20 de mayo de 2018

el fuego


            Lo que menos le gustaba a Lupe del invierno en Ushuaia eran las orejeras rojas que su mamá la obligaba a usar. La sensación de sordera que le provocaban la hacía sentir perdida. No las quería tocar ni con la punta de los dedos porque la felpa, al contrario de lo esperado, era áspera y le daba escalofríos. Entonces se le retorcía la lengua adentro de la boca, tocándole el paladar y la parte de atrás de todos los dientes. Fue así que descubrió su primer diente flojo una tarde en la zapatería. Se sintió afiebrada y no quiso sacarse la campera de plumas. Guardaría el secreto tanto tiempo como fuera necesario.

            Cuando su mamá atendía el local, Lupe aprovechaba para hacer las cosas prohibidas: ese día caminaba con el cuerpo pegado a la vidriera. El vidrio estaba empañado y le gustaba apoyar el dedo índice y arrastrarlo de punta a punta marcando una línea irregular. Un rinocergato. Solo a través de su dibujo, Lupe pudo ver hacia afuera. El reflejo de sus ojos sobre la nieve blanca le devolvía la atención. En el fondo sonaba una y otra vez la campana de la puerta, los zapatos eran un éxito.

            —Te digo la verdad: ahora que lo veo de nuevo, no estoy muy segura —escuchó que le decía una señora a la otra.

            Una chica se probaba un zapato de raso negro en su pie izquierdo. Se levantó del banco y dio unos pasos rengos hasta el espejo. Examinaba la imagen de sus pies como si fuera un acertijo. Lupe se distrajo de su propio juego para verla volver ponerse la zapatilla izquierda, acomodar el zapato sobre el estante, y alejarse del local acompañando el paso de sus piernas sobre la nieve con un amplio movimiento de brazos.

           

            Marisol cerró la puerta con llave antes de abrir la caja. Apiló los tres montones de billetes, contaba pasando cada uno de mano en mano con sus dedos largos. Movía la boca sin hacer ruido. Lupe recordó el robo de los cien dólares y le dio vergüenza. Intentar invertirlos en el kiosco de la escuela había sido un error de principiante. Por supuesto que alguien la delataría.

            — ¿Cuántos zapatos vendimos hoy?

            —Ninguno— respondió Marisol mientras volvía a guardar los billetes en la caja. No levantaba la mirada.

            La dejó ir a la casa de la tía Marta bajo la condición de que se pusiera las orejeras para salir. Lupe caminó por la avenida San Martín, las manos en los bolsillos y la lengua empujándole de a poco el diente flojo. Intentaba pisar sobre las huellas de los demás. Ningún zapato, ni un zapato. Se dio vuelta para volver a ver la puerta del local. Las mujeres pasaban de largo sin mirar hacia la vidriera, el viento frío las apuraba. Repasó los últimos días en busca de alguna falla, algo que haya podido enojar a los sensibles curspis, demonios de la isla.  

            Abrió la puerta de la casa de la tía y se sacudió las botas antes de entrar. Los chasquidos del fuego se escuchaban desde abajo. Roxana se arrimó a ver quién había llegado.
            — ¡Subí, hay tostadas con manteca!
            Lupe sintió el olor a jazmines y a madera quemada mientras subía las escaleras. Le gustaba saludar al cuadro que decoraba la entrada: su amigo canoero pescando en el río Lasifashaj, descalzo y con un cuero colgándole de las caderas. Siempre la miraba a los ojos.  

            La tía Marta estaba todavía trabajando en la librería. Con Roxana comieron las tostadas mirando Mr. Belvedere en el televisor del living. A Lupe le parecía que Roxana se estaba poniendo redonda. Marisol había dicho que eso pasaba cuando uno comía demasiada manteca, pero ella podía comer el doble de tostadas que su prima y no había notado cambios.

            Sonaron las llaves en la puerta, de nuevo alguien sacudiéndose el barro y la nieve. Los pasos en la escalera eran de Guido.

            — ¡Metí cuatro goles!

            A Lupe no la sorprendía, su primo entró con la cara iluminada por su sonrisa. Tenía los shorts blancos cubiertos de barro, las medias enrolladas sobre los talones. La saludó con un beso en la frente y se fue a bañar. Ella ya no pudo estar de la misma manera en el sillón con Roxana. La ausencia era la sensación más fuerte de todas. Cualquier ruido cerca del pasillo bastaba para que ella girara a mirar.

            Guido volvió un rato después. La película ya había terminado así que Lupe pudo ir con él al almacén, Roxana quiso quedarse porque no se sentía bien.

            Nahuel dormía sobre uno de los últimos peldaños de la escalera, les cortaba el paso. Tenía la cabeza hundida entre sus patas delanteras. Roncaba. Guido lo despertó tirándole de las orejas. Lupe quiso abrazar a su primo y pedirle que la llevara. No lo hizo, ¿qué iba a pensar él? No podía arriesgarse a que sintiera su miedo.

            Subieron por Piedrabuena hasta Magallanes. A ella la alivió que tomaran ese camino, no le gustaba bajar a Maipú y sabía que a Guido sí. A él le gustaba ver la bahía. Pero hacia el final de Maipú estaba el Museo, y adentro estaba el cóndor embalsamado. Las alas desplegadas, los ojos siempre abiertos. Lupe temblaba en su presencia, sabía que esas garras tenían poder suficiente como para llevársela en vuelo. Varias veces los cóndores se habían robado bebés al borde del río Pipo.

            Cuando doblaron en la esquina, Guido hizo un ruido profundo con la garganta y, moviendo la cabeza como una gallina, escupió una bola de mocos hacia el medio de la calle de tierra. Ella iba con la frente en alto, un copo de nieve se le había atascado entre las pestañas. Entre el parpadeo rápido, vio al canoero yámana de pie en la vereda. Tenía una piel de guanaco adulto colgada alrededor del cuerpo, por debajo sobresalían dos piernas flacas, casi de palo. No conocía el frío. 

            — ¿Yo puedo escupir?

            —Creo que las mujeres no hacen eso.

            Cuando hablaban de mujeres, Lupe pensaba en las señoras que iban a la zapatería, como aquella que se probaba el zapato negro, alta, un poco nerviosa. No pensaba en ella misma. Se preguntó si ellas escupían o no. Si perdería los dientes flojos al escupir, ¿los encontraría, tan minúsculos, por el suelo? Podría hacerse una corona. Debía tomar una decisión sobre qué haría ella misma respecto al acto de escupir, pero tampoco estaba apurada por llegar a ninguna conclusión. Consultaría con sus otros primos.

 

            Se despertó con el diente suelto adentro de la boca. El primer diamante para su corona. La reina de las montañas. Su propia saliva tenía sabor a metal. Se sentó en el descanso de la escalera a pensar en la carta, traía todo lo necesario en la mochila. Arrancó una hoja y eligió la birome de Pluto. Había traído un libro de su mamá para usar de apoyo. El amanecer de los brujos. Planeaba escribir una carta pidiendo la mayor cantidad de dinero posible a cambio de su diente. Dibujó un nueve y lo siguió de cuantos ceros le alcanzó la tinta. Al final, un gran signo de dólar. Cuando terminó le dolía la mano. Puso su diente en el medio de la hoja y la doblo hasta convertirla en un pequeño rectángulo. La sangre traspasó el papel y una pequeña mancha empezó a crecer en el sobre. Lo escondió debajo de la almohada.

            Lupe se recostó sobre la cama. Por la ventana entraba la luz de la luna y las sombras de una lenga. Con el dinero de su diente, Marisol no tendría que estar todo el día encerrada sin vender ni un zapato, podrían irse al campo a caminar sobre la nieve, a buscar guanacos, ella tampoco tendría que ir a la escuela ni a danza, le compraría a Guido mil kilos de yerba y le pagaría sus deudas con el almacenero. Recorrió su dentadura con la lengua y exploró el agujero que le había dejado el diente. La encía era blanda y suave. Marisol entró a la habitación a los gritos.

            — ¡Ponete los zapatos, ponete los zapatos!

            Camila ya estaba sentada en el auto envuelta en su manta azul. Miguel al volante tenía el motor en marcha. Tocaba bocina una y otra vez. Marisol empujó a Lupe por la espalda para que fuera más rápido, la nieve le mojó el pantalón del pijama, pero recién lo sintió cuando entró al auto y empezaron a andar. Pasaron por el presidio, nunca lo había visto tan oscuro, por primera vez se preguntó cómo serían las celdas de noche, qué fantasmas se habían quedado en la isla todavía cumpliendo su condena.

            Al acercarse al centro encontraron más y más gente en la calle, varios iban como ella, de pijama y campera. Se juntaban en grupos en las esquinas, conversaban con gestos de asombro. El olor a quemado llegó hasta el auto. El limpiaparabrisas se movía rápido, arrastrando los copos de nieve que empezaban a caer. En la avenida San Martín escucharon los primeros gritos y sirenas.

            Nevaba con fuerza. Las llamas ardían por encima del techo de la zapatería y se mezclaban en el cielo con los copos de nieve. La vidriera estaba destruida y por debajo del techo solo quedaban cuatro vigas carbonizadas que a duras penas sostenían la estructura. El humo negro ascendía en columnas. Curspi, pensó Lupe y tembló. Olía a plástico y a cuero quemado. La gente empezó a agruparse alrededor del incendio, algunos caminaban desorbitados gritando el nombre de sus familiares o sus mascotas, pensaba que entre ellos encontraría al canoero.

            Lupe se movía entre las personas en los brazos de su mamá. Sus piernas le rodeaban la cintura. Iban dejando atrás caras de pánico y de sueño. Se sacó las orejeras y las dejó caer al suelo. La despedida no le dio escalofríos. Cerca del fuego todo se movía a una velocidad acelerada. Marisol la dejó en el piso y la agarró de la mano. Observaron las llamas rojas que ardían sobre el cielo estrellado y llegaban a reflejarse en la bahía. Toda el agua del lago Fagnano no hubiese podido apagar el incendio. Lupe sintió una soga rasposa que empezó a apretarle el cuello, su corona de dientes estalló con una chispa. Sabía que su plan no había hecho más que atraer al espiritu de la desgracia.


5 de abril de 2018

La clase de piano


            A pesar de que la abuela Celia se había tomado el trabajo de destruir casi todas las pruebas de la existencia de su ex marido, Lupe todavía le preguntaba por él. ¿Qué hacía? ¿Cómo era? ¿Fue de él que había heredado ese dedo de martillo? El pasado está hecho de ficción y la abuela Celia lo sabía. Se tomó sus libertades a la hora de responder, era su derecho como sobreviviente reescribir su propia historia.
            Un día compró uno de los cuadros que tenían apilados en el fondo del almacén chino de la esquina de su casa. Era el primer plano de un niño rubio con una lágrima colgándole del ojo. Podría haber estado en cualquier lado. Cuando llegaron los nietos al almuerzo del domingo, ella les contó que lo había rescatado del sótano, era un viejo cuadro pintado por Guillermo. La reproducción de una foto que había encontrado en la Conozca Más, un chiquito de Chernóbil. Todos se le fueron encima, peleando por ser el primero en posar sus ojos sobre el arte del abuelo.
            Una dijo que en su habitación no le quedaban paredes libres, los otros no tenían espacio en el auto para transportarlo, otra se quedó dormida. Todos perdieron interés, salvo Lupe que seguía insistiéndole a su papá para que hiciera un lugar en el living de su casa. Miguel dijo ¡Nunca! Parecía que ese pedido le molestaba más que cualquier otro, pero Lupe ya sabía que a él le encantaba decir que no, sobre todo a ella. Ojalá fuera hija del tío Jorge, le respondía. Jorge vivía en Canadá y nunca veía a sus hijos, que se habían quedado en Ushuaia. Era marinero, viajaba en su velero censando esquimales y buscando material para justificar la teoría de Poirier. Lupe ya le había hecho todas las preguntas mientras jugaban con el globo terráqueo que la abuela tenía en su despacho. Jorge le señalaba con el dedo: había que dibujar sobre la superficie de la tierra un triángulo que ocupara una parte del Ártico, esa masa blanca al norte del planeta. Todo eso pertenecía a Canadá. Pasaba lo mismo con la Antártida, dijo, ese enorme triángulo de hielo debía pertenecer a Tierra del Fuego. Si hubiéramos nacido hace millones de años, vos y yo seríamos antárticos,  le decía con la mirada fija en el globo. Quizás, hasta nos hubiéramos bañado en el lago Vostok. A Lupe se le helaban los pies de solo pensarlo. También le habló de Emilio Palma, la primera persona en la historia conocida por haber nacido en la Antártida, fueguino y argentino como ellos. Quizás todavía paseaba por las montañas de Ushuaia, pensando como ella en la historia de su familia.
            Sobre su otro abuelo, Eusebio, Lupe había escuchado todavía menos. No sabía, por ejemplo, que el ocho de marzo de mil nueve ochenta y tres, mientras ella nacía en el hospital municipal de Ushuaia, él moría solo en una salita en el Impenetrable chaqueño. Eusebio Zaratu había nacido lejos del frío, en San Juan de Gaztelugatxe, País Vasco, hijo de una bruja y un molinero. Fueron cuatro hermanos varones y, como todas las familias, se dividían a la izquierda y a la derecha. Durante la Guerra Civil, Eusebio, Cesario y Manuel se alistaron con el Ejército Rojo mientras que Ramón se unió a la Falange. Solo Eusebio sobrevivió, perseguido, se coló en una embarcación rumbo al sur. Viajó ciento setenta días a través del océano y ni una noche sintió el canto de las sirenas. No se detuvo hasta llegar al Chaco. Un demonio le había contado todo a su madre en un sueño y, no pudiendo soportar la tristeza, ella y su marido se colgaron del asta del molino familiar.
           
            Lupe había heredado la mirada de un abuelo y las manos largas y flacas del otro. Fue por esas manos y por su prematuro amor por los nocturnos de Chopin que decidieron inscribirla en las clases de piano de la profesora Margot. Las clases eran en El Obrero y, aunque quedara a nueve cuadras de su casa, su papá la llevaba y la pasaba a buscar. En Ushuaia hace siempre frío y él andaba de mangas cortas y un cigarrillo encendido entre los dedos. A ella le encantaba caminar con él, aunque a veces iba lento a propósito para que llegaran tarde. No quiero que se me pongan a charlar en la puerta, le decía a Marisol cuando le reclamaba puntualidad.
            A Lupe no le gustaba el momento de llegar o de irse; disfrutaba más cuando ya se había acostumbrado al olor y a la disposición de las cosas, y sabía que todavía quedaba tiempo de disfrutarlas. En la clase de música odiaba también que Margot la besara. La había visto pintarse la boca y con el mismo bastón hacerse marcas rojas en las mejillas que después dispersaba con la punta de los dedos. Sentía que cada vez que sus mejillas se tocaban, algo de esa máscara tenebrosa se quedaba en su piel.
            En la clase no aprendían los nocturnos. En los ejercicios grupales Lupe tenía la libertad de esconder sus errores en el ruido de los demás. Mientras tocaba la tecla equivocada con el dedo chiquito o dos veces la misma vuelta, la punta de la lengua le colgaba al costado de la boca. Prestaba mediana atención a los ejercicios de ritmos y compases. Se distraía con las manos de sus compañeros. Los miraba marcando los dos tiempos, chocando el puño de una mano contra la palma de la otra. Las manos, los dedos, se movían todos distintos. Había dedos de mil tipos y algunas veces no coincidían con sus dueños: dedos cortos y gordos en un flaco, dedos pegajosos en una chica con cara de limpia. A ella siempre le decían que tenía lindas manos, qué dedos más largos y flacos, y se lo creía porque tampoco había visto a nadie con manos más lindas que las suyas. Algún día Chopin dejaría de ser un misterio.
            Hacia el final de la clase el hechizo de la música se desvanecía y el hecho de estar ahí, en una casa ajena cuando afuera se hacía de noche, empezaba a parecer una molestia. Los alumnos se convertían en intrusos y mientras guardaban los instrumentos rogaban por dentro no ser los últimos en ser venidos a buscar. Diez minutos después de la hora, Margot retomaba su rutina y la casa se convertía en un hogar ajeno. Otra señora aparecía como si nada por un pasillo y se movía por los espacios como si también viviera en esa casa.
            A Lupe no le había tocado nunca quedarse sola después de la clase. Esa tarde le había sobrado casi la mitad del paquete de galletitas del colegio y lo compartía con dos compañeras sentadas contra la pared.
            — Mis papás nos van a llevar a patinar sobre hielo. —Faltaba un mes para que se congelara la bahía.
            — ¿Podemos ir? — preguntó la que nunca se animaba a ir a ningún lado sola. La otra miraba de costado porque el plan no le interesaba, el hielo siempre le había dado malos augurios. Lupe asintió con la cabeza aunque no quería que fueran. Actuaba como si entendiera lo que pasaba a su alrededor.
            Un grupo grande de gente pasó por la ventana. Una chica llevaba un megáfono. La mitad de los habitantes de Ushuaia no cuenta con vivienda propia. A pesar de que el artículo 23 de la Constitución de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, cede derechos sin ningún tipo ambigüedad: “Todo habitante tiene derecho a acceder a una vivienda digna que satisfaga sus necesidades mínimas y de su núcleo familiar.” el Estado Provincial procurará… A medida que la muchedumbre se alejaba, la voz fue perdiendo poder. A veces practicaban eso mismo en la clase de música y Lupe lo entendía bien.  
            Primero vinieron a buscar a la que se invitó sola. Tres galletitas después buscaron a la otra. Lupe tiró el paquete vacío en el tacho de basura y volvió a sentarse contra la pared. Los tres hermanos Ochoa salían con las mochilas al hombro, quedaban solo Manuel y ella.
            Manuel estaba sentado en la esquina con las piernas cruzadas, las dos manos ocupadas en su Gameboy. Supo que estaba jugando al Tetris por la música que ya conocía de memoria.
            —El otro día hice cincuenta filas. —Manuel no levantó la vista. Ella pensó en cómo sería estar ahí con Emilio Palma, el único ser humano nacido en la Antártida, y no con el aburrido de Manuel. Seguramente tendría ojos helados, y la piel blanca y suave como la de un siberiano, esa piel que se usaba para mantener calientes a los niños. Voz de lobo. Sabría muchísimo acerca de la nieve. Y ni un poco de miedo al hielo, eso estaba claro.
            Lupe sacó su cuaderno pentagramado y empezó a dibujar. Le gustaba hacer la nota do, que era como un plato volador aunque no le sonara a nada. La dibujaba sobre cada línea y flotando por debajo y por encima del pentagrama. Las blancas le gustaban más que las negras. Después escribió idiota entre el cuarto y el quinto renglón. Alguien se acercaba caminando por el pasillo, cerró el cuaderno y lo guardó. Decidió hacerse la dormida, quizás lograba dormirse en serio.
            El timbre cortó su concentración. Abrió los ojos de golpe, pensó que así podía escuchar mejor quién era. Todo seguía igual: Manuel haciendo su vida en la esquina de la habitación, las manos de Lupe apoyadas en su regazo. Las mujeres no aparecieron y el silencio le hizo dudar si realmente había sonado el timbre.
            Volvió a sonar. Un rayo de luz atravesó la ventana y la habitación. Lupe acercó su cara al vidrio frío mientras los pasos volvieron a atravesar el pasillo. Esperó el sonido tímido de la voz de su papá. El brillo del sol no le permitía distinguir a la persona de pie en la vereda. Era un cuerpo alto cubierto con una capa negra que llegaba casi hasta el piso. Tenía hombros anchos pero no tenía rostro. Las manos largas y flacas.
            El abuelo, pensó Lupe. Vino el abuelo. Metió la cabeza adentro de la mochila. Las líneas del cuaderno pentagramado se veían enormes tan cerca de sus ojos y las notas le bailaban de arriba a abajo. Su propio aliento chocaba contra la cartuchera y lo volvía a respirar. En su boca se dibujó una sonrisa nerviosa.
            Pensaba en todo a la vez: el abuelo pintor, ese cuadro hermoso que nadie sabía apreciar como ella, el calor del denso bosque chaqueño, los dedos largos sobre las teclas del piano, la parrilla al fondo del jardín donde vivían y morían los conejos que le regalaba la abuela Aurelia. Chopin sonando en un piano furioso.
            La voz gravísima del hombre retumbó por las paredes del pasillo. ¡No quiero escuchar más a estos perros tocar! Y después un forcejeo, el quejido de la bisagra de la puerta en tensión.
            — ¡Váyase o llamo a la policía!
            — ¡Perros! ¡Perros!
            Manuel tenía cara de asustado, la música del Tetris seguía sonando. Lupe volvió a mirar por la ventana: el hombre de espaldas y en silencio. Giró sobre su eje y el sol contra la nieve le iluminó la cara, la nariz enorme. Estiró los brazos al costado del cuerpo como un cóndor y, mirando a través del vidrio y adentro de los ojos de Lupe, el gigante pegó un alarido que la hizo saltar y caer al suelo de panza.


23 de marzo de 2018

Las guachas

A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo,
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío.

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.


De: Poesía Vertical XII - 21 roberto juarroz
            Muchos años antes, la compañía de su padre la había hecho sentir que todo estaba bien, que nada podía pasarle. Se le ató el nudo detrás de la lengua. El olor de su papá, su familiaridad, habían sido todo el cobijo y la seguridad del mundo, con todos los rincones y accidentes que Julia ahora conocía. Y después se convirtió en aquel señor tierno que no podía leer, y después en nada. Ahora ella se cobijaba sola. ¿Había yerba? Pensó que podía hacerse unos mates, leer un rato, y después se encargaría de responder al mail de la despedida. ¿Iría?             Pronto sería su cumpleaños número treinta y siete. Ya eran más los cumpleaños sin ver a sus amigas que los que festejaron juntas. Pero ¿por qué aquellos todavía parecían eternos, cuando los últimos se apilaban ahora uno sobre otro, indistinguibles? Un viento desprolijo recorrió el jardín, la Santa Rita se sacudió unas cuentas hojas fucsia de encima. Terminaba el calor, de nuevo el comienzo del fin del ciclo de trabajo de la naturaleza. Le gustaban los colores del otoño, le parecía que iban bien con su nombre, Julia. Amarillo, marrón, rojo. El pasto se cubría de hojas, la Ampelopsis se hacía la muerta por meses. Cada otoño ella entraba su mecedora al jardín de invierno, una habitación de vidrio al fondo del terreno. Era el único lugar y momento en que lograba leer los libros de su mamá, cuya biblioteca había heredado hacía años. Se había impuesto la misión de leerlos todos, hasta el que menos le interesara, lo hacía por ella. Estaba fallando y se castigaba por haberse impuesto una misión que no le implicaba ningún placer. Cerró los ojos y escuchó la vieja voz de su mamá llamándola a poner la mesa. También la recordaba, años más tarde, leyéndole a su padre en voz alta, los dos tirados en la cama, abrazados, él largo y flaco como un árbol. Perdía sus anteojos todo el tiempo, entonces ella accedía a hacer algunas cosas en su lugar.

           
Una tarde en que se iban para el cine, su padre se olvidó los anteojos, no vio al ciclista, intentó esquivar la moto, resbaló contra el cordón, el árbol, la altura. El Citroën blanco de la infancia voló por el cielo como una gaviota invencible. La única que se había enterado era Merry, al menos había sido la única en intentar comunicarse con Julia. Un mail que ella nunca abrió. Recién entonces, con la muerte de su propia familia, se dio cuenta de que nunca había entendido el dolor de Coca al perder a Lidia. Sintió la soledad de la carga, de los rincones que no se pueden compartir, esos que se habitan de a uno. La pregunta que la persiguió durante muchos años era si, a pesar de todo, ellos la habían conocido de verdad. O si la familia había sido una grieta desde el nacimiento, que con el tiempo se abría, nunca lo suficiente como para alertar a nadie, pero con la suficiente constancia como para dejar a cada uno habitando su propia isla desierta. La vida de sus padres era una película que Julia había visto por la mitad.
             Poner la pava en la hornalla le pareció un ritual del pasado. En Lisboa usaban la calentadora eléctrica, el gas era un mal cada vez más innecesario. A Julia le gustaba mirar las llamas, una fogata en miniatura. Buscó entre los estantes y encontró el viejo mate de su abuela, el que había traído de Uruguay. ¿Y su vida? Para sus padres habría sido como un cuento corto, lleno de elipsis.
            Pensaba, sobre todo, en las noches en que se quedaba a dormir en lo de Gonzalo a escondidas. Inventaba alguna mentira para su mamá, casi siempre vinculada con alguna de las amigas. Llevaba su mochila del colegio, sus libros, sus útiles, su pollera cuadrille y la camisa blanca. Bibiana, la mamá de Gonzalo, no llegaba de trabajar hasta las siete, y tenían la casa para ellos. Era podóloga. Tomaban la merienda, ¿qué tomaba ella? Todavía ni había probado el mate y no le gustaba la leche. Tomaba un vaso de agua y comían galletitas, siempre de chocolate. Ella se sacaba los zapatos y las medias que el colegio obligaba a llevar altas hasta la rodilla. Se desabrochaba la camisa e iban arrastrando los pies por el piso de madera hasta la habitación, sin limpiar la mesa ni apagar la tele. Pasaban por el living con la ventana abierta de par en par para ventilar, el portarretratos con una foto de ellos bailando el vals en una fiesta de 15. Era la preferida de Bibiana. El cuarto de Gonzalo los recibía con los colores brillantes de un poster de Palermo con la remera de Boca. Se escuchaba el ruido de los autos por la calle, estaban cerca de la avenida. También estaban cerca del colegio, y le gustaba pensar que alguno de esos autos fuera el de su padre o, mejor, el de los padres de algún compañero de colegio que lo había ido a buscar a la salida. Mientras ella, ahí, en ese limbo de sábanas de autitos y posters de Boca, con las mochilas arrinconadas en una esquina, el ventilador girando lento en el techo y, bien pegado a la Julia adolescente, en la cama de media plaza, el cuerpo de Gonzalo. Y entonces todo el resto, el juego infinito que todavía no se habían animado a concluir, y a las seis y media vestirse, sentarse frente a la tele del living, comer galletitas de chocolate de nuevo y esperar a que llegue Bibiana. Después la cena, hablar de los planes para el fin de semana, del partido, de los amigos del club, mucho repetir: por favor, gracias. En una de esas sonaba el teléfono y él atendía, la madre le hacía un gesto porque estaban en la mesa y el desaparecía por el pasillo, dejándolas en la cocina con el ruido de la tele de fondo, las noticias de un mundo que Julia todavía no llegaba a entender. Bibiana le preguntaba por las materias, por las notas y se quejaba de que Gonzalo se llevaba muchas a diciembre, sugería siempre que él debería aprender de su novia, así decía: su novia, que era Julia, que estaba ahí. Nunca la función de novia le volvió a parecer tan fresca como entonces, se sentía alguien, parte de algo en relación a los demás. Antes de ir a dormir, pasaba por el baño. Se cepillaba los dientes con el cepillo de Gonzalo, mientras atendía a los envases con etiquetas rosas que eran las cremas de Bibiana. Entraba a la pieza y cerraban la puerta. Se cambiaba la pollera por un short de Boca y buscaba abrazarse a él, que ponía el compact de Rodrigo en el equipo de música y se desnudaba debajo de las sábanas. Ese sentimiento, que a Julia le pareció que duraría por siempre, había sido solo un momento. Un recuerdo que ahora duraba lo que tardó en calentarse el agua para el mate.


22 de marzo de 2018

Una lagartija no es una rata. Tampoco un sapo. No se puede tenerle asco a todo. Jose tampoco comía mariscos ni cebolla.
-Quedate tranquila, va a cazar todo lo que te asusta- inventé cualquier cosa. No tenía idea acerca del estilo de vida de las lagartijas. Quería estar en paz. Terminar el guiso. Hubiese preferido guisar con música. Girar la cuchara larga de madera al ritmo de una milonga. Quería que Jose estuviera, pero en silencio. Con los ojos cerrados, sin emitir opinión. Pero viva, eh. Que cuando le pidiera que descorche el vino, lo hiciera. Que el plup del corcho nos hiciera reir y mirarnos a los ojos, solo un segundo. La lagartija avanzó a través del techo.
-¡Pensé que estaba muerta!- Y saltaron las chispas del cortocircuito. Jose de pie sobre una silla.
-Le voy a pegar las patas al techo. - Hablé y después silencio. Era un lago negro. El animal con hambre, la boca seca, el estómago hecho bolsa, la lengua desesperada, las patas inmóviles y nosotras, comiendo el guiso como si nada.

15 de marzo de 2018

Las guachas


 La abuela había sido una pionera del paisajismo en el país, y Julia había sido su única discípula en la familia. Nadie había querido lidiar con su carácter, preferían dedicarse a cualquier otro oficio. El tío contador y la sobrina abogada no peleaban nunca. En cambio, entre Julia y la abuela la discusión acerca de los jardines ornamentales  duró hasta la muerte. Julia militaba contra el concepto de jardín ornamental, asumir que la naturaleza podía acomodarse a la función de adorno le parecía a la vez peligroso y estúpido. Pensó que quizás podía invitar a las chicas a su casa, podría sacar la mesa al jardín. No le gustaba salir a la tarde, el sol directo le caía mal. Soy como un filodendro, pensó. Me adapto bien al interior.  
            ¿Las chicas reconocerían la vieja casa de sus abuelos? Habían estado tantas veces ahí, festejando cumpleaños, de visita algún día del fin de semana, o esa tarde en que habían perdido a Julia en el Rosedal. Habían ido a festejar su primer día del estudiante a los bosques de Palermo. Fueron directo hasta el lago, a los barquitos de alquiler. No querían perderse de nada, el picnic iba a ser en el epicentro mundial del día de la primavera, del estudiante, del día de no ir al colegio y de estar en libertad. Se vieron envueltas en una guerra de agua que empezó entre los barcos de al lado. Dos pibes habían chocado los remos sin querer, un tercero se llenó la boca de CocaCola y la escupió encima de otro, los botes se sacudían sobre el lago marrón formando una espuma negra a su alrededor. Un pibe se tiró al agua, después otro, desde abajo sacudieron el barco de las chicas. Julia se tiró al agua, también Merry. Una lancha a motor atravesó el lago y los separó a todos. Julia quedó con los chicos del primer bote. La última vez que la vieron, alguien le alcanzaba el brazo para sacarla del barro. Fue El Coca la que horas después se animó a llamar a la casa de los abuelos para preguntar si había llegado. Nadie la veía hacía horas, tuvo que confesar que la habían perdido en el Rosedal. El Página/12 del día siguiente anunciaba la llegada de la primavera con una foto en blanco y negro del lago, los botes, Julia saltando al ataque de un desconocido hecho de barro, Agus riendo, Coca abriendo los brazos en cruz en señal de festejo, como su ídolo, El Diego.
            Tampoco se había deshecho del Ford naranja con el que empezaron a moverse cuando tenían 18. Julia era la única que tenía registro. Nunca lo quiso vender después de aquellos años; nunca la había dejado a pie. Pero contrario a lo que había creído durante mucho tiempo, nunca lo volvió a usar. Estaba metido en el garaje hacía años. La naranja mecánica, le decían, aunque ninguna sabía de lo que hablaban. El auto las había sobrevivido, como había sobrevivido tantas otras cosas. Aquella noche, por ejemplo, en que salieron al rio a tomar las botellas de champagne que se habían robado de la navidad en lo de Merry. Tomaron una botella cada una, sentadas en el auto con la radio y el aire acondicionado encendidos. Frente a la naranja, la luna llena reflejada en el agua. De ahí siguieron a la puerta de XaiXai, que ya estaba cerrado. Dejaron las puertas abiertas para que la música se escuchara afuera y salieron a bailar. Merry se sacudía de pie sobre el capot del auto. Agus luchaba por llegar al techo. Un momento de éxtasis. Una camioneta se acercó desde el fondo de la calle. Tardó en llegar por eso ninguna la escuchó hasta que estuvo estacionada al lado de ellas. El tipo que iba manejando dijo algo, y Julia fue la única que se dio cuenta. Pensó que le estaban pidiendo direcciones. Julia entendió que algo estaba pasando cuando dos sombras saltaron por encima de la caja de la camioneta. Una se arrojó sobre Coca. Eran dos chicas. Agus se tiró de culo por el parabrisas, rodó sobre el capot y cayó al suelo de rodillas. Adentro del auto ya estaba Julia. ¡Arrancá!, gritó Coca desde el asiento de atrás. Merry forcejeaba con una de las pibas. Le quería robar el reloj, a la vez intentaba entrar al auto por la ventana, Agus la tironeaba hacia adentro. La otra piba agarró a Julia por el cuello. Dame todo o les pego un tiro a todas. Un tiro a todas, dijo así. ¡Arrancá! La voz de su amiga le llegó desde lejos, Merry ya tenía medio cuerpo adentro. Puso primera y salió, le temblaba la pierna sobre el acelerador. Chicas, agachensé, suspiró intentando agacharse ella también. Solo pensaba en los tiros. Cocales hizo dar la vuelta porque le habían robado el collar de su mamá. Quizás se había caído al piso, ella sintió el manotazo y un tirón. Las demás no dijeron nada. La mamá de Coca había muerto el año anterior y nadie iba a cuestionar la importancia del collar. Volvieron y buscaron sin éxito. Otra cosa de Lidia se había ido para siempre. Todas la querían porque en su casa siempre habían podido hacer cualquier cosa. Casi nunca se enojaba. Una de las excepciones se dio cuando mancharon la pared del living con ponche. Lidia estaba furiosa y no había manera de sacar el manchón rojo de la pintura. Probaron con Cif y con vinagre blanco. Agus intentó rezar. La mancha persistió porque era una letra escarlata. Cuando Lidia estaba visitando a una amiga en San Francisco, las chicas decidieron hacer un festejo de cumpleaños especial para Coca, que cumplía 16. Hacía tiempo que querían hacer una gelatina de vodka, como decían que habían hecho las de cuarto año. Después del colegio pasaron por el almacén donde les vendían las petacas los sábados antes de cerrar y se abastecieron con una botella grande de aguardiente, una de ron, y una petaca de grapa. La gelatina-estrella tardaba en hacerse, así que las chicas decidieron empezar con las otras bebidas y preparar algunos tragos con hielo y jugo Tang, otra cosa que siempre había en lo de Coca. Tomaron en el living, Merry y Agus sentadas en el sillón floreado, las otras dos en los de mimbre. Llegó Gonzalo, que salía con Julia en aquel momento, con un CD de cumbia que había grabado en el ciber y algunas cervezas. Lo escucharon toda la noche en repeat. Merry terminó la botella de grapa con la nariz tapada. Agus repartió lo que quedaba del aguardiente entre los vasos. Volcó casi la mitad de la bebida sobre la mesa. Coca le pegó una piña en el muslo y ella se la devolvió saltándole encima. Intentaba agarrarla por la cabeza pero Coca se defendía. El sillón crujía debajo de ellas. Una pata cedió y la estructura entera se vino abajo, Agus y Coca cayeron al piso, Merry se apuró a tirarse encima de ellas con todo su peso. Gonzalo bajó dos vasos de aguardiente. ¡Miren lo que hago!, Julia subía las escaleras en medias, no podía mantenerse en pie sin agarrarse de la baranda. ¡Miren lo que hago!, volvió a gritar desde arriba. Se tiró de culo por la escalera, rebotando en cada escalón. Las demás treparon también hacia la cima, agarrándose de la baranda, de los brazos y los pelos de unas y otras. Todas querían llegar primeras. Gonzalo seguía sentado en el living cantando las cumbias. Las chicas caían por las escaleras y volvían a subir, invadiendo la música con sus risas, que eran imparables, como una sola risa enorme. Merry rompió el círculo para ir a la cocina, nadie se dio cuenta. Los culos seguían rebotaban sobre los escalones, la cumbia al mango, Gonzalo fumaba un cigarrillo. Julia iba por el décimo escalón, casi llegaba al suelo. El noveno, el octavo, ya empezaba a doler. Algo la detuvo, un golpe fresco en la cara. Se le había metido hasta en la nariz. Se mareó, tenía los ojos cerrados. Cuando llegó al último escalón se llevó las manos hacia la cara. Era la torta. La torta del cumpleaños que había comprado Lidia. La crema le chorreaba por las orejas. Merry se reía tirada en el suelo boca abajo. Julia la agarró de los pelos y le empezó a refregar las manos sucias por la cara. Todas estaban gritando. Agus se acercó corriendo y le estalló un huevo en la cabeza a Merry, el otro se le explotó contra su propia camisa. Perdió la ventaja y Coca se le vino encima, tenía el sachet de leche y las regaba a todas de champagne como en la Formula 1. Julia destrozó el paquete de harina sobre la cabeza de Gonzalo. La cumbia luchaba por ser oída. Merry se resbaló con la torta y cayó al piso, todas se le fueron encima. Agus aprovechó para renacer de sus cenizas. Volvió la ensaladera gigante llena de vodka y gelatina todavía líquida. ¡Poooooooooooncheeeeeeeeeeee! fue su grito mientras revoleaba el recipiente encima de sus amigas, de las cortinas y de la pared pintada de blanco. La risa les impedía hablar, ninguna podía ponerle freno a la batalla porque frenar era perder. Vaciaron la alacena: Chizitos, yogur, arroz, yerba, todo.
            Cuando sonó El campanero ninguna pudo resistir ponerse a bailar, Gonzalo en una esquina ya ensayaba los pasos de siempre. Enganchada venía El matador y después Mil lágrimas. La marea estaba enloquecida. Merry bailaba encima de la mesa con los brazos en cruz. Coca subió el volumen al máximo, las voces de Los Santamarta  hacían vibrar los vidrios de la casa. En el medio de la pista, Julia se empezó a vomitar encima. Corrió hasta la pared para sostenerse. La siguiente fue Agus, tirada en el sillón floreado. Merry vomitó afuera, eso le permitió encontrar la manguera. Cuando terminó, entró a la casa regando a sus amigas. Coca estaba inconsciente en la escalera. ¡Nunca me falteeees! ¡Nunca me engaaaañes! Gonzalo amaba a Antonio Ríos.
            La ropa terminó apilada en un rincón del baño de arriba. Las cuatro se metieron en la bañadera y lucharon por ocupar el lugar debajo del chorro de agua. Se reían y se resbalaban. A Julia se le ocurrió poner el tapón y que se tomaran un baño de inmersión. Fue difícil acomodarse, pero lo lograron. El vapor empezó a cubrir los espejos y la vigilia de las amigas. Coca descansó la cabeza sobre la espalda de Agus. La voz de Gonzalo las despertó. Apareció de pie en el medio del baño, la cara desfigurada. A las chicas les pareció que había tres o cuatro Gonzalos. Así que vos sos Lucas_River. Así que sos vos. Le hablaba a Julia. Había descubierto a Lucas_River, el secreto mejor guardado del grupo, el usuario de chat al que le habían dado vida para investigar a las demás compañeras, a los pibes que estaban buenos, a Nicolás y, por supuesto, a Gonzalo y sus andanzas en XaiXai. Al día siguiente fueron todas al colegio usando las bombachas de Lidia.

11 de marzo de 2018

9 de marzo de 2018

Las guachas



Los planes      
            La última vez que se habían visto había sido en el bingo del colegio, a donde habían llegado presas de la intriga de ver al resto de sus compañeros en versión adulto-joven, y donde no habían encontrado más que a Caro Moore, nieta de la dueña del colegio, y a Mariano Díaz, con el pelo largo y los anteojos de siempre. Esa noche se discutieron algunos rumores, Guíligan se había vuelto loco y ahora trabajaba juntando papas en algún lugar en el norte de Estados Unidos, Gigi ya había tenido hijos. Recordaron las veces que le escondían a Chip la cartuchera abajo del banco del profesor. Un repertorio cansado. Cayeron en la trampa, pero después del bingo ninguna volvió a pisar el colegio.
              Julia creía, por nunca haberla cuestionado, en una línea divisoria entre el pasado y el presente, una frontera que jamás se le había manifestado pero con la que siempre había contado.          Su amistad no tenía nada que ver con el presente. Las unía un pasado en común, un terreno tan infértil que no hacía falta regarlo. En el aeropuerto, minutos antes del embarque, Julia se pidió un café con un pastel de nata. Le sudaban las palmas de la mano, pensaba en Buenos Aires. En el calor. Pensaba en las tardes de la escuela, hacía tantos años, los shorts de jean, darse besos en la vereda, contra las rejas o las cortezas de los árboles. Pensaba en las baldosas, las cucarachas en el verano. Cómo eran, desprolijas, unas adolescentes deformes jugando a ser minas, jugando mal, imaginando cualquier cosa. Fumando a propósito. Maquillándose con marcadores negros, poniéndose estrellitas en la cara, los pañuelos en las muñecas.
            En la mesa de al lado había una familia de franceses, la hija alta, flaca, de pelo de sirena y vestido de flores, sus piernas largas y lisas. La sintió más adulta que ella. Más adulta que ella a los catorce, y que ella a los treinta y cuatro. Las pibas de hoy las hubiesen comido crudas.
            Julia esperaba a que se enfriara su café, abrió el sobre de canela y lo espolvoreó sobre la crema del pastel. Hizo lo mismo con el azúcar impalpable y se chupó las puntas de los dedos. Sonó el teléfono. Un mail de Tina. Debe estar reenviando algo. Una cadena de oración. ¿Habían llegado a ese momento de la vida en que perdían el pudor cibernético? Probablemente sí.
            Agus. Así la había conocido Julia a los ocho años. A los quince, más o menos, Agus se dio cuenta de las opciones que su nombre le daba. Tina no se llamaba nadie, y en el secundario ya había tres Agustinas, ninguna particularmente llamativa. Tenía que alejarse de ese nombre. Tina, además, sonaba más sofisticado. Le tomó mucho tiempo sugerir el nuevo apodo, y nunca logró que prendiera del todo entre sus compañeras. Firmaba al costado de la hoja rayada: Tina Torres. Esperaba que el cambio comenzara con los profesores, que la llamaran en voz alta leyendo los márgenes de sus hojas. La primera vez sería con dudas, ¿Tina Torres?, se imaginaba a Grace, la de matemática, mirando por encima de sus anteojos, la mirada incrédula. Entonces Agus levantaría la mano y diría Si, acá, con total naturalidad, una y otra vez, cada día de clases, hasta que su antiguo nombre quedara enterrado para siempre. Unos meses más tarde, fue la primera vez que Julia la llamo por el nuevo apodo. Estaban todas en el casusho. El casusho quedaba justo en frente del kiosco de Richar, donde podían comprarse los pebetes del almuerzo y cruzar la calle sin perder a ninguna de las chicas de vista. Podían vigilar su espacio, guardarse el lugar. Merry era la primera que llegaba a la entrada de los PH porque su mamá le mandaba el picnic. Patitas de pollo, jugo Tang de naranja. Julia, casi siempre, pebete y helado, lo mismo Tina. El Checho comía a veces en el comedor, no siempre estaba en el casusho. Dejaban tantas migas después de comer, que la vereda explotaba de palomas todas las tardes. Los dueños se fueron a quejar a la escuela y no tardaron en identificarlas. Merry dijo que ella siempre comía en el aula sola, mentía sin parar porque le encantaba mentir y hacer el mal en general. Como cuando obligaba al gordo Esquilachi, de séptimo grado, a dejarle dos porciones de torta de chocolate al precio de una en las ventas para el viaje de egresados. Nunca supieron si Esquilachi le tenía miedo o si estaba enamorado, pero a Merry no le faltó la comida en los recreos.
            Las demás lo hacían también, muchas veces robaban en el kiosco de Richar. Ahí había que tener cuidado porque era el tío de Carolina Moore, la nieta de la dueña. Carolina no podía enterarse. Y para eso, no debía enterarse ninguna de las pibas de su grupo. Fácil. Aquel año, las otras chicas fueron el enemigo por un sinfín de razones. La guerra terminó en diciembre, cuando Miss Glenys entró a la clase y las encontró divididas en dos fuertes detrás de sus bancos, revoleándose cartucheras y manojos de lápices a través del aula. Las sacaron de a una, y de a una las entrevistó Miss Christine. Todas recibieron un castigo diferente acorde al nivel de participación que habían tenido en el enfrentamiento armado. Merry y Luli, pescadas in fraganti agarradas de los pelos, pegándose patadas en el medio del aula, sufrieron las consecuencias más duras. Un mes de sentarse juntas, sin recreo y sin jugar al futbol. El futbol fue lo que más le dolió a todas, después de tanto haber peleado con los varones por un horario para usar la cancha.
            Al final también abandonaron el casusho, porque lo único que querían al mediodía era ir al Tren de la Costa. Todos los pibes de los colegios del barrio iban a comer al Mc Donald´s del tren. El San Mateo era el que más lejos quedaba. Las chicas comían sus combos en tiempo record, y volvían al trote, muertas de risa. Cruzaban la puerta con el timbre, las gotas de sudor cayéndoles por debajo de las camisas blancas, los pelos en cualquier lado, las medias enroscadas dentro de los zapatos. El corazón latiendo a mil debajo del corpiño.
            En una de esas idas al tren fue que se les ocurrió empezar a planear una fiesta. La fiesta más grande de la historia, del barrio, más grande que XaiXai. Había que lograr que alguien pusiera la casa. Fue fácil: los papás de Guadalupe dijeron que sí. Guadalupe no era del grupo de Moore ni de Las Guachas, era una del tercer bando. Las que ni fu ni fa. Nunca se había revoleado cartucheras por la cabeza con ninguna compañera. La casa perfecta en Munro. Repartieron invitaciones en las fiestas del Praga, en el rio y en la plaza de Olivos, y pasaron por todos los cursos del secundario. Estuvieron semanas bajando canciones, corriendo rumores, pensando en qué ponerse, arengando al resto de la clase. La fiesta más grande del mundo. El golpe maestro lo había dado Julia al publicar la dirección de la fiesta en la pantalla gigante de XaiXai.
            La casa de Guadalupe rebalsaba de gente, desconocidos en las habitaciones, los baños, la cocina. Algunos revisando los estantes y cajones. Estallaba. Pasaron varias horas y escándalos aislados, cuando enchufaron el micrófono a los parlantes. Soy la mamá de Guadalupe, dijo, y procedió a echarnos a todos de su casa. Unos minutos después, Kali Rogers volvía a tocar el timbre, llorando, buscando asilo. Alguien le había robado en la puerta de la fiesta, lo habían amenazado apretándole con un cuchillo en la panza. Mostraba la manchita rosa y lloraba como un bebé, y fue muy fuerte verlo a Kali así en aquel momento en que ellas se sentían tan enormes. Llegó la policía, a Julia le desapareció la cartera. La fiesta negra, la llamaron de ahí en adelante. La fiesta negra de Munro.
            Unos días después, los padres del curso organizaron una reunión en la casa de Guadalupe para discutir lo que había pasado esa noche. La mamá de Merry se animó a hablar, sin saber que su hija había sido una de las perpetradoras del desastre. Lo que pasa acá es que las chicas se juntan con gente de colegio de número. Julia se levantó del suelo desgarrándose la pollera con los dedos largos y huesudos. Anette, sos una racista, le gritó bajo la mirada de todos. La mamá de Guadalupe interrumpió las acusaciones para anunciar que faltaban varios objetos de la casa, entre ellos un abrelatas eléctrico que había traído del último viaje a Disney. Alguien había arrancado los empapelados del baño de arriba. Julia se preguntó si había sido Georgina, la piba del Ricardo Gutiérrez que tenía claustrofobia y se volvía loca cada vez que estaba en un baño encerrada. Era probable.
            Las chicas no se tomaron el asunto a la ligera. Iban a recuperar los electrodomésticos así tuvieran que pelearse con todo el barrio y el partido de Vicente López. Se dividieron el trabajo y cada una se acercó a los grupos de amigos que habían estado en la fiesta negra de Munro. Nadie admitió haber robado nada. Las chicas nadaron en un mar de inocencia, hasta que el lunes sucedió lo peor. Corrieron al mediodía hasta el tren, excitadas y contentas, y mientras hacían la cola para pedir el combo, alguien gritó desde las mesas: Acá tengo tu abrelatas. Todos se rieron, todos, hasta los que no habían ido a la fiesta. Alguien gritó otra cosa mucho peor un poco más lejos, después alguien más.  

            El mail de Tina tenía el asunto Los años no pasan solos. A Julia le pareció una tontería, una frase vacía de alguien cuyo rostro no recordaba ya muy bien, al otro lado del océano. Una señal electrónica desde otro planeta. Otro tiempo. Los años no pasan solos pero tampoco acompañados, el tiempo no es un personaje sino nada más que cambio. El café no le alcanzó para todo el pastel. Tendría que rellenar su botella de agua antes de subir al avión.
            Chicas, como algunas sabrán, quizás otras no, después de tantos años, finalmente se casa El Checho. ¡Hagamos juntada! No podemos no hacerle una despedida de soltera, ¿no? Estaría bueno juntarnos para pensar qué hacer, yo los jueves a la tarde puedo, hay un barcito en Dorrego y Amenábar, ¿pueden?
            Cuando el taxi la dejó en la puerta de su casa dio un respiro hondo, como si acabara de volver a la vida. Dejó sus valijas en la habitación y se fue derecho hacia el jardín. El pasto estaba brillante, tupido, ni corto ni largo. Era precioso. Los inquilinos lo habían cuidado bien. Julia se sacó los zapatos, la tierra todavía estaba húmeda. Caminó hasta los zapallos en la esquina, las flores amarillas eran la puerta de entrada siempre. Ya había pasado la cosecha. Hacía el centro del jardín, los girasoles, el pimiento morrón. Hacía años había rociado el fondo entero con semillas de No me olvides que había conseguido en Ushuaia. Era el fin del verano y las florcitas celestes se empezaban a marchitar.   
            El jardín era su parte preferida de la casa. Lo habían diseñado con su abuela Sus en los años en que Julia todavía vivía con sus padres, y el abuelo era el dueño del terreno entero. No había sido un proceso fácil y divertido como se lo había planteado Sus de entrada, nunca lograba llevar a cabo sus planes como se lo proponía. A la abuela le sobraba amor pero le faltaba paciencia. Cuando la veía hacer algo mal, sacaba a Julia del medio y terminaba el trabajo ella misma. Se ponía nerviosa.
             La abuela había sido una pionera del paisajismo en el país, y Julia había sido su única discípula en la familia. Nadie había querido lidiar con su carácter, preferían dedicarse a cualquier otro oficio. El tío contador y la sobrina abogada no peleaban nunca. En cambio, entre Julia y la abuela la discusión acerca de los jardines ornamentales  duró hasta la muerte. Julia militaba contra el concepto de jardín ornamental, asumir que la naturaleza podía acomodarse a la función de adorno le parecía a la vez peligroso y estúpido. Pensó que quizás podía invitar a las chicas a su casa, podría sacar la mesa al jardín. No le gustaba salir a la tarde, el sol directo le caía mal. Soy como un filodendro, pensó. Me adapto bien al interior.  


19 de enero de 2018

Lúcifer


                Yo siempre supe de la importancia secreta de algunas cosas, siempre pude distinguir lo valioso de lo demás. Al principio lo llamaba intuición, pero más adelante acepté que se trataba de un don.
                Cuando lograba salir de casa, cuando cada antojo de papá había sido satisfecho, en esos momentos, la vida se me aparecía como un milagro. Claro que a él nunca le decía que salía de paseo. Él lo sabía de todas maneras. Era un pacto implícito entre ambos para sacarnos de encima mutuamente. Le decía que iba a la lavandería, a comprar harina, al zapatero, a la iglesia a saludar a Juanita. Creo que me gustaba mentirle. No tardes, me rogaba él con su cara fingida de indefenso. A las cuatro empieza la novela y Zulema se distrae.
                Yo salía a la calle con el corazón de fiesta, caminando rápido, esquivando personas, resoplándoles en la nuca, queriendo recorrer mi barrio a toda marcha. Llegar al parque era siempre mi objetivo. Ahí me sentaba en el mismo banco siempre, y me ponía a respirar el aire cristalino del invierno, a escuchar con atención las conversaciones de la gente que paseaba alrededor. Cuando no llegaba a escucharlos, inventaba diálogos posibles, disputas familiares, traiciones, deseos desmedidos en el medio del parque. Y es curioso que entonces pensara en papá.
                Recordaba, al volver a casa, escenas de mi infancia. Las verdades sobre las que había edificado mi vida. Pensé que el pasaje a la adultez fue el momento en que esas verdades empiezaron a detonar. Todo esto porque recordé aquella mentira de la infancia, que vino preñada de consecuencias. Un mediodía durante un almuerzo familiar en lo de los tíos, mi hermano me preguntó qué era un gaucho. Mi papá lo escuchó de casualidad y se puso a contar toda la historia del gaucho Martín Fierro, y nos habló del libro que nuestro tío abuelo había escrito sobre él bajo un nombre falso. Nos explicó que la gente usa nombres falsos para huir de la fama. El tío abuelo era famoso.
                El tío abuelo no era famoso, el pasto quemado del medio del patio no era consecuencia de un meteorito, el vagabundo del barrio no era el legendario viejo de la bolsa. Pensaba que la entrada a la adultez había tenido la facilidad del abandono; sin expectativas, me había sumido en un mundo regido y habitado solamente por mí y por aquellos a los que mi vida se encontraba inevitablemente ligada: mis padres y mi abuela materna, que contaba como tres familiares. Le encantaba maltratar a mi mamá, a mí me gustaba cuando le decía: Sacate esa mirada de que sos dueña de todo lo que hay bajo el sol.
                Mis abuelos compraron nuestro terreno y con un crédito del banco construyeron las dos casas. Ellos vivían en la grande y dejaron la de atrás para las visitas, los futuros hijos, los nietos. Él trabajaba en la policía federal y ella se encargaba del jardín, las compras y la comida.  Cuando mis padres se casaron, mi abuelo ya estaba enfermo. Decidieron prestarles la casa grande y mudarse ellos a la casa del fondo bajo la condición de que mis padres –y los hijos que tuvieran- se encargaran del cuidado de la familia. Siempre supuse que mis padres aceptaron aquel trato con la esperanza de tener muchos hijos a quienes relegar aquella tarea y de que los abuelos murieran relativamente pronto. Ninguna de esas cosas sucedió. Mi abuela viviría muchísimos años.
                Después de que mamá nos abandonara, los cuidados de su madre quedaron a cargo de papá y yo. Él, no muy a gusto con la idea de tener que lidiar con su ex suegra, dejó a la vieja a su suerte en la casa de atrás. Durante varios años yo me encargué de ella, adentrándome todos los días en su mundo del fondo, al que se accedía por un pasillo oscuro, cubierto con una parra seca. Abría la puerta oxidada y con calculada destreza atravesaba la cocina evitando respirar el olor a viejo del ambiente que igual entraba por mis poros. Subía la escalera cubierta de una alfombra vieja de color incierto y encontraba a mi abuela en su habitación. Siempre la encontraba igual: acostada, con la espalda apoyada sobre el respaldo de la cama, un cenicero en el regazo y un cigarrillo en la mano. Aunque estuviera adentro, llevaba siempre sus anillos, sus aros de perlas y su maquillaje. El televisor encendido pasando algún programa de chimentos. Quizás, mientras sus ojos vacíos se dirigían hacia el cuadrado luminoso, su mente se dirigía hacia sus recuerdos. Su infancia en Banfield, quizás, o su noviazgo con José, anterior al que había tenido con mi abuelo.
  Cuando la abuela me necesitaba, llamaba por teléfono a casa. Me pedía que le fuera a cambiar el canal del televisor porque no encontraba el control remoto entre las sábanas o que le trajera papel higiénico del baño para sonarse la nariz porque alguna película la había hecho llorar. Una vez ahí, me pedía que le alcanzara a la cama el arma del abuelo; yo algunas veces lo hacía y otras no. Cuando lo hacía, mi abuela se recostaba completamente horizontal sobre el colchón y yacía abrazada a la escopeta. Yo me quedaba por horas ahí, sentada sobre la alfombra en una esquina. Todo en la habitación estaba recubierto: la alfombra, las paredes forradas con papeles pesados y telas, el enorme cubrecamas manchado por los años, los manteles sobre las mesas de luz y la mesa del televisor. La luz era amarilla. Todo tomaba ese tinte: los envases, la heladera, la pantalla del televisor, las esquinas. El amarillo era la presencia del paso del tiempo. Antes de irme, guardaba todo en su cajón, cerrando con una llave que me encargaba de esconder en la cocina entre las latas de galletitas.
Después dejé de ir. Ella siguió haciendo llamadas a casa durante un largo tiempo aunque nadie la atendía. Empezó otra etapa. Misteriosamente consiguió los números de los vecinos de la manzana y los llamaba a ellos. Los vecinos vinieron a golpear la puerta de casa con cara de pocos amigos instándonos a que cuidáramos de ella y amenazándonos con denuncias a la policía.
Un día la abuela vio una película sobre dos viejos que se conocían en una confitería y se enamoraban. Empezó a salir de la casa vestida con escote y las joyas que le había regalado mi abuelo, los labios delineados para que parecieran más gruesos. Se sentaba así durante horas en el bar más concurrido del barrio, donde la pudieron ver vivita y coleando los vecinos que entonces nos empezaron a creer a papá  y a mí.  
Cuando los vecinos dejaron de responder a sus llamadas, mi abuela abandonó el bar. Comenzó a discar números al azar. No se preocupaba ni siquiera por que los números tuvieran siete dígitos; hacía llamadas a larga distancia y hablaba por horas con gente de la provincia, explicándoles su lastimosa situación y pidiéndoles que tomaran nota de los últimos deseos de una vieja sola y moribunda. Total, la cuenta de teléfono la pagábamos nosotros. Así fue que un día llegaron a casa habanos de Cuba, patas de jamón desde España, perlas de Japón. Fue un verdadero despliegue del mágico poder de mi abuela.
Con el tiempo, cuando sus aventuras telefónicas ya habían sido descubiertas, cuando su historia ya había salido en noticieros de cuatro o cinco países vecinos y hasta ya había tenido algunos admiradores, mi abuela enloqueció. Una mañana anunció que a partir de entonces sólo hablaría con la diputada nacional Margarita Stlovizer, se encerró en su casa y no volvió a hablar con nadie. Con papá no sabíamos qué hacer porque aunque mamá se hubiera ido y ya no quedara nadie de su familia, temíamos que algún vecino nos acusara finalmente con la policía y tuviéramos que hacernos cargo de un caso de negligencia. Papá tuvo una idea brillante que yo tuve que llevar a cabo:
-Hola señora, aquí le habla Margarita Stolvizer. ¿Cómo se encuentra usted?
Entonces la abuela me contó una historia tristísima de desamor y soledad y Margarita le rogó que tomara el antidepresivo, guardara el arma y se fuera a dormir. Un día, finalmente, la abuela se dio un disparo accidental en la pera y murió.
Durante un largo tiempo, papá y yo no intercambiamos palabras; él tan solo se dirigía a mí para darme algunas órdenes respecto a la casa y yo le hablaba a él para pedirle plata para las compras del almacén. Todo cambió de manera repentina cuando apareció Mariana en nuestras vidas. Papá la había conocido un domingo volviendo del súper en una escena clásica de ruptura de bolsa y desastre de víveres. Mirada, mirada, el tiempo se detuvo. Sonrisa, mirada. Levantaron primero las frutas redondas, se incorporaron, se estiraron la ropa. Alguien dijo la primera palabra. El tiempo volvió a correr. Aquel día fueron a tomar un café y a partir de entonces empezaron a verse fuera de casa. Yo me sentí en las nubes durante un año: todo aquel espacio, todo aquel tiempo solo para mí. Nunca venían, y creo que era por el fantasma de mamá.
Mis mejores noches eran cuando papá se quedaba en la casa de Mariana. Entonces podía sentarme en la cocina a tomar un té caliente, sobando de la taza sostenida con ambas manos, sintiendo cómo el vapor me abría lentamente los poros de la nariz. Entonces había un silencio arrullador como las olas del mar y yo podía estar en el espacio, meditando y juntando fuerzas para lo que haría a continuación. Al final de la taza me levantaba, me calzaba con las pantuflas de papá y salía por la puerta de atrás. Atravesaba el pasillo de la parra seca, abría la puerta que relinchaba y ahora ofrecía todavía más resistencia, y entraba a la casa. En la cocina, me acercaba al mueble esquinero y hurgaba entre las latas de galletitas para encontrar una llave. Un rato después, me acomodaba horizontalmente sobre la cama de mi abuela; a mi lado yacía la vieja escopeta de mi abuelo.      
Yo empecé a esperar la visita con ansias, quería conocer a Mariana. Me atacó una terrible soledad. Durante el día no podía parar de ir al baño a mirarme cómo estaba vestida, cómo estaba peinada. Una y otra vez la misma rutina, con el corazón lleno del deseo de que en cualquier momento sonara el timbre y fueran ellos.
Hasta que un lunes me levanté y encontré a papá en la cocina. Preparé un té, aparté una silla y me senté a la mesa. Sostuve la taza caliente entre mis frías manos durante un segundo, me puse de pie, alejando la silla con mis pantorrillas. Recorrí la casa de forma lenta, sigilosa, llevando la taza entre mis manos, buscando a Mariana.
Pasé por la puerta de la habitación de papá y me pidió que le alcanzara la Biblia de la biblioteca del living. Inocente, sin saber que en ese mismo momento me estaba estableciendo como la cuidadora de mi padre y sus necesidades, hice lo que me pedía. Papá, en posición horizontal, recibió la Biblia con ambas manos tensas, al acecho. Lo vi abrir el libro y leer en voz alta: Y mirando él atrás, los vio, y los maldijo en el nombre de Jehová. Y salieron dos osos del monte, y despedazaron de ellos a cuarenta y dos muchachos.  Un rato después, entró a la cocina y me pidió que encendiera el horno. Lo abrió y metió la Biblia dentro. La casa se llenó de humo y pronto los vecinos tocaron el timbre preocupados o curiosos por saber si la desgracia había tocado a nuestra puerta una vez más. Papá me pidió que saliera y los mandara al demonio.
Cuando uno piensa en el sonido del llanto, piensa en algo así como un susurro seguido de algunas aspiraciones. Escuchar a alguien llorar es como escuchar al viento que se cuela por los accesos involuntarios de una casa, el espacio entre la puerta y el piso, entre una y otra hoja de la ventana. Pero nada de eso había en el llanto de mi padre. Supe entonces que Mariana no vendría.
¡Cuánto de contagioso hay en el dolor!
Apagué la luz del living, y desde la entrada me tomé un minuto para observar aquel cuadro. Mi padre, como un muerto, reposando sobre el sillón, como un muerto, con los brazos cruzados sobre su pecho y los pies calientes sobre la mesa.
Encendí el gas de una hornalla y lo dejé llenar el aire durante unos segundos. Después unos segundos más. Tenía la caja de fósforos en una mano pero no quería encender el fuego. Sostenía la perilla de la hornalla. El olor a gas me despertó como una cachetada, encendí un fósforo y puse agua a calentar. Elegí una taza color naranja del estante y desenvolví un saquito de té. Papá guardaba sus pastillas en la heladera. Decidí tomarme una para poder retomar el sueño. Saqué una del pastillero y antes de que me diera cuenta, la había hundido en el agua hirviendo. Como poseída, saqué otra y otra y hundí en el agua una y otra y así unas quince o dieciséis veces.