14 de agosto de 2019

Volvieron a la plaza fumando un cigarrillo cada una. Las demás estaban sentadas mirando a los chicos jugar. A Pony le parecían unos nenes. Vicky estaba un poco alejada, tirada sobre el pasto en los brazos de Chucho. La pelota voló y cayó a los pies de Julia. Fue Nicolás el que corrió a buscarla. Se agachó y le clavó los ojos en la mirada. El olor de su transpiración la mareó. Se agachó ella también y lo escuchó agitado, él se acercó sin pensar y le dio un beso en la boca. Corrió de vuelta a la cancha y siguió el partido. Ella lo miraba desde afuera, intentaba distraerse con sus amigas pero no había caso. Diez minutos después el metió un gol. Cuando se acercaba a la esquina donde estaba Julia, ella sentía la corriente eléctrica que los imantaba. Tenía miedo de que el resto del mundo se cayera por el precipicio que aquel amor iba construyendo a su alrededor.

10 de febrero de 2019

El reloj patriarcal


            Orense era un viejo pueblo de pescadores donde fuera de temporada vivía una docena de familias. Les habían asegurado que en esas últimas semanas de noviembre ellos serían los únicos turistas. Fue Ofelia la que reconoció la casa de la foto frente al mar. En el balcón había un nene flaco colgando de la baranda, la remera levantada dejaba su panza a la vista. Junto a la puerta de entrada había un hombre con bigotes y gorra. Cuando Ofelia bajó del auto, vio que le faltaba una mano. Esperó a que Manuel abriera el baúl para sacar los bolsos. Sebastián la tomó por los hombros con cariño. Sopló un viento fuerte que hizo volar la arena. El nene que colgaba empezó a reír, su risa hacía eco en las casas vacías.
            — ¿Qué hora es?
             El viento sacudía el pelo largo de Ofelia. Giró la cabeza hacia el mar. Sebastián agitó la muñeca y se acercó el reloj a la cara. Su ojo con estrabismo perdió el rumbo.
            —Las seis. Clavamos siete horas justo.
            Dos mosquitos se le posaron en el antebrazo y Sebastián se golpeó pero no pudo matarlos.
            —Qué terrible la humedad. —Ella se sacudió un zumbido de la oreja. —Qué suerte que trajiste el reloj de tu papá al viaje.
            —Es mío, ¿qué te pasa?
            —Es un reloj patriarcal.
            La risa del nene llegó hasta el mar. Ofelia se colgó el bolso y trepó el pequeño médano hasta la casa. El hombre de gorra la esperaba con su única mano extendida. Ella le devolvió el gesto.
            —A que estaba muy cargada la ruta hoy. Buenas tardes, soy el señor Majo. —Tenía una voz gruesa que la sorprendió.
            —Llegamos diez puntos. —No pensaba en lo que decía.
            Adentro de la casa todavía estaban las luces apagadas. Los chicos no subían, ¿por qué se demoraban tanto? Lo primero era ver la casa y deshacerse del señor Majo.
            Mi casa es la verde de acá al lado fue una de las tantas indicaciones que Ofelia escuchó a medias. Quería dejar todo adentro y darse una ducha. El cielo tronó y estalló en blanco y azul. El nene golpeaba el techo con los pies y ahora colgaba con un solo brazo. Es un mono, pensó ella. El mono le debe haber comido la mano al padre.
            La casa por dentro era como la esperaban, una cama arriba, dos abajo, olor a encierro y a mar. Una tele, un aire acondicionado un poco más rústico del que habían mostrado las fotos. La heladera ya estaba enchufada. Majo se despidió con un hasta luego y salió.
            — ¡Cierro la puerta! Al mar le gusta llevarse a la gente con días así.
            Ofelia la volvió a abrir, el mar estaba cerca, nadie hubiese querido la puerta cerrada. La niebla nunca entraría en la casa. El nene tampoco entró. Ella imaginó que habría saltado desde el techo hasta los hombros de su padre. Desaparecieron.
            Dejaron los bolsos al lado de la entrada. Sebastián se metió en el baño, Manuel desenvolvió el queso, el pan y el salame que habían comprado en la ruta, y Ofelia descorchó un vino tinto. Sirvió tres copas, le alcanzó una a Manuel y tomó de la suya. Habían traído tres vinos tintos más, dos blancos que habían sobrado en navidad, y un gin para hacer gin tónics.
            Sebastián salió del baño.
            — ¿A qué hora llegan los demás?
            —Ya tendrían que haber llegado.
            —No entiendo por qué no nos estamos preocupando.
            — ¿Y si los atacó el loco de Orense?
            —No digas pavadas.
            Ofelia no quería que la conversación llegara a un lugar incómodo. Sirvió más vino.
            —Esta picada se come en el balcón.
            A todos les pareció buena idea, Sebastián y Ofelia juntaron las sillas y Manuel subió la tabla grande con la picada y las copas.
            —Llevá la petaca que tengo en la mochila —le dijo a Ofelia.
            Ella se puso a buscarla mientras los otros subían las escaleras. La puerta se cerró de golpe. Un viento helado atravesó el living, la cortina de la ventana se infló como un fantasma. Ofelia se apuró a encontrar la botella y subió corriendo.
            Armaron la mesa con una puerta de madera que habían encontrado en la habitación y dos baldes. Las sillas miraban todas al mar. La figura de los dos amigos se recortaba contra el cielo gris. Se habían sacado las remeras. Sebastián apoyaba la copa de vino sobre su panza. Manuel hablaba con las manos detrás de la nuca. Sostenía un cigarrillo. Fumaba cada día más.
            Ofelia ocupó su lugar y destapó la petaca.
            —Delicioso.
            Tomó un par de tragos.
            —Qué rico está el salame. Les dije que había que comprar las ofertas de la ruta.   Brindaron mientras el cielo estallaba. Era imposible saber si era de día o de noche. La bombilla de luz lanzó un zumbido fuerte y se apagó.
            —Bien, nos quedamos sin luz.
            —Y sin música.
            Sebastián terminó el vaso de vino. Estiró el brazo pidiendo lo que hubiera en la petaca. Manuel se ponía de pie y levantaba la mirada cada tanto, desde ahí se veía la ruta de tierra por la que habían llegado.
            —Igual no creo que el loco de Orense ataque con una noche así.
            —Basta, ¿podemos hablar de otra cosa?
            —Seguro que se atrasaron con la niebla, ya vieron cómo maneja Alejandro.
            Cayeron un par de gotas sobre el balcón, juntaron las cosas y volvieron abajo. Comieron en silencio de pie en la cocina, tenían mucha hambre tras el viaje. Manuel fue el primero en ir afuera, bajo el techo que cubría la entrada. Ya quería fumar un cigarrillo.
            El cielo se encendía irregularmente, el ruido del mar sonaba de fondo.
            — ¿Sabés qué? Encendé un porro.
            — ¿Antes de que lleguen?
            —No podemos esperarlos para siempre.
            Ofelia buscó en su bolso la lata donde traía armados los porros. Habían acordado fumarlos entre todos, pero este primero podía ser una excepción. Fumaron y tomaron sentados en el banco de plaza que había en la entrada. Los tres miraban al cielo, nunca se largó a llover. Oscureció tanto que desapareció la línea del horizonte. El mar se comía a la tormenta.
            —Los dioses están enojados. —Ofelia volcó un poco de licor de la petaca sobre la arena. — ¡Les hago mi ofrenda!

            Bailaban en el médano bajo la luz de la luna llena, todos tenían el vaso lleno. Ella se movía con los ojos cerrados. Manuel se reía solo. Sebastián estaba inquieto.
            —Estoy aburrido, vamos a explorar.
            — ¡Vamos!
            —Traje linterna.
            —Llevamos un gin tónic rutero.
            —Sí, y dejemos una nota para los demás.
            Manuel cortó la botella de agua tónica a la mitad y Sebastián preparó el trago.
            —No hay hielo todavía, no va a estar tan bueno.
            —Ah, no, entonces no.
            Los tres se rieron, las risas de los tres causaban más risas. Eran imparables, Ofelia apoyó la frente en el hombro de Manuel, Sebastián se agarraba la panza. Se agachó y golpeó el piso con los puños. Tenía los ojos apretados. Ofelia empezó a toser, se había atorado con su propia risa. Se abrazaron, las camperas de cuero hicieron ruido al rozarse. Salieron de la casa haciendo un trencito. Ella iba adelante, seguida de Sebastián y Manuel.
            La arena estaba húmeda y endurecida, era fácil caminar. Ofelia al medio iluminaba la bruma que había siempre delante, Manuel llevaba el rutero y lo iba repartiendo entre los tres.
            —Acá vive el señor Manco —dijo Ofelia y señaló a la casa verde.
            Todos se rieron. Avanzaron algunas cuadras y salieron del balneario. El camino subía hacia el médano atravesando una arboleda.
            —Y también su hijo mono. —El mar sonaba tan fuerte que nadie escuchó el comentario y la conversación terminó ahí.
            Treparon el médano y siguieron el camino entre los árboles. Sebastián acompañaba sus esfuerzos con gruñidos. A lo lejos vieron un cartel cuyas letras brillaron cuando Ofelia las alumbró. Gruta, decía, y una flecha señalaba hacia el costado del camino. Subieron varios escalones de piedra, atravesaron una entrada gobernada por dos árboles y en el medio de una ronda de rosales en flor, encontraron la gruta, un caracol de mar gigante, hecho de cemento y pintado de blanco. La punta pinchaba el cielo. Caminaron a su alrededor pasándose el rutero de mano en mano. Ofelia tenía ganas de vomitar.
            —Entremos.
            Manuel fue primero. Ella lo siguió, le alumbraba los pies. Sebastián fue detrás, no se había dado cuenta de lo borracho que estaba hasta que tuvo que subir por la escalera empinada que giraba alrededor del centro del caracol. El ruido del mar era cada vez más fuerte. Los tres se agarraban de las paredes, porosas y húmedas. Las plantas de las zapatillas se les adherían al suelo. 
            Manuel se detuvo.
            — ¿Qué hay?
            Se acercó Ofelia.
            —Un altar a la virgen.
            —No quiero mirar.
            — ¡Llora sangre!
            Había estampitas, estatuillas de distintos tamaños y algunas flores de tela. Dos velas nuevas y una encendida a punto de consumirse. En el fondo había un poster de la virgen de Guadalupe, dos lágrimas de sangre le caían por las mejillas. El poster también había sido víctima de la humedad, tenía los bordes redondeados y varios colores de la imagen borrados.
            —Deberíamos dejar el reloj patriarcal como ofrenda.
            — ¡Sí! Dejalo.
            —Es ofensivo. ¡Que lo deje, que lo deje!
            Manuel, Ofelia y Sebastián se zarandeaban de un lado a otro en el pequeño espacio del descanso, se chocaban contra las paredes y se reían. Ella lo agarró de la muñeca y le desató el reloj. Lo puso al lado de un rosario, el brillo de la vela parpadeó y se apagó. Alguien gritó. Una ola rompió tan fuerte que pareció que se los llevaría con la corriente. Los tres bajaron corriendo y corrieron por el camino alejándose de la gruta hasta que Ofelia frenó porque se sentía mal. Intentaban recuperar el aliento.
            — ¿Qué pasó? preguntó Ofelia.
            —Vos gritaste.
            —No, yo corrí porque alguien saltó antes.
            Intentaba mirarlo a los ojos en la oscuridad.
            —Mi reloj, no lo puedo dejar ahí. —Sebastián se agarraba la muñeca desnuda. —Me lo regaló mi abuela. —Estaba al borde del llanto.
            Ofelia encendía y apagaba la linterna, le daba golpes con la palma de su mano.    —Esta mierda, no pude explorar nada al final. —La guardó en el bolsillo de su campera.
            —No se hagan los boludos, acompáñenme. —Sebastián empezaba a enojarse.
            —Vos dejaste el reloj ese ahí, sabés que no le estaba haciendo bien a tu machismo tenerlo. —Ofelia dio media vuelta, se reía. —Por supuesto que vamos todos.
            A Manuel ella le pareció un fantasma moviéndose en la sombra. Dudó si hacían bien en seguirla, tomó a Sebastián por el hombro pero las palabras no salieron de su boca.
            La luz de la luna alumbraba el cartel de la gruta como si quisiera que la encontraran. Sebastián se sintió afortunado y tonto por haberse preocupado tanto por el reloj. Recorrieron el camino por el que minutos antes habían corrido. Ofelia se arrepintió de ser siempre tan miedosa. El valor era solo cuestión de cambiar la perspectiva, ahora el sendero se veía inofensivo. La niebla se empezaba a desarmar. Había paz. La gruta era maravillosa bajo el brillo de la luna.
            —Parece un portal a otro mundo.
            —No digas boludeces.
            —Subo.
            —Dale, te esperamos acá.
            Manuel agarró a Ofelia del brazo y empezaron a caminar en círculos. Sebastián subió los escalones sin tocar las paredes. Tanteó entre las estatuitas, la virgen y sus adornos, todo se le pegaba a los dedos, las velas, las flores, pero el reloj no estaba. El grito de Ofelia lo hizo saltar. Gritaba su nombre, una y otra vez.
            El cielo estaba despejado y brillaban muchas más estrellas que en la ciudad.
            —Ofelia. Manuel. ¡Ofelia! Dale, idiota. Manuel. No veo nada. ¿Dónde están? Carajo. Ofelia, Manuel.
            Lloró lágrimas de verdad. Su propia respiración agitada le impedía concentrarse en los sonidos del médano y del bosque. Caminaba de un lado a otro sin orientación. Agarró una gran piedra del suelo y buscó el camino de vuelta al bosque y a la ruta.          —Manuel, Ofelia. —Ahora susurraba sus palabras porque no estaba seguro de querer ser escuchado. —Si aparece algo en la oscuridad, del miedo que tengo lo mato. Lo mato. Incluso si es el nene mono, lo mato a piedrazos. —Se acariciaba su propio brazo, eso le traía un poco de tranquilidad. —Ya llegamos, ya llegamos.
            Orense seguía sin luz. La luna reflejada en el agua era una buena guía y le permitió ver el auto gris de sus amigos frente a la casa. Habían llegado los demás. Corrió médano arriba, lo alivió que la puerta de la casa estuviera abierta. Entró, buscó en el baño, en el piso de arriba, tanteó las camas. Se escuchaba el silencio del balneario, el llamado del mar en el oído de Sebastián.
            —Manuel, déjate de joder. Son boludos, eh.
            Dio vueltas sobre su eje, el suelo crujía. Los sonidos eran más importantes en la oscuridad, cobraban otro sentido. Decidió que no iba a hablar más. Bajó el médano y corrió hasta la casa del señor Majo. La puerta estaba abierta, adentro tampoco vio a nadie, cuando entró a la cocina, sintió algo a sus espaldas. Alguien corría. Sebastián corrió tras la sombra, que iba hacia el mar. Bajo la luz de la luna reconoció al nene mono. Iba empujado por el viento. Frenó de golpe y miró atrás, como queriendo asegurarse de que Sebastián también hubiera escuchado el llamado del mar.


5 de noviembre de 2018

16 de julio de 2018

22 de marzo de 2018

Una lagartija no es una rata. Tampoco un sapo. No se puede tenerle asco a todo. Jose tampoco comía mariscos ni cebolla.
-Quedate tranquila, va a cazar todo lo que te asusta- inventé cualquier cosa. No tenía idea acerca del estilo de vida de las lagartijas. Quería estar en paz. Terminar el guiso. Hubiese preferido guisar con música. Girar la cuchara larga de madera al ritmo de una milonga. Quería que Jose estuviera, pero en silencio. Con los ojos cerrados, sin emitir opinión. Pero viva, eh. Que cuando le pidiera que descorche el vino, lo hiciera. Que el plup del corcho nos hiciera reir y mirarnos a los ojos, solo un segundo. La lagartija avanzó a través del techo.
-¡Pensé que estaba muerta!
Saltaron las chispas del cortocircuito: Jose de pie sobre una silla.
-Le voy a pegar las patas al techo. 
Hablé y después silencio. Era un lago negro. El animal con hambre, la boca seca, el estómago hecho bolsa, la lengua desesperada, las patas inmóviles y nosotras, comiendo el guiso como si nada.

15 de mayo de 2017

23 de mayo de 2016

24 de abril de 2016

¿por qué
hacía
tanto silencio
japón?

le faltaba
tu risa

22 de abril de 2016

all this time passed
but what can we do?
i have missed you every day.

27 de enero de 2016

21 de enero de 2016

Birds of Paradise


When the plane started descending, I lifted the shutter and looked out for the first time. I expected to see a million yellow street bulbs shining in the night, the surprise of a city being even larger than I could imagine and the red lights of the cars travelling through highways like little fast ants through labyrinths. And then, as we got closer, maybe the layout of the city, the shape of the blocks, which areas were the fanciest, the houses with a backyard and maybe even a pool, and which ones were just landscapes of miserable existence, where people lived together like chicken, waiting to lay eggs, die and be eaten.
I saw none of that as our plane approached Kathmandu. Just darkness. I closed the shutter; you should never ask too many questions when it was yourself who chose to be put in a ridiculous situation. Floating in the middle of the sky in a tin box, that´s what I mean. There was not much to think about and a lot to accept as it came; reason does not really apply effectively every time.
I had slept during most of the flight. I had had a lot of help from whiskey, pills and three sleepless nights prior to the flight. I was thankful, most of it had occurred without me even noticing. The seat belt sign turned on and a lady´s voice spread through the plane. Had I been a native English speaker, I would have taken the microphone from her hands and delivered the message myself. One´s language can only take so much offence.            
Anyway, it was only then that I noticed I had two seat companions. They most certainly weren´t there when I first got on the plane. A woman and a man. Their hair was straight and dark as black amber. Did they know each other? The loud humming of the plane and the annoying voice from the speakers vanished as I tried hard to figure my neighbours out. Their eyes were facing the front of the plane and every hand I could see was resting on its corresponding knee. There was no sign of physical closeness, yet their hair was so the same it could have been all twisted into a single braid.
I felt in my stomach how the plane stopped descending and just flew into a void in time, a soft caressing of the clouds. Then it happened: the one on my right bent her head over the other one´s shoulder, the hands on the knees moved rapidly and scrambled into a hand holding frenesí. They kissed, they were Chinese and married, I saw rings. My eyes were immediately drawn to her feet. They were as big as mine, bigger maybe; she was wearing short white socks with red ribbons in the front. I had recently gone to the doctor for a checkup and in the waiting room I had read a magazine article about Chinese women´s feet. Apparently, until a hundred years ago or so, it was almost impossible for Chinese women to find a husband if they had big feet. Small feet were seen as a symbol of beauty and sexual appeal. In order to get them, a young girl´s mother would breake all of her girl´s toes and wrap them tightly in silk bandages. They did this every day of their lives. And when their mothers were dead and the girls became too old to do it themselves, their daughters in law would do it for them, maybe even their sons. When this tradition was banned, families kept doing it in secret and girls would hide their feet from police officers and politicians. I was amazed I could just stare at this woman´s feet with entire freedom, her socks looked really comfortable.
My hand was swollen from the plane. I followed the blue veins that led to my knuckles and my nervous bony fingers. My grandmother had a limited repertoire of stories about each of her grandchildren´s lives. She used to tell me the same one every time she held my hands.
-The day you were born and the nurse handed you to your father, the first thing he did was count all your fingers and toes-. Apparently, only when he saw I had all twenty digits, my father begun breathing again. My grandmother found this hilarious for some reason; I always think about what would have happened to me if I hadn´t been so lucky as to have all my body parts. Would my father have been too alarmed? Anyway, who cared about fingers? In my father´s place, I would have wished for better things for my daughter than twenty meaningless sticks poking out of her extremities. I would have wished for beauty, beauty and extreme insensitivity.
Anyway, I knew I was in Kathmandu because of my grandmother and there was extensive work to be done. The plane´s final descent was announced. I squeezed the seat with my hands. My heart was racing.
-When you get nervous, say before an exam, and your heart starts pumping like crazy and your hands sweat and your pulse shakes, this is your body getting ready to fight or run away fast. We live the way we do, yes, but don´t forget we are just animals: we are designed to hunt and look for shelter-, she once said to me.


The international airport in Kathmandu was a two-story wooden house on the outskirts of the city. It was only when I was waiting in line to go through immigration that I realized how different I looked compared to everyone around me. Women in colorful dresses made of one piece of cloth, long hair tied in the back and dark lines under their eyes were walking around carrying their babies. Men pushed enormous old woolen suitcases, screaming children ran around holding hands and single ladies hid in the corners of the room. Signs all around me read Welcome to Nepal. Some of them were accompanied by curious facts aiming to familiarize visitors with the Nepalese culture.  Did you know? In Kathmandu, horning is almost a language in itself.
The two men behind the counter wore long grey dresses. The desk was wooden and full of scars. It was roofed with small pieces of white paper, just like the one I was holding inside my passport. Where are you from, how old, are you a criminal and how many days are you spending in our country? All this information from countless strangers flew around in a hurricane around the top of the desk. I could barely see the men´s faces among all the little paper doves that went up and down and to the front and the back. The magnificence of the scene made it almost worth filling out the paperwork; so many facts, so much time and ink and paper invested in this beautiful piece of performing art. 

-Fifty American dollars, miss.
I didn’t have any cash on me and I told him so.
-ATM machine! ATM machine!, the other one said pointing out with one hand while he stamped a passport with the other. His eyes wandering fast from one thing to the next.
-ATM machine!
-Do you take credit cards?


He shook his head, his eyes shut as he wiggled it from side to side, I knew exactly what he’d say. He wouldn’t stop until I moved out of his sight, so I did.
The machine was off and chained, a sign hung from the lock: closed for Dashain/ geschlossen für Dashain/ fermé pour Dashain.
-Go out, go out,- he looked disappointed, as if reproving my behavior.
I made my way to the stairs, the air in the last floors turned damp. There weren’t any carousels, but I did see my orange bag standing in a corner, surrounded by all types and sizes of luggage. I walked out through a wooden old door and into Nepal. A big crowd of taxi drivers stood around the gates, lurking for passengers in the darkness of the night. I chose one, he was smoking a cigarette, resting on the hood of his car. He spoke English.
-I need 50 dollars to pay for my visa. Do you think I can borrow them from you, take your taxi and pay for everything when we get to my hotel? After a small digression from my request –Where do you come from? What’s your name, madam? Which hotel? Anywhere you can recommend! - I got a bunch of rupees. I wanted to kiss the man, but previous experience had taught me that when in doubt about kissing someone, it’s better not to.


I took a quick look to make sure my bag was still standing in the corner although everyone had left; it looked lonely, like a young orange oriole that missed the seasonal migration. I rushed upstairs, skipped the queue and proudly waved the bills in front of the man. He was so tall that the curly hair on his head looked like the branches of a tree. He took the bills and counted them on the table, his eyes looking way down to his roots. 

11 de octubre de 2015


Billy Brown: I'm asking you to come there and make me look good. Alright? And if you make a fool out of me, I swear to God, I'll kill you right there. Boom! Right in front of Mommy and Daddy. And I'll tell you something else, you make me look bad... I will never ever talk to you again, ever. But if you do a good job, well, then you can be my best friend. My best friend that I've ever had. You hear me?

7 de octubre de 2015

10 de agosto de 2015

21 de julio de 2015

25 de junio de 2015

19 de junio de 2015

9 de junio de 2015


La española me sacude el hombro, llegamos a Kumili. Oliver y yo estamos adheridos el uno al otro. Hace un calor de muerte. Nos toma un rato salir del colectivo, se arma una fila de gente que tiene que ir sacando sus cosas. Somos los únicos tres con mochilas, una mujer se nos acerca con una carpeta en las manos. Tiene un sticker de terciopelo entre las cejas. Nos muestra las fotos de su pensión y como nadie tiene nada planeado ni visto, la seguimos. Es un largo camino al costado de la ruta para llegar hasta la zona más turística, cerca del centro. La pensión es enorme, el frente se despliega sobre la cuadra como un palacio marrón de azulejos brillantes. Tras los muros hay un jardín enorme que conecta muchas habitaciones. Cada habitación tiene su propio balcón y aire acondicionado. Yo paso de ambiente a ambiente maravillada, las hojas de la palmera casi se cuelan en la habitación. El lugar es hermoso. La española camina adelante charlando con el señor. Oliver va atrás, lo miro buscando su aprobación. Está en otra, ni pelota. Damos la vuelta por el patio, alrededor de una fuente con agua verde y tres hojas de loto flotando dentro, entramos a otra habitación.

-500 Rupies.

-Pues, yo digo que sí,-me mira la española. Me pone nerviosa que no intente hablar en inglés, ya le pedí varias veces porque Oliver no entiende. Si dijo que sabe y todo. Yo tengo ganas de quedarme, pero sé que está un poco encima de lo que habíamos hablado de pagar. Lo miro y le repito en inglés: ella se quiere quedar, nos hacen menos precio por los 3, ¿qué hacemos? La española abre la puerta del baño y se pone a inspeccionar.

-Tía, estos baños están de lujo, no habrá otro sitio así por aquí.- Oliver no me responde y yo no quiero responderle a ella, lo veo ponerse nervioso.
-No sé- me dice. Ella me agarra la mochila como para que la deje en el suelo.
-Vamos, ¿ya? ¡Nos quedamos!- Con un movimiento brusco me suelto.
-Esperá un poco.- Oliver ya está cruzando la puerta.- Bueno ¡Nos vemos después!

Oliver ya está unos metros calle arriba, sentado sobre el cordón de la vereda, armándose un cigarrillo. Es muy bueno armando cigarrillos porque fuma desde chico. Armando porros también es muy hábil. En casa siempre se burlaban de mí diciendo que armo cigarrillos con panza, me quedan gordos al medio y más finitos en los bordes. Me acuerdo que cuando llegué a Australia, no estaba acostumbrada al tabaco suelto y me parecía normal fumar, por ejemplo, sin filtros. Muy rápido, la punta de mi índice derecho se empezó a teñir de naranja. Era una asco lo que hacía.

-¿Qué pasa, Oliver?
-No me gusta andar siguiendo a gente que no conozco.
Entramos en la próxima hostería: “Safari homestay”. La recepción es toda de madera, a un costado tienen un aparador solo para folletos turísticos. El chico detrás del escritorio escribe una reserva en un cuaderno.

5 de junio de 2015

las bombachas rosas

Oliver estira el brazo y me agarra mi mano entre las suyas. Está dormido. La española me habla todo el viaje de cosas que no me interesan, lugares de la India, nombres que no voy a recordar. Yo quiero cerrar los ojos y apoyarme sobre el hombro de Oliver, rodearlo con el brazo. Hay mucho ruido de la ruta, del colectivo destartalándose y la música de la radio como para mantener una conversación. Odio levantar la voz y a veces tener que hacerme la que escuché o tener que pedir que me repitan algo. Odio tener que pedir que me repitan algo. Le suena el teléfono y lo busca adentro de su mochila desesperada. Yo aprovecho y cabeceo, me hago la que se me cierran los ojos, lo hago tan bien que hasta me lo creo, me da sueño y empiezo a sentirme un poquito mareada. Apoyo la cabeza sobre el hombro de Oliver, él me rodea con el brazo, encuentro un hueco perfecto abajo de su clavícula, rota tantas veces. Soy libre de nuevo. En el colectivo hay olor a caca humana.
Cometí el grave error de confesarle a Oliver que me gusta robar cosas. Me pidió que le diera un ejemplo de cosas que me había robado. Había empezado con cosas chiquitas, nunca a negocios chicos, sino a supermercados, aeropuertos, negocios caros.
-Por ejemplo, mi billetera, le dije y me miró horrorizado.
-La robé en el aeropuerto de Auckland.
-¡Qué hermosa billetera!, me dice todo el mundo, y yo siempre recuerdo el robo avergonzada en secreto. No sé por qué lo hago, pero me encanta. Algo de saber que me pueden descubrir, pero que yo soy más inteligente y mejor mentirosa que ellos. Hasta tengo un sistema de mentiras ideadas en caso de que me agarren. Oliver desaprueba, cada tanto me sermonea al respecto, desde que estamos en la India todavía más. Entonces a mí me gusta contarle sobre más cosas que robé, porque me imagino lo que diría Catie, y lo que diría Oliver al respecto, los dos tan adentro de las reglas y las locuras del mundo enfermo que se construyeron. Yo quiero salirme de esa esfera disparada a mil millones de kilometros por hora, como un meteorito hacia el mal, hacia todo lo que Santa Catie no haría. Oliver, tu futura esposa es ladrona. La última vez le conté que Ciaran me había enseñado a robar en el Wallmart y que muchas veces robábamos paltas y cosas caras para cocinar. Me preguntó si me había robado las bombachas rosas y le dije que no, esas las compré. Sospechaba que no iba a conseguir bombachas en la India y en Australia eran muy caras. Compré un paquete del supermercado y cuando llegué a la casa lo abrí. Ashley me encontró en la habitación desplegando uno a uno las bombachas enormes sobre la cama. Nos agarró un ataque de risa, ella se puso una en la cabeza, la cubría como una gorra de natación. Yo me puse una por encima de las calzas, era grande como un short, mis cachetes del culo quedaban absolutamente cubiertos y sostenidos por algodón. Nunca había tenido bombachas tan grandes. Pero no estaba para andar gastando más dólares en coqueterías y considerando la falta de expectativas sexuales con Oliver, no me pareció importante. Igual siempre aprovechaba para reírme un rato de ellas.


4 de junio de 2015

Cuando llegamos a Margao todavía es de noche. Oliver sigue re copado hablando con sus amigos. Yo me siento en un banco de la terminal, dejo mi mochila grande en el piso, agarrada a mi pie. Oliver se acerca y me deja su mochila también.
-Vamos a averiguar si hay micros, ¿te quedás cuidando las cosas?
-Sí, no hay drama

Los veo alejarse, Oliver va hablando y los otros dos lo miran y le prestan atención como si fuera alguien muy importante. No sé qué tiene que hace que al principio la gente lo respete mucho. Sonríe y tiene la cara amable, creo que eso le juega a favor. Conmigo todavía tiene cierto poder. Estoy de muy mal humor con estos dos tipos que ni me miran y Oliver que, culposo como es, siempre se prende en todas. Yo quiero tomar un taxi y dejar de perder tiempo con ahorrar dos mangos. En la estación mucha gente está durmiendo en el suelo, de afuera entra un viento con olor al humo de los autos. El dominio público y el privado se desdibujan; un señor al lado mío se urga la nariz, atrás alguien escupe mocos. 
Lejos ya, veo a Oliver con los pibes, frenaron no sé a qué. Oliver agarra su botella, abre y toma, le ofrece a uno y después al otro. Busco el tabaco en mi mochila chica, tengo un poco de porro adentro del paquete. Armo un cigarrillo con un poco de los dos, apilo las mochilas sobre el asiento y salgo a fumar. Traigo conmigo mi mochila chiquita. En las otras tenemos sólo ropa sucia, no sería ninguna desgracia que nos robaran al menos la de Oliver. Afuera está todavía más oscuro y se ve a gente ir y venir en la ciudad que recién se pone en movimiento. Veo la parada de taxis. Busco a Oliver con la mirada pero ya no están a la vista, nuestras mochilas todavía sí. Me fumo mi cigarrillo un poco intranquila y vuelvo a entrar. Sentada en el banco, fumada, me quedé dormida.

Oliver me despierta con un cigarrillo colgando de la boca.
-Vamos a tomar un taxi, me dice mientras levanta su mochila del piso y se la cuelga en la espalda. Me extiende la mano para ayudarme a levantar, ya estoy de mejor humor sabiendo que vamos camino a una ducha y una cama. No entiendo bien por qué el auto nos deja en la entrada de una playa. Es una calle de arena con dos o tres bares y algunos negocios, todo cerrado. Parece ser el centro del balneario. Bajamos todos del auto y los chicos empiezan a caminar hacia la playa, Oliver y yo los seguimos. Me saco las sandalias y ando descalza por la arena. El cielo está rosa intenso y el sol empieza a salir, ya hace bastante calor. Formamos una ronda, uno de ellos habla por un celular. Corta y no explica que en su pensión no hay lugar para nosotros, está lleno. Uno de ellos es alto, tiene los hombros duros como Frankestein y bigotes oscuros. El otro es más petiso y gordito, con ojos saltones y pelo lacio de raya al medio. Tiene brazos musculosos.

El alto le ofrece el celular a Oliver para que llame a otra pensión. Le marca el número y Oliver se aleja, dejándome sola con su dos amigos nuevos.

28 de mayo de 2015

10
Nos volvemos a despertar con el ruido de alguien que escupe una y otra vez hasta vaciarse de mocos.
Subimos a Munnar con nuestras mochilas al hombro. A mí la subida me cuesta, sobre todo porque tengo hambre. Llegamos a la parada de colectivos. Lo dejo a Oliver con las cosas y me voy en busca de algo para comer. Voy directo a lo envasado, me da miedo comer algo en la calle y enfermarme. No importa cuánto me cuide, me voy a enfermar igual. Me lo tengo que repetir hasta el cansancio. Igual quiero unas papitas o algo familiar. Los paquetes del negocio están cubiertos de polvo y descoloridos por el sol. Me llevo una magdalena envasada, es seca y fea, como una de verdad pero pinchada.

Decidimos que durante este viaje vamos a empezar las clases de español. Oliver ya tiene un cuaderno y todo. Por dentro el colectivo es celeste, vibrante. Los caños son azul oscuro. Es solo la estructura con ruedas y un techo, no hay puertas, ni vidrios ni ventanas. Todo el viento del mundo nos sopla en la cara y no podemos casi escucharnos. Entonces apoyo la cabeza en su hombro y le acaricio despacio el brazo, él me da un beso en la frente. Los dos tenemos el cuerpo caliente, las manos húmedas; el aire fresco es una bendición. Los pantalones naranjas están buenísimos, se los voy a pedir. Oliver me abraza y me aprieta contra él. En la India no huele tan mal, tengo que averiguar si empezó a usar desodorante.
Una vez, en Melbourne, Kiki me prestó un sweater de lana enorme que había sido de una amiga suya. Yo no tenía abrigo y hacía frío. Era era calentito y suave y me dejó quedármelo por unos días. Una noche yo salí con Oliver y le di el sweater porque él no tenía abrigo. A Oliver también le encantó usarlo, era tan grande que le entraba a cualquiera. Le pedí que se lo devolviera directamente a Kiki. No sé por qué yo supuse o esperé que él lo lavara, porque era obvio que no lo podía devolver con olor a chivo ¿o sí? ¿Y si no lo lavaba? Cai en la desesperación mental. Mi gusto se ponía constantemente a prueba. Yo estaba ahí cuando le devolvió el sweater a Ciaran. Lo tuve que ver todo.
-Gracias, le dijo y se fue, tenía que ir a la pileta o a capoeira, qué se yo. Kiki lo agarró, lo sostuvo, esperó a que Oliver estuviera lo suficientemente lejos y se lo llevó a la nariz. Se rió.
-Tiene olor a Oliver, dijo con cara de asco.
Todavía nadie sabía sobre nosotros y era yo la que más quería ocultarlo. No estaba lista para enfrentar la opinión de los demás. Ni lo que yo pensaba que pensarían. Barbara siempre lo supo, pero con ella yo hablaba de todas estas cosas. Nos fuimos haciendo muy amigas, ella me entendía bien todo lo que me pasaba. Yo a ella la entendía, pero hasta ahí también, porque después se empezó a poner un poco loca con lo de Ciaran.

-¿Hacia dónde van ustedes? Uy, discúlpame.
Se ve que abrí los ojos dormida y ella pensó que estaba despierta. Pero ¿por qué me habla en español?
-Vamos a Kumili ¿y vos?
-Pues, yo lo mismo
Miré a Oliver, dormía con la cabeza apoyada en una almohada hecha con su buzo azul.
-¿Viajas con él?
-Sí, ¿vos?
-Yo le acabo de conocer, no pienses ¡No tengo na que ver!
-¿Viajás sola?
-Sí, claro, yo hago mucho este viaje, otras veces lo hice acompañada
-¿De dónde sos?
-Soy española, de Sevilla ¿y ustedes?
-Yo soy argentina, pero él es inglés
-Ah, pero ¿es que él habla español?
-No, yo hablo inglés




26 de mayo de 2015












Caminamos por los puestos que hay montados. Hay unas pulseras de madera pintadas con flores, me compro una. Me pruebo un par de anillos. Me acuerdo de Rachel, que viajaba con ese anillo de casada para hacerse la que estaba de viaje con su marido y sentirse más segura en la India.
¿Por qué quiero que Oliver me de un anillo? Me hago la que quiero un anillo por lo mismo que Rachel. Mentira. Lo que quiero es tener un anillo que me de Oliver. Fantasear con que Oliver y yo nos vamos a casar. Me quiero morir ¿Quién soy? Esto viene a demostrar lo débil que es el poder de la realidad frente al de la fantasía. En el fondo sé que estoy en una cuenta regresiva, pero tengo miedo de nunca aceptarlo, de llevar las cosas demasiado lejos, de convencerme de alguna manera. Ya grande y tan lejos de mi entorno, hay pocas limites externos a las decisiones sobre mi vida. Si yo decido seguir, sigue. Si no logro vencer a mis fantasías, voy a decidir seguir. Pase lo que pase, sé que vienen problemas. Quizás es culpa de Catie. Una de las salidas que hicieron cuando vino de visita a Melbourne fue ir a la ópera al aire libre. Cuando Oliver me lo contaba, yo me hice la indiferente y la que sé un montón sobre ópera. Lo de Catie ya me empezaba a molestar bastante. Justo me llamó Evert y me invitó a comer a su casa, iba a cocinar. Le conté mis planes a Oliver y me di cuenta de que no le gustaron nada. Joda. Me cambié, me maquillé y me fui para lo de Evert caminando. Vivía cerca de Collingwood, en Clifton Hill, en frente a la cancha de criket. En su casa hay una alfombra gruesa y muy suave. Llegué y había mucho olor, estaba cocinando broccoli. Yo no sabía que olía tanto porque la verdad es que nunca lo cociné. Él ya tenía todas las verduras hirviendo en una olla y ahora estaba con el trapeador limpiando el piso. Tenía puestos unos shorts medio apretados y cortos y unas camisa abrochada hasta arriba. No entiendo esos looks de Evert, esas modas de Australia. Cuando lo conocí, muchos años antes, en Barcelona, no lo había notado. Está bien que en aquel momento estaba perdida en mi enamoramiento con él. Una noche salimos todos juntos y él me acompañó caminando a casa. Yo me hice la que me perdía por las calles del Raval y, en una de esas, nos dimos un beso. Esa noche se llevó mis guantes porque hacía frío y él estaba en shorts porque había llevado todo a lavar. Cuando lo volví a encontrar en Melbourne, me di cuenta de cuánto me hacía reír. Eso no había cambiado para nada. Los primeros meses tuvimos un acercamiento. Salíamos bastante juntos y un par de veces me quedé a dormir en su casa. Yo creo que me volví a enamorar mucho. Me invitó a comer a la casa de sus papás y me presentó a todos sus amigos. Dentro de ese mundo de australianos todo era tan diferente, tan pulcro. Todos eran rubios, las chicas usaban mucho maquillaje y mucha producción, los chicos barba bien formada, camisas y zapatos raros. Me invitó varias veces a comer comida oriental, yo siempre me atajaba diciéndole que era una comensal difícil, me daba miedo tener que probar cosas raras. Pero él me convencía y una vez ahí, comía hasta con los palitos. A él le salía tan bien, es que la cultura australiana tiene una fuerte influencia de la asiática. Una vez fuimos a comer dumplings y yo le pedí que no me mirara cuando intentaba ponerme uno entero en la boca. Es tan dulce que no miró. El problema entre nosotros fueron las mañanas. Cada vez que me quedaba a dormir en su casa, el despertar era una porquería. Siempre amanecía sola en la cama y lo encontraba a él en el living, mirando tele. Sus respuestas eran monosilábicas y casi no me miraba. Yo me fui incomodando, nunca lo pudimos hablar bien y tomamos distancia. En apariencia todo seguía igual: los dos intentábamos vernos, nos invitábamos siempre a planes que nunca sucedían. Yo empecé a salir con Oliver y estos problemas con Evert me dejaron de importar mucho. Era la primera vez que lo veía en mucho tiempo y no me animé a contarle que estaba de novia ni que me iba a la India. Hablamos de la facultad, del trabajo y se sus papás. Le regalé Catcher in the Rye. Adentro, en los márgenes de algunas hojas, le escribí mensajes. Te quiero, me haces reír, y cuando llegué al final, subrayé: "Don't ever tell anybody anything. If you do, you start missing everybody. “
Cuando ya se hacía tarde, Evert me llevó en auto a casa. Yo sabía que Oliver ya iba a estar ahí hacía rato. Lo encontré sentado en la barra, tomándose una cerveza. Sonrió cuando me vio y vino a abrazarme. Tenía mucho olor a transpiración. Me puse de mal humor por todo, estaba segura de que me había equivocado y tendría que haber intentado ser más paciente con Evert, ¿qué tiene de raro estar de mal humor a la mañana? Nos sentamos en el patio a compartir la cerveza.
-Catie me dijo que siente que vos y yo nos vamos a casar.
Nos compramos unas bolsitas de plátano frito, es rico pero parecen papas fritas, entonces siempre hay una cuota de desilusión al comprobar que no lo son. Vamos caminando por el borde del río y le pido a Oliver que se ponga para una foto. Alguien me toca el hombro, es una mina con su novio. Me dice si queremos que nos saque una foto, gesticula mucho con las manos. Lo miro a Oli, bueno, le doy mi cámara a la chica, me pongo al lado de Oliver y sonrio. Apoyo mi cabeza sobre su hombro.

-¡No, no, no!

Dice ella, le pide algo al novio pero no entiendo qué. Él se acerca y nos empieza a tocar, mostrándonos cómo teníamos que posar. Oliver tiene que mirar hacia adelante y señalar algo, yo tengo que mirar adonde me señala.
-¡Sí, si!
Nos grita ahora nuestra fotógrafa. Oliver se aguanta la risa y yo también.