15 de mayo de 2017

ni un zapato

            Lo que menos le gustaba del invierno eran las orejeras rojas que la obligaban a usar. No las quería tocar ni con la punta de los dedos porque la felpa, al contrario de lo esperado, era áspera y le daba escalofríos. Entonces se le retorcía la lengua adentro de la boca, tocándole la parte de atrás de todos los dientes. Fue así que descubrió su primer diente flojo una tarde mientras se sacaba las orejeras y la campera de plumas en la zapatería. Revisando su dentadura se acercó a la estufa para calentarse las manos.

            Cuando Marisol atendía, Lupe aprovechaba para hacer cosas prohibidas: caminaba con el cuerpo pegado a la vidriera. El vidrio estaba empañado y le gustaba apoyar el dedo índice y arrastrarlo de punta a punta haciendo dibujos. Un rinocergato. Solo a través de las líneas dibujadas sobre la humedad, Lupe podía ver hacia afuera. Su reflejo en la nieve blanca le devolvía la atención. En el fondo sonaba una y otra vez la campana de la puerta, los zapatos eran un éxito.

            -Te digo la verdad, ahora que lo veo de nuevo no estoy muy segura – escuchó que le decía una señora a la otra. En silencio, una chica sostenía un zapato de raso rojo y lo examinaba como si fuera un frasco de aceitunas. Lo volvió a acomodar sobre el estante y se fue. Lupe se distrajo de su propio juego para mirarla alejarse de la zapatería, siguiendo el paso de sus piernas con un amplio movimiento de brazos.

           

            Marisol cerró la puerta con llave antes de abrir la caja. Lupe recordó el robo de los cien dólares y le dio vergüenza. Había sido un error de principiante haber querido invertirlos en el kiosco de la escuela. Claro que llamarían a alguien.

            -¿Cuántos zapatos vendimos hoy?

            -Ninguno- respondió Marisol mientras contaba los billetes de australes.

            La dejó ir a la casa de la tía Marta con la condición de que se pusiera las orejeras para salir. Lupe caminó por la avenida San Martín, las manos en los bolsillos y la lengua empujándole de a poco el diente flojo. Ningún zapato, ni un zapato. Se dio vuelta para volver a mirar a la puerta del local, a las mujeres que salían sin bolsa o pasaban por la vidriera sin mirar.

            La casa de la tía tenía olor a jazmines creciendo en la madera. Roxana la esperaba mirando la tele en la cocina, hicieron tostadas con manteca y azúcar. La tía estaba trabajando en la librería, así que pudieron sentarse a comer en el sillón mientras miraban la tele. A Lupe le parecía que Roxana se estaba poniendo redonda, pero Marisol le había dicho que eso pasaba cuando uno comía demasiada manteca.

            Hubo un ruido en la puerta y después pasos en la escalera. Guido volvía de futbol, entró con la cara iluminada por su sonrisa. Saludó a Lupe con un beso en la frente y se fue a bañar. Ella ya no pudo estar de la misma manera en el sillón con Roxana, sino todo el tiempo esperando que su primo volviera a aparecer. Cualquier ruido cerca del pasillo bastaba para que ella girara a mirar.

            Guido volvió un rato después. La película ya había terminado así que la invitó a Lupe a ir al almacén con él. Saludaron a Roxana y bajaron juntos las escaleras. Dormido sobre uno de los últimos peldaños estaba Nahuel, la cabeza hundida entre sus patas delanteras de bóxer. Como les estaba cortando el paso, Guido lo despertó tirándole de las orejas. Ella lo quiso abrazar y pedirle que la llevara en brazos pero qué iba a pensar él, no podía perder a su mejor amigo.

            Cuando doblaron en la esquina, Guido hizo un ruido asqueroso con la garganta y escupió sus mocos con fuerza y lejos.

            -¿Está bien escupir?

            -No tiene nada de malo.

            -¿Yo puedo escupir?

            -No sé, las mujeres…no sé.

            Cuando pensaba en las mujeres, Lupe pensaba en las señoras que iban a la zapatería, como aquella que sostenía el zapato rojo, altas, siempre un poco nerviosas. Se preguntó si ellas escupían o no. Después pensó que debería tomar una decisión sobre qué haría ella misma, pero tampoco estaba apurada.

            Guido saludó al librero y le pidió si podía fiar una resma de hojas. Mientras esperaban, él jugaba con una Boligoma sobre el mostrador. La hacía girar entre sus dedos, la tapa amarilla para arriba, la tapa amarilla para abajo. A Lupe le encantaba llenarse la palma de la mano con Boligoma y esperar a que se secara para arrancárselo lentamente como si fuera una capa de piel.

            El librero abrió un viejo y ancho cuaderno lleno de cosas, y buscó entre las páginas. Llegó a una encabezada por el nombre de Guido seguido de una larga lista de números. Abajó del último trazó un grueso y tembloroso dos.

 

            Lupe se despertó con el diente suelto adentro de la boca. Su propia saliva tenía sabor a metal. La clase de danza era temprano así que no tuvo tiempo de escribir su carta. En secreto decidió que ni ella ni Camila irían a clase.

            En el primer piso del edificio había una confitería donde mucha gente venía a buscar refugio del frío en una taza de café o de chocolate caliente. La abuela Celia la había invitado a la confitería varias veces y ella podía elegir el tostado con jugo de naranja o cualquier cosa que quisiera sin recibir la opinión de nadie. El salón de danza quedaba al lado.

            Miguel despidió a Lupe y Camila en la entrada del edificio, donde la nieve amarronada se acumulaba en las esquinas. Una vez que el auto dobló por la avenida y se perdió entre las fachadas de los edificios, las chicas corrieron calle abajo y entraron por la salida de emergencia. Los tules azules rebotaban con ellas mientras subían las escaleras, rodetes redondos en la cabeza, los zapatitos rosas que apenas hacían ruido contra el cemento.

            Se sentaron en el descanso a escribir la carta, Lupe traía todo lo necesario en su mochila. Arrancó una hoja de su anotador y prosiguió a escribir con su birome negra de Pluto. Había traído un libro de Marisol para usar de apoyo. El amanecer de los brujos. Planeaba escribir una carta pidiendo todo lo posible por su diente. Dibujó un nueve y lo siguió de la página repleta de ceros y un final de signo de dólar.  Cuando terminó le dolía la mano. Puso su diente en el medio de la hoja y la doblo hasta convertirla en un pequeño rectángulo que se metió en el bolsillo.

            A la noche puso la carta debajo de su almohada. Se recostó sobre la cama armada. Por la ventana entraba la luz de la luna y las sombras de una lenga meciéndose de acá para allá. Pensó que ahora Marisol no tendría que estar todo el día encerrada sin vender ni un zapato, que podrían irse al campo a caminar sobre la nieve, que ella tampoco tendría que ir a la escuela ni a danza, que le compraría a Guido una resma de hojas y le pagaría todas sus deudas con el librero. Recorrió toda su dentadura con la lengua y exploró el agujero que le había dejado el diente ausente.  La encía era blanda y suave. Marisol entró a la habitación a los gritos. ¡Ponete los zapatos, ponete los zapatos!

            Camila ya estaba sentada en el auto envuelta en su manta azul. Miguel al volante tenía el motor en marcha. Tocaba bocina una y otra vez. Marisol empujó a Lupe por la espalda para que fuera más rápido, la nieve le mojó el pantalón del pijama pero recién lo sintió cuando entró al auto y empezaron a andar.

            Llegando al centro había más y más personas en la calle, varios iban como ella, de pijama y campera. Se juntaban en grupos en las esquinas, conversaban con gestos de asombro. El olor a quemado llegó hasta el auto. El limpiaparabrisas se movía rápido, arrastrando los copos de nieve que empezaban a caer. En la avenida San Martín escucharon los primeros gritos y sirenas.

            Cuando llegaron ya nevaba con fuerza. Las llamas ardían por encima del techo de la zapatería y se mezclaban en el cielo con los copos de nieve. La vidriera estaba destruida y por debajo del techo solo quedaban cuatro vigas carbonizadas que a duras penas sostenían la estructura. El humo negro cubría la cuadra entera y olía a plástico y cuero quemado. La gente empezó a agruparse alrededor del incendio, algunos caminaban desorbitados gritando el nombre de sus familiares o sus mascotas. Otros paseaban tranquilos, como si no hubiera nada que hacer.


            Lupe se movía entre las personas en los brazos de Marisol. Sus piernas le rodeaban la cintura. Iban dejando atrás caras de pánico y de sueño. Aprovechando el apuro se sacó las orejeras de la cabeza y las dejó caer al suelo. La despedida no le dio escalofríos. Cerca del fuego todo se movía a una velocidad acelerada. Marisol la dejó en el piso y la agarró de la mano. Observaron por un minuto las llamas rojas que ardían sobre el cielo estrellado y llegaban a reflejarse en la bahía. Lupe sintió una soga rasposa que empezó a apretarle el cuello: sabía que su plan no había hecho más que atraer a la desgracia y que ahora sí que no quedaba ni un zapato para vender.                        

14 de mayo de 2017

el casamiento

Como todas esas veces en que algo era particularmente para ella, Lupe estaba fascinada con la media docena de huevos. Abría la heladera cada cinco minutos para cerciorarse de que siguieran ahí, en la esquina del estante, esperando a ser llevados a la escuela el lunes. Los amaba porque eran suyos.

            El domingo tuvo que empezar a buscar los momentos de soledad para abrir la heladera porque Miguel la había descubierto y le había prohibido volver a hacerlo. Decía que así se iba todo el frío. Todo el frío. Lupe miraba a través del vidrio congelado de la ventana de la cocina, la casa de nieve del otro lado. El auto de nieve, las veredas de nieve. El frío de la heladera le daba risa. Sacó la huevera y se la escondió debajo del camisón.

            Encerrada en su habitación, desplegó los seis huevos sobre la cama. Sostuvo uno con firmeza entre sus dedos, lo acercó a su ojo izquierdo para ver el recorrido de las arrugas de la cáscara. Al darlo vuelta le encontró una mancha marrón cubierta con algunas plumas. Se la llevó a la nariz. Definitivamente era caca, Lupe lo supo de inmediato: adentro crecía un pollito.

            Por suerte era domingo y pudo darle a su empresa el tiempo que precisaba. Juntó ramas, hojas y tierra, la toalla con la que Marisol se teñía el pelo y una lámpara de su mesita de luz. Construyó el nido en el estante más alto de la casa, encima del mueble de madera del living. Palmiro no llegaría nunca hasta ahí. Encendió la lámpara bien cerca para que pareciera el sol. Al otro lado del nido sentó a su muñeca sin pelo con un cartel colgado del cuello. Peligro, no tocar.

            El lunes en la escuela fue un éxito. Nadie notó que a Lupe le faltaba un huevo de los seis que les habían pedido. La maestra les mostró cómo vaciarlos y limpiar la cáscara, después iban a rellenarlos con chocolate. Ella hizo todos los pasos a la perfección y se llevó sus cinco huevos a casa para enfriar y pintar. Ya sabía que el primero sería para Roxana, la prima que se casaba el sábado. Lupe y Camila iban a participar vestidas de blanco llevando los anillos hasta el altar.

            Dejó la huevera al fondo del primer estante de la heladera y se fue a ver al pollito. Alguien había apagado la lámpara sol. Acomodó un par de hojas sobre el nido y agarró el huevo con los dedos de siempre. Busco la parte limpia y la besó con la boca entera.

            -Te quiero.

           

            Roxana las pasó a buscar a la mañana siguiente para ir a probarse la ropa del casamiento. Lupe y Camila coincidieron en sentirse secretamente decepcionadas de que sus vestidos fueran iguales, blancos con un moño celeste en la cintura. La calle a la mañana les era un territorio extraño, en Ushuaia las mañanas eran lentas y puertas adentro.

            En el tacho de basura de la cocina, Lupe encontró la huevera de cartón vacía. En la heladera no había nada, ni un rastro de chocolate. Había sido víctima de los atracones nocturnos de Miguel y no le había quedado ni un solo huevo. Trepó en pánico hacia el nido esperando lo peor para su amigo pero el pollito estaba a salvo. Desde el estante le gritó a Miguel que de ninguna manera iba a ir a la escuela para tener que contarle a todo el mundo que en su casa se habían comido la tarea, que a la noche, dormido, Miguel ni veía lo que comía.

            Guardó al pollito en el bolsillo de su pijama, agarró a la muñeca por el cuello y salió para el fondo. Ahí, en la tierra árida donde no crecía el pasto, abundaban las lombrices. Lupe las cortaba por la mitad y las mandaba al hospital de bichos, donde los pacientes siempre sobrevivían. Palmiro dio un par de vueltas alrededor de la escena y cayó rendido, sus cuatro patas escondidas debajo de su cuerpo.

            Pronto la llamaron desde adentro. Camila se iba al dentista con Miguel y Lupe tenía que ir a la zapatería con Marisol. No fuera cosa que se quedara sola en casa, que aprendiera, como aquella vez con Huguito, la historia del matambre.

            La zapatería se llamaba LC en honor a las hermanas. Lupe había querido traer a Josefina pero Marisol se lo prohibió diciendo que la muñeca asustaba a las clientas. A partir de aquel día Lupe llevó a su pollito escondido en el bolsillo para todos lados. Mientras lo acariciaba con la mano izquierda, escuchó la risa absurda de Marisol que conversaba con la primera señora de la tarde.

            Se quedó dormida en el fondo del depósito entre cajas de zapatos que olían a cuero nuevo. Soñó que la cara se le inflaba hasta explotar. Cuando se despertó le dolía la garganta.

           

            En la guardia dijeron que Lupe tenía paperas y que había que aislarla y dejarla reposar por al menos un mes. Paperas, paperas. Pensó que su enfermedad tenía el mismo nombre que el hámster de Julia. Que durante un mes en la cama podía salirle una capa de pelo en todo el cuerpo, los ojitos se le volverían mostacillas negras y bien podría crecerle una cola. Lloró pensando en el dolor.

            Las paperas eran la peor enfermedad posible para Lupe. Pasaban las semanas y los síntomas no amainaban, los pasillos de su mente fantasiosa estaban prendidos fuego con la alerta del dolor. Se aburría durante las tardes largas con la casa vacía, Cristina lavando los platos, pasando el trapo por la cocina, el sonido suave de la radio que apenas llegaba a la pieza. Había mudado el nido al lado de la cama y a veces se guardaba el huevo en el bolsillo del pijama para acariciarlo.

            El día del casamiento Lupe todavía contagiaba. Con la puerta entreabierta vio cómo Camila se ponía el vestido blanco. Marisol le hacía unos rulos en el pelo con la buclera y Miguel planchaba su camisa. Ella tenía el mismo pijama hace cuatro días, había perdido la cuenta de cuantas veces había transpirado y cuantas veces se habían secado las sábanas. Tenía el pañuelo celeste de Marisol puesto alrededor de la garganta y el pelo largo y enrulado, despeinado. Entraba a la habitación el olor al perfume de su mamá. Cuando salieron los tres y se escuchó la última vuelta de la llave en la cerradura, un silencio triste cubrió la casa. El eco de los tacos alejándose por el pasillo que Lupe conocía de memoria. ¿Y si había cambiado mientras ella estaba ahí? ¿Si al salir de las paperas se encontrara con que el mundo es otro?  La fiebre la adormeció.

            -¿Estás bien?- susurró Cristina entrando a la habitación. Con una mano se cubría la boca. Se acercó a la cama y puso su mano libre sobre la frente de Lupe.


            -¿Por qué, por qué?- abrió los ojos grandes y agarró a Cristina por el cuello de la camisa con toda la debilidad de sus paperas. Como si alguien la hubiese desenchufado, cayó rendida sobre la almohada. Cristina le acarició la frente y el pelo. Cuando levantó la sábana para acomodarla, sintió el líquido viscoso de la clara de huevo y la baba amarilla que empezaba a colarse entre las arrugas de las telas. Los pedazos de cáscara aplastada eran como un chicle en el cemento, en el piso de la calle, donde Lupe no había podido celebrar ni Pascua, ni el casamiento, ni el nacimiento del pollito. 

12 de mayo de 2017

los juegos

Era sabido que había un tipo de deltantal de mujer y otro de varón. El blanco de tablas con cuello de camisa era el de los chicos, y el de volados y pollera el de las chicas. Lupe, por haber heredado todo de sus primos, tenía uno de cada. El primer día de la escuela primaria, recién salida de la cama, todavía sin peinarse ni abrir los ojos, eligió ponerse el tableado.
            Mientras formaban la fila para saludar por primera vez a la bandera, Miguel intentaba filmarla entre el aluvión de niños que inundaba el patio. Una imagen temblorosa y sobreexpuesta de la espalda de Lupe fue lo mejor que pudo lograr.  Ella tenía la mochila colgada de los hombros y el pelo recto y corto por debajo de las orejas, le agarraba la mano a Silvina. El lunar en la cara de su amiga brillaba negro oscuro como una amatista. Los hacían formarse de menor a mayor, delante de ellas estaba Paola. Cuando le preguntaban a Lupe con quién se iba a casar, ella siempre respondía sin dudar Con Paola. Contra el sol de la mañana, su pelo largo y rubio parecía hecho de hilos de oro.
            Ya sabía que su tía Agustina era la directora de la escuela pero nunca se había imaginado lo que eso implicaba. La tía apareció por el pasillo, seguida de dos señoras no identificadas. También tenía puedo un guardapolvo blanco pero más liso y con la mayoría de los botones sin abrochar. Estiró el cuello como un árbol viejo y gritando pidió silencio.
            -Como los papás deben saber, Ushuaia conserva el nombre que le dieron los yámanas, bahía que mira al poniente. Pero ¿ustedes ven a algún yámana por acá? ¿conocen a alguno? Este lugar donde vivimos le pertenece a otro pueblo, a un pueblo de fantasmas, ¿escucharon hablar del Genocidio Selknam?
            Lupe había dejado de seguir el animado discurso de la tia. Se concentraba en Paola, que asentía con la cabeza cada vez que la voz hacía una pausa. En el jardín de la casa de su abuela en Tolhuin vivía una jirafa. Ella misma se lo había contado y su hermana Andrea había dado fe. Parte del cuello y la cabeza de la jirafa entraban a la casa atravesando la ventana del segundo piso. Paola y Andrea podían deslizarse por su cuello en vez de bajar las escaleras cuando las llamaban a comer. Dijo que algún fin de semana tendrían que ir para conocerla, pero Lupe sabía que no iba a suceder porque sus fines de semana eran con los primos. Ella, orquestadora indiscutida de los juegos, no podia faltar.
            Habían empezado con los ataques de terror, plantando escenas escalofriantes alrededor de la casa. El perro de peluche colgando del ventilador con la soga de saltar al cuello, las toallas manchadas con charcos de sangre-Ketchup y las tarántulas de plástico entre las sábanas de la cama de Marisol fueron algunos de sus grandes éxitos.  Ahora a Lupe le interesaban más los experimentos.  Los fines de semana, mientras los grandes jugaban a las cartas, mandaba a Camila a buscar una lista de cosas del lavadero, a los primos lo mismo en la cocina, y ella se disponía a armar el paso a paso de la mezcla del día.
            El paraiso de los experimentos llegó pronto a un fin abrupto gracias a una mezcla cúlmine que Lupe planeó presa de ambición. Por turnos, cada uno tuvo que hacer caca adentro de la misma bolsa de residuos. Al resultado lo mezclaron con pasta de dientes y saliva de Palmiro. Ella cerró la bolsa con dos nudos y la dejó reposando debajo de la cama de Marisol y Miguel, coordenada importantísima para los experimentos. Un error de cálculos llevó a que Palmiro descubriera la bolsa y a que ella despertara en él un espíritu salvaje de curiosidad. El experimento terminó desparramado en toda su gloria sobre la alfombra del pasillo.

            A aquellas cosas solo podía jugarse con los primos, los únicos que sabían obedecer sin hacer preguntas. Pronto encontraron una nueva forma de entretenimiento: las obras de teatro. Los actos del colegio le habían dado a Lupe la iniciativa para lanzarse por su cuenta. Recolectó por la casa objetos y ropas que le podían ser útiles y las guardó debajo de su cama. Durante días pensó en la historia que le hubiese gustado contar, no quería hacer las cosas por hacer. Y así, una noche, en ese momento entre el sueño y la vigilia, la idea estalló en su cabeza como el big bang. Pensó en la tarde aquella en que una ballena minke se había quedado encerrada en la bahía escapándose de siete orcas que la perseguían por el canal de Beagle. La esperaron, escondidas, y finalmente la embistieron frente a la mirada de todo el pueblo y algún que otro turista. La tía Agustina, observando desde el balcón de su casa en la Avenida San Martín, de pie al lado de Lupe, aprovechó la oportunidad para contar aquella historia del envenenamiento de Springhill. Alrededor de quinientos selknams murieron aquel día después de abalanzarse sobre una ballena envenenada por un grupo de cazadores de indígenas.

            El acolchado grís de pelusas sería la costa de piedras y la alfombra celeste, el mar. Juntando todas las almohadas y algunos almohadones podrían armar a la ballena, las medias negras de Miguel eran perfectas para los ojos. Ernesto se escondería adentro. Era el más tímido de los primos pero superior a la hora de reproducir ruidos de animales. Los demás serían la tribu. Faltaba el veneno.

            Cuando Marisol los descubrió revisando los productos de limpieza, la obra y todos sus preparativos fueron cancelados de inmediato. El fracaso coincidió con el otoño y eso fue terrible. Lupe abandonó los juegos para sumergirse en las aguas de las agujas, los hilos, las latas de galletas hechas costurero y los pinchazos suaves en la punta de los dedos. Tenía que hacer la ropa de invierno de Josefina. Le había rapado la cabeza así que ahora se veía obligada a abrigarla bien hasta que le volviera a crecer.

            Encerrada en su habitación después de la escuela y la merienda, cosía sentada en la cama con el pijama puesto. La televisión siempre estaba encendida. Concentrada en la costura, a Lupe los dibujitos no le llamaban la atención. Le gustaba el sonido de fondo, la idea de algo alrededor.

            Una de esas tardes llegó Guido. Con él no había juegos. Con él Lupe prestaba atención y aprendía cosas sobre la vida. Entró a la habitación y se sentó al borde de la cama. Tenía unos pantalones azules doblados en el puño.

            -Me volvieron a retar por los de los cien dólares – dijo Lupe sin sacar la mirada del gorro que cosía.

            -Tenés que aprender a robar mejor. – Y entonces sí sus sonrisas se encontraron y Guido le dio un beso en la frente antes de acostarse a ver la tele al lado suyo. Siempre con la manos atrás de la nuca y las piernas estiradas y cruzadas, Lupe lo veía acostado como una de sus agujas en versión gigante. Quería ser como él, saberlo todo, poderlo todo.

            Cerró los ojos solo un momento y apoyó la cabeza sobre la almohada. Con el gorro a medio hacer sobre el regazo y los dedos tensos sosteniendo la aguja, parecía congelada por el frío de afuera. En su duermevela imaginó la primavera y un nuevo juego. Guido la dejó dormir.

            Llegó el fin de semana y con él los primos y sus novedades. A Federico lo habían expulsado de la escuela. Nadie quiso hablar de lo que había hecho. El clima fue ablandándose a medida que Marisol preparaba los mates: encendió el fuego de la hornalla, llenó la pava de agua, bajó el frasco de yerba del estante. La tía se sacó la campera de nieve, el tío se encendió un cigarrillo y se puso a buscar el cenicero. Entonces los chicos se desvanecieron de la cocina evitando cualquier tipo de advertencia, reto o limitación previa a los juegos por parte de los adultos.

            Lupe ya tenía todo preparado y lo exhibía frente a los demás mientras detallaba el plan. Había conseguido tomar prestada la filmadora de Miguel por solo un par de horas, las suficientes para filmar un pequeño videoclip. Los papeles ya estaban asignados: Ernesto encargado de la música, Camila y Federico bailarines, Lupe detrás de cámara y coreógrafa. Acomodaron los muebles como les indicó mientras Ernesto rebobinaba el cassette de Queen en busca de Rapsodia Bohemia.

            Los bailarines se pusieron los tutus azules, el tul que les prendía de la cintura estaba cubierto de lentejuelas. Lupe les pinto la cara con brillos dorados y plateados que resplandecían con la luz de la ventana. Un halo lento y misterioso cubrió la habitación mientras preparaban todo en silencio.

            La coreografía era simple: saltar entre los respaldos de los sillones, intentar estar siempre iluminados por el sol, las manos lentas, los movimientos agraciados. La canción daba para eso. Y después, cuando la música lo indicara, un poco más duro: sacudidas de cabeza, algún que otro salto.

           

            ¡Acción! Y los bailarines, girando sobre sus ejes, rebotando sobre los almohadones despidiendo mil brillos, estirando los brazos ágiles como gacelas saltando de sillón en sillón, comenzaron su danza sagrada.

            -Dale, dale – los arengaba Lupe detrás de cámara. Y Federico seguía, preso del frenesí, olvidado de las desgracias de la semana. Camila lo acompañaba desde el costado. El polvo de los sillones llenaba el aire de magia. Dale.

            Fue tan rápido que nadie lo vio entrar. El tio Seco apagó la música de un golpe en el reproductor mientras con la otra mano buscaba la oreja del primo. Los arrastró por la habitación a través de la puerta.

            - ¡Encima puto! – le gritó agachándose para agarrarle la cara entera con una mano que parecía más grande y fuerte que un león. Lupe filmaba todo con un pulso tembloroso. A Federico no se lo escuchó más. Ahora en la cocina todos hablaban de él sin decir su nombre.

            Esa noche Marisol les explicó que había ciertas cosas que no eran de varón. Habló durante un largo rato en el que Lupe no pudo prestar atención. Pensaba en el videoclip, en si podría hacerlo en la escuela, con Paola y Silvina. Quizás en Tolhuin. Pensaba en el pelo rubio de Paola, el lunar de piedra en la cara de Silvana. Decidió que a partir de entonces, cuando le preguntaran con quién se iba a casar, diría que con Guido. 


 

10 de mayo de 2017

la clase de piano

El pasado es ficción y la abuela Celia bien lo sabía. A pesar de haberse tomado el trabajo de destruir casi toda evidencia de su existencia, los nietos todavía le preguntaban por el abuelo Guillermo. ¿Qué hacía? ¿Cómo era? ¿Fue de él que heredé este dedo de martillo? Celia se tomó sus libertades a la hora de responder, era su derecho como sobreviviente reescribir su propia historia.
            Un día fue al almacén chino de la esquina de su casa y compró uno de los cuadros que tenían colgados en el fondo. Era el primer plano de un niño rubio con una lágrima colgándole del ojo. Podría haber estado en cualquier lado. Cuando llegaron los nietos al almuerzo del domingo, ella les contó que lo había encontrado en el sótano, era un viejo cuadro de Guillermo. La reproducción de una foto que había encontrado en la Conozca Más, un chiquito de Chernovil. Todos se le fueron encima, peleándose por ver quién lo contemplaría primero. Celia pensó que se había equivocado, ahora se pelearían por quién se lo llevaba a casa.
            Damián dijo que en su habitación no le quedaban paredes libres, los papas de Cris no tenían espacio en el auto para transportarlo, Estefi se quedó dormida. Todos perdieron interés salvo Lupe que seguía insistiéndole a Miguel para que hiciera un lugar en el living de su casa. Miguel dijo ¡Nunca! Parecía que ese pedido le molestaba más que cualquier otro, pero Lupe ya sabía que a él le encantaba decir que no, sobre todo a ella. Ojalá fuera hija del tio Jorge se convirtió en su respuesta más frecuente frente a las negativas de Miguel. Jorge vivía en Canadá y nunca le decía que no a sus hijos que se habían quedado en Ushuaia. El tio era marinero, viajaba en su velero hacía la Antártida, censaba esquimales en Alaska, siempre tenía una historia que contar y nunca se enojaba. 
            Sobre su otro abuelo, Eusebio, Lupe había escuchado todavía menos. No sabía, por ejemplo, que el ocho de marzo de mil nueve ochenta y tres, mientras ella nacía en el hospital municipal de Ushuaia, él moría en el impenetrable chaqueño. Eusebio Zaratu había nacido en San Juan de Gaztelugatxe, hijo de una bruja y un molinero. Eran ocho hermanos varones y, como todas las familias, se dividían a la izquierda y a la derecha. Durante la Guerra Civil, Eusebio, Cesario y Manuel se alistaron con el Ejercito Rojo mientras que Ramón se unió a la Falange. Solo Eusebio sobrevivió al combate. Triste por el destino de su país, se coló en una embarcación rumbo al sur. Viajó ciento setenta días a través del océano y ni una noche sintió el canto de las sirenas. No se detuvo hasta llegar al Chaco.
           
            Lupe había heredado la mirada de un abuelo y las manos largas y flacas del otro. Fue por esas manos que decidieron inscribirla en las clases de piano de la profesora Margot. Las clases eran en la municipalidad y, aunque quedara a nueve cuadras de su casa, Miguel la llevaba y la pasaba a buscar en auto.
            -Si vamos caminando no puedo fumar –le dijo a Marisol cuando se quejó de los gastos de combustible. Aunque en Ushuaia hacía siempre frío, él andaba de mangas cortas y con la ventanilla baja, un cigarillo siempre encendido entre los dedos.
            A Lupe no le gustaba el momento de llegar o de irse de un lugar; disfrutaba más de los momentos del medio, cuando ya se había acostumbrado al olor y a la disposición de las cosas, y sabía que todavía quedaba tiempo de disfrutarlas. En la clase de música odiaba también que Margot la besara. La había visto pintarse la boca y con el mismo bastón hacerse marcas rojas en las mejillas que después dispersaba con la punta de los dedos alrededor de los pómulos. Sentía que cada vez que sus mejillas se tocaban, algo de esa máscara tenebrosa se quedaba en su piel.
            Disfrutaba más de los ejercicios grupales donde tenía la libertad de esconder sus errores en el ruido de los demás. Tocaba la tecla equivocada con el dedo chiquito o dos veces la misma vuelta, la punta de la lengua le colgaba al costado de la boca. Lupe prestaba mediana atención a los ejercicios de ritmos y compases. Se distraía con las manos de sus compañeros. Los miraba marcando los dos tiempos, chocando el puño de una mano contra la palma de la otra. Las manos, los dedos, se movían todos distinto. Había dedos de mil tipos y algunas veces no coincidían con sus dueños: dedos cortos y gordos en un flaco, dedos pegajosos en una chica con cara de limpia. A ella siempre le decían que tenía lindas manos, qué dedos más largos y flacos, y ella lo creía porque tampoco había visto a nadie con manos más lindas que las suyas.
            Hacia el final de la clase el hechizo de la música se desvanecía y el hecho de estar ahí, en una casa ajena cuando afuera atardecia, empezaba a parecer una molestia. Los alumnos se convertían en intrusos y mientras guardaban los instrumentos rogaban por dentro no ser los últimos en ser venidos a buscar. Diez minutos después de la hora, las maestras retomaban su rutina y la casa se convertía en un hogar ajeno.
            A Lupe no le había tocado nunca quedarse sola después de la clase. Esa tarde le había sobrado casi la mitad del paquete de galletitas del colegio y lo compartía con dos compañeras sentadas contra la pared.
            - A fin de mes mis papas nos van a llevar a patinar sobre hielo. – Una de las últimas pistas de hielo en Buenos Aires quedaba a la vuelta de lo de Celia.
            - ¿Podemos ir? - preguntó la que nunca se animaba a ir a ningún lado sola. La otra miraba de costado porque el plan no le interesaba, el hielo siempre le había dado malos augurios. Lupe asintió con la cabeza aunque no quería que fueran. Actuaba como si entendiera lo que pasaba a su alrededor.
            Primero vinieron a buscar a la que se invitó sola. Tres galletitas después buscaron a la otra. Lupe tiró el paquete vacío en el tacho de basura y volvió a sentarse contra la pared. Los tres hermanos Ochoa cruzaban la entraba con las mochilas al hombro, quedaban solo Manuel y ella.
            Manuel estaba sentado en la esquina con las piernas cruzadas, las dos manos ocupadas en su Gameboy. Supo que estaba jugando al Tetris por la música que ya conocía de memoria.
            -El otro día hice cincuenta filas. – Manuel no levantó la vista.
            Lupe sacó su cuaderno pentagramado y empezó a dibujar. Le gustaba hacer la nota do, que era como un plato volador aunque no le sonaba a nada. La dibujaba sobre cada línea y flotando por debajo y por encima del pentagrama. Las blancas le gustaban más que las negras. Después escribió idiota entre el cuarto y el quinto renglón. Alguien se acercaba caminando por el pasillo, cerró el cuaderno y lo guardó. Decidió hacerse la dormida, quizás se dormía en serio.
            El ruido del timbre cortó su concentración. Abrió los ojos de golpe, pensó que así podia escuchar mejor quién era. Todo seguía igual: Manuel haciendo su vida en la esquina de la habitación, las manos de Lupe apoyadas en su regazo no se habían ni movido. Las maestras no aparecieron y el silencio le hizo dudar si realmente había sonado el timbre.
            Volvió a sonar. Un rayo de luz atravesó la ventana y la habitación. Lupe acercó su cara al vidrio mientras los pasos volvieron a atravesar el pasillo. Esperó el sonido tímido de la voz de Miguel pero hubo silencio. El brillo del sol no le permitía distinguir a la persona de pie en la vereda. Era un cuerpo alto cubierto con una capa negra que llegaba casi hasta el piso. Tenía hombros anchos pero no tenía rostro. Las manos largas y flacas.
            El abuelo, pensó Lupe. Vino el abuelo. Metió la cabeza adentro de la mochila. Las líneas del cuaderno pentagramado se veían enormes tan cerca de sus ojos y las notas le bailaban de arriba a abajo. Su propio aliento chocaba contra la cartuchera y lo volvía a respirar. En su boca se dibujó una sonrisa nerviosa.
            Pensaba en todo a la vez: el abuelo pintor, ese cuadro hermoso que nadie sabía apreciar como ella, el calor del denso bosque chaqueño, los dedos largos sobre las teclas del piano, la parrilla al fondo del jardín donde vivían y morían los conejos que le regalaba la abuela Aurelia.
            La voz gravísima del hombre retumbó por las paredes del pasillo. ¡No quiero escuchar más a estos perros tocar! Y después un forcejeo, el quejido de la visagra de la puerta en tensión.
            -¡Váyase o llamo a la policía!
            -¡Perros! ¡Perros!

            Manuel tenía cara de asustado, la música del Tetris seguía sonando sin protagonismo. Lupe volvió a mirar por la ventana: el hombre de espaldas y en silencio. Giró sobre su eje y el sol contra la nieve le iluminó la cara, la nariz enorme, estiró los brazos al costado del cuerpo como un condor y, mirando a través del vidrio y adentro de los ojos de Lupe, el gigante pegó un alarido que la hizo saltar y caer al suelo sobre su panza.

17 de febrero de 2017

55
Cuando era chica y volvíamos de lo de mis primos en Monte Grande, yo miraba los hoteles del camino, al costado de la ruta, con sus carteles y sus ventanas, su aura misteriosa. No entendía por qué hacíamos ese viaje tan largo de noche en vez de quedarnos en uno de esos, aprovechando la oportunidad mágica de cambiar de casa sin cambiarla de verdad.
Nos sentamos en nuestra mesa de siempre. Me enoja que ya tengamos una mesa de siempre. Sue domina la charla con las últimas novedades de la vida de Brit, que fue al casamiento de su primo y ahí vio a Tucker, el hijo de Sue, con su nueva novia, a quien Sue no conoce; alguien le escribió en su muro que Bambi está famélico pero es un chiste, Bambi está bien y Tucker está dándole de comer.
Abro el diario sobre la mesa. Hoy es el aniversario de la tragedia de Bhopal. Ocurrida el 3 de diciembre de 1984, se originó al producirse una fuga de isocianato de metilo en una fábrica de pesticidas, propiedad de la compañía estadounidense Union Carbide. Es la primera tragedia que conozco que coincide con mi cumpleaños. Es el segundo cumpleaños seguido que paso lejos de Buenos Aires. A veces me pregunto si valdrá la pena, si está en el viaje la inspiración para mi nueva escultura. Carioca, la forma de Río, no es lo único que puedo registrar. Podría volver a casa, tomarme un tiempo para bucear en otras ideas, probar materiales nuevos. 

Llega la comida y guardo el diario en la mochila para leer antes de dormir. Peter hace un brindis por mis 30. El viejo Antoine, como todas las noches, toma solo en la mesa de la esquina. Se acerca y también brinda conmigo. La trentaine est un âge difficile. La vie est finie, l'existence commence. Me habla con la boca muy cerca de mi cara, dejo de respirar para no sentir su aliento.

11 de junio de 2016

17
Alguien escupe mocos en la habitación de al lado, se escucha como si estuviera escupiendo sobre nuestra cama. Oliver enciende la música, está de buen humor. Para cuando me levanto, ya está haciendo sus malabares. Salgo a ponerme desodorante, un señor en chilaba parado a unos metros de nuestra puerta me da los buenos días.
Munnar queda en la montaña y está cubierto de vegetación. Cuando salimos podemos girar hacia la izquierda, por donde empieza el bosque, o hacia la derecha, camino al pueblo y a la estación. Hoy al mediodía subimos por ahí, el sol ya pega fuerte sobre el suelo de barro, nosotros caminamos de la mano esquivando los charcos. Las calles de la India son eléctricas, las vacas y las gallinas pican su almuerzo de las bolsas de basura. Los negocios tienen millones de años, el suelo está cubierto de polvo y es imposible saber si la gente va o viene o atiende el local, las caras se esconden entre telas y bijouterie. Las verduras se apilan siempre de manera geométrica, haciendo ilusiones hermosas. Saco algunas fotos. Sobre el mostrador de la farmacia hay una gran vitrola, el cuerno lustrado brilla como la seda entre las cajas de remedios. En bolsas de arpillera encontré fideitos de colores y de distintas formas. Hay estrellas y letras. El piso del mercado está cubierto de verduras descartadas o perdidas que entre todos vamos pisando y arrastrando por ahí. Los pasillos son oscuros y, cuando salimos, a los dos nos cuesta adaptar la mirada a la luz natural. Oliver frena porque se le termina de romper la sandalia.
—Necesitamos comprar un par nuevo.
Me pregunto si Bárbara habrá conseguido el puesto de limpiadora. En la casa de Melbourne, el que limpia no paga el alquiler. Bárbara va a ser buena, en nuestra habitación pasaba la aspiradora todas las semanas y, si la dejabas, ordenaba un poco tus cosas, las apilaba o las ponía en un rincón. Hablábamos día y noche de Ciaran, ella fantaseaba y a mí me sorprendía su capacidad de poner esas fantasías en palabras sin sentir vergüenza: Sería el marido perfecto, me decía con los ojos bien abiertos, ¿vos qué pensás? Y yo me reía, aunque ella me lo preguntaba en serio, mirándome con sus ojos de elfo. La primera vez que salimos todos juntos, me dijo:
—Me gusta el irlandés.
—A mí el inglés —le contesté.
Bárbara trabajaba en el Trippy Taco de Gertrude Street y yo cuidaba a Henry a la vuelta. Lo buscaba por la escuela, en su casa le preparaba la merienda, se ponía sus botas de lluvia y salíamos a pasear. A veces la íbamos a saludar, la encontrábamos con los guantes puestos y la gorra tan prolija, con el pelo recogido en una colita. Cuando queríamos hablar y que nadie nos entendiera, cambiábamos del inglés a una mezcla de italiano y español. El idioma de las fantasías.
Después del viaje a Lorne, Oliver, haciéndose el casual, me invitó al museo; yo convencí a Bárbara de que viniera con nosotros, tenía pánico de estar sola con él.

Fue un día húmedo de verano, llovía. El museo queda en el medio del Victoria Park. Nos tomamos el tranvía 96, atravesamos el parque por el norte: tengo vivo el recuerdo de esos árboles viejos, los lagos, el río y las ramas atacadas por las comadrejas. Estuvimos en el museo un par de horas hasta que avisaron que iban a cerrar. Entonces Oliver nos llevó corriendo a la sala de los animales embalsamados diciendo que no nos la podíamos perder. Los animales embalsamados me recuerdan al museo de Ciencias Naturales de mi barrio, una casa chiquita con algunas fotos de gente que ya nadie sabe quién es y una habitación llena de polvo con algunos pájaros en una vidriera. Eran viejos y se notaba, las plumas estaban desteñidas y a muchos se les empezaba a achicharrar el cuero. En una esquina, un bicho enorme desplegaba sus metros de alas y unas patas tan puntiagudas y rojas que parecían otro animal aparte. Abajo, su cartelito decía: Cóndor fueguino

4 de junio de 2016


11
Munnar. Lo tenemos anotado próximo en la lista que nos hizo Thomas en Melbourne. Él viajó por la India durante tres meses, creo que es de confiar. Para empezar, es francés, y los franceses tienden a menospreciar todo. Dijo que a mí, especialmente, me iba a gustar; yo me sigo preguntando especialmente, ¿por qué a mí?
El día que compramos los pasajes, Bárbara me apartó para hablar y me dijo que Oliver tenía expresión de terror. Ella tiende a ser paranoica y tuve miedo de que se me pegara esa paranoia. Claro que Oliver estaba nervioso, yo también lo estaba. A duras penas nos conocíamos y nos estábamos yendo de casa, a pasar tiempo solos, con todo lo que no pasaba entre nosotros.

Hace mucho calor y el colectivo va lleno; adelante viajan las mujeres y atrás los hombres. Venimos al fondo juntos, hay tanta gente parada que se genera una intimidad forzada. Me siento mareada, recorremos kilómetros de calles de tierra. Recién a la media hora aparece el primer pueblo y la gente empieza a bajar. Cuando descomprime, agarramos un asiento y me duermo con la cabeza sobre sus rodillas. Me siento contenida durmiendo con movimiento alrededor. Apoyo la cara en la palma de su mano.
Me despierto por el movimiento del micro. Oliver está durmiendo, vamos muy rápido a través de una ruta de montaña, saltamos de un lado a otro por las piedras del camino. El motor hace ruidos como si fuera a desprenderse.
-Hermosa- me dice, y me acaricia el pelo. Tiene cara de dormido, los ojos azul oscuro. Le agarro la mano sobre mi cara y lo hago que me acaricie un rato más. Hay algo de estar cerca suyo que me hace olvidar de todo lo demás y perderme. En la India, hablando en inglés todo el día, es difícil recordar quién era hace poco.
¿Y Oliver? Hace unas semanas tenía una idea tan diferente de él, fruto puro de mi imaginación, de cosas que voy comprobando que no son y nunca dieron indicios de ser. Una noche en Melbourne, Oliver me dijo que Catie iba a pasar unos días por la ciudad de camino a Christchurch, donde iba a ayudar a las víctimas del terremoto; yo no pude dormir pensando en los terremotos y se lo dije. Nos pusimos a jugar a las cartas. La luz del velador me iluminaba desde atrás, sentía los rayos calientes que rebotaban sobre mi nuca y explotaban por la habitación. Me concentré en el orden de las cartas, incliné la cabeza y pensé que Oliver, al levantar la vista y mirarme, pensaría en la virgen de Guadalupe.
Cuando nos volvimos a acostar, le pedí que me hablara hasta que me durmiera. Cerré los ojos y lo escuché con atención, fingiendo la respiración cada vez más pesada, hasta que empezó a hablar más lento y se quedó dormido. Entonces abrí los ojos; la luz de la calle todavía me dejaba ver algo adentro del cuarto. Su diente chueco, hermoso, brillaba asomándose por debajo del labio.
Unas semanas después llegó Catie a Melbourne. No vino nunca a nuestra casa, se encontraron solos en Lentils. Yo me quedé leyendo Franny and Zooey y esperando a que llegara Bárbara para decirle de hacer algo, lo que fuera con tal de distraerme. No tenía celos, sabía que ella no le daba besos ni cuando eran novios, pero igual quería salir, no pensar demasiado en el tema, en su pelo largo y sus piernas, su boca de frutilla.
Fuimos al jardín botánico y a la vuelta ahí estaba Oliver, en el patio de la casa, cosiendo su sandalia. Era de esas deportivas, bien agarradas para correr o escalar. Las había comprado usadas en Nueva Zelanda, le sobraba un poco encima de los dedos. Era la tercera vez que las cosía.
-¿Cómo te fue?
Le di un beso en la frente.
-Bien.

Seguía hablando pero yo pasé de largo hasta el baño. Me puse colorada, mientras hacía pis sentí la cara hirviendo y me tuve que poner las manos frías en las mejillas mientras equilibraba mi peso para no tocar el inodoro. Oliver trajo esas sandalias hasta la India, cualquiera de estas noches se las tiro a la basura.

23 de mayo de 2016


13 de mayo de 2016

Los padres de Ofelia, Helena y Ramón, se habían casado bajo circunstancias extraordinarias. Él era amigo de la familia y se enamoró de Helena cuando era todavía una niña. El padre de ella detectó cierta extrañeza en la relación desde temprano y fue generándose entre él y Ramón una suerte de pacto que implicaba un futuro casamiento. Nunca había querido tener hijos y se le ocurría que esta era la mejor manera de dar la crianza de Helena por terminada.
Ella no sospechaba de los finos hilos con que otros habían tejido su vida. La mañana en que cumplía 18 años, su padre entró a su habitación sin golpear la puerta, encendió la luz y dijo con voz seca:
-Te vas a casar con Ramón.
Apagó la luz, cerró la puerta y la abandonó a que se ahogara en el profundo mar de sus pensamientos. Sonrió y nadie pudo verla ¿quién era el misterioso hombre con el que compartiría, por primera vez, su cama? Poco sabía de lo que le esperaba. Jamás se le ocurrió que su padre hablaba del viejo Ramón, aquel que a los treinta era ya un anciano para ella.
Helena dormía con los ojos cerrados y la respiración pesada. Soñaba que dos mujeres fabricaban su vestido de novia en una habitación cuadrada de paredes marrones. Cosían con los dedos, como trenzando los hilos, formando los pliegues de un vestido resplandeciente. La acción se prolongaba durante un largo rato, mientras las mujeres tenían conversaciones que en el sueño no se podían escuchar. Un perro ladrando irrumpía en la habitación, los ladridos eran constantes y suaves; pronto se volvían más fuertes y claros, como un puño golpeando contra una puerta.
Helena abrió los ojos, sus pensamientos todavía en el sueño. Vio la puerta de su habitación que se abría apenas, despacio, mientras el ruido de los golpes se iba apagando. Ni respiró. Como en cámara lenta, fueron apareciendo: una, dos, tres, miles de flores que formaban un ramo envuelto con una cinta roja, un brazo que las cargaba, una cabeza despoblada de pelo y, finalmente, la cara del viejo Ramón.
Pocos meses después del anuncio, se casaron. A la fiesta fueron amigos del padre y compañeros de trabajo del novio. Los invitados de Helena eran pocos: la mayoría de sus amigas se habían ido a la ciudad o trabajaban lejos. Sus primas, Mariana y Florencia, hijas de una prima de su madre, la ayudaron con el vestido y los detalles en general.
-Qué suerte que ya te cases, tan jovencita,- le dijo Florencia mientras le abrochaba los botones forrados en raso blanco. Mariana era más reservada, la peinaba en silencio, le iba trenzando pequeñas mechas para luego atarlas todas en un recogido. Tenía la boca llena de horquillas negras.
Después de la comida, los novios bailaron el vals. Helena se sonrojó al verse expuesta ante tantos extraños. Buscó las caras de sus primas entre la gente, definitivamente no estaban ahí. Mariana y Florencia estaban sentadas en el escalón de la entrada de la casa.
-Pobrecita, - dijo Florencia mientras Mariana le daba chispa al encendedor y se levantaba un fuerte viento que arrastró hojas y ramas, y le impidió escuchar lo que decía su prima.

Cuando sonó la última nota del vals, Helena se disculpó con Ramón y fue corriendo al baño. Se encerró, se apoyó contra la puerta y empezó a llorar. Le caían las lágrimas sin esfuerzo mientras una bola viscosa de mocos le colgaba en cámara lenta de la delicada nariz. El corazón le latía fuerte y por un momento la idea cruzó su mente: voy a morir, tengo que morir.

8 de mayo de 2016

El primer día del tour, Carla me llamó por teléfono a la mañana. Me dijo que tenía un grano enorme en la cara.
-No voy a poder ir.
Bien, otra vez me dejaba sola con José. Yo ya no sabía cómo manejar su depresión; siempre llegaba tarde, con la camisa arrugada y una terrible cara de triste. Mi otra opción era Peter, su reemplazo, que fumaba porro antes de los tours. Los viejitos le hacían preguntas y él, con la mirada perdida entre los asientos, las dejaba pasar. Cantaba bajito las canciones de la radio y creo que ni se daba cuenta. Claudia estaba enamoradísima de él, entonces no decía nada. Cuando Peter se separó, ella saltaba en una pata; hacía años que lo esperaba. Así manejaba Claudia el negocio, con la torpeza de sus sentimientos.
Hacía tres años que organizábamos los tours para jubilados. José ya había mandado a varias viejas a cagar. Se puso tan pesado que Mariana se volvió a Quitilipi. Yo de esto me enteré porque ella misma me escribió para pedirme que nos tomáramos un café de despedida. Fuimos al bajo y charlamos mirando al río. Ella me dijo que nuestro trabajo era un bajón, yo no estuve de acuerdo. Prefería mil veces eso que un trabajo en una oficina de dinosaurios como la de ella. Lo único bueno de su trabajo era Hernán. Yo lo había conocido en la casa de ellos una noche que armaron una cena. Si bien no se había recibido, había estudiado tres años de la carrera de contador. Algo muy aburrido, pero él era un tipo muy gracioso. Yo lo hubiera imaginado actor o algo así. Después de esa noche, lo vi varias veces. La última vez nos dimos un beso. Esa misma tarde, Manuel trajo al tour a su perro aunque yo ya le había dicho mil veces que en los micros no se admiten perros. Si hubiese estado Carla ahí, lo hubiese manejado mucho mejor que yo, cada uno tenía su rol en el trabajo, ella era la comprensiva.
Olga llegó quejándose del tránsito y de unos supuestos motochorros que le habían querido robar. Siempre venía con una diferente. Dijo que le pareció haber visto a Carla cruzando Santa Fe. Tenía un grano enorme en la cara.  

26 de abril de 2016

3
-Please, let me continue a bit more.
She hoped that if he took enough cocaine, thing could change. Tempted as she was to just leave, this was an opportunity she still was not ready to give up. What would she do? She had spent all that money and hadn´t honored her part of the deal. Her stomach was aching, the emptiness grew inside of her until it felt like it would pierce through the couch.

Time was still an inaprensible concept to Nim. She felt like her mind and heart took longer than her body to get everywhere. And the older she grew, the slower her mind and heart became; change felt like too much change, every time.

24 de abril de 2016

¿por qué
hacía
tanto silencio
japón?

le faltaba
tu risa

21 de abril de 2016

Nunca iba a olvidar la manera en que él le decía: la calma ante todo, Aurora. La calma, la calma. Ella siempre fue más de creer en la historia aquella del león y la gacela, donde al final todos corren por sus vidas. Correr es perder la calma. Igual que enamorarse.

20 de abril de 2016




Philip Glass - Mad Rush

Tanger

Las calles la guiaron hasta la entrada de la medina, un laberinto inmenso de más calles y pasillos. Se entregó por completo a ese mundo de diferencias. Las paredes irregulares y despintadas sudaban sobre ella, las mujeres bajitas se deslizaban con velocidad entre la multitud. Las suelas de sus zapatos se hundían en el barro blando al caminar.. Al levantar la mirada, se encontró con un par de ojos negros, un burro defecando en la esquina, una boca sin dientes sonriendo. Cesar venía caminando hacia ella, tenía el pelo corto y la barba crecida. Giró a la derecha y desapareció. El corazón de Aurora dio un salto y sin pensar giró tras él para buscarlo. Se adentró en el laberinto y se desorientó. Las callecitas se repetían, la boca sin dientes de nuevo, el burro ahora comiendo, pero Cesar no aparecía. A su paso empezó a despertar gritos y escándalos, los hombres tiraban de su brazo para hacerla entrar a sus negocios, le hablaban en varios idiomas.
-María, ¡María!, -la llamaban.
¿Había imaginado a Cesar? Juraba que era él, insistió por los pasillos, necesitaba saber si estaba en lo cierto. Era difícil distinguir dónde terminaba una tienda y empezaba otra. Las carteras de uno se mezclaban con los vestidos de otro. Los hombres, con largos palos terminados en gancho, descolgaban perchas a pedido de los clientes. Eran tan ágiles que el gancho se volvía  mano. En medio del mundo de telas, una tienda de especias. Sobre mil tarros dispuestos a la calle, las especias en conos como volcanes coloridos. Los nombres escritos en árabe no le daban ni una pista. Cada vez que alguien compraba alguna especia, una montaña se destruía; entonces desde el fondo de la tienda un niño aparecía con cara de dormido y se encargaba de la hermosa tarea de volver a darle forma. ¿Cómo olerían sus manos al final del día? Ella recorría las tiendas volando, observando y  deteniéndose en los rostros con barba.
-Cuero de camello, señora, -repetía el hombre mientras bajaba la percha con su brazo de gancho. Dio un paso atrás y se perdió de nuevo entre la gente. Ahora todo olía a cuero pero distinto, más fuerte y crudo. Al final del pasillo se tropezó con la mesa de un bar, la comida también olía a cuero crudo. Por todos lados escuchaba su nombre; todos necesitaban su atención.
-Señora, por favor, por favor señora, -repetía un hombre extendiéndole una mano, con la otra llenaba una bolsa de plástico con orégano.
-Por favor, - Aurora le dio un billete de dos pesos. Él lo tomó y desapareció entre la gente. Se quedó ahí parada mientras oía a sus espaldas el llamado de la jungla. No podía moverse de su lugar, le temblaban las rodillas. Su cuerpo se balanceaba al ritmo del tumulto de gente que la empujaba. Dio pasos perdidos  apoyándose en los hombros de cualquiera. Las voces de los vendedores se mezclaron con un  zumbido que explotaba en su cabeza. Ya no encontraría a Cesar. Perdió la ubicación, no tenía idea de cómo salir de ahí. El sol estaba cayendo y cada vez veía menos turistas a su alrededor. Prefería morir que quedarse sola, se le cerró el pecho y no pudo respirar. Caminó hasta una silla que había frente a una tienda y se sentó tomando una enorme bocanada. El empleado se acercó de inmediato, tenía una chilaba verde y las manos enroscadas por debajo de las mangas.
-¿Zapatos?, -el hombre sacudía los zapatos cerca de su cara,- Señora, ¿zapatos?
-No, ¿una pregunta?
-Soy Youseff, dígame.
Le pidió que la guiara hasta la salida más próxima. . Por momentos el trayecto se convertía en un fino pasillo con piso de barro por el que apenas cabían sus cuerpos, otros parecían estar atravesando los interiores de alguna casa, con la familia sentada a la mesa. Luego una plaza con un gran horno encendido, la gente del barrio haciendo fila para usarlo. Las mujeres iban con ollas en las manos o manteles o niños. Ella seguía asfixiándose, el amor se le escurría entre los dedos. Su guía la tiraba del brazo cada tanto para mantenerla cerca,  la cara asustada de Aurora era una molestia innecesaria. Un burro estacionado cargaba la verdulería encima con un gorro de paja entre las orejas. El ruido se multiplicaba, las voces. La música era el golpear de tambores que coincidía con el paso de la gente. Para tranquilizarse, Aurora pensó en una postal que le había mandado su abuela; escribía desde Turquía y hablaba de un instrumento de música que sonaba en los bazares.
Llegaron a un claro, un centro, una fuente y  silencio absoluto. Volvió a respirar.
Llegó a la salida de la medina guiada por Jouseff. Le agradeció modulando con cuidado la palabra gracias, agachó la cabeza y le sonrió.
-Usted, paga.
-¿Qué?
-Paga.
Puso cinco dírham en la palma de su mano.
-Son treinta.