contaba las novedades; su hermano estaba muy mal, necesitaba ayuda, a ella la preocupaba mucho, su hermana se estaba por casar. La madre se llama Rosa y es profundamente católica, los volvía locos con paranoias sobre los pecados desde chicos. Bárbara creció buscando el camino hacia la luz entre toda esa maleza. Su maestra de primaria había convencido a toda la clase de que podía escuchar los pensamientos de los alumnos. Cuando Susana se daba vuelta para escribir la fecha en el pizarrón, Bárbara cerraba los ojos y pensaba con fuerza, pidiéndole una ayuda que nunca recibió.
Unos años después del auge local del padre Antonio Carazza, íntimo amigo de Rosa, apareció la noticia en la televisión: el padre era un prófugo, convicto por tráfico de cocaína y armas. Desde entonces, la devoción de Rosa se convirtió en motivo de burla.

-¡Ay! ¿Qué va a decir el padre Antonio? 

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