19 de enero de 2018

Lúcifer


                Yo siempre supe de la importancia secreta de algunas cosas, siempre pude distinguir lo valioso de lo demás. Al principio lo llamaba intuición, pero más adelante acepté que se trataba de un don.
                Cuando lograba salir de casa, cuando cada antojo de papá había sido satisfecho, en esos momentos, la vida se me aparecía como un milagro. Claro que a él nunca le decía que salía de paseo. Él lo sabía de todas maneras. Era un pacto implícito entre ambos para sacarnos de encima mutuamente. Le decía que iba a la lavandería, a comprar harina, al zapatero, a la iglesia a saludar a Juanita. Creo que me gustaba mentirle. No tardes, me rogaba él con su cara fingida de indefenso. A las cuatro empieza la novela y Zulema se distrae.
                Yo salía a la calle con el corazón de fiesta, caminando rápido, esquivando personas, resoplándoles en la nuca, queriendo recorrer mi barrio a toda marcha. Llegar al parque era siempre mi objetivo. Ahí me sentaba en el mismo banco siempre, y me ponía a respirar el aire cristalino del invierno, a escuchar con atención las conversaciones de la gente que paseaba alrededor. Cuando no llegaba a escucharlos, inventaba diálogos posibles, disputas familiares, traiciones, deseos desmedidos en el medio del parque. Y es curioso que entonces pensara en papá.
                Recordaba, al volver a casa, escenas de mi infancia. Las verdades sobre las que había edificado mi vida. Pensé que el pasaje a la adultez fue el momento en que esas verdades empiezaron a detonar. Todo esto porque recordé aquella mentira de la infancia, que vino preñada de consecuencias. Un mediodía durante un almuerzo familiar en lo de los tíos, mi hermano me preguntó qué era un gaucho. Mi papá lo escuchó de casualidad y se puso a contar toda la historia del gaucho Martín Fierro, y nos habló del libro que nuestro tío abuelo había escrito sobre él bajo un nombre falso. Nos explicó que la gente usa nombres falsos para huir de la fama. El tío abuelo era famoso.
                El tío abuelo no era famoso, el pasto quemado del medio del patio no era consecuencia de un meteorito, el vagabundo del barrio no era el legendario viejo de la bolsa. Pensaba que la entrada a la adultez había tenido la facilidad del abandono; sin expectativas, me había sumido en un mundo regido y habitado solamente por mí y por aquellos a los que mi vida se encontraba inevitablemente ligada: mis padres y mi abuela materna, que contaba como tres familiares. Le encantaba maltratar a mi mamá, a mí me gustaba cuando le decía: Sacate esa mirada de que sos dueña de todo lo que hay bajo el sol.
                Mis abuelos compraron nuestro terreno y con un crédito del banco construyeron las dos casas. Ellos vivían en la grande y dejaron la de atrás para las visitas, los futuros hijos, los nietos. Él trabajaba en la policía federal y ella se encargaba del jardín, las compras y la comida.  Cuando mis padres se casaron, mi abuelo ya estaba enfermo. Decidieron prestarles la casa grande y mudarse ellos a la casa del fondo bajo la condición de que mis padres –y los hijos que tuvieran- se encargaran del cuidado de la familia. Siempre supuse que mis padres aceptaron aquel trato con la esperanza de tener muchos hijos a quienes relegar aquella tarea y de que los abuelos murieran relativamente pronto. Ninguna de esas cosas sucedió. Mi abuela viviría muchísimos años.
                Después de que mamá nos abandonara, los cuidados de su madre quedaron a cargo de papá y yo. Él, no muy a gusto con la idea de tener que lidiar con su ex suegra, dejó a la vieja a su suerte en la casa de atrás. Durante varios años yo me encargué de ella, adentrándome todos los días en su mundo del fondo, al que se accedía por un pasillo oscuro, cubierto con una parra seca. Abría la puerta oxidada y con calculada destreza atravesaba la cocina evitando respirar el olor a viejo del ambiente que igual entraba por mis poros. Subía la escalera cubierta de una alfombra vieja de color incierto y encontraba a mi abuela en su habitación. Siempre la encontraba igual: acostada, con la espalda apoyada sobre el respaldo de la cama, un cenicero en el regazo y un cigarrillo en la mano. Aunque estuviera adentro, llevaba siempre sus anillos, sus aros de perlas y su maquillaje. El televisor encendido pasando algún programa de chimentos. Quizás, mientras sus ojos vacíos se dirigían hacia el cuadrado luminoso, su mente se dirigía hacia sus recuerdos. Su infancia en Banfield, quizás, o su noviazgo con José, anterior al que había tenido con mi abuelo.
  Cuando la abuela me necesitaba, llamaba por teléfono a casa. Me pedía que le fuera a cambiar el canal del televisor porque no encontraba el control remoto entre las sábanas o que le trajera papel higiénico del baño para sonarse la nariz porque alguna película la había hecho llorar. Una vez ahí, me pedía que le alcanzara a la cama el arma del abuelo; yo algunas veces lo hacía y otras no. Cuando lo hacía, mi abuela se recostaba completamente horizontal sobre el colchón y yacía abrazada a la escopeta. Yo me quedaba por horas ahí, sentada sobre la alfombra en una esquina. Todo en la habitación estaba recubierto: la alfombra, las paredes forradas con papeles pesados y telas, el enorme cubrecamas manchado por los años, los manteles sobre las mesas de luz y la mesa del televisor. La luz era amarilla. Todo tomaba ese tinte: los envases, la heladera, la pantalla del televisor, las esquinas. El amarillo era la presencia del paso del tiempo. Antes de irme, guardaba todo en su cajón, cerrando con una llave que me encargaba de esconder en la cocina entre las latas de galletitas.
Después dejé de ir. Ella siguió haciendo llamadas a casa durante un largo tiempo aunque nadie la atendía. Empezó otra etapa. Misteriosamente consiguió los números de los vecinos de la manzana y los llamaba a ellos. Los vecinos vinieron a golpear la puerta de casa con cara de pocos amigos instándonos a que cuidáramos de ella y amenazándonos con denuncias a la policía.
Un día la abuela vio una película sobre dos viejos que se conocían en una confitería y se enamoraban. Empezó a salir de la casa vestida con escote y las joyas que le había regalado mi abuelo, los labios delineados para que parecieran más gruesos. Se sentaba así durante horas en el bar más concurrido del barrio, donde la pudieron ver vivita y coleando los vecinos que entonces nos empezaron a creer a papá  y a mí.  
Cuando los vecinos dejaron de responder a sus llamadas, mi abuela abandonó el bar. Comenzó a discar números al azar. No se preocupaba ni siquiera por que los números tuvieran siete dígitos; hacía llamadas a larga distancia y hablaba por horas con gente de la provincia, explicándoles su lastimosa situación y pidiéndoles que tomaran nota de los últimos deseos de una vieja sola y moribunda. Total, la cuenta de teléfono la pagábamos nosotros. Así fue que un día llegaron a casa habanos de Cuba, patas de jamón desde España, perlas de Japón. Fue un verdadero despliegue del mágico poder de mi abuela.
Con el tiempo, cuando sus aventuras telefónicas ya habían sido descubiertas, cuando su historia ya había salido en noticieros de cuatro o cinco países vecinos y hasta ya había tenido algunos admiradores, mi abuela enloqueció. Una mañana anunció que a partir de entonces sólo hablaría con la diputada nacional Margarita Stlovizer, se encerró en su casa y no volvió a hablar con nadie. Con papá no sabíamos qué hacer porque aunque mamá se hubiera ido y ya no quedara nadie de su familia, temíamos que algún vecino nos acusara finalmente con la policía y tuviéramos que hacernos cargo de un caso de negligencia. Papá tuvo una idea brillante que yo tuve que llevar a cabo:
-Hola señora, aquí le habla Margarita Stolvizer. ¿Cómo se encuentra usted?
Entonces la abuela me contó una historia tristísima de desamor y soledad y Margarita le rogó que tomara el antidepresivo, guardara el arma y se fuera a dormir. Un día, finalmente, la abuela se dio un disparo accidental en la pera y murió.
Durante un largo tiempo, papá y yo no intercambiamos palabras; él tan solo se dirigía a mí para darme algunas órdenes respecto a la casa y yo le hablaba a él para pedirle plata para las compras del almacén. Todo cambió de manera repentina cuando apareció Mariana en nuestras vidas. Papá la había conocido un domingo volviendo del súper en una escena clásica de ruptura de bolsa y desastre de víveres. Mirada, mirada, el tiempo se detuvo. Sonrisa, mirada. Levantaron primero las frutas redondas, se incorporaron, se estiraron la ropa. Alguien dijo la primera palabra. El tiempo volvió a correr. Aquel día fueron a tomar un café y a partir de entonces empezaron a verse fuera de casa. Yo me sentí en las nubes durante un año: todo aquel espacio, todo aquel tiempo solo para mí. Nunca venían, y creo que era por el fantasma de mamá.
Mis mejores noches eran cuando papá se quedaba en la casa de Mariana. Entonces podía sentarme en la cocina a tomar un té caliente, sobando de la taza sostenida con ambas manos, sintiendo cómo el vapor me abría lentamente los poros de la nariz. Entonces había un silencio arrullador como las olas del mar y yo podía estar en el espacio, meditando y juntando fuerzas para lo que haría a continuación. Al final de la taza me levantaba, me calzaba con las pantuflas de papá y salía por la puerta de atrás. Atravesaba el pasillo de la parra seca, abría la puerta que relinchaba y ahora ofrecía todavía más resistencia, y entraba a la casa. En la cocina, me acercaba al mueble esquinero y hurgaba entre las latas de galletitas para encontrar una llave. Un rato después, me acomodaba horizontalmente sobre la cama de mi abuela; a mi lado yacía la vieja escopeta de mi abuelo.      
Yo empecé a esperar la visita con ansias, quería conocer a Mariana. Me atacó una terrible soledad. Durante el día no podía parar de ir al baño a mirarme cómo estaba vestida, cómo estaba peinada. Una y otra vez la misma rutina, con el corazón lleno del deseo de que en cualquier momento sonara el timbre y fueran ellos.
Hasta que un lunes me levanté y encontré a papá en la cocina. Preparé un té, aparté una silla y me senté a la mesa. Sostuve la taza caliente entre mis frías manos durante un segundo, me puse de pie, alejando la silla con mis pantorrillas. Recorrí la casa de forma lenta, sigilosa, llevando la taza entre mis manos, buscando a Mariana.
Pasé por la puerta de la habitación de papá y me pidió que le alcanzara la Biblia de la biblioteca del living. Inocente, sin saber que en ese mismo momento me estaba estableciendo como la cuidadora de mi padre y sus necesidades, hice lo que me pedía. Papá, en posición horizontal, recibió la Biblia con ambas manos tensas, al acecho. Lo vi abrir el libro y leer en voz alta: Y mirando él atrás, los vio, y los maldijo en el nombre de Jehová. Y salieron dos osos del monte, y despedazaron de ellos a cuarenta y dos muchachos.  Un rato después, entró a la cocina y me pidió que encendiera el horno. Lo abrió y metió la Biblia dentro. La casa se llenó de humo y pronto los vecinos tocaron el timbre preocupados o curiosos por saber si la desgracia había tocado a nuestra puerta una vez más. Papá me pidió que saliera y los mandara al demonio.
Cuando uno piensa en el sonido del llanto, piensa en algo así como un susurro seguido de algunas aspiraciones. Escuchar a alguien llorar es como escuchar al viento que se cuela por los accesos involuntarios de una casa, el espacio entre la puerta y el piso, entre una y otra hoja de la ventana. Pero nada de eso había en el llanto de mi padre. Supe entonces que Mariana no vendría.
¡Cuánto de contagioso hay en el dolor!
Apagué la luz del living, y desde la entrada me tomé un minuto para observar aquel cuadro. Mi padre, como un muerto, reposando sobre el sillón, como un muerto, con los brazos cruzados sobre su pecho y los pies calientes sobre la mesa.
Encendí el gas de una hornalla y lo dejé llenar el aire durante unos segundos. Después unos segundos más. Tenía la caja de fósforos en una mano pero no quería encender el fuego. Sostenía la perilla de la hornalla. El olor a gas me despertó como una cachetada, encendí un fósforo y puse agua a calentar. Elegí una taza color naranja del estante y desenvolví un saquito de té. Papá guardaba sus pastillas en la heladera. Decidí tomarme una para poder retomar el sueño. Saqué una del pastillero y antes de que me diera cuenta, la había hundido en el agua hirviendo. Como poseída, saqué otra y otra y hundí en el agua una y otra y así unas quince o dieciséis veces.


26 de noviembre de 2017


If you pass me by,
Three hearts will break in two
´Cause me, myself and I
Are all in love with you.

  Gastón sabía que a Gabriela no le iba a gustar nada el plan. Lo sabía, lo sabía, ¿por qué había accedido? Habían pasado los años pero todavía no lograba corregir su gran defecto de querer caerle bien a todo el mundo. Gabriela era todo lo contrario, a veces le parecía que ella disfrutaba de caer mal. No iba a querer saber nada con la cena. Pero esas cosas le pasaban solo a él. Cerró el libro y se miró en el espejo del living. Se sonrió. Sos un boludo. Se golpeó la cabeza con el libro. Sos un flor de boludo. Petra apareció por encima de su pelada, en el espejo se vio disfrazado como hacía veinte años en su fiesta de egresados del secundario. Era Batman. En aquel momento todavía podía repetir su chiste sin vergüenza: Batman no, Batman sexy, sonreía exhibiendo su tanga diminuta. El recuerdo le trajo una carcajada que terminó en tos y angustia. Petra se enroscó apasionadamente con una de sus zapatillas, estaba a punto de entrar en celo por primera vez. Gastón volvió al libro.
Dos horas más tarde sonaron las campanas del atrapasueños que Gabriela había colgado al lado de la puerta. Lo había hecho en un workshop durante un verano en San Marcos Sierras. Gastón lo odiaba, salvo cuando le servía de advertencia en casos como este. Bajó el libro y esperó a que apareciera la figura de su novia recortando la entrada al living. Nada, después de las campanas solo silencio. Tragó saliva con esfuerzo, el invierno le achicaba la garganta. Petra se frotaba contra su pie con más y más insistencia. Dio una pequeña patada al aire para sacársela de encima.
Después de cambiarse la ropa y de comer un par de cucharadas de miel de Del Viso, Gabriela entró al living. Gastón dormía sentado en el sillón. La gata ronroneaba con violencia, clavándole las uñas al almohadón como si quisiera abrirlo al medio. La tapa del piano estaba baja, las partituras donde las había dejado el día anterior. Una vez más Gastón no había ensayado, Gabriela se lamentó, había sabido desde el primer momento que armar la banda con él no iba a ser una buena idea. Gastón era un buen pianista, quizás el mejor que conocía. No practicaba nunca, pero en los ensayos estaba siempre a la altura. Había llegado a generar una capa blanda de rencor entre sus amigos músicos, que lo conocían bien. Gabriela no quería trabajar más así, pero tener el piano gratis para la grabación del disco le había permitido invertir en Pablo. Y Pablo la rompía en la trompeta, todos lo sabían.
-No te escuché entrar -dijo él con los ojos todavía cerrados.
-Llegué hace rato, ¿ensayaste?
-Un poco.
-Mentira.
-Tengo que decirte algo. Algo mucho peor. Vino Lean esta mañana.
-Gastón, Lean viene todos los lunes a la mañana, ¿y?
-Y, cuando se estaba yendo, después de la clase, me dijo así nomás de venir a cenar.
-¿Venir acá?
-Acá.
-¿Se invitó a cenar?
-A él y a su novia. Dijo que quería que estuvieras vos también, una cena así. Dijo que el padre de la novia tiene una pollería. Traen un pollo.
-¿Cocido?
-No sé.
Petra lamía incansablemente la pata de madera del sillón. Gabriela usaba ambas manos para armar un rodete con su pelo largo y lacio que le llovía sobre la cadera. Eso hacía siempre que estaba enojada, como preparándose para dar pelea. Se sentó al piano, levantó la tapa y empezó a tocar escalas.
 -Te dije que quiero que Para pintarte sea especial. Vamos a tener que mover el ensayo de mañana.
Gastón se volvió a acostar, tapándose la cabeza con el almohadón. El gato enroscaba la cola entre los dedos de sus pies. ¡Vienen a las ocho!

El timbre sonó menos cuarto. Gabriela estaba todavía sentada en el piano, ahora tenías las partituras desparramadas por el piso, se había puesto las viejas polainas de danza de su madre y las babuchas encima de las calzas. La política era no encender la estufa hasta que las capas de ropa dejaran de alcanzar para abrigar. A ella no le gustaba esta nueva regla, pero desde que ambos habían decidido dejar sus trabajos en la escuela para dedicarse a los alumnos particulares, las sesiones y los discos, habían tenido que hacer varios recortes. Para pintarte era la estrella de las prioridades de la casa, entonces Gabriela tuvo que aprender a callar el frío.
-¿Quién es? No abras.
Gastón seguía leyendo en el sillón. Odiaba que la gente llegara temprano. Es una forma de impuntualidad, lo burlaba siempre Gabriela imitándolo. La gata le maullaba a la puerta. ¡Cuerpo a tierra!, Gastón se rió, pero ella ya estaba juntando sus hojas, con toda la intención de encerrarse en la pieza de arriba. Esa noche no se la iba a hacer nada fácil. Gastón cerró el libro y se calzó las zapatillas. Después de todo, era suya la culpa.

Le llamó la atención que la novia de Lean fuera tan linda. Se presentó como Clara, y su perfume floral quedó suspendido en el aire después del saludo. Tenía el pelo oscuro y lacio por los hombros, un estilo distinto al de Gabriela, más serio, más adulto. ¿También estudiás piano?, le preguntó sintiéndose un estúpido. Ella negó con la cabeza. Menos mal, pensó él, el tema se terminó ahí.
Gabriela estaba arriba. Seguía vestida de entre casa, escuchaba las primeras grabaciones de Para pintarte mientras terminaba un porro enorme sentada en el medio de la cama. No podía sacar la vista de encima del frasco de flores que habían cultivado con sus amigas en el verano. Ya no le quedaba casi nada. Escuchó las voces abajo, los rasguños lascivos de Petra en la puerta. Era hora de bajar.
La bolsa de la pollería estaba apoyada sobre la mesada de la cocina. Gabriela desató el nudo con los dedos y mal humor. No había planeado cocinar. ¿Quién va a una cena con un pollo crudo? Tiró un gran chorro de aceite usado en la bandeja del horno y apoyó el animal entero con desprecio. Contó hasta cuatro mientras le sacudía el salero encima. Horno, puerta, pum, listo. Se sirvió otra copa de vino.
-¿Qué tal Lean? ¿Vos ensayás para las clases?
-A veces, la verdad, cuando tengo tiempo.
-Trabaja demasiado.
-Gracias a Dios.
Gastón se levantó para poner un disco. Como siempre que no sabía qué decir, narró lo que hacía.
-Voy a poner un disco en el tocadiscos.
-Buenísimo.
-Bru-tal-, dijo Clara riéndose y mirando a los ojos a Lean, festejando un chiste interno que nadie más apreció.
Me, myself and I are all in love with you, we all think you´re wonderful, we do! Gabriela condimentaba la ensalada sobre la mesa, Lean miraba su página de Facebook en el teléfono y Clara buscaba algo en la cartera. El silencio los agarró desprevenidos, nadie tomaba el mando de la conversación. La música trajo alivio y, entre servir el vino, comentar el clima y algunas preguntas básicas a Clara, pasó la primera hora de la reunión.
Gabriela dijo que necesitaba cambiarse antes de cenar. Siempre lo hago, cocino de entre casa, dio explicaciones que nadie le estaba pidiendo. Subió las escaleras apurada y se encerró en el cuarto, abalanzándose sobre el frasco de marihuana. Alguien había movido la mesa de lugar apenas unos centímetros. Mientras fumaba, le pareció también que el frasco estaba mucho más vacío que antes. Revisó el vidrio a ver si encontraba huellas digitales. Clara había subido al baño diez minutos antes.
Abajo, las palabras no abundaban, había que espaciarlas, alargarlas, exprimirlas al máximo. Gastón le contaba a sus amigos sobre la grabación de Para pintarte. El primo de Lean, Tomás, era el dueño del estudio donde trabajaban. Clara repitió varias veces que era una ignorante total en lo que respecta a la música. Sin embargo, cuando vio a Gabriela bajar por las escaleras todavía vestida de entre casa, le pidió que les tocara un tema del disco. Voy a chequear el pollo y después con gusto, fue la respuesta que le dio sonriendo y con los ojos achinados. Gastón supo que estaba nerviosa.
-Cuando puedas vení, que me gustaría comentarle algo a todos. -La voz de Lean salió más fuerte de lo que esperaba. Gastón estaba desconcertado ¿Qué tendría su alumno para decirles? Ni siquiera se conocían tanto, iba a las clases hacía cuatro o cinco meses. Y ¿por qué había traído a su novia? ¿Qué tenían que hablar los cuatro? El motivo de todo se le hizo evidente: Gabriela y Leandro tenían una historia. Estaban ahí para darles la noticia, todo de una vez. Se levantó de la mesa y se fue a la cocina.
Me cago en Dios, me olvidé de encender el horno, qué pelotuda. Gabriela se daba la cabeza contra la pared, Leandro la agarró de los hombros para detenerla.
-Te pido por favor que vuelvas a la mesa, no me dejes solo.
-Esta mierda se va a hacer en tres horas. No puedo más. -Petra ronroneaba entre los pies de uno y otro, al acecho del pollo al otro lado del vidrio.

Clara fumaba un cigarrillo de pie junto a la ventana abierta. Nadie le había dicho que podía hacerlo. Lean se acomodaba nervioso en su silla, tenía las manos sobre una caja de cartón que había puesto sobre la mesa. Esto es nuevo, dijo Gabriela, ¿qué trajiste?
-Por favor siéntense -dijo poniéndose de pie-,  tengo algo que ofrecerles.
Anestesiados por la sorpresa, los dos lo obedecieron. Clara volvió a la mesa. Lean agarró su vaso de agua.
-Tengo mucha sed y me encantaría tomarme todo este vaso de agua, - se acercó el vaso a la boca,- pero no pude evitar notar en las clases que ustedes toman agua de la canilla. Directo de la canilla. ¿alguna vez vieron lo que hay adentro de una cañería? El cloro es el último de sus problemas. Hace unos meses Clara y yo compramos un filtro Acquapure gracias a un amigo de la familia, y nos cambió la vida. – Posó la mano entera sobre la caja; con un solo gesto depositaba toda su confianza en el filtro. – Ahora quiero pasarles el secreto.
-Voy a chequear el pollo - Gabriela se apuró a salir del comedor. Se puso nerviosa, pensó Gastón, se viene la confesión. El corazón le latía con ganas, no podía esperar a que Lean se sacara la máscara. Billie Holiday lo llamaba desde el tocadiscos …The way we dance till three, the way you changed my life, no, no! They can´t take that away from me! Clara encendió otro cigarrillo, esta vez sin moverse de la mesa. No abrió la boca. Lean sacaba de la caja unas bolsitas de plástico con las partes del filtro.

-¡Cuidado que está hirviendo! – gritó Gabriela apoyando la bandeja con el pollo ostensiblemente crudo en el medio de la mesa. - ¿Ya les conté del disco? ¿Les toqué algún tema? Es mi obra maestra, realmente.
-¡Nos encantaría! Pero antes dejame mostrarte cómo funciona…
-Mi amor, ¿y si corto el pollo? – Gastón atravesó el ave con el cuchillo sin esperar la respuesta. Clara apagó su cigarrillo en el borde de su plato.
-Cada comprador aporta el contacto de tres posibles compradores y …
-Saco esta mierda y les toco el primer tema, el piano es hermoso.
I´ll be seeing you in all the familiar places that this hearts embrac... Gabriela levantó la púa con tan poco amor que Petra soltó un alarido imitando al disco. Desfilando para los invitados, atravesó la alfombra que cubría el living. Movía la cola de lado a lado, las cuatro patas siguiendo una línea recta que atravesaba la mitad exacta de su cuerpo. Gabriela se sentó al piano y se soltó la larguísima cabellera que casi peinaba el suelo. Arremetió contra las teclas, aullándole a la luna que empezaba a asomarse por la ventana. Lean encajó la última pieza del filtro y levantó la cabeza con una sonrisa. Sus ojos se encontraron con los de Gastón, que lo miraba por encima de su copa de vino. Te voy a matar, sorete, le decía con las pupilas. Clara no dijo nada, Lean juntó el filtro nervioso para ir a instalarlo en la cocina. Le voy a traer un buen vaso de agua a cada uno, sacudía la cara con una sonrisa. Gastón se levantó decidido a revisar los bolsillos de las camperas que colgaban del perchero. El piano descontrolado los había hecho olvidar el silencio.
Clara encendió su tercer cigarrillo y acercó el cenicero con los dedos. Petra se subió a la mesa de un salto. Quedamos solo nosotras, dijo Clara, pero su voz se perdió entre las notas. También el maullido respuesta de Petra, que ahora se acercaba al centro de la mesa, presa de lujuria. Puso las dos patitas sobre el muslo del pollo crudo, morado y ensangrentado como un recién nacido. Ronroneaba sin parar mientras le pasaba la lengua por el lomo y acomodaba sus cuatro patas extasiadas en la fuente del amor.

9 de octubre de 2017

1
el tren Madrid-Avignon
recorta constante
los kilometros que solían ser
     mar abierto.

cuando frena en tu ciudad
aprieto la llave en las manos
la puerta abierta da mil puertas
un solo paso y el mundo.

o quedarme
quieta bien quieta
hasta que se cierre.

2
llegar
y no ver a los monstruos
es como no llegar aún.

Solo el tigre entiende
mis ladridos de orate,
cuando lloro como la liebre
o canto entre las ramas invisibles.

3
de nuevo la casa, un rompecabezas
es el espejo del mismo día, un año atrás

y nosotros
¿qué espejamos?
nos sacamos la mugre
y nos volvemos a entender.

4
siempre
encuentro la manera de encontrar
PARTES:
ahí estaba tu ojo izquierdo.

la mujer a tu lado era
como una madre
como una novia
y yo, en frente, te miro
y te toco
te digo al fin, la encontré
la siempre extraviada,
mi parte favorita.

5
verde verde rojo,
seis platos hacen una zebra.
el perro se quedó en parís
las cigarras cantan a sus anchas.

6
te sopló los pelos de la frente
tan veloz: la playa, la estación.
llegué tarde al incendio,

ya estabas triste
y el cielo se derrumbaba.

24 de septiembre de 2017

Fue Bernardo



El cumpleaños de Miguel cayó un domingo y lo celebraban con un gran almuerzo en lo de la abuela con varios tíos y primos. Lupe cargaba con tanta ansiedad que quiso traer la tarea para estudiar durante el viaje en auto. Tomando el consejo de Guido, había elegido estudiar a los esquimales para su proyecto de Ciencias Sociales. Su primo le contó que los esquimales abandonan a los abuelos en el camino para que sean comidos por los osos polares. Creen que los espíritus vuelven a la familia cuando ellos se comen su carne.

Mirando por la ventana hacia los edificios azotados por el sol, Lupe pintaba la ciudad de blanco, la cubría de escarcha. Era la primera vez que festejaba un cumpleaños de su papá en mangas cortas. Pensó en el jardín de la casa de la abuela, en que quizás podrían ir a patinar a la pista de hielo.

El festejo no fue lo que Lupe esperaba. Cinco minutos después de haber llegado, Marisol las mandó a mirar dibujitos a la habitación de la abuela con la prima Maia, tenían prohibido bajar hasta que algún grande subiera a buscarlas. No hubo regalos ni torta, ni siquiera Coca Cola. No había podido salir a saludar a su árbol del jardín. Era el cerezo; de su rama colgaba una pulsera con el nombre de Lupe. Cada nieto tenía el suyo.

Solas entre las cosas de Celia, las chicas lograron enfocar su atención en el televisor durante apenas unos minutos. Los placares repletos de ropa, los estantes del baño con sus estuches de maquillaje, las cremas y el secador de pelo. Lo usaron todo. Camila se puso la camisa de flores azules de Japón, se cubrió la cara de polvo compacto dorado y para los labios eligió el color rosado. Encontró los aros de perlas de Celia que tanto le gustaban y aprovechó para usarlos. Lupe eligió el vestido a cuadros y unos zapatos de taco azules, le parecía que era lo que elegiría la prima Elisabet. Se pintó las pestañas y se delineó los ojos imitando los de un gato. Maia conservó sus jeans rotos, dijo que los prefería a toda la ropa de la abuela. Solo se puso un tapado largo de piel y un collar de perlas.

Las tres falsas señoras caminaron con las carteras al hombro en dirección a la mesa electoral. Se definía el futuro de la democracia argentina y ellas debían dar su voto a Eduardo Angeloz, candidato de la Unión Cívica Radical, o a Carlos Menem, candidato justicialista. Se vivieron momentos de suspenso y tensión. Angeloz ganó por unanimidad y hubo festejos.

Más tarde pusieron a llenar la bañadera con agua y shampoo para enjuagarse la pintura, para calcular, también, cuánto tiempo tardaban los dedos en arrugarse. Lupe tenía un secreto deseo de hundirse en la espuma blanca, imaginar los lagos de Palermo congelados ya no le era suficiente. El hielo, marcado a hachazos, azul frío, la había ayudado a pasar los primeros meses. Ahora que eso no alcanzaba, quería la nieve en las pestañas, los pies transpirados dentro de las botas, a veces hasta deseaba las orejeras rojas, las del incendio.

Chiiiicas. Fue Maia que entró al baño sacudiendo una botella de whiskey. La había encontrado en la mesita de luz de la habitación de enfrente. Lupe abrió grande los ojos, el líquido dorado se balanceaba de un lado a otro, brillando de oportunidad. La prima lo puso adentro de la bañadera, la botella se perdió entre la espuma y desapareció. El chorro de agua caía con fuerza y su sonido retumbaba por el baño generando confusión. El vapor nubló la escena. Maia sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su pantalón.

La espuma rebalsaba la bañadera y había tomado casi todo el suelo del baño. Camila se acomodaba la barba blanca mientras Lupe tomaba otro sorbo ínfimo de la botella. Apenas se había mojado los labios pero el fuego del alcohol le daba arcadas. Con ella se movía toda el agua que las contenía. Maia fumaba un cigarrillo apoyada contra el borde, no tragaba el humo. Nadie se había ni acercado, en el piso de arriba reinaba la anarquía. Lupe estaba absorta con la espuma caliente, la más parecida a la nieve, recordando aquella tarde en que la abuela Celia estaba en cama enferma. Ella se acercó y la tapó con su saco rojo, y la abuela se lo recordaba cada vez que la veía. Mi dulce, le decía, sos mi dulce. Pensó en los esquimales. Sabía que algunos poseen características físicas que los ayudan a sobrevivir en el frío. Las pestañas son más pesadas para proteger los ojos del brillo de la nieve, su cuerpo es gordo para retener más calor. Sopló un viento helado en el baño. Lupe, en medio de la nieve, empezó a armar un círculo de bloques, la base para su iglú.

—Vamos a investigar qué pasa.

Secaron el baño y guardaron cada cosa en su lugar. Tenían esa capacidad para el detalle que solo posee quien ha cometido un crimen. Al final fue como si no hubiera pasado nadie por los azulejos, los armarios, las sombras y los pinceles, el pico de la botella. La diferencia, el paso del tiempo, lo que había acontecido, todo se escondía por dentro.

Bajaron las escaleras agachadas, cuchicheando e intentando controlar sus risas nerviosas. Ninguna de las tres pensó que lo lograrían. Alguien las iba a descubrir en el camino, se iba a dar cuenta de que habían estado jugando con los maquillajes de la abuela, alguno olería el whiskey que habían tomado, o quizás encontrarían el baño sucio, con rastros de desastre. Como siempre, las castigarían, no más patinaje, no más caja de Pandora ni salidas al cine. Pero nadie apareció y el silencio las acompañó hasta la puerta de la cocina. Se quedaron ahí esperando a que pasara algo.

Lupe intentó pensar cuántos sueños habían estado ahí, sentadas en el suelo contra la puerta de madera de la cocina, cuántas noches había durado aquel viaje. La cabeza de Camila descansaba en su regazo, Maia dormía a sus pies. Nada había pasado.

—Vamos a entrar.

La puerta se abrió sin resistencia y sin chillar. Gateando en fila bajaron los dos escalones para entrar a la cocina. En el comedor estaban los grandes sentados alrededor de la mesa, había silencio pero cada tanto alguien hablaba. A Lupe le pareció escuchar a Guido haciendo una pregunta, las voces aún eran demasiado leves. Después habló Roxana.

Cuando llegaron a los escalones del comedor, Maia tomó la delantera. Sin dudar ni detenerse, gateó hasta el borde de la mesa y nadie la vio. La tensión parecía estar en otro nivel, uno que no las llegaba a tocar. Camila y Lupe la siguieron sin levantar la vista hacia los adultos. Las tres se escabulleron entre las patas de las sillas y la mesa, las piernas y los pies de sus familiares. Llegaron al centro de todo y reposaron. Lupe pudo sentir el aliento a whiskey de Maia. Nada tenía sentido.

—Lo tuvieron que liberar, no hay suficientes pruebas. – Era una voz nueva la que hablaba, masculina y oscura. Ninguna de las chicas lo había visto.

— ¿Y el colchón? ¿Y la lámpara? ¿Las uñas?

—La policía todavía no lo puede explicar. No se sabe dónde están. Aún no podemos saber a ciencia cierta qué pasó.

El viento helado ahora recorrió el comedor. Lupe vio desde debajo de la mesa cómo agitaba los pies Marisol, frotando una pierna contra la otra. Vio su propio aliento escaparse de su boca. Tallaba el último bloque del iglú, adentro ya empezaba a conservarse el calor. Un grito la abdujo de su sueño.

—Sí sabemos qué pasó, ¡fue Bernardo! ¡Fue Bernardo!

Era la voz de Roxana. Vio que las piernas se estiraron, la silla voló hacia atrás. La prima golpeaba la mesa con los puños. En el asiento de al lado, las piernas largas de Guido sostenían los dos pies sobre el suelo. Tenía los cordones desatados.



23 de junio de 2017

Los lápices

            Cuando Victoria se los pidió  Lupe no dudó en prestárselos. En silencio sacó uno a uno los lápices de colores de su cartuchera y los puso sobre la mesa. Los veía rodar banco abajo y llegar a las manos chicas de Victoria. Primero el verde, el amarillo, el rojo. El azul no, el azul se lo iba a quedar.
            Sonó el timbre y la clase de dispersó: los varones corrieron al patio como una manada de caballos, algunas de las chicas se levantaron de sus bancos y se sentaron alrededor de Sofía Ganduglia, que contaba algo acerca de sus primos y los chicos del otro colegio. El aula se llenó de ruidos. Lupe sacó su paquete de galletitas del bolsillo de la mochila. Cuando levantó la vista, Victoria estaba parada frente al tacho de basura sacándole punta al lapiz verde. Miguel siempre afilaba los lápices sobre la mesa de la cocina con una navaja. Chac, chac, se escuchaba el ruido del filo contra la madera, los restos finos de lápiz volando hacia el sueño. La navaja filosa iba y venía. A Lupe nunca la dejaban sacarle punta a sus propios lápices. Victoria, en cambio, los metía en su sacapuntas y ni miraba lo que hacía; un largo rulo de madera iba cayendo adentro del tacho.
            Miss Mary salió de su oficina para tocar el segundo timbre. Se asomó con la punta de los pies hasta el borde del escalón que separaba el pasillo del patio y se detuvo. Bajó el pie derecho con cuidado, asegurándose de apoyar la planta entera del pie sobre el cemento. Agarrándose con ambas manos de la manija bajó el otro pie y con un envión que casi la vuelca hacia atrás, cerró la puerta. Su paso era lento, los alumnus la detenían con cualquier excusa. Sabrina la saludó con un beso, Joaquín Daels le mostró un dibujo y Matías Pérez las cuentas que habían hecho ese día. Todos querían lo mismo: alargar un poco más el recreo. Fue dejando estos obstáculos atrás, pero antes de llegar al timbre se detuvo por su cuenta. Vio a Lupe sentada en la esquina del cantero. Después del recreo vamos a hablar.

            Sobre el escritorio de madera en medio de la oficina de Miss Mary había un colectivo inglés rojo en miniatura. Una biblioteca cubría la pared del fondo y exhibía unos pocos libros en inglés, forrados con plástico transparente, un gran trofeo color bronce sin brillo y, dispersos y casi invisibles por el color marrón de las paredes, cinco ornitorrincos embalsamados que había donado la abuela de uno de los alumnos al colegio.
            —You are Lupe, right? Si tuviera un ojo por cada vez que tengo que decirle a una alumna que se suba las medias, usted imagínese la cara que tendría.
            Lupe se subió las medias. Miss Mary la miraba con sus grandes ojos azules y la boca rígida, le pidió que le contara un poco sobre ella. Cada tanto tomaba notas en una libreta al alcance de su mano. Lupe retorcía entre sus dedos el envoltorio vacío de sus galletitas. La cara le ardía.
            Llegaron a la oficina otras alumnas nuevas como ella. Miss Mary les hablaba en inglés y Lupe miraba a Mariana que se había parado justo al lado de uno de los ornitorrincos. La luz le daba directo en los ojitos negros y parecía que la estuviera observando. Lupe esperaba que el ornitorrinco guiñara los ojos y saltara sobre el nido de pelo de Miss Mary. En cambio, fue hundiéndose poco a poco en la oscuridad del estante hasta casi desaparecer. Entonces sus ojos negros dejaron de ser tan simpáticos para Lupe y empezó a sentir los hilos de la oscura influencia del animal dentro de la oficina.
            Terminó la tarde en el colegio y Lupe y Camila tuvieron que esperar un largo rato sentadas en el patio a que las vinieran a buscar. Un hombre sin pelo, con un pañuelo largo atado alrededor de la cabeza, pantalones ajustados, botas de cuero y una amplia camisa de colores llegó con una autorización, presentándose como el tío Osvaldo. Miss Mary lo saludó con un beso en la mejilla y se despidió de las hermanas en inglés.
            Ninguna de las dos recordaba a Osvaldo, les parecía un completo extraño que caminaba con los pies en punta casi dando saltos. Se subieron los tres al auto de Miguel, ahora conducido por el tío usurpador. Lupe se abrochó el cinturón y bajó el vidrio por las dudas. Se acomodó para poder ver los ojos de Osvado a través del espejo retrovisor, eran parecidos a los de Marisol. Manejaba con la mano firme agarrando la palanca de cambios. En el dedo anular llevaba un anillo con una piedra verde. Su pierna derecha temblaba sin parar como una máquina de nervios. Al doblar en la esquina retumbaron tres golpes fuerte desde el baúl del auto. Lupe se enderezó nerviosa. Un rayo de sol explotó sobre el diente de oro de Osvaldo.
            El tío buscó las llaves de la casa en sus bolsillos de adelante. Lupe miraba en silencio el llavero con forma de estrella que le colgaba del dedo. ¿Qué encontrarían tras la puerta? Entrar a aquella casa que ahora era suya todavía le parecía algo extraño. Eran las habitaciones y la vida de otros que ya no estaban ahí para defenderse. La luz de la ventana conocía mejor los secretos del espacio que ella. Lupe sabía que ahí habían vivido otras familias, otras hijas, y hasta un abuelo. Sabía que la casa guardaba tantos secretos que le tomaría años imaginárselos todos, pero que igual lo haría. Sabía, también, que su tío por ahora no vivía con ellos y que no pertenecía en la casa.
            Osvaldo puso las tostadas sobre la mesa, se sentó frente a la tele y cambió de canal. Lupe pasó de largo la cocina y fue hasta la habitación. Se sentó en su cama y abrió el cajón de su mesita de luz. Como un arqueólogo con los restos frágiles de un fósil, sacó con delicadeza un sobre con su nombre escrito en tinta negra. Buscó adentro y no había nada. Habían desaparecido todas sus cartas. Revisó los cajones, abrió cada placar y cada bolsillo de sus sacos, nada. Cuando hubo revisado todo lo que llegaba a sus ojos, se entregó al mundo invisible. Con apuro y valor buscó debajo de su cama y la de Camila. La invadió la sensación de que alguien había estado ahí, sentado en esa misma cama, leyendo sus palabras secretas.
            Se sacó los zapatos y después todo el uniforme del San Mateo, se metió en las sábanas. Con los ojos cerrados volvía a existir la nieve amontonándose sobre la ventana. Lupe no podía imaginar que las cosas sólo dejaran de ser. ¿Y el ruido del baúl? Salió corriendo de su habitación hasta la de sus padres, se agachó y buscó debajo de la cama: sólo cajas en la oscuridad.
            —¡Está la merienda! ¡Nena! —gritó Osvaldo desde el principio de las escaleras.
            ¿Cómo iba a gritar así si no estaba en su propia casa? Cuando Lupe entró a la cocina, el tío seguía sentado en la silla frente a la tele y Camila dibujaba acostada boca abajo en el piso. Osvaldo se sacó un moco de la nariz y lo pegó debajo del asiento de su silla, su pierna seguía rebotando nerviosa. Estaba tan absorto en lo suyo que se había olvidado de la existencia de Lupe.

            Se despertó en medio de la noche, Camila dormía en la cama de al lado. Todo estaba en silencio salvo el ruido de los grillos y algún auto que se escuchaba pasar a lo lejos. Sacó el brazo de la cama y con cuidado abrió el cajón de la mesita de luz. Buscó de nuevo el sobre con su nombre y lo dio vuelta sobre la almohada. Las cartas no habían vuelto. Lupe se sentó sobre su cama, decidida a escribirlas de nuevo. La trenza de su pelo estaba deshaciéndose, con ambas manos se tiró toda la cabellera hacia atrás. Con el lápiz negro entre los dedos fue hasta el centro de la primera página y escribió con letra desprolija: las cartas de luc. Cuando iba a recorrer la curva de la “i”, Lupe apretó demasiado el lápiz contra el papel y la punta negra se partió al medio. La mano cayó sobre el cuaderno. La imagen de Victoria sacándole punta a sus lápices le vino rápido a la cabeza. Luego, el chac, chac de la navaja del padre. La guardaba en el cajón de la cocina.    Bajó la escalera raspando los pies contra la vieja alfombra. Hacia la mitad de los escalones supo que la sombra andaba por la casa, que la seguía por la espalda. En el living estaba la tele encendida con el volumen bajo y Osvaldo dormía en un sillón con la boca abierta y la mano dentro del pantalón. Lupe se acercó y lo miró bien para asegurarse que estuviera durmiendo. La luz del televisor iluminaba una pequeña parte de la oscuridad con colores brillantes. Osvaldo no se movió.

            Sentada sobre su cama con la navaja en la mano, le sacó punta a sus lápices de colores uno a uno. Cuando terminó tenía un corte en el dedo índice. Un punto de sangre se arrimaba. Apoyó la navaja debajo de la almohada, una minúscula mancha roja creció como un lago sobre la tela. Apagó la luz y se quedó un rato pensando en cuál sería la manera más fácil de salir de la casa. 

15 de mayo de 2017

ni un zapato

            Lo que menos le gustaba del invierno eran las orejeras rojas que la obligaban a usar. No las quería tocar ni con la punta de los dedos porque la felpa, al contrario de lo esperado, era áspera y le daba escalofríos. Entonces se le retorcía la lengua adentro de la boca, tocándole la parte de atrás de todos los dientes. Fue así que descubrió su primer diente flojo una tarde mientras se sacaba las orejeras y la campera de plumas en la zapatería. Revisando su dentadura se acercó a la estufa para calentarse las manos.

            Cuando Marisol atendía, Lupe aprovechaba para hacer cosas prohibidas: caminaba con el cuerpo pegado a la vidriera. El vidrio estaba empañado y le gustaba apoyar el dedo índice y arrastrarlo de punta a punta haciendo dibujos. Un rinocergato. Solo a través de las líneas dibujadas sobre la humedad, Lupe podía ver hacia afuera. Su reflejo en la nieve blanca le devolvía la atención. En el fondo sonaba una y otra vez la campana de la puerta, los zapatos eran un éxito.

            -Te digo la verdad, ahora que lo veo de nuevo no estoy muy segura – escuchó que le decía una señora a la otra. En silencio, una chica sostenía un zapato de raso rojo y lo examinaba como si fuera un frasco de aceitunas. Lo volvió a acomodar sobre el estante y se fue. Lupe se distrajo de su propio juego para mirarla alejarse de la zapatería, siguiendo el paso de sus piernas con un amplio movimiento de brazos.

           

            Marisol cerró la puerta con llave antes de abrir la caja. Lupe recordó el robo de los cien dólares y le dio vergüenza. Había sido un error de principiante haber querido invertirlos en el kiosco de la escuela. Claro que llamarían a alguien.

            -¿Cuántos zapatos vendimos hoy?

            -Ninguno- respondió Marisol mientras contaba los billetes de australes.

            La dejó ir a la casa de la tía Marta con la condición de que se pusiera las orejeras para salir. Lupe caminó por la avenida San Martín, las manos en los bolsillos y la lengua empujándole de a poco el diente flojo. Ningún zapato, ni un zapato. Se dio vuelta para volver a mirar a la puerta del local, a las mujeres que salían sin bolsa o pasaban por la vidriera sin mirar.

            La casa de la tía tenía olor a jazmines creciendo en la madera. Roxana la esperaba mirando la tele en la cocina, hicieron tostadas con manteca y azúcar. La tía estaba trabajando en la librería, así que pudieron sentarse a comer en el sillón mientras miraban la tele. A Lupe le parecía que Roxana se estaba poniendo redonda, pero Marisol le había dicho que eso pasaba cuando uno comía demasiada manteca.

            Hubo un ruido en la puerta y después pasos en la escalera. Guido volvía de futbol, entró con la cara iluminada por su sonrisa. Saludó a Lupe con un beso en la frente y se fue a bañar. Ella ya no pudo estar de la misma manera en el sillón con Roxana, sino todo el tiempo esperando que su primo volviera a aparecer. Cualquier ruido cerca del pasillo bastaba para que ella girara a mirar.

            Guido volvió un rato después. La película ya había terminado así que la invitó a Lupe a ir al almacén con él. Saludaron a Roxana y bajaron juntos las escaleras. Dormido sobre uno de los últimos peldaños estaba Nahuel, la cabeza hundida entre sus patas delanteras de bóxer. Como les estaba cortando el paso, Guido lo despertó tirándole de las orejas. Ella lo quiso abrazar y pedirle que la llevara en brazos pero qué iba a pensar él, no podía perder a su mejor amigo.

            Cuando doblaron en la esquina, Guido hizo un ruido asqueroso con la garganta y escupió sus mocos con fuerza y lejos.

            -¿Está bien escupir?

            -No tiene nada de malo.

            -¿Yo puedo escupir?

            -No sé, las mujeres…no sé.

            Cuando pensaba en las mujeres, Lupe pensaba en las señoras que iban a la zapatería, como aquella que sostenía el zapato rojo, altas, siempre un poco nerviosas. Se preguntó si ellas escupían o no. Después pensó que debería tomar una decisión sobre qué haría ella misma, pero tampoco estaba apurada.

            Guido saludó al librero y le pidió si podía fiar una resma de hojas. Mientras esperaban, él jugaba con una Boligoma sobre el mostrador. La hacía girar entre sus dedos, la tapa amarilla para arriba, la tapa amarilla para abajo. A Lupe le encantaba llenarse la palma de la mano con Boligoma y esperar a que se secara para arrancárselo lentamente como si fuera una capa de piel.

            El librero abrió un viejo y ancho cuaderno lleno de cosas, y buscó entre las páginas. Llegó a una encabezada por el nombre de Guido seguido de una larga lista de números. Abajó del último trazó un grueso y tembloroso dos.

 

            Lupe se despertó con el diente suelto adentro de la boca. Su propia saliva tenía sabor a metal. La clase de danza era temprano así que no tuvo tiempo de escribir su carta. En secreto decidió que ni ella ni Camila irían a clase.

            En el primer piso del edificio había una confitería donde mucha gente venía a buscar refugio del frío en una taza de café o de chocolate caliente. La abuela Celia la había invitado a la confitería varias veces y ella podía elegir el tostado con jugo de naranja o cualquier cosa que quisiera sin recibir la opinión de nadie. El salón de danza quedaba al lado.

            Miguel despidió a Lupe y Camila en la entrada del edificio, donde la nieve amarronada se acumulaba en las esquinas. Una vez que el auto dobló por la avenida y se perdió entre las fachadas de los edificios, las chicas corrieron calle abajo y entraron por la salida de emergencia. Los tules azules rebotaban con ellas mientras subían las escaleras, rodetes redondos en la cabeza, los zapatitos rosas que apenas hacían ruido contra el cemento.

            Se sentaron en el descanso a escribir la carta, Lupe traía todo lo necesario en su mochila. Arrancó una hoja de su anotador y prosiguió a escribir con su birome negra de Pluto. Había traído un libro de Marisol para usar de apoyo. El amanecer de los brujos. Planeaba escribir una carta pidiendo todo lo posible por su diente. Dibujó un nueve y lo siguió de la página repleta de ceros y un final de signo de dólar.  Cuando terminó le dolía la mano. Puso su diente en el medio de la hoja y la doblo hasta convertirla en un pequeño rectángulo que se metió en el bolsillo.

            A la noche puso la carta debajo de su almohada. Se recostó sobre la cama armada. Por la ventana entraba la luz de la luna y las sombras de una lenga meciéndose de acá para allá. Pensó que ahora Marisol no tendría que estar todo el día encerrada sin vender ni un zapato, que podrían irse al campo a caminar sobre la nieve, que ella tampoco tendría que ir a la escuela ni a danza, que le compraría a Guido una resma de hojas y le pagaría todas sus deudas con el librero. Recorrió toda su dentadura con la lengua y exploró el agujero que le había dejado el diente ausente.  La encía era blanda y suave. Marisol entró a la habitación a los gritos. ¡Ponete los zapatos, ponete los zapatos!

            Camila ya estaba sentada en el auto envuelta en su manta azul. Miguel al volante tenía el motor en marcha. Tocaba bocina una y otra vez. Marisol empujó a Lupe por la espalda para que fuera más rápido, la nieve le mojó el pantalón del pijama pero recién lo sintió cuando entró al auto y empezaron a andar.

            Llegando al centro había más y más personas en la calle, varios iban como ella, de pijama y campera. Se juntaban en grupos en las esquinas, conversaban con gestos de asombro. El olor a quemado llegó hasta el auto. El limpiaparabrisas se movía rápido, arrastrando los copos de nieve que empezaban a caer. En la avenida San Martín escucharon los primeros gritos y sirenas.

            Cuando llegaron ya nevaba con fuerza. Las llamas ardían por encima del techo de la zapatería y se mezclaban en el cielo con los copos de nieve. La vidriera estaba destruida y por debajo del techo solo quedaban cuatro vigas carbonizadas que a duras penas sostenían la estructura. El humo negro cubría la cuadra entera y olía a plástico y cuero quemado. La gente empezó a agruparse alrededor del incendio, algunos caminaban desorbitados gritando el nombre de sus familiares o sus mascotas. Otros paseaban tranquilos, como si no hubiera nada que hacer.


            Lupe se movía entre las personas en los brazos de Marisol. Sus piernas le rodeaban la cintura. Iban dejando atrás caras de pánico y de sueño. Aprovechando el apuro se sacó las orejeras de la cabeza y las dejó caer al suelo. La despedida no le dio escalofríos. Cerca del fuego todo se movía a una velocidad acelerada. Marisol la dejó en el piso y la agarró de la mano. Observaron por un minuto las llamas rojas que ardían sobre el cielo estrellado y llegaban a reflejarse en la bahía. Lupe sintió una soga rasposa que empezó a apretarle el cuello: sabía que su plan no había hecho más que atraer a la desgracia y que ahora sí que no quedaba ni un zapato para vender.                        

14 de mayo de 2017

el casamiento

Como todas esas veces en que algo era particularmente para ella, Lupe estaba fascinada con la media docena de huevos. Abría la heladera cada cinco minutos para cerciorarse de que siguieran ahí, en la esquina del estante, esperando a ser llevados a la escuela el lunes. Los amaba porque eran suyos.

            El domingo tuvo que empezar a buscar los momentos de soledad para abrir la heladera porque Miguel la había descubierto y le había prohibido volver a hacerlo. Decía que así se iba todo el frío. Todo el frío. Lupe miraba a través del vidrio congelado de la ventana de la cocina, la casa de nieve del otro lado. El auto de nieve, las veredas de nieve. El frío de la heladera le daba risa. Sacó la huevera y se la escondió debajo del camisón.

            Encerrada en su habitación, desplegó los seis huevos sobre la cama. Sostuvo uno con firmeza entre sus dedos, lo acercó a su ojo izquierdo para ver el recorrido de las arrugas de la cáscara. Al darlo vuelta le encontró una mancha marrón cubierta con algunas plumas. Se la llevó a la nariz. Definitivamente era caca, Lupe lo supo de inmediato: adentro crecía un pollito.

            Por suerte era domingo y pudo darle a su empresa el tiempo que precisaba. Juntó ramas, hojas y tierra, la toalla con la que Marisol se teñía el pelo y una lámpara de su mesita de luz. Construyó el nido en el estante más alto de la casa, encima del mueble de madera del living. Palmiro no llegaría nunca hasta ahí. Encendió la lámpara bien cerca para que pareciera el sol. Al otro lado del nido sentó a su muñeca sin pelo con un cartel colgado del cuello. Peligro, no tocar.

            El lunes en la escuela fue un éxito. Nadie notó que a Lupe le faltaba un huevo de los seis que les habían pedido. La maestra les mostró cómo vaciarlos y limpiar la cáscara, después iban a rellenarlos con chocolate. Ella hizo todos los pasos a la perfección y se llevó sus cinco huevos a casa para enfriar y pintar. Ya sabía que el primero sería para Roxana, la prima que se casaba el sábado. Lupe y Camila iban a participar vestidas de blanco llevando los anillos hasta el altar.

            Dejó la huevera al fondo del primer estante de la heladera y se fue a ver al pollito. Alguien había apagado la lámpara sol. Acomodó un par de hojas sobre el nido y agarró el huevo con los dedos de siempre. Busco la parte limpia y la besó con la boca entera.

            -Te quiero.

           

            Roxana las pasó a buscar a la mañana siguiente para ir a probarse la ropa del casamiento. Lupe y Camila coincidieron en sentirse secretamente decepcionadas de que sus vestidos fueran iguales, blancos con un moño celeste en la cintura. La calle a la mañana les era un territorio extraño, en Ushuaia las mañanas eran lentas y puertas adentro.

            En el tacho de basura de la cocina, Lupe encontró la huevera de cartón vacía. En la heladera no había nada, ni un rastro de chocolate. Había sido víctima de los atracones nocturnos de Miguel y no le había quedado ni un solo huevo. Trepó en pánico hacia el nido esperando lo peor para su amigo pero el pollito estaba a salvo. Desde el estante le gritó a Miguel que de ninguna manera iba a ir a la escuela para tener que contarle a todo el mundo que en su casa se habían comido la tarea, que a la noche, dormido, Miguel ni veía lo que comía.

            Guardó al pollito en el bolsillo de su pijama, agarró a la muñeca por el cuello y salió para el fondo. Ahí, en la tierra árida donde no crecía el pasto, abundaban las lombrices. Lupe las cortaba por la mitad y las mandaba al hospital de bichos, donde los pacientes siempre sobrevivían. Palmiro dio un par de vueltas alrededor de la escena y cayó rendido, sus cuatro patas escondidas debajo de su cuerpo.

            Pronto la llamaron desde adentro. Camila se iba al dentista con Miguel y Lupe tenía que ir a la zapatería con Marisol. No fuera cosa que se quedara sola en casa, que aprendiera, como aquella vez con Huguito, la historia del matambre.

            La zapatería se llamaba LC en honor a las hermanas. Lupe había querido traer a Josefina pero Marisol se lo prohibió diciendo que la muñeca asustaba a las clientas. A partir de aquel día Lupe llevó a su pollito escondido en el bolsillo para todos lados. Mientras lo acariciaba con la mano izquierda, escuchó la risa absurda de Marisol que conversaba con la primera señora de la tarde.

            Se quedó dormida en el fondo del depósito entre cajas de zapatos que olían a cuero nuevo. Soñó que la cara se le inflaba hasta explotar. Cuando se despertó le dolía la garganta.

           

            En la guardia dijeron que Lupe tenía paperas y que había que aislarla y dejarla reposar por al menos un mes. Paperas, paperas. Pensó que su enfermedad tenía el mismo nombre que el hámster de Julia. Que durante un mes en la cama podía salirle una capa de pelo en todo el cuerpo, los ojitos se le volverían mostacillas negras y bien podría crecerle una cola. Lloró pensando en el dolor.

            Las paperas eran la peor enfermedad posible para Lupe. Pasaban las semanas y los síntomas no amainaban, los pasillos de su mente fantasiosa estaban prendidos fuego con la alerta del dolor. Se aburría durante las tardes largas con la casa vacía, Cristina lavando los platos, pasando el trapo por la cocina, el sonido suave de la radio que apenas llegaba a la pieza. Había mudado el nido al lado de la cama y a veces se guardaba el huevo en el bolsillo del pijama para acariciarlo.

            El día del casamiento Lupe todavía contagiaba. Con la puerta entreabierta vio cómo Camila se ponía el vestido blanco. Marisol le hacía unos rulos en el pelo con la buclera y Miguel planchaba su camisa. Ella tenía el mismo pijama hace cuatro días, había perdido la cuenta de cuantas veces había transpirado y cuantas veces se habían secado las sábanas. Tenía el pañuelo celeste de Marisol puesto alrededor de la garganta y el pelo largo y enrulado, despeinado. Entraba a la habitación el olor al perfume de su mamá. Cuando salieron los tres y se escuchó la última vuelta de la llave en la cerradura, un silencio triste cubrió la casa. El eco de los tacos alejándose por el pasillo que Lupe conocía de memoria. ¿Y si había cambiado mientras ella estaba ahí? ¿Si al salir de las paperas se encontrara con que el mundo es otro?  La fiebre la adormeció.

            -¿Estás bien?- susurró Cristina entrando a la habitación. Con una mano se cubría la boca. Se acercó a la cama y puso su mano libre sobre la frente de Lupe.


            -¿Por qué, por qué?- abrió los ojos grandes y agarró a Cristina por el cuello de la camisa con toda la debilidad de sus paperas. Como si alguien la hubiese desenchufado, cayó rendida sobre la almohada. Cristina le acarició la frente y el pelo. Cuando levantó la sábana para acomodarla, sintió el líquido viscoso de la clara de huevo y la baba amarilla que empezaba a colarse entre las arrugas de las telas. Los pedazos de cáscara aplastada eran como un chicle en el cemento, en el piso de la calle, donde Lupe no había podido celebrar ni Pascua, ni el casamiento, ni el nacimiento del pollito.