16 de agosto de 2011

yo maté a luís alberto spinetta

Entro a la habitación, siento bajo los pies descalzos lo que no sentía hace meses. Me hicieron dejar los zapatos cuando me trajeron y nunca más he podido caminar sin dolor; las plantas de los pies sangran y se hinchan de ampollas. Mis muñecas no sufren gracias a la casi total pérdida de sensibilidad en mis extremidades superiores. Me sientan en el escritorio, frente al oficial que tras cinco minutos de observarme en un silencio forzado dice:

- Así que este es el hombre acusado de quebrarle el pie a Claudio Pontilla. Quítenle las esposas. 

No tengo idea de quién es este tal Pontilla, pero decido no intervenir. El pequeño niño que me ha empujado hasta aquí saca una llave de su bolsillo y procede a quitarme las esposas con una lenta calma. Me incorporo intentando demostrar a partir de mi posición física la mayor dignidad posible. No me queda ya dónde escarbar en busca de todo lo perdido. 
La radio está encendida y como un mensaje de dios, comienza a sonar una canción que me adormece. Con un gesto mi interlocutor echa al niño de la habitación. El niño obedece y desaparece como la sombra de un ciervo.

-Hable, dice el hombre.

Corría el año 1996 y yo me estaba viendo con una piba de Almagro. Yo salía del trabajo a las ocho de la noche y tres veces por semana me tomaba el tren hasta la boca del subte, hacía dos estaciones, esperaba durante unos 20 minutos en una parada sin techo y tomaba el 308 que me dejaba en la puerta de su casa. Pensaba siempre que no nos había unido la casualidad, sino que el destino quería juntarnos y por eso había construido tres medios de transporte distintos que, tomados en orden sucesivo, podían llevarnos desde la puerta de su casa hasta la puerta de la mía y viceversa.
Llegaba a Almagro alrededor de la una de la mañana. Ella me dejaba en la heladera siempre las sobras de la cena. A veces podía notar que no eran ni siquiera sobras, eran restos de comida haciendo bulto: un hueso de pollo pelado, el repulgue de una tarta, las aceitunas de una pizza. Por lo general los platos estaban sucios y no había cubiertos para mí. Tampoco podía lavar porque ella dormía y era muy sensible a los ruidos. No quería despertarla. Entonces comía la cena de pie en la cocina, con las manos. Por lo general la comida era muy rica, lástima que siempre estuviera fría. Las manos siempre me quedaban grasosas y como para no andar abriendo canillas a esa hora, las fregaba contra mi pantalón de trabajo. Casi siempre procuraba levantarme media hora  o cuarenta minutos antes por la mañana para lavar con jabón blanco las partes sucias del pantalón y luego secarlo con el calor de la hornalla. Terminada la cena caminaba en puntitas de pie hasta su habitación, besaba la puerta (no la quería despertar, ella tenía el sueño tan liviano) y luego armaba lo que llamábamos mi “rinconcito”: la bolsa de dormir sobre los almohadones del sillón extendidos en el suelo. Preferíamos que yo no durmiera en el sillón para que no se le vencieran los resortes de tanto uso. Era un sillón muy lindo. Y viejo.
El hombre me mira directo a los ojos con gesto incrédulo. Se toma su tiempo para hablar, yo agradezco cada segundo de más que me es dado para estar en este asiento, con los pies relajados, conversando con alguien. Parece que va a hablar y no habla, aspira con intención, pero no habla. Solo se escucha al hombre de la radio que anuncia una pausa y da pie a una publicidad de supermercados. Siento la presencia del niño afuera, caminando de lado a lado. El hombre frente a mí no me quita los ojos de encima, me hace un gesto como para que continúe.
Dormía pocas horas porque tardaba en encontrar la posición cómoda en la bolsa. Cuando la encontraba, dormía como un bebé hasta las 5:40 de la mañana. Entonces me levantaba, me animaba a lavarme la cara con agua bien fría y preparaba todo para el mate. A veces no había nada para el desayuno y yo bajaba a comprar algo para que ella tuviera qué comer: siempre se levantaba con hambre. Ahí recién la despertaba, le gustaba dormir hasta el último minuto.  Ella se tomaba tres mates, comía un bocado de lo que hubiera y se iba volando al trabajo. El beso nos lo dábamos recién al final: a ella no le gustaba besarme con los dientes sucios y a mí no me gustaba lavarme los dientes antes de tomar los mates.
El hombre no cambia la expresión. Me doy cuenta: espera algo más de mí, lo que le cuento le parece poca cosa. Quiere que llore o ruegue, quiere más músculos, más tatuajes. Pienso si cambiar la historia o no, seguir con esta. No me sale bien mentir y menos improvisar. Sigo con esta, tomo aire y
Durante toda la semana soñaba lleno de añoranzas con el domingo, mi día libre, mi preferido de la semana. Los domingos por la mañana amanecía en mi casa alrededor de las ocho y emprendía el viaje hacia la casa de ella. En el camino me encontraba con las personas que volvían de la noche, de los boliches, los bares y Dios sabe qué agujeros oscuros.  Eran cadáveres en vida.
Terminaba el viaje desesperanzado, con el corazón vacío y sin fe en la humanidad. Pero llegaba a la casa de ella y ya el olor del jazmín que llegaba hasta la puerta de entrada hacía que todo cambiara. A veces debía hacer tiempo porque ella todavia dormía; entonces daba vueltas por el barrio, donde ya tenía varios amigos. Me tomaba una cerveza en el barcito de la vuelta, atendido por Patricio, el fanático del cuervo, y a veces pasaba por el puestito de Joselo a fumar un poco. Los domingos eran nuestros días para la intimidad, reservábamos todo para el domingo porque durante la semana era demasiado complicado. Entonces nos encontrábamos en la habitación y pasábamos horas ahí juntos. A veces llegábamos a pasar tres horas enteras en la cama. Era el mejor momento de la semana. Se puede decir que era el por qué de todo: ella, el laburo, los viajes.

-¿Quiere un café?, me dice. 


Le digo que no. No quiero ponerme en una situación de todavía más debilidad. Ya no le acepto nada, no lo necesito.  No cambia la cara, no da crédito. No voy a mentir, no voy a faltar a la verdad por complacerlo.
La verdad es que los últimos tres meses ella había estado sintiéndose mal justo todos los domingos. Llegaba yo a la casa y ella ponía algún disco, por lo general alguno de Luis Alberto Spinetta, y me invitaba a sentarme en la cocina mientras tomábamos unos mates y ella ojeaba las revistas que justo ese mes su tía había empezado a mandarle desde París porque allí valían muy poco. Miraba las letras con atención, intentando entender francés. 
Al principio aquello me pareció agradable, pero a partir del segundo mes comencé a sentirme impaciente: mis piernas ya no aguantaban todo aquel tiempo dobladas sobre una silla, comencé a enervarme con el silencio de la casa; el jazmín también había perdido algunas flores y con ellas su magia. Pronto comencé a sentirme asfixiado en aquella cocina, sentía que los muebles se me venían encima, que la voz de aquel hombre del disco me trastornaba las ideas y era como el ruido del mundo que se pincha y se desinfla. Finalmente me di cuenta de que iba a morir. Iba a morir ahí mismo, en aquella cocina silenciosa con aquella música empalagosa de fondo, con aquella mujer allí sentada, chupando una bombilla de metal y mirando con ojos aburridos la fotografía de alguna modelo raquítica e infeliz. El pánico en mi alma se triplicó. Eso sí: jamás lo hubiera notado nadie en mi apariencia exterior. Me comportaba como un perfecto caballero y a ella no la molestaba con nada de esto, que nada tenía que ver con ella y su vida, pobre.
El hombre al otro lado del escritorio se atraganta con el café. Tose por un buen rato, putea. Se pone serio pero le veo en las comisuras las ganas de reír. Yo no le voy a mentir, esta es mi historia y con ella me quedo, con ella y mis ampollas y la sangre que cae lenta y va armando un charquito que se estira por la alfombra tan limpia.
Entonces pasó lo increíble. Un día iba en el coche del trabajo por la Avenida Córdoba y frené en un semáforo rojo, primero en la fila. Iba buscando un cigarrillo en el bolsillo de mi camisa y cuando levanté la mirada para encenderlo, lo ví. Era Luis Alberto Spinetta en carne y hueso, cruzando la avenida. Mí avenida. El auto estaba en primera y yo sostenía el embrague con mi pie izquierdo. Mis manos no estaban en el volante. Entonces fue solo un instante, algo sucedió: voló una mosca, ladró un perro, pestañeó una señora y yo aflojé el pie. 


Claudio Pontilla había salido de su casa aquel mediodía, como todos los mediodías, para buscar su moto en el estacionamiento sobre la avenida Córdoba y comenzar su jornada como repartidor de pizzas. Llevaba un pantalón de jean oscuro, un buzo deportivo y zapatillas blancas. Sus ojos estaban cubiertos con grandes anteojos negros. Esperó durante un minuto y veinte segundos en la esquina a que el semáforo cambiara a rojo y comenzó a cruzar. Cuando iba a dar su octavo paso, un auto avanzó sobre la senda peatonal, aplastando su pie izquierdo e imposibilitándolo para conducir su moto. Aquella semana ya se había ausentado de su trabajo tres días seguidos y su jefe, enojado, pidió como único justificativo válido un reporte oficial del hecho. 

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