9 de octubre de 2017

1
el tren Madrid-Avignon
recorta constante
los kilometros que solían ser
     mar abierto.

cuando frena en tu ciudad
aprieto la llave en las manos
la puerta abierta da mil puertas
un solo paso y el mundo.

o quedarme
quieta bien quieta
hasta que se cierre.

2
llegar
y no ver a los monstruos
es como no llegan aun.

Solo el tigre entiende
mis ladridos de orate,
cuando lloro como la liebre
o canto entre las ramas invisibles.

3
de nuevo la casa, un rompecabezas
es el espejo del mismo día, un año atrás

y nosotros
¿qué espejamos?
nos sacamos la mugre
y nos volvemos a entender.

4
siempre
encuentro la manera de encontrar
PARTES:
ahí estaba tu ojo izquierdo.

la mujer a tu lado era
como una madre
como una novia
y yo, en frente, te miro
y te toco
te digo al fin, la encontré
la siempre extraviada,
mi parte favorita.

5
verde verde rojo,
seis platos hacen una zebra.
el perro se quedó en parís
las cigarras cantan a sus anchas.

6
te sopló los pelos de la frente
tan veloz: la playa, la estación.
llegué tarde al incendio,

ya estabas triste
y el cielo se derrumbaba.

24 de septiembre de 2017

Fue Bernardo



El cumpleaños de Miguel cayó un domingo y lo celebraban con un gran almuerzo en lo de la abuela con varios tíos y primos. Lupe cargaba con tanta ansiedad que quiso traer la tarea para estudiar durante el viaje en auto. Tomando el consejo de Guido, había elegido estudiar a los esquimales para su proyecto de Ciencias Sociales. Su primo le contó que los esquimales abandonan a los abuelos en el camino para que sean comidos por los osos polares. Creen que los espíritus vuelven a la familia cuando ellos se comen su carne.

Mirando por la ventana hacia los edificios azotados por el sol, Lupe pintaba la ciudad de blanco, la cubría de escarcha. Era la primera vez que festejaba un cumpleaños de su papá en mangas cortas. Pensó en el jardín de la casa de la abuela, en que quizás podrían ir a patinar a la pista de hielo.

El festejo no fue lo que Lupe esperaba. Cinco minutos después de haber llegado, Marisol las mandó a mirar dibujitos a la habitación de la abuela con la prima Maia, tenían prohibido bajar hasta que algún grande subiera a buscarlas. No hubo regalos ni torta, ni siquiera Coca Cola. No había podido salir a saludar a su árbol del jardín. Era el cerezo; de su rama colgaba una pulsera con el nombre de Lupe. Cada nieto tenía el suyo.

Solas entre las cosas de Celia, las chicas lograron enfocar su atención en el televisor durante apenas unos minutos. Los placares repletos de ropa, los estantes del baño con sus estuches de maquillaje, las cremas y el secador de pelo. Lo usaron todo. Camila se puso la camisa de flores azules de Japón, se cubrió la cara de polvo compacto dorado y para los labios eligió el color rosado. Encontró los aros de perlas de Celia que tanto le gustaban y aprovechó para usarlos. Lupe eligió el vestido a cuadros y unos zapatos de taco azules, le parecía que era lo que elegiría la prima Elisabet. Se pintó las pestañas y se delineó los ojos imitando los de un gato. Maia conservó sus jeans rotos, dijo que los prefería a toda la ropa de la abuela. Solo se puso un tapado largo de piel y un collar de perlas.

Las tres falsas señoras caminaron con las carteras al hombro en dirección a la mesa electoral. Se definía el futuro de la democracia argentina y ellas debían dar su voto a Eduardo Angeloz, candidato de la Unión Cívica Radical, o a Carlos Menem, candidato justicialista. Se vivieron momentos de suspenso y tensión. Angeloz ganó por unanimidad y hubo festejos.

Más tarde pusieron a llenar la bañadera con agua y shampoo para enjuagarse la pintura, para calcular, también, cuánto tiempo tardaban los dedos en arrugarse. Lupe tenía un secreto deseo de hundirse en la espuma blanca, imaginar los lagos de Palermo congelados ya no le era suficiente. El hielo, marcado a hachazos, azul frío, la había ayudado a pasar los primeros meses. Ahora que eso no alcanzaba, quería la nieve en las pestañas, los pies transpirados dentro de las botas, a veces hasta deseaba las orejeras rojas, las del incendio.

Chiiiicas. Fue Maia que entró al baño sacudiendo una botella de whiskey. La había encontrado en la mesita de luz de la habitación de enfrente. Lupe abrió grande los ojos, el líquido dorado se balanceaba de un lado a otro, brillando de oportunidad. La prima lo puso adentro de la bañadera, la botella se perdió entre la espuma y desapareció. El chorro de agua caía con fuerza y su sonido retumbaba por el baño generando confusión. El vapor nubló la escena. Maia sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su pantalón.

La espuma rebalsaba la bañadera y había tomado casi todo el suelo del baño. Camila se acomodaba la barba blanca mientras Lupe tomaba otro sorbo ínfimo de la botella. Apenas se había mojado los labios pero el fuego del alcohol le daba arcadas. Con ella se movía toda el agua que las contenía. Maia fumaba un cigarrillo apoyada contra el borde, no tragaba el humo. Nadie se había ni acercado, en el piso de arriba reinaba la anarquía. Lupe estaba absorta con la espuma caliente, la más parecida a la nieve, recordando aquella tarde en que la abuela Celia estaba en cama enferma. Ella se acercó y la tapó con su saco rojo, y la abuela se lo recordaba cada vez que la veía. Mi dulce, le decía, sos mi dulce. Pensó en los esquimales. Sabía que algunos poseen características físicas que los ayudan a sobrevivir en el frío. Las pestañas son más pesadas para proteger los ojos del brillo de la nieve, su cuerpo es gordo para retener más calor. Sopló un viento helado en el baño. Lupe, en medio de la nieve, empezó a armar un círculo de bloques, la base para su iglú.

—Vamos a investigar qué pasa.

Secaron el baño y guardaron cada cosa en su lugar. Tenían esa capacidad para el detalle que solo posee quien ha cometido un crimen. Al final fue como si no hubiera pasado nadie por los azulejos, los armarios, las sombras y los pinceles, el pico de la botella. La diferencia, el paso del tiempo, lo que había acontecido, todo se escondía por dentro.

Bajaron las escaleras agachadas, cuchicheando e intentando controlar sus risas nerviosas. Ninguna de las tres pensó que lo lograrían. Alguien las iba a descubrir en el camino, se iba a dar cuenta de que habían estado jugando con los maquillajes de la abuela, alguno olería el whiskey que habían tomado, o quizás encontrarían el baño sucio, con rastros de desastre. Como siempre, las castigarían, no más patinaje, no más caja de Pandora ni salidas al cine. Pero nadie apareció y el silencio las acompañó hasta la puerta de la cocina. Se quedaron ahí esperando a que pasara algo.

Lupe intentó pensar cuántos sueños habían estado ahí, sentadas en el suelo contra la puerta de madera de la cocina, cuántas noches había durado aquel viaje. La cabeza de Camila descansaba en su regazo, Maia dormía a sus pies. Nada había pasado.

—Vamos a entrar.

La puerta se abrió sin resistencia y sin chillar. Gateando en fila bajaron los dos escalones para entrar a la cocina. En el comedor estaban los grandes sentados alrededor de la mesa, había silencio pero cada tanto alguien hablaba. A Lupe le pareció escuchar a Guido haciendo una pregunta, las voces aún eran demasiado leves. Después habló Roxana.

Cuando llegaron a los escalones del comedor, Maia tomó la delantera. Sin dudar ni detenerse, gateó hasta el borde de la mesa y nadie la vio. La tensión parecía estar en otro nivel, uno que no las llegaba a tocar. Camila y Lupe la siguieron sin levantar la vista hacia los adultos. Las tres se escabulleron entre las patas de las sillas y la mesa, las piernas y los pies de sus familiares. Llegaron al centro de todo y reposaron. Lupe pudo sentir el aliento a whiskey de Maia. Nada tenía sentido.

—Lo tuvieron que liberar, no hay suficientes pruebas. – Era una voz nueva la que hablaba, masculina y oscura. Ninguna de las chicas lo había visto.

— ¿Y el colchón? ¿Y la lámpara? ¿Las uñas?

—La policía todavía no lo puede explicar. No se sabe dónde están. Aún no podemos saber a ciencia cierta qué pasó.

El viento helado ahora recorrió el comedor. Lupe vio desde debajo de la mesa cómo agitaba los pies Marisol, frotando una pierna contra la otra. Vio su propio aliento escaparse de su boca. Tallaba el último bloque del iglú, adentro ya empezaba a conservarse el calor. Un grito la abdujo de su sueño.

—Sí sabemos qué pasó, ¡fue Bernardo! ¡Fue Bernardo!

Era la voz de Roxana. Vio que las piernas se estiraron, la silla voló hacia atrás. La prima golpeaba la mesa con los puños. En el asiento de al lado, las piernas largas de Guido sostenían los dos pies sobre el suelo. Tenía los cordones desatados.



23 de junio de 2017

Los lápices

            Cuando Victoria se los pidió  Lupe no dudó en prestárselos. En silencio sacó uno a uno los lápices de colores de su cartuchera y los puso sobre la mesa. Los veía rodar banco abajo y llegar a las manos chicas de Victoria. Primero el verde, el amarillo, el rojo. El azul no, el azul se lo iba a quedar.
            Sonó el timbre y la clase de dispersó: los varones corrieron al patio como una manada de caballos, algunas de las chicas se levantaron de sus bancos y se sentaron alrededor de Sofía Ganduglia, que contaba algo acerca de sus primos y los chicos del otro colegio. El aula se llenó de ruidos. Lupe sacó su paquete de galletitas del bolsillo de la mochila. Cuando levantó la vista, Victoria estaba parada frente al tacho de basura sacándole punta al lapiz verde. Miguel siempre afilaba los lápices sobre la mesa de la cocina con una navaja. Chac, chac, se escuchaba el ruido del filo contra la madera, los restos finos de lápiz volando hacia el sueño. La navaja filosa iba y venía. A Lupe nunca la dejaban sacarle punta a sus propios lápices. Victoria, en cambio, los metía en su sacapuntas y ni miraba lo que hacía; un largo rulo de madera iba cayendo adentro del tacho.
            Miss Mary salió de su oficina para tocar el segundo timbre. Se asomó con la punta de los pies hasta el borde del escalón que separaba el pasillo del patio y se detuvo. Bajó el pie derecho con cuidado, asegurándose de apoyar la planta entera del pie sobre el cemento. Agarrándose con ambas manos de la manija bajó el otro pie y con un envión que casi la vuelca hacia atrás, cerró la puerta. Su paso era lento, los alumnus la detenían con cualquier excusa. Sabrina la saludó con un beso, Joaquín Daels le mostró un dibujo y Matías Pérez las cuentas que habían hecho ese día. Todos querían lo mismo: alargar un poco más el recreo. Fue dejando estos obstáculos atrás, pero antes de llegar al timbre se detuvo por su cuenta. Vio a Lupe sentada en la esquina del cantero. Después del recreo vamos a hablar.

            Sobre el escritorio de madera en medio de la oficina de Miss Mary había un colectivo inglés rojo en miniatura. Una biblioteca cubría la pared del fondo y exhibía unos pocos libros en inglés, forrados con plástico transparente, un gran trofeo color bronce sin brillo y, dispersos y casi invisibles por el color marrón de las paredes, cinco ornitorrincos embalsamados que había donado la abuela de uno de los alumnos al colegio.
            —You are Lupe, right? Si tuviera un ojo por cada vez que tengo que decirle a una alumna que se suba las medias, usted imagínese la cara que tendría.
            Lupe se subió las medias. Miss Mary la miraba con sus grandes ojos azules y la boca rígida, le pidió que le contara un poco sobre ella. Cada tanto tomaba notas en una libreta al alcance de su mano. Lupe retorcía entre sus dedos el envoltorio vacío de sus galletitas. La cara le ardía.
            Llegaron a la oficina otras alumnas nuevas como ella. Miss Mary les hablaba en inglés y Lupe miraba a Mariana que se había parado justo al lado de uno de los ornitorrincos. La luz le daba directo en los ojitos negros y parecía que la estuviera observando. Lupe esperaba que el ornitorrinco guiñara los ojos y saltara sobre el nido de pelo de Miss Mary. En cambio, fue hundiéndose poco a poco en la oscuridad del estante hasta casi desaparecer. Entonces sus ojos negros dejaron de ser tan simpáticos para Lupe y empezó a sentir los hilos de la oscura influencia del animal dentro de la oficina.
            Terminó la tarde en el colegio y Lupe y Camila tuvieron que esperar un largo rato sentadas en el patio a que las vinieran a buscar. Un hombre sin pelo, con un pañuelo largo atado alrededor de la cabeza, pantalones ajustados, botas de cuero y una amplia camisa de colores llegó con una autorización, presentándose como el tío Osvaldo. Miss Mary lo saludó con un beso en la mejilla y se despidió de las hermanas en inglés.
            Ninguna de las dos recordaba a Osvaldo, les parecía un completo extraño que caminaba con los pies en punta casi dando saltos. Se subieron los tres al auto de Miguel, ahora conducido por el tío usurpador. Lupe se abrochó el cinturón y bajó el vidrio por las dudas. Se acomodó para poder ver los ojos de Osvado a través del espejo retrovisor, eran parecidos a los de Marisol. Manejaba con la mano firme agarrando la palanca de cambios. En el dedo anular llevaba un anillo con una piedra verde. Su pierna derecha temblaba sin parar como una máquina de nervios. Al doblar en la esquina retumbaron tres golpes fuerte desde el baúl del auto. Lupe se enderezó nerviosa. Un rayo de sol explotó sobre el diente de oro de Osvaldo.
            El tío buscó las llaves de la casa en sus bolsillos de adelante. Lupe miraba en silencio el llavero con forma de estrella que le colgaba del dedo. ¿Qué encontrarían tras la puerta? Entrar a aquella casa que ahora era suya todavía le parecía algo extraño. Eran las habitaciones y la vida de otros que ya no estaban ahí para defenderse. La luz de la ventana conocía mejor los secretos del espacio que ella. Lupe sabía que ahí habían vivido otras familias, otras hijas, y hasta un abuelo. Sabía que la casa guardaba tantos secretos que le tomaría años imaginárselos todos, pero que igual lo haría. Sabía, también, que su tío por ahora no vivía con ellos y que no pertenecía en la casa.
            Osvaldo puso las tostadas sobre la mesa, se sentó frente a la tele y cambió de canal. Lupe pasó de largo la cocina y fue hasta la habitación. Se sentó en su cama y abrió el cajón de su mesita de luz. Como un arqueólogo con los restos frágiles de un fósil, sacó con delicadeza un sobre con su nombre escrito en tinta negra. Buscó adentro y no había nada. Habían desaparecido todas sus cartas. Revisó los cajones, abrió cada placar y cada bolsillo de sus sacos, nada. Cuando hubo revisado todo lo que llegaba a sus ojos, se entregó al mundo invisible. Con apuro y valor buscó debajo de su cama y la de Camila. La invadió la sensación de que alguien había estado ahí, sentado en esa misma cama, leyendo sus palabras secretas.
            Se sacó los zapatos y después todo el uniforme del San Mateo, se metió en las sábanas. Con los ojos cerrados volvía a existir la nieve amontonándose sobre la ventana. Lupe no podía imaginar que las cosas sólo dejaran de ser. ¿Y el ruido del baúl? Salió corriendo de su habitación hasta la de sus padres, se agachó y buscó debajo de la cama: sólo cajas en la oscuridad.
            —¡Está la merienda! ¡Nena! —gritó Osvaldo desde el principio de las escaleras.
            ¿Cómo iba a gritar así si no estaba en su propia casa? Cuando Lupe entró a la cocina, el tío seguía sentado en la silla frente a la tele y Camila dibujaba acostada boca abajo en el piso. Osvaldo se sacó un moco de la nariz y lo pegó debajo del asiento de su silla, su pierna seguía rebotando nerviosa. Estaba tan absorto en lo suyo que se había olvidado de la existencia de Lupe.

            Se despertó en medio de la noche, Camila dormía en la cama de al lado. Todo estaba en silencio salvo el ruido de los grillos y algún auto que se escuchaba pasar a lo lejos. Sacó el brazo de la cama y con cuidado abrió el cajón de la mesita de luz. Buscó de nuevo el sobre con su nombre y lo dio vuelta sobre la almohada. Las cartas no habían vuelto. Lupe se sentó sobre su cama, decidida a escribirlas de nuevo. La trenza de su pelo estaba deshaciéndose, con ambas manos se tiró toda la cabellera hacia atrás. Con el lápiz negro entre los dedos fue hasta el centro de la primera página y escribió con letra desprolija: las cartas de luc. Cuando iba a recorrer la curva de la “i”, Lupe apretó demasiado el lápiz contra el papel y la punta negra se partió al medio. La mano cayó sobre el cuaderno. La imagen de Victoria sacándole punta a sus lápices le vino rápido a la cabeza. Luego, el chac, chac de la navaja del padre. La guardaba en el cajón de la cocina.    Bajó la escalera raspando los pies contra la vieja alfombra. Hacia la mitad de los escalones supo que la sombra andaba por la casa, que la seguía por la espalda. En el living estaba la tele encendida con el volumen bajo y Osvaldo dormía en un sillón con la boca abierta y la mano dentro del pantalón. Lupe se acercó y lo miró bien para asegurarse que estuviera durmiendo. La luz del televisor iluminaba una pequeña parte de la oscuridad con colores brillantes. Osvaldo no se movió.

            Sentada sobre su cama con la navaja en la mano, le sacó punta a sus lápices de colores uno a uno. Cuando terminó tenía un corte en el dedo índice. Un punto de sangre se arrimaba. Apoyó la navaja debajo de la almohada, una minúscula mancha roja creció como un lago sobre la tela. Apagó la luz y se quedó un rato pensando en cuál sería la manera más fácil de salir de la casa. 

15 de mayo de 2017

ni un zapato

            Lo que menos le gustaba del invierno eran las orejeras rojas que la obligaban a usar. No las quería tocar ni con la punta de los dedos porque la felpa, al contrario de lo esperado, era áspera y le daba escalofríos. Entonces se le retorcía la lengua adentro de la boca, tocándole la parte de atrás de todos los dientes. Fue así que descubrió su primer diente flojo una tarde mientras se sacaba las orejeras y la campera de plumas en la zapatería. Revisando su dentadura se acercó a la estufa para calentarse las manos.

            Cuando Marisol atendía, Lupe aprovechaba para hacer cosas prohibidas: caminaba con el cuerpo pegado a la vidriera. El vidrio estaba empañado y le gustaba apoyar el dedo índice y arrastrarlo de punta a punta haciendo dibujos. Un rinocergato. Solo a través de las líneas dibujadas sobre la humedad, Lupe podía ver hacia afuera. Su reflejo en la nieve blanca le devolvía la atención. En el fondo sonaba una y otra vez la campana de la puerta, los zapatos eran un éxito.

            -Te digo la verdad, ahora que lo veo de nuevo no estoy muy segura – escuchó que le decía una señora a la otra. En silencio, una chica sostenía un zapato de raso rojo y lo examinaba como si fuera un frasco de aceitunas. Lo volvió a acomodar sobre el estante y se fue. Lupe se distrajo de su propio juego para mirarla alejarse de la zapatería, siguiendo el paso de sus piernas con un amplio movimiento de brazos.

           

            Marisol cerró la puerta con llave antes de abrir la caja. Lupe recordó el robo de los cien dólares y le dio vergüenza. Había sido un error de principiante haber querido invertirlos en el kiosco de la escuela. Claro que llamarían a alguien.

            -¿Cuántos zapatos vendimos hoy?

            -Ninguno- respondió Marisol mientras contaba los billetes de australes.

            La dejó ir a la casa de la tía Marta con la condición de que se pusiera las orejeras para salir. Lupe caminó por la avenida San Martín, las manos en los bolsillos y la lengua empujándole de a poco el diente flojo. Ningún zapato, ni un zapato. Se dio vuelta para volver a mirar a la puerta del local, a las mujeres que salían sin bolsa o pasaban por la vidriera sin mirar.

            La casa de la tía tenía olor a jazmines creciendo en la madera. Roxana la esperaba mirando la tele en la cocina, hicieron tostadas con manteca y azúcar. La tía estaba trabajando en la librería, así que pudieron sentarse a comer en el sillón mientras miraban la tele. A Lupe le parecía que Roxana se estaba poniendo redonda, pero Marisol le había dicho que eso pasaba cuando uno comía demasiada manteca.

            Hubo un ruido en la puerta y después pasos en la escalera. Guido volvía de futbol, entró con la cara iluminada por su sonrisa. Saludó a Lupe con un beso en la frente y se fue a bañar. Ella ya no pudo estar de la misma manera en el sillón con Roxana, sino todo el tiempo esperando que su primo volviera a aparecer. Cualquier ruido cerca del pasillo bastaba para que ella girara a mirar.

            Guido volvió un rato después. La película ya había terminado así que la invitó a Lupe a ir al almacén con él. Saludaron a Roxana y bajaron juntos las escaleras. Dormido sobre uno de los últimos peldaños estaba Nahuel, la cabeza hundida entre sus patas delanteras de bóxer. Como les estaba cortando el paso, Guido lo despertó tirándole de las orejas. Ella lo quiso abrazar y pedirle que la llevara en brazos pero qué iba a pensar él, no podía perder a su mejor amigo.

            Cuando doblaron en la esquina, Guido hizo un ruido asqueroso con la garganta y escupió sus mocos con fuerza y lejos.

            -¿Está bien escupir?

            -No tiene nada de malo.

            -¿Yo puedo escupir?

            -No sé, las mujeres…no sé.

            Cuando pensaba en las mujeres, Lupe pensaba en las señoras que iban a la zapatería, como aquella que sostenía el zapato rojo, altas, siempre un poco nerviosas. Se preguntó si ellas escupían o no. Después pensó que debería tomar una decisión sobre qué haría ella misma, pero tampoco estaba apurada.

            Guido saludó al librero y le pidió si podía fiar una resma de hojas. Mientras esperaban, él jugaba con una Boligoma sobre el mostrador. La hacía girar entre sus dedos, la tapa amarilla para arriba, la tapa amarilla para abajo. A Lupe le encantaba llenarse la palma de la mano con Boligoma y esperar a que se secara para arrancárselo lentamente como si fuera una capa de piel.

            El librero abrió un viejo y ancho cuaderno lleno de cosas, y buscó entre las páginas. Llegó a una encabezada por el nombre de Guido seguido de una larga lista de números. Abajó del último trazó un grueso y tembloroso dos.

 

            Lupe se despertó con el diente suelto adentro de la boca. Su propia saliva tenía sabor a metal. La clase de danza era temprano así que no tuvo tiempo de escribir su carta. En secreto decidió que ni ella ni Camila irían a clase.

            En el primer piso del edificio había una confitería donde mucha gente venía a buscar refugio del frío en una taza de café o de chocolate caliente. La abuela Celia la había invitado a la confitería varias veces y ella podía elegir el tostado con jugo de naranja o cualquier cosa que quisiera sin recibir la opinión de nadie. El salón de danza quedaba al lado.

            Miguel despidió a Lupe y Camila en la entrada del edificio, donde la nieve amarronada se acumulaba en las esquinas. Una vez que el auto dobló por la avenida y se perdió entre las fachadas de los edificios, las chicas corrieron calle abajo y entraron por la salida de emergencia. Los tules azules rebotaban con ellas mientras subían las escaleras, rodetes redondos en la cabeza, los zapatitos rosas que apenas hacían ruido contra el cemento.

            Se sentaron en el descanso a escribir la carta, Lupe traía todo lo necesario en su mochila. Arrancó una hoja de su anotador y prosiguió a escribir con su birome negra de Pluto. Había traído un libro de Marisol para usar de apoyo. El amanecer de los brujos. Planeaba escribir una carta pidiendo todo lo posible por su diente. Dibujó un nueve y lo siguió de la página repleta de ceros y un final de signo de dólar.  Cuando terminó le dolía la mano. Puso su diente en el medio de la hoja y la doblo hasta convertirla en un pequeño rectángulo que se metió en el bolsillo.

            A la noche puso la carta debajo de su almohada. Se recostó sobre la cama armada. Por la ventana entraba la luz de la luna y las sombras de una lenga meciéndose de acá para allá. Pensó que ahora Marisol no tendría que estar todo el día encerrada sin vender ni un zapato, que podrían irse al campo a caminar sobre la nieve, que ella tampoco tendría que ir a la escuela ni a danza, que le compraría a Guido una resma de hojas y le pagaría todas sus deudas con el librero. Recorrió toda su dentadura con la lengua y exploró el agujero que le había dejado el diente ausente.  La encía era blanda y suave. Marisol entró a la habitación a los gritos. ¡Ponete los zapatos, ponete los zapatos!

            Camila ya estaba sentada en el auto envuelta en su manta azul. Miguel al volante tenía el motor en marcha. Tocaba bocina una y otra vez. Marisol empujó a Lupe por la espalda para que fuera más rápido, la nieve le mojó el pantalón del pijama pero recién lo sintió cuando entró al auto y empezaron a andar.

            Llegando al centro había más y más personas en la calle, varios iban como ella, de pijama y campera. Se juntaban en grupos en las esquinas, conversaban con gestos de asombro. El olor a quemado llegó hasta el auto. El limpiaparabrisas se movía rápido, arrastrando los copos de nieve que empezaban a caer. En la avenida San Martín escucharon los primeros gritos y sirenas.

            Cuando llegaron ya nevaba con fuerza. Las llamas ardían por encima del techo de la zapatería y se mezclaban en el cielo con los copos de nieve. La vidriera estaba destruida y por debajo del techo solo quedaban cuatro vigas carbonizadas que a duras penas sostenían la estructura. El humo negro cubría la cuadra entera y olía a plástico y cuero quemado. La gente empezó a agruparse alrededor del incendio, algunos caminaban desorbitados gritando el nombre de sus familiares o sus mascotas. Otros paseaban tranquilos, como si no hubiera nada que hacer.


            Lupe se movía entre las personas en los brazos de Marisol. Sus piernas le rodeaban la cintura. Iban dejando atrás caras de pánico y de sueño. Aprovechando el apuro se sacó las orejeras de la cabeza y las dejó caer al suelo. La despedida no le dio escalofríos. Cerca del fuego todo se movía a una velocidad acelerada. Marisol la dejó en el piso y la agarró de la mano. Observaron por un minuto las llamas rojas que ardían sobre el cielo estrellado y llegaban a reflejarse en la bahía. Lupe sintió una soga rasposa que empezó a apretarle el cuello: sabía que su plan no había hecho más que atraer a la desgracia y que ahora sí que no quedaba ni un zapato para vender.                        

14 de mayo de 2017

el casamiento

Como todas esas veces en que algo era particularmente para ella, Lupe estaba fascinada con la media docena de huevos. Abría la heladera cada cinco minutos para cerciorarse de que siguieran ahí, en la esquina del estante, esperando a ser llevados a la escuela el lunes. Los amaba porque eran suyos.

            El domingo tuvo que empezar a buscar los momentos de soledad para abrir la heladera porque Miguel la había descubierto y le había prohibido volver a hacerlo. Decía que así se iba todo el frío. Todo el frío. Lupe miraba a través del vidrio congelado de la ventana de la cocina, la casa de nieve del otro lado. El auto de nieve, las veredas de nieve. El frío de la heladera le daba risa. Sacó la huevera y se la escondió debajo del camisón.

            Encerrada en su habitación, desplegó los seis huevos sobre la cama. Sostuvo uno con firmeza entre sus dedos, lo acercó a su ojo izquierdo para ver el recorrido de las arrugas de la cáscara. Al darlo vuelta le encontró una mancha marrón cubierta con algunas plumas. Se la llevó a la nariz. Definitivamente era caca, Lupe lo supo de inmediato: adentro crecía un pollito.

            Por suerte era domingo y pudo darle a su empresa el tiempo que precisaba. Juntó ramas, hojas y tierra, la toalla con la que Marisol se teñía el pelo y una lámpara de su mesita de luz. Construyó el nido en el estante más alto de la casa, encima del mueble de madera del living. Palmiro no llegaría nunca hasta ahí. Encendió la lámpara bien cerca para que pareciera el sol. Al otro lado del nido sentó a su muñeca sin pelo con un cartel colgado del cuello. Peligro, no tocar.

            El lunes en la escuela fue un éxito. Nadie notó que a Lupe le faltaba un huevo de los seis que les habían pedido. La maestra les mostró cómo vaciarlos y limpiar la cáscara, después iban a rellenarlos con chocolate. Ella hizo todos los pasos a la perfección y se llevó sus cinco huevos a casa para enfriar y pintar. Ya sabía que el primero sería para Roxana, la prima que se casaba el sábado. Lupe y Camila iban a participar vestidas de blanco llevando los anillos hasta el altar.

            Dejó la huevera al fondo del primer estante de la heladera y se fue a ver al pollito. Alguien había apagado la lámpara sol. Acomodó un par de hojas sobre el nido y agarró el huevo con los dedos de siempre. Busco la parte limpia y la besó con la boca entera.

            -Te quiero.

           

            Roxana las pasó a buscar a la mañana siguiente para ir a probarse la ropa del casamiento. Lupe y Camila coincidieron en sentirse secretamente decepcionadas de que sus vestidos fueran iguales, blancos con un moño celeste en la cintura. La calle a la mañana les era un territorio extraño, en Ushuaia las mañanas eran lentas y puertas adentro.

            En el tacho de basura de la cocina, Lupe encontró la huevera de cartón vacía. En la heladera no había nada, ni un rastro de chocolate. Había sido víctima de los atracones nocturnos de Miguel y no le había quedado ni un solo huevo. Trepó en pánico hacia el nido esperando lo peor para su amigo pero el pollito estaba a salvo. Desde el estante le gritó a Miguel que de ninguna manera iba a ir a la escuela para tener que contarle a todo el mundo que en su casa se habían comido la tarea, que a la noche, dormido, Miguel ni veía lo que comía.

            Guardó al pollito en el bolsillo de su pijama, agarró a la muñeca por el cuello y salió para el fondo. Ahí, en la tierra árida donde no crecía el pasto, abundaban las lombrices. Lupe las cortaba por la mitad y las mandaba al hospital de bichos, donde los pacientes siempre sobrevivían. Palmiro dio un par de vueltas alrededor de la escena y cayó rendido, sus cuatro patas escondidas debajo de su cuerpo.

            Pronto la llamaron desde adentro. Camila se iba al dentista con Miguel y Lupe tenía que ir a la zapatería con Marisol. No fuera cosa que se quedara sola en casa, que aprendiera, como aquella vez con Huguito, la historia del matambre.

            La zapatería se llamaba LC en honor a las hermanas. Lupe había querido traer a Josefina pero Marisol se lo prohibió diciendo que la muñeca asustaba a las clientas. A partir de aquel día Lupe llevó a su pollito escondido en el bolsillo para todos lados. Mientras lo acariciaba con la mano izquierda, escuchó la risa absurda de Marisol que conversaba con la primera señora de la tarde.

            Se quedó dormida en el fondo del depósito entre cajas de zapatos que olían a cuero nuevo. Soñó que la cara se le inflaba hasta explotar. Cuando se despertó le dolía la garganta.

           

            En la guardia dijeron que Lupe tenía paperas y que había que aislarla y dejarla reposar por al menos un mes. Paperas, paperas. Pensó que su enfermedad tenía el mismo nombre que el hámster de Julia. Que durante un mes en la cama podía salirle una capa de pelo en todo el cuerpo, los ojitos se le volverían mostacillas negras y bien podría crecerle una cola. Lloró pensando en el dolor.

            Las paperas eran la peor enfermedad posible para Lupe. Pasaban las semanas y los síntomas no amainaban, los pasillos de su mente fantasiosa estaban prendidos fuego con la alerta del dolor. Se aburría durante las tardes largas con la casa vacía, Cristina lavando los platos, pasando el trapo por la cocina, el sonido suave de la radio que apenas llegaba a la pieza. Había mudado el nido al lado de la cama y a veces se guardaba el huevo en el bolsillo del pijama para acariciarlo.

            El día del casamiento Lupe todavía contagiaba. Con la puerta entreabierta vio cómo Camila se ponía el vestido blanco. Marisol le hacía unos rulos en el pelo con la buclera y Miguel planchaba su camisa. Ella tenía el mismo pijama hace cuatro días, había perdido la cuenta de cuantas veces había transpirado y cuantas veces se habían secado las sábanas. Tenía el pañuelo celeste de Marisol puesto alrededor de la garganta y el pelo largo y enrulado, despeinado. Entraba a la habitación el olor al perfume de su mamá. Cuando salieron los tres y se escuchó la última vuelta de la llave en la cerradura, un silencio triste cubrió la casa. El eco de los tacos alejándose por el pasillo que Lupe conocía de memoria. ¿Y si había cambiado mientras ella estaba ahí? ¿Si al salir de las paperas se encontrara con que el mundo es otro?  La fiebre la adormeció.

            -¿Estás bien?- susurró Cristina entrando a la habitación. Con una mano se cubría la boca. Se acercó a la cama y puso su mano libre sobre la frente de Lupe.


            -¿Por qué, por qué?- abrió los ojos grandes y agarró a Cristina por el cuello de la camisa con toda la debilidad de sus paperas. Como si alguien la hubiese desenchufado, cayó rendida sobre la almohada. Cristina le acarició la frente y el pelo. Cuando levantó la sábana para acomodarla, sintió el líquido viscoso de la clara de huevo y la baba amarilla que empezaba a colarse entre las arrugas de las telas. Los pedazos de cáscara aplastada eran como un chicle en el cemento, en el piso de la calle, donde Lupe no había podido celebrar ni Pascua, ni el casamiento, ni el nacimiento del pollito. 

12 de mayo de 2017

los juegos

Era sabido que había un tipo de deltantal de mujer y otro de varón. El blanco de tablas con cuello de camisa era el de los chicos, y el de volados y pollera el de las chicas. Lupe, por haber heredado todo de sus primos, tenía uno de cada. El primer día de la escuela primaria, recién salida de la cama, todavía sin peinarse ni abrir los ojos, eligió ponerse el tableado.
            Mientras formaban la fila para saludar por primera vez a la bandera, Miguel intentaba filmarla entre el aluvión de niños que inundaba el patio. Una imagen temblorosa y sobreexpuesta de la espalda de Lupe fue lo mejor que pudo lograr.  Ella tenía la mochila colgada de los hombros y el pelo recto y corto por debajo de las orejas, le agarraba la mano a Silvina. El lunar en la cara de su amiga brillaba negro oscuro como una amatista. Los hacían formarse de menor a mayor, delante de ellas estaba Paola. Cuando le preguntaban a Lupe con quién se iba a casar, ella siempre respondía sin dudar Con Paola. Contra el sol de la mañana, su pelo largo y rubio parecía hecho de hilos de oro.
            Ya sabía que su tía Agustina era la directora de la escuela pero nunca se había imaginado lo que eso implicaba. La tía apareció por el pasillo, seguida de dos señoras no identificadas. También tenía puedo un guardapolvo blanco pero más liso y con la mayoría de los botones sin abrochar. Estiró el cuello como un árbol viejo y gritando pidió silencio.
            -Como los papás deben saber, Ushuaia conserva el nombre que le dieron los yámanas, bahía que mira al poniente. Pero ¿ustedes ven a algún yámana por acá? ¿conocen a alguno? Este lugar donde vivimos le pertenece a otro pueblo, a un pueblo de fantasmas, ¿escucharon hablar del Genocidio Selknam?
            Lupe había dejado de seguir el animado discurso de la tia. Se concentraba en Paola, que asentía con la cabeza cada vez que la voz hacía una pausa. En el jardín de la casa de su abuela en Tolhuin vivía una jirafa. Ella misma se lo había contado y su hermana Andrea había dado fe. Parte del cuello y la cabeza de la jirafa entraban a la casa atravesando la ventana del segundo piso. Paola y Andrea podían deslizarse por su cuello en vez de bajar las escaleras cuando las llamaban a comer. Dijo que algún fin de semana tendrían que ir para conocerla, pero Lupe sabía que no iba a suceder porque sus fines de semana eran con los primos. Ella, orquestadora indiscutida de los juegos, no podia faltar.
            Habían empezado con los ataques de terror, plantando escenas escalofriantes alrededor de la casa. El perro de peluche colgando del ventilador con la soga de saltar al cuello, las toallas manchadas con charcos de sangre-Ketchup y las tarántulas de plástico entre las sábanas de la cama de Marisol fueron algunos de sus grandes éxitos.  Ahora a Lupe le interesaban más los experimentos.  Los fines de semana, mientras los grandes jugaban a las cartas, mandaba a Camila a buscar una lista de cosas del lavadero, a los primos lo mismo en la cocina, y ella se disponía a armar el paso a paso de la mezcla del día.
            El paraiso de los experimentos llegó pronto a un fin abrupto gracias a una mezcla cúlmine que Lupe planeó presa de ambición. Por turnos, cada uno tuvo que hacer caca adentro de la misma bolsa de residuos. Al resultado lo mezclaron con pasta de dientes y saliva de Palmiro. Ella cerró la bolsa con dos nudos y la dejó reposando debajo de la cama de Marisol y Miguel, coordenada importantísima para los experimentos. Un error de cálculos llevó a que Palmiro descubriera la bolsa y a que ella despertara en él un espíritu salvaje de curiosidad. El experimento terminó desparramado en toda su gloria sobre la alfombra del pasillo.

            A aquellas cosas solo podía jugarse con los primos, los únicos que sabían obedecer sin hacer preguntas. Pronto encontraron una nueva forma de entretenimiento: las obras de teatro. Los actos del colegio le habían dado a Lupe la iniciativa para lanzarse por su cuenta. Recolectó por la casa objetos y ropas que le podían ser útiles y las guardó debajo de su cama. Durante días pensó en la historia que le hubiese gustado contar, no quería hacer las cosas por hacer. Y así, una noche, en ese momento entre el sueño y la vigilia, la idea estalló en su cabeza como el big bang. Pensó en la tarde aquella en que una ballena minke se había quedado encerrada en la bahía escapándose de siete orcas que la perseguían por el canal de Beagle. La esperaron, escondidas, y finalmente la embistieron frente a la mirada de todo el pueblo y algún que otro turista. La tía Agustina, observando desde el balcón de su casa en la Avenida San Martín, de pie al lado de Lupe, aprovechó la oportunidad para contar aquella historia del envenenamiento de Springhill. Alrededor de quinientos selknams murieron aquel día después de abalanzarse sobre una ballena envenenada por un grupo de cazadores de indígenas.

            El acolchado grís de pelusas sería la costa de piedras y la alfombra celeste, el mar. Juntando todas las almohadas y algunos almohadones podrían armar a la ballena, las medias negras de Miguel eran perfectas para los ojos. Ernesto se escondería adentro. Era el más tímido de los primos pero superior a la hora de reproducir ruidos de animales. Los demás serían la tribu. Faltaba el veneno.

            Cuando Marisol los descubrió revisando los productos de limpieza, la obra y todos sus preparativos fueron cancelados de inmediato. El fracaso coincidió con el otoño y eso fue terrible. Lupe abandonó los juegos para sumergirse en las aguas de las agujas, los hilos, las latas de galletas hechas costurero y los pinchazos suaves en la punta de los dedos. Tenía que hacer la ropa de invierno de Josefina. Le había rapado la cabeza así que ahora se veía obligada a abrigarla bien hasta que le volviera a crecer.

            Encerrada en su habitación después de la escuela y la merienda, cosía sentada en la cama con el pijama puesto. La televisión siempre estaba encendida. Concentrada en la costura, a Lupe los dibujitos no le llamaban la atención. Le gustaba el sonido de fondo, la idea de algo alrededor.

            Una de esas tardes llegó Guido. Con él no había juegos. Con él Lupe prestaba atención y aprendía cosas sobre la vida. Entró a la habitación y se sentó al borde de la cama. Tenía unos pantalones azules doblados en el puño.

            -Me volvieron a retar por los de los cien dólares – dijo Lupe sin sacar la mirada del gorro que cosía.

            -Tenés que aprender a robar mejor. – Y entonces sí sus sonrisas se encontraron y Guido le dio un beso en la frente antes de acostarse a ver la tele al lado suyo. Siempre con la manos atrás de la nuca y las piernas estiradas y cruzadas, Lupe lo veía acostado como una de sus agujas en versión gigante. Quería ser como él, saberlo todo, poderlo todo.

            Cerró los ojos solo un momento y apoyó la cabeza sobre la almohada. Con el gorro a medio hacer sobre el regazo y los dedos tensos sosteniendo la aguja, parecía congelada por el frío de afuera. En su duermevela imaginó la primavera y un nuevo juego. Guido la dejó dormir.

            Llegó el fin de semana y con él los primos y sus novedades. A Federico lo habían expulsado de la escuela. Nadie quiso hablar de lo que había hecho. El clima fue ablandándose a medida que Marisol preparaba los mates: encendió el fuego de la hornalla, llenó la pava de agua, bajó el frasco de yerba del estante. La tía se sacó la campera de nieve, el tío se encendió un cigarrillo y se puso a buscar el cenicero. Entonces los chicos se desvanecieron de la cocina evitando cualquier tipo de advertencia, reto o limitación previa a los juegos por parte de los adultos.

            Lupe ya tenía todo preparado y lo exhibía frente a los demás mientras detallaba el plan. Había conseguido tomar prestada la filmadora de Miguel por solo un par de horas, las suficientes para filmar un pequeño videoclip. Los papeles ya estaban asignados: Ernesto encargado de la música, Camila y Federico bailarines, Lupe detrás de cámara y coreógrafa. Acomodaron los muebles como les indicó mientras Ernesto rebobinaba el cassette de Queen en busca de Rapsodia Bohemia.

            Los bailarines se pusieron los tutus azules, el tul que les prendía de la cintura estaba cubierto de lentejuelas. Lupe les pinto la cara con brillos dorados y plateados que resplandecían con la luz de la ventana. Un halo lento y misterioso cubrió la habitación mientras preparaban todo en silencio.

            La coreografía era simple: saltar entre los respaldos de los sillones, intentar estar siempre iluminados por el sol, las manos lentas, los movimientos agraciados. La canción daba para eso. Y después, cuando la música lo indicara, un poco más duro: sacudidas de cabeza, algún que otro salto.

           

            ¡Acción! Y los bailarines, girando sobre sus ejes, rebotando sobre los almohadones despidiendo mil brillos, estirando los brazos ágiles como gacelas saltando de sillón en sillón, comenzaron su danza sagrada.

            -Dale, dale – los arengaba Lupe detrás de cámara. Y Federico seguía, preso del frenesí, olvidado de las desgracias de la semana. Camila lo acompañaba desde el costado. El polvo de los sillones llenaba el aire de magia. Dale.

            Fue tan rápido que nadie lo vio entrar. El tio Seco apagó la música de un golpe en el reproductor mientras con la otra mano buscaba la oreja del primo. Los arrastró por la habitación a través de la puerta.

            - ¡Encima puto! – le gritó agachándose para agarrarle la cara entera con una mano que parecía más grande y fuerte que un león. Lupe filmaba todo con un pulso tembloroso. A Federico no se lo escuchó más. Ahora en la cocina todos hablaban de él sin decir su nombre.

            Esa noche Marisol les explicó que había ciertas cosas que no eran de varón. Habló durante un largo rato en el que Lupe no pudo prestar atención. Pensaba en el videoclip, en si podría hacerlo en la escuela, con Paola y Silvina. Quizás en Tolhuin. Pensaba en el pelo rubio de Paola, el lunar de piedra en la cara de Silvana. Decidió que a partir de entonces, cuando le preguntaran con quién se iba a casar, diría que con Guido. 


 

10 de mayo de 2017

la clase de piano

El pasado es ficción y la abuela Celia bien lo sabía. A pesar de haberse tomado el trabajo de destruir casi toda evidencia de su existencia, los nietos todavía le preguntaban por el abuelo Guillermo. ¿Qué hacía? ¿Cómo era? ¿Fue de él que heredé este dedo de martillo? Celia se tomó sus libertades a la hora de responder, era su derecho como sobreviviente reescribir su propia historia.
            Un día fue al almacén chino de la esquina de su casa y compró uno de los cuadros que tenían colgados en el fondo. Era el primer plano de un niño rubio con una lágrima colgándole del ojo. Podría haber estado en cualquier lado. Cuando llegaron los nietos al almuerzo del domingo, ella les contó que lo había encontrado en el sótano, era un viejo cuadro de Guillermo. La reproducción de una foto que había encontrado en la Conozca Más, un chiquito de Chernovil. Todos se le fueron encima, peleándose por ver quién lo contemplaría primero. Celia pensó que se había equivocado, ahora se pelearían por quién se lo llevaba a casa.
            Damián dijo que en su habitación no le quedaban paredes libres, los papas de Cris no tenían espacio en el auto para transportarlo, Estefi se quedó dormida. Todos perdieron interés salvo Lupe que seguía insistiéndole a Miguel para que hiciera un lugar en el living de su casa. Miguel dijo ¡Nunca! Parecía que ese pedido le molestaba más que cualquier otro, pero Lupe ya sabía que a él le encantaba decir que no, sobre todo a ella. Ojalá fuera hija del tio Jorge se convirtió en su respuesta más frecuente frente a las negativas de Miguel. Jorge vivía en Canadá y nunca le decía que no a sus hijos que se habían quedado en Ushuaia. El tio era marinero, viajaba en su velero hacía la Antártida, censaba esquimales en Alaska, siempre tenía una historia que contar y nunca se enojaba. 
            Sobre su otro abuelo, Eusebio, Lupe había escuchado todavía menos. No sabía, por ejemplo, que el ocho de marzo de mil nueve ochenta y tres, mientras ella nacía en el hospital municipal de Ushuaia, él moría en el impenetrable chaqueño. Eusebio Zaratu había nacido en San Juan de Gaztelugatxe, hijo de una bruja y un molinero. Eran ocho hermanos varones y, como todas las familias, se dividían a la izquierda y a la derecha. Durante la Guerra Civil, Eusebio, Cesario y Manuel se alistaron con el Ejercito Rojo mientras que Ramón se unió a la Falange. Solo Eusebio sobrevivió al combate. Triste por el destino de su país, se coló en una embarcación rumbo al sur. Viajó ciento setenta días a través del océano y ni una noche sintió el canto de las sirenas. No se detuvo hasta llegar al Chaco.
           
            Lupe había heredado la mirada de un abuelo y las manos largas y flacas del otro. Fue por esas manos que decidieron inscribirla en las clases de piano de la profesora Margot. Las clases eran en la municipalidad y, aunque quedara a nueve cuadras de su casa, Miguel la llevaba y la pasaba a buscar en auto.
            -Si vamos caminando no puedo fumar –le dijo a Marisol cuando se quejó de los gastos de combustible. Aunque en Ushuaia hacía siempre frío, él andaba de mangas cortas y con la ventanilla baja, un cigarillo siempre encendido entre los dedos.
            A Lupe no le gustaba el momento de llegar o de irse de un lugar; disfrutaba más de los momentos del medio, cuando ya se había acostumbrado al olor y a la disposición de las cosas, y sabía que todavía quedaba tiempo de disfrutarlas. En la clase de música odiaba también que Margot la besara. La había visto pintarse la boca y con el mismo bastón hacerse marcas rojas en las mejillas que después dispersaba con la punta de los dedos alrededor de los pómulos. Sentía que cada vez que sus mejillas se tocaban, algo de esa máscara tenebrosa se quedaba en su piel.
            Disfrutaba más de los ejercicios grupales donde tenía la libertad de esconder sus errores en el ruido de los demás. Tocaba la tecla equivocada con el dedo chiquito o dos veces la misma vuelta, la punta de la lengua le colgaba al costado de la boca. Lupe prestaba mediana atención a los ejercicios de ritmos y compases. Se distraía con las manos de sus compañeros. Los miraba marcando los dos tiempos, chocando el puño de una mano contra la palma de la otra. Las manos, los dedos, se movían todos distinto. Había dedos de mil tipos y algunas veces no coincidían con sus dueños: dedos cortos y gordos en un flaco, dedos pegajosos en una chica con cara de limpia. A ella siempre le decían que tenía lindas manos, qué dedos más largos y flacos, y ella lo creía porque tampoco había visto a nadie con manos más lindas que las suyas.
            Hacia el final de la clase el hechizo de la música se desvanecía y el hecho de estar ahí, en una casa ajena cuando afuera atardecia, empezaba a parecer una molestia. Los alumnos se convertían en intrusos y mientras guardaban los instrumentos rogaban por dentro no ser los últimos en ser venidos a buscar. Diez minutos después de la hora, las maestras retomaban su rutina y la casa se convertía en un hogar ajeno.
            A Lupe no le había tocado nunca quedarse sola después de la clase. Esa tarde le había sobrado casi la mitad del paquete de galletitas del colegio y lo compartía con dos compañeras sentadas contra la pared.
            - A fin de mes mis papas nos van a llevar a patinar sobre hielo. – Una de las últimas pistas de hielo en Buenos Aires quedaba a la vuelta de lo de Celia.
            - ¿Podemos ir? - preguntó la que nunca se animaba a ir a ningún lado sola. La otra miraba de costado porque el plan no le interesaba, el hielo siempre le había dado malos augurios. Lupe asintió con la cabeza aunque no quería que fueran. Actuaba como si entendiera lo que pasaba a su alrededor.
            Primero vinieron a buscar a la que se invitó sola. Tres galletitas después buscaron a la otra. Lupe tiró el paquete vacío en el tacho de basura y volvió a sentarse contra la pared. Los tres hermanos Ochoa cruzaban la entraba con las mochilas al hombro, quedaban solo Manuel y ella.
            Manuel estaba sentado en la esquina con las piernas cruzadas, las dos manos ocupadas en su Gameboy. Supo que estaba jugando al Tetris por la música que ya conocía de memoria.
            -El otro día hice cincuenta filas. – Manuel no levantó la vista.
            Lupe sacó su cuaderno pentagramado y empezó a dibujar. Le gustaba hacer la nota do, que era como un plato volador aunque no le sonaba a nada. La dibujaba sobre cada línea y flotando por debajo y por encima del pentagrama. Las blancas le gustaban más que las negras. Después escribió idiota entre el cuarto y el quinto renglón. Alguien se acercaba caminando por el pasillo, cerró el cuaderno y lo guardó. Decidió hacerse la dormida, quizás se dormía en serio.
            El ruido del timbre cortó su concentración. Abrió los ojos de golpe, pensó que así podia escuchar mejor quién era. Todo seguía igual: Manuel haciendo su vida en la esquina de la habitación, las manos de Lupe apoyadas en su regazo no se habían ni movido. Las maestras no aparecieron y el silencio le hizo dudar si realmente había sonado el timbre.
            Volvió a sonar. Un rayo de luz atravesó la ventana y la habitación. Lupe acercó su cara al vidrio mientras los pasos volvieron a atravesar el pasillo. Esperó el sonido tímido de la voz de Miguel pero hubo silencio. El brillo del sol no le permitía distinguir a la persona de pie en la vereda. Era un cuerpo alto cubierto con una capa negra que llegaba casi hasta el piso. Tenía hombros anchos pero no tenía rostro. Las manos largas y flacas.
            El abuelo, pensó Lupe. Vino el abuelo. Metió la cabeza adentro de la mochila. Las líneas del cuaderno pentagramado se veían enormes tan cerca de sus ojos y las notas le bailaban de arriba a abajo. Su propio aliento chocaba contra la cartuchera y lo volvía a respirar. En su boca se dibujó una sonrisa nerviosa.
            Pensaba en todo a la vez: el abuelo pintor, ese cuadro hermoso que nadie sabía apreciar como ella, el calor del denso bosque chaqueño, los dedos largos sobre las teclas del piano, la parrilla al fondo del jardín donde vivían y morían los conejos que le regalaba la abuela Aurelia.
            La voz gravísima del hombre retumbó por las paredes del pasillo. ¡No quiero escuchar más a estos perros tocar! Y después un forcejeo, el quejido de la visagra de la puerta en tensión.
            -¡Váyase o llamo a la policía!
            -¡Perros! ¡Perros!

            Manuel tenía cara de asustado, la música del Tetris seguía sonando sin protagonismo. Lupe volvió a mirar por la ventana: el hombre de espaldas y en silencio. Giró sobre su eje y el sol contra la nieve le iluminó la cara, la nariz enorme, estiró los brazos al costado del cuerpo como un condor y, mirando a través del vidrio y adentro de los ojos de Lupe, el gigante pegó un alarido que la hizo saltar y caer al suelo sobre su panza.