17 de febrero de 2010

taxi grande, taxi pequenio

16.2.2010

Estaba tan cansada y tan perdida cuando salí a pasear por Tánger que ni las jeroglíficas direcciones de los locales me sirvieron para llegar a mi hotel (ni hablar de que en Tánger todas las calles son cuesta arriba –o abajo- y uno siente que esta escalando el Everest al recorrerlas). Me rendí y decidí tomar un taxi de vuelta; me pare en la esquina de una avenida –vaya a saber cual- a esperar un taxi vacio. La cosa es que iban todos no llenos, sino rebalsados de gente. Encontrar un auto se volvió misión imposible. Finalmente pare a uno que iba vacio: no hablaba español ni francés. Le di la tarjeta del hotel: no sabía donde era. Intente decirle que no importaba, que me quería bajar y caminar: imposible. El señor taxista empezó a parar a cuanta persona había por la calle y a preguntar donde quedaba el hotel. Mientras tanto, yo sufría pensando en cuanto me iba a costar esa lujosa jodita –aconsejan siempre arreglar el precio del taxi antes de subirte, cosa que yo no pude hacer por problemas de traducción. La cuestión es que gracias a la gran voluntad del taxista (y a sus magnificas habilidades de conductor en una ciudad caótica), llegamos a la puerta del hotel. Al momento de pagar, yo sufría: ¿Cuánto? Me muestra una moneda de 10 dinar (un euro). Zafe. Saco unas cuantas monedas, las empiezo a contar: tenía seis. El taxista me dice no se qué cosa, agarra los seis, me sonríe y me saluda. En el hotel pregunte por esta curiosidad de los taxis llenos: resulta que acá los taxis pequeños funcionan como una especie de transporte colectivo, se levanta a cualquiera que vaya en dirección del trayecto inicial. Genial.

Más tarde, cuando decidí irme hacia Assilah, Youseff me recomendó tomarme un taxi grande. ¿Taxi grande? Si, un taxi que espera hasta que haya seis personas que van hacia el mismo lugar (siete en total: dos adelante, cuatro atrás y el conductor) y parte. Es extremadamente barato, conveniente y aterrador. Mi primer viaje en taxi grande duro media hora, por una ruta sin luz y bajo una mega tormenta eléctrica. Éramos siete personas bien aparruchadas ahí adentro, como manda la regla. En un momento del trayecto, la señora sentada al lado mío empezó a emitir unos silbidos y pensé que se había dormido. Gire la cabeza el ángulo que me permitía el modesto espacio dentro del auto, quiera verla: no estaba durmiendo, estaba rezando (por nuestras vidas, probablemente).

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