9 de febrero de 2012

fue lo mejor del amor

Esto pasó hace tiempo y yo estaba enamorada de Nicolás.
Sucedía que Nicolás era un mocoso de mierda y, si bien me quería, se dedicaba casi exclusivamente a jugar con mi paciencia. Nos habíamos separado, ya no recuerdo por qué. Sería esta o aquella piba, o tal viaje o cualquier amigo. Algo había pasado.
Yo extrañaba, sobre todo, aquellas noches en que me quedaba a dormir en su casa a escondidas. Inventaba alguna buena mentira para mi madre, casi siempre vinculada con una amiga que estaba avisada para cubrirme y me iba a su casa. Llevaba mi mochila del colegio, mis libros, mis útiles, mi pollera cuadrille y mi camisa blanca. Su mamá no llegaba de trabajar hasta las siete y teníamos la casa para nosotros. Tomábamos la merienda ¿qué tomaba yo?  Todavía ni había probado el mate y no me gustaba la leche. Tomaba un vaso de agua y comíamos galletitas, casi siempre de chocolate. Yo me sacaba los zapatos y las medias que el colegio obligaba a llevar altas hasta la rodilla. Me desabrochaba la camisa y nos íbamos para la pieza, sin limpiar la mesa ni apagar la tele, total no era nuestra casa. El piso era de madera y arrastrábamos los pies, pasando el living con la ventana abierta de par en par para ventilar, pasábamos el portarretratos con una foto gigante de nosotros dos en una fiesta de 15 y que era la preferida de su madre. Atravesábamos la puerta de su cuarto que nos recibía con los colores brillantes de un poster de Palermo con la remera de Boca.
Se escuchaba el ruido de los autos que pasaban por la calle, estábamos cerca de la avenida. También estábamos cerca de mi colegio y me emocionaba la posibilidad de que alguno de esos autos fuera el de mi padre o, mejor, el de los padres de algún compañero de colegio que lo había ido a buscar a la salida y lo llevaba a su casa. Mientras yo, acá, en este limbo de sábanas de autitos y posters de Boca, con las mochilas arrinconadas en una esquina, el ventilador girando lento en el techo y, bien pegado a mí, en la cama de media plaza, el cuerpo de Nicolás.
Y entonces todo el resto, el juego infinito que todavía no me había animado a concluir y a las seis y media vestirnos, sentarnos frente a la tele del living, comer galletitas de chocolate de nuevo y esperar a que llegue la madre.
Después la cena, hablar de los planes para el fin de semana, del partido, de los amigos del club, mucho repetir: por favor, gracias. En una de esas sonaría el teléfono y él atendería, la madre le haría un gesto porque estamos en la mesa y el desaparecería por el pasillo con el teléfono, dejándonos a nosotras solas en la cocina y el bendito ruido de la tele de fondo a nuestro silencio. Ella me preguntaría por las materias, por las notas y se quejaría de que Nicolás se lleva muchas a diciembre, sugeriría que él debería aprender de su novia, así decía: su novia, que era yo, que estaba ahí.
Antes de ir a dormir, pasaba por el baño. Me cepillaba los dientes con el cepillo de Nicolás, mientras observaba atenta los quince envases de distintos tamaños con etiquetas rosas que eran las cremas de su mamá. Entraba a la pieza y cerrábamos la puerta. Me cambiaba la pollera por un short de boca y buscaba abrazarme a él, que había puesto el compact de Rodrigo en el equipo de música y se metía desnudo en la cama.

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