22 de marzo de 2026

El camino lindo

El Chevette azul de la familia Palmieri avanzaba por la ruta vacía. El polvo que levantaba a su paso se mezclaba con la humedad, y el paisaje detrás de la luneta parecía cubierto con una pátina sepia. Adelante, el horizonte los esperaba con un cielo de nubes cargadas.

Vicente, Lucía y sus dos hijos volvían de pasar el fin de semana en el pueblo donde quedaba la pequeña casa que acababan de heredar de una tía abuela. Hacía horas que no se cruzaban con nadie. Lucía no estaba de acuerdo con volver por esa ruta, hubiese preferido ir por la autopista, que era más rápida y segura. Pero Vicente estaba obsesionado con volver por la Veinticinco, el camino que habían recorrido sus abuelos con ese mismo Chevette cada vez que iban a visitar a la tía. El camino lindo, lo llamaban, porque al costado de la ruta crecían unos pastizales altos que se llenaban de flores en primavera. El resto del año se engrosaban como paredes de ladrillo.

Vicente había planificado un viaje placentero, con una parada de diez minutos cada dos horas. Iba a ser un viaje largo, pero había pensado que entre las charlas, la música y el paisaje, pasaría rápido. Sin embargo, después de la primera parada en la estación de servicio del cruce, él mismo se empezó a sentir cansado. El vidrio de sus anteojos tenía marcadas las huellas de sus dedos. Su camisa estaba adherida al asiento. Todo dentro del auto olía mal y ya no quedaban temas de conversación. 

—Vamos a seguir las pisadas del abuelo —dijo para darse ánimo, pero ya nadie lo escuchaba.

Cayeron algunas gotas que pronto se convirtieron en una llovizna persistente. El Chevette era hermoso cuando estaba mojado. El agua sacaba a relucir el brillo de la pintura metalizada y los neumáticos se deslizaban sobre el asfalto como en una pista de patinaje. Cada uno miraba por su ventana, los Palmieri viajaban también en los paisajes de sus propios pensamientos. 

A Pepi, la hija menor, le agarró un ataque de tos.  

—Tomá lluvia —le dijo su hermano, Facu. 

Pepi bajó la ventanilla y sacó la cabeza fuera del auto. Estiró el cuello y las gotas le atacaron el rostro como un enjambre de abejas. 

—Cerrá que vas a mojar el tapizado —dijo Vicente.

—Papá, hay alguien en la ruta —dijo Pepi y bajó más la ventana. 

Facu se colgó del asiento, pero solo vio el agua cayendo por el parabrisas. 

—¡Es un perro! —dijo Pepi—. Papá, tenemos que frenar, no podemos dejarlo.

—Está muerto.  

—Papá, por favor —gritó Facu—. Frená, no seas tan amargo. 

—¡No vamos a levantar un perro muerto!  

—¡No está muerto!

Vicente apretó las manos sobre el volante. Si frenaba, solo Dios sabía cuánto tardarían en volver a arrancar. No había tiempo para perder rescatando perros por la ruta. Entre llantos, su hija gritó que si no lo ayudaban, otro auto lo iba a matar. Lucía se mordía el labio inferior; si bien no le gustaba la idea de tener al animal cerca, le encantaba ver bullir los nervios de Vicente. 

—Si íbamos por la autopista en vez del ¨camino lindo¨ no hubiéramos encontrado animales muertos en la ruta —dijo.  

Vicente soltó el acelerador, puso el cambio en punto muerto y pisó el freno hasta que el Chevette azul se detuvo al costado de la ruta. Lucía quiso bajar, pero él la agarró del brazo. Ella no ofreció resistencia y lo dejó que se hiciera cargo. 

—Quédense todos acá —dijo Vicente y se cubrió la cabeza con la campera.  

Salió bajo la lluvia y miró a ambos lados de la ruta antes de correr hacia el perro. Era una bola oscura de pelo mojado. Vicente distinguió dos ojos amarillos. Se acercó y lo intentó agarrar de la pata para arrastrarlo hasta el auto. El perro aulló, la lluvia empezó a caer con más fuerza. Vicente volvió a mirar hacia el auto y la imagen del Chevette bajo la tormenta le generó un nudo en el estómago. Se agachó y alzó al perro. Las zapatillas se le resbalaban sobre el asfalto. Mientras corría, una ráfaga de viento le infló la campera como un paracaídas. Abrió la puerta trasera y metió al perro como pudo. 

—¡Está mojado! —gritó Pepi. 

—¡No lo toques! —dijo Lucía con la voz temblorosa. 

El perro se acomodó en el medio del asiento. Era tan oscuro que se confundía con el tapizado. Facu lo miraba con asco; olía mal y era antipático, no se comportaba como los otros perros que conocía.

—Está temblando —dijo Pepi y lo cubrió con su campera.

Lucía echó un soplido y se puso los anteojos. 

 

Se habían retrasado. Todavía faltaban al menos tres horas, quizás más por la lluvia. Vicente iba revisando cada uno de los hechos que los habían llevado a esa situación. Él y Lucía no podían ni disfrutar de unas vacaciones juntos. En algún momento de sus veinte años de casados habían empezado a leer el mundo de maneras distintas.

 —Este es el peor viaje de mi vida —dijo Lucía mirando hacia el frente. 

Atrás, los chicos dormían y el perro masticaba con paciencia la alfombra a los pies de Pepi. Cada tanto cambiaba de posición, tomaba una inhalación profunda, como si ya se hubiera cansado de ellos, y se ponía  a masticar otro punto de la alfombra.  


Las nubes se abrieron y el sol volvió a ocupar su puesto. Bajaron los vidrios. El olor a pasto húmedo destronó al olor a perro. La ruta no ofrecía ninguna distracción. Vicente luchaba por quedarse despierto en la monotonía del camino. Pestañeó varias veces cuando vio un punto negro a lo lejos. Pensó que era un insecto, pero el vidrio del parabrisas estaba impecable. Se frotó los ojos.  

El punto creció hasta convertirse en un hombre con un bolso a sus pies, que sostenía un cartón con algo escrito. La letra era ilegible. 

—¿Podemos levantarlo? —dijo Facu sacudiendo el asiento de su madre. 

—¿Estás loco? —dijo Pepi—. ¡Si él sube yo me bajo! 

—Es él o el perro —respondió Vicente.  

—¡Siempre es lo que quiere ella! —gritó Facu—. ¡No es justo!  

Entonces Lucía se sumó al pedido.

—¿Qué te cuesta? —dijo con tono de queja.

Vicente quería gritar. Sintió el impulso de salir corriendo, de dejarla sola a ver cómo se manejaba sin él. Quería hacer un escándalo, pero la presencia de sus hijos lo detuvo. Para sorpresa de todos, volvió a frenar el auto. 

El hombre soltó el cartel y corrió hacia el auto como un animal. Era flaco y llevaba pantalones apretados. Tenía el pelo oscuro, largo y lleno de rulos. 

—Abrí la puerta —le dijo Vicente a Pepi mirándola por el espejo retrovisor. 

Ella estaba paralizada. No quería que el extraño subiera al auto. Lo vio acercarse bajo los rayos del sol, entre el vapor que brotaba de la tierra mojada. Vicente gritó y Pepi abrió la puerta. Se movió hacia la mitad del asiento, acomodó al perro a sus pies y lo volvió a cubrir con la campera, a la que el perro ya le había masticado todo el puño. 

El aire fresco entró desde afuera y el tiempo se detuvo en el interior del auto. Lucía miró a Vicente esperando que arrancara, pero tanto él como sus hijos tenían la atención puesta en el extraño. 

—¡Benditos sean! —dijo el hombre recuperando el aliento.  

—Vicente Palmieri.  

Le sacudió la mano orgulloso, él también podía ser espontáneo. A Pepi le molestó que su papá quisiera hacerse el simpático; no se sentía a salvo. Se acercó a Facu buscando contención, pero él también estaba entusiasmado con la novedad.

—Mi nombre es Jarry —dijo el extraño. 

Los ojos de Lucía se encontraron con los de su marido. Era el nombre más ridículo que ambos habían escuchado en sus vidas. Los dos pensaron lo mismo: sin dudas era falso. Si no hubiesen estado peleados, hubieran entrado  en pánico juntos.

El auto empezó a tomar velocidad. Lucía quiso decir algo, pero no supo qué. Vicente miraba cada tanto por el espejo retrovisor; esperaba que Jarry iniciara un diálogo, pero eso  nunca sucedía. Se sintió mal por sus hijos y por su mujer; la aventura no fluía como habían esperado.

—¿Qué hora es? —preguntó Jarry y sacó un pequeño anotador de cuero marrón del bolsillo de su camisa.  

—Son las doce y media —dijo Facu.

—Mhm, las doce y media. Muy bien, muy bien. 

Jarry anotó algo en su cuaderno, lo cerró, lo envolvió con un elástico, y lo volvió a guardar en su bolsillo. Facu siguió sus movimientos a la espera de alguna conclusión, pero de nuevo el desconocido decepcionó sus expectativas. Recién entonces Jarry descubrió que había un perro en el auto. Estiró el brazo y lo acarició en la cabeza.   

—Qué animal con suerte el perro. Hace días que no duermo —dijo.

—Yo tampoco —le respondió Lucía desde adelante—, el aire en este lugar es demasiado seco. 

Él no dijo más nada. Apoyó las  manos blancas sobre sus rodillas. Su enorme cabellera bailaba con el viento y le cubría la cara. 

 

Cuando el cuentakilómetros marcó los trescientos, Lucía sacó el mapa de la guantera y lo desplegó sobre sus piernas. No estaban ni a mitad de camino. Intentó volver a doblarlo, pero le fue imposible reproducir los pliegues originales con las manos temblorosas. Lo metió en la guantera hecho un bollo. Jarry dormía con la cabeza hacia atrás. Quizás podían abrir la puerta y empujarlo del auto.

Avanzaban sobre kilómetros de ruta sin cruzarse con nadie. Pepi estaba ansiosa por llegar, Jarry ocupaba gran parte del asiento y apoyaba el brazo contra su muslo. Ella intentaba no mirarlo y concentrarse en su música. Pensó en la película que había visto de esas dos chicas que se iban de viaje y conocían a un extraño que las terminaba secuestrando y encerrando en un gallinero.

De repente, Jarry se sobresaltó.

—¡Me están matando los mosquitos! —dijo y se rascó el brazo con fuerza.

Lucía y Vicente volvieron a cruzar miradas. No había ningún mosquito en el auto.

—¡Cómo me comería una milanesa con fritas! ¿Y vos, Pepi? —dijo Vicente. 

—Yo, patitas de pollo. 

—Yo, un asado —dijo Facu que hacía horas esperaba cruzarse con una parrilla.

—Ñoquis con pesto —dijo Lucía. 

El único que no respondió fue Jarry. Miraba por la ventana con la mano en la boca. Intentaba arrancarse una uña con los dientes.  

—¿Sabían que el cielo, en verdad, no es de color azul? —preguntó Jarry. 

—Yo lo veo azul —dijo Facu. 

—No importa lo que veas, lo que importa es la verdad. 

—La verdad es que toda la vida lo voy a ver azul.

Facu buscó sin encontrar la mirada cómplice de su padre. Vicente encendió la radio y empezó a girar el dial sin quitar los ojos de la ruta. Lucía revisaba su cartera, sabía que en algún lado había guardado el Rivotril; el ruido que salía de los parlantes se le hacía insoportable. Pepi volvió a ponerse los auriculares e intentó distraerse con su música, pero no escuchar lo que estaba pasando en el auto la ponía más nerviosa. Era mejor estar alerta; apagó la música y se dejó los auriculares puestos para hacerse la distraída. Vicente logró sintonizar la radio clásica y subió el volumen.   

 

La música había logrado que todos se durmieran y Vicente había vuelto a conectar con el placer del viaje. Se metía el dedo en la nariz, se sacaba los mocos y los dejaba volar por la ventana. Manejaba a ciento cincuenta clavados, decidido a recuperar el tiempo que habían perdido. Cuando llegaran a la estación de servicio, se detendrían a estirar las piernas y encontraría una manera de deshacerse del perro y de Jarry. Después, frenar en La Calesita y comer una parrillada antes de entrar a Buenos Aires. Era un buen plan.

Se encendió la luz del combustible en el tablero. Vicente giró el volante hacia un lado y el otro, las ruedas estaban pesadas con la carga del auto. Jarry tosió y Vicente acomodó el espejo retrovisor para verlo. Se sorprendió de que estuviera despierto; se preguntó cuánto hacía que lo estaba. Recién cuando volvió a poner la atención en la ruta, vio que un kilómetro adelante los esperaba un control policial; sintió alivio, y de repente la situación con Jarry dejó de parecerle tan amenazante.

—Se te terminó la jodita —dijo en un suspiro que había querido ser solo un pensamiento.

—¿Qué? —preguntó Pepi y se sacó los auriculares.

—Nada —dijo Vicente —, dije que ahí está la policía.

Volvió a mirar por el espejo retrovisor con un gesto triunfal, pero Jarry parecía tranquilo con la mirada enfocada en el paisaje.

Vicente sacudió a Lucía por el hombro. Ella giró la cabeza hacia otro lado, pero él insistió hasta que ella abrió los ojos y por un segundo pensó que habían llegado. Cuando se dio cuenta de dónde estaban, se enderezó y miró a su alrededor. El patrullero estaba estacionado al costado de la ruta. Tres policías se apoyaban sobre el capot, y un cuarto hacía señas para que el Chevette se detuviera. A Lucía todo le daba mal augurio, el polvo, la policía, el sol que empezaba a caer y el pastizal como un paredón.  

Vicente bajó la velocidad hasta detenerse. Afuera estaba oscureciendo, los grillos cantaban a destiempo y fogoneaban la sensación de caos en su cabeza. El perro abrió los ojos y se puso a mover la cola, su pelaje brillaba en la oscuridad.

—Buenas noches —dijo el policía y apoyó la mano sobre el techo del auto.

—Buenas noches, oficial —respondió Vicente y se estiró para buscar los documentos en la guantera frente a Lucía.

El policía agarró los papeles y los revisó con indiferencia mientras daba una vuelta alrededor del Chevette. La última luz del día se había apagado, así que encendió su linterna y volvió a la ventanilla del conductor. Iluminó a los pasajeros uno a uno hasta llegar a Jarry. Vicente se sintió aliviado.

—¿El señor no lleva cinturón de seguridad? —, preguntó el policía y todos miraron a Jarry.

Sus rulos bailaron bajo la luz de la linterna cuando sacudió la cabeza para responder que no; el silencio era tal que el sonido del roce de las hebras de pelo enloqueció a Vicente.

—Los voy a dejar ir con una multa. Tienen suerte, en realidad deberíamos confiscar el vehículo.

Jarry se cruzó de brazos y se apoyó contra la puerta con los ojos cerrados. El oficial redactó la multa bajo la mirada de Vicente.

—La pagan en cualquier comisaría de su localidad —dijo, arrancó el papel de su talonario y se lo alcanzó.

Dio dos golpes sobre el techo y apagó la linterna. Vicente arrancó. Las palabras del policía quedaron suspendidas en el auto hasta que se desvanecieron y el silencio fue demasiado grande como para decir cualquier cosa. El perro se acomodó en el asiento, dobló las patas y apoyó la cabeza en el regazo de Jarry.  

Vicente no podía salir del círculo de sus pensamientos: ¿cómo sacarle a Jarry el dinero de la multa? Después de todo, la falta había sido de él. Todo era culpa de sus hijos y de Lucía, capaces de hacer cualquier cosa para irritarlo. ¿Y él? Siempre quería lo mejor para todos. A lo sumo ellos debían encargarse de la multa, ellos habían tenido la idea.

Unos kilómetros más adelante entraron en una estación de servicio. Ni bien se detuvieron, se abrieron las puertas y volaron todos hacia afuera menos el perro. Pepi lo llamaba, pero él estaba adherido al asiento como si supiera que se querían deshacer de él. Vicente cerró el auto de mal humor y lo dejó dentro.

Jarry dijo que iba al baño. Los demás entraron a la estación y ocuparon una mesa bajo la luz fría del interior. Vicente movía los ojos entre la puerta del baño de hombres y el Chevette, que descansaba bajo la sombra del techo de hormigón. Lucía estaba en el mostrador comprando café y un paquete de galletitas para los chicos. Si se apuraban, quizás podrían irse antes de que Jarry volviera.

Vicente sintió el cuerpo cansado, no podría ni siquiera correr. Sus manos, apoyadas sobre las piernas, estaban agarrotadas. Respiró hondo e intentó relajarse, soltó los dedos y cerró los ojos.

En su sopor vio la ruta, la tierra y el pastizal. Algunas cañas se habían quebrado y se amontonaban sobre el asfalto. El perro estaba en el asiento del conductor con la lengua afuera, rasguñaba el vidrio de la ventana con su pata sucia. Vicente escuchaba las voces de sus hijos que conversaban, algo del agua, de la comida, de bajar el vidrio para que el perrito pudiera respirar. Pronto no pudo diferenciar una voz de la otra, la charla era un zumbido constante en su oreja, un clavo que poco a poco le perforaba la nuca. Pepi le pidió la llave del auto, era urgente sacar al perro antes de que se comiera el volante. Había que darle agua, había que pasearlo. La cafetera, la ruta y las voces se unieron al zumbido, pero Vicente se resistió a cortar el hilo que lo unía al sueño.

Pepi logró sacarle las llaves de la mano y corrió a abrir el auto. Vicente lo vio todo desde lejos: ni bien su hija destrabó la manija de la puerta, el perro salió enloquecido, la empujó al piso y corrió hacia la ruta. Pepi dio un grito desesperado. Jarry puso en marcha sus piernas largas y en tres hábiles zancadas logró alcanzarlo. Pepi se levantó y abrazó a su madre, Facu corrió a ayudar a Jarry, que lo recibió con una palmada en el hombro; juntos devolvieron el perro al auto. Se reagruparon todos alrededor del Chevette. Lucía sacó un cigarrillo de la cartera y Jarry le ofreció fuego. Desde lejos parecían la familia perfecta. 


Nadar perrito


Recién empezaba el verano y la pileta pasaba la mayor parte del día a la sombra. El reflejo tranquilo de la escalera sobre la superficie del agua se agitó cuando las chicas bajaron desde la terraza. Griselda hubiese querido que fueran solo ella y su amiga Mora disfrutando de la casa vacía, pero sus hermanos estaban ahí para recordarle que la familia no desaparece así nomás.

Kiki, la menor, propuso que jugaran al Marco Polo, pero Griselda dijo que no, que iban a hacer mucho ruido y que podrían avivar a los vecinos. Antes de salir de viaje, su mamá les había recordado varias veces que no se metieran a la pileta, que no invitaran amigos y que nadie se enterara de que no había adultos en la casa. Hacía mucho tiempo que sus padres no podían tomarse vacaciones, así que habían aceptado la invitación a la playa de una pareja amiga y dejaron su casa al cuidado de los hijos por primera vez. Si alguien preguntaba por ellos, los chicos debían decir que ambos estaban trabajando hasta tarde, nada más.

Lemer, el dálmata que había recibido Kiki para su cumpleaños, perseguía un abejorro entre los arbustos al fondo jardín. Soltaba tarascones y ladridos y se lastimaba con las ramas, pero no lograba alcanzarlo. Estiró las patas sobre el tronco del sauce llorón como un oso buscando miel. El abejorro voló por encima de la copa de árbol y descendió sobre la pileta. Lemer corrió hasta el borde, mostró sus colmillos largos y filosos y empezó a ladrar hacia donde estaban las chicas.

Mora salió de la pileta, dijo que no valía la pena mojarse el pelo si el agua estaba tan fría. Griselda la siguió, estaba contenta de no tener que desobedecer a su madre para complacer a su amiga. Solo Kiki se quedó en el agua, caminando de lado a lado en lo bajo.  

—Salí o te vas a ahogar y nadie te va a escuchar —la amenazó Griselda, que había heredado la personalidad miedosa de su madre.

—Es como caminar en cámara lenta —le respondió Kiki y escupió un chorro de agua hacia arriba con los brazos en alto — ¡Miren! Soy una fuente.

—No sabés lo horrible que es morirse ahogada —insistió Griselda y se envolvió con un toallón azul.

Kiki no quería que su hermana le gritara frente a Mora, así que salió y se sentó sobre el borde de la pileta. Se puso a mirar cómo sus pies se deformaban debajo del agua. Esa tarde su hermana mayor ya la había mandado a hacer la tarea, a levantar la mierda de Lemer y a atender el timbre. Ella la había obedecido en todo y ahora sentía que tenía  derecho a estar en el jardín. 

Griselda y Mora se sentaron en las sillas de hierro alrededor de la mesa. Los almohadones floreados absorbían la humedad de las bikinis mientras ellas revisaban sus teléfonos. Tomás, el hermano mayor, tocaba la guitarra sentado contra la pared de ladrillo a la vista. Mora lo espiaba cada vez que podía. Hacía tiempo que le gustaba; ella pensaba que era su secreto, pero Griselda se daba cuenta de todo. Cuando los ojos de él encontraron los de Mora, Tomás le sonrió con sus dientes de estreno. Al fin le habían sacado la ortodoncia y, aunque todavía le dolían un poco las encías, nunca había estado de mejor humor. Se sentía tan bien que había empezado a ir al gimnasio con sus compañeros de curso.

 

—Tenemos que subir alguna foto en el jardín —dijo Mora y se acarició el hombro para acomodarse el bretel de la bikini.

Griselda levantó la mirada, tenía las cejas húmedas y peinadas como dos plumas.

—Dame que te saco —respondió y estiró la mano.

—No, así ni loca —se rio Mora y escondió el teléfono entre su muslo y el almohadón.

Se apoyó sobre el respaldo de la silla, entrecerró los ojos y dejó que el sol la cubriera.

Griselda volvió a su pantalla. Kiki practicaba la medialuna sobre el pasto mullido del jardín; tras varias pruebas llegó a pararse sobre las manos, aunque no pudo estirar las piernas del todo. Cada vez que mejoraba, las hojas de la hiedra agitadas por el viento la aplaudían como si estuviera en las olimpiadas. Siguió intentando hasta que hizo la medialuna perfecta.

 —¡Bravo! —celebró Mora, que lo había visto todo.

—¿Qué pasó? —preguntó Griselda.

—¡Nada! —dijo con la voz aguda y una risita que llamó la atención de Tomás —. Tu hermana acaba de hacer la medialuna.

Griselda resopló y volvió al teléfono. Mora sentía que los ojos de Tomás seguían sobre ella, pero no se animó a devolverle la mirada. Pensó que ya era momento de contarle su secreto a Griselda; era la única que podía ayudarla con él. 

—¿Qué te vas a poner para la fiesta de quinto? —le preguntó.

Griselda apagó el teléfono y lo dejó a un lado, se sirvió jugo de manzana en el vaso con hielos y tomó un trago.

—Mm, o mi vestido negro largo, o quizás le robo algo a mi mamá. No sé, ¿vos?

Mientras Mora hablaba, Griselda hacía girar su vaso de jugo de manzana como si fuera whiskey. Le gustaba el sonido de los hielos que chocaban. No le interesaba particularmente esta amiga, había compañeras del curso que le caían mejor, pero Mora era de las más lindas como ella, entonces entre ellas no había envidia. Su mamá le había enseñado que las amigas con envidia eran lo peor.  

Griselda mordió los últimos dos cubos de hielo, sintió el frío que le bajó por la nuca. Se estiró sobre la silla y tocó el pasto con la punta de los pies, acomodó el cuello sobre el respaldo y la mirada hacia el cielo.

—¡Mirá! Esa nube negra tiene forma de elefante.

Kiki se acercó a la mesa con la cartuchera de esmaltes de su mamá. Griselda la miró con los ojos muy abiertos y las cejas arqueadas.

—¿Qué? —dijo Kiki con expresión desafiante—. Mamá me deja.

Abrió la cartuchera y puso varios esmaltes sobre la mesa: el rojo, el negro, el azul platinado. A Mora le encantaba pintarse las uñas; metió la mano en la cartuchera y sacó el verde neón.

—¡Amo sus esmaltes! — dijo agitándolo— ¿Nos pintamos?

—Bueno, pero si mamá nos descubre, fue todo tu culpa —respondió Griselda señalando a su hermana con el esmalte amarillo, su preferido de la cartuchera.

Mora terminaba de darse la segunda capa de esmalte rojo en las uñas de las manos. Hacía rato que tenía ganas de hacer pis, pero la presencia de Tomás en el camino al baño le generaba demasiada ansiedad. Mientras se soplaba las uñas para secarlas, visualizó cómo iban a ser sus movimientos al levantarse y al caminar, qué cara iba a poner y a dónde iba a dirigir la mirada. Pero ni bien se animó a levantarse de la silla, Lemer se acercó por detrás y le metió el hocico en la entrepierna. Kiki y Griselda se rieron.

—No lo tomes personal, ama oler culos.

Mora sonrió y caminó rápido hacia la casa para que nadie se diera cuenta de que se había puesto colorada. Se encerró en el baño, abrió la canilla y se mojó la cara. No aguantaba más la incomodidad de estar ahí con Tomás. Decidió que iba a dejar pasar un rato y se iba a ir a su casa con la excusa de que su mamá la necesitaba para algo. Miró su rostro en el espejo: no se veía mal, el sol le había avivado las mejillas y la punta de la nariz.

Cuando salió del baño, se encontró con Tomás apoyado sobre la mesada de la cocina. Él le habló con un gesto que pareció ensayado. 

—¿Querés?—dijo y le ofreció un porro mal armado. 

Mora lo recibió con la punta de los dedos y se lo llevó a la boca. Fumó. Una, dos, tres veces; no sabía cuántas estaba bien fumar. Empezó a toser, con una mano se tapó la boca y con la otra le devolvió el porro a Tomás. La tos no se calmaba. Intentaba respirar y la garganta irritada le devolvía espasmos. Se moría de vergüenza; sonrió con los ojos llorosos hasta que por entre los dientes se le escapó de nuevo la tos y el humo. Él le sirvió un vaso de agua y Mora lo tomó de a poco. En el cielo estalló un trueno que hizo que Lemer llorara desde su escondite debajo de la mesa. 

 

Cuando Mora volvió al jardín, las hermanas estaban peleando por un esmalte azul. Kiki se levantó, empujó la silla de Griselda y se perdió por el fondo. Griselda se acostó en la reposera a tomar sol, se tragó la bronca contra su hermana porque no quería seguir la pelea frente a su amiga. 

Mora contrastó distintos colores de esmaltes con sus uñas, quería hacerse lunares sobre la pintura roja. Poco a poco empezó a sentir la cabeza liviana y las piernas sueltas.

Una pelota saltó la medianera tan despacio que no asustó a nadie. El perro ladró un par de veces y desistió. Mora levantó la vista y soltó una carcajada: la pelota negra y blanca flotaba en la parte baja de la pileta.

—Es de Julián, el nabo de al lado —dijo Griselda y se escurrió el pelo para hacerse una trenza—, en cualquier momento viene a buscarla.

El timbre eléctrico tocó las primeras notas de Para Elisa y Mora acompañó la melodía con su voz. Se repitió tres veces. Kiki cantó “no voy” primera, le siguieron Tomás y Griselda. A Mora no le importó porque quería volver a pasar cerca de Tomás. Se acomodó el corpiño de la bikini y se levantó. 

La calle estaba en silencio, la vereda cubierta de un sol tan fuerte que las baldosas le quemaron los pies. Julián, el vecino, esperaba al otro lado de la reja. Iba al colegio con las chicas y Griselda estaba enamorada de él. Mora lo saludó con un beso en la mejilla, sintió sus labios calientes y el olor a cloro de su piel.

—Pasá a buscarla vos —le dijo, sabiendo que su amiga se iba a poner contenta de verlo.

Lo guió a través de la cocina hasta el jardín. Griselda tomaba sol en una posición estudiada, boca abajo con la bikini desabrochada. Kiki jugaba con Lemer y Tomás no se veía por ningún lado. La pelota flotaba en medio de la pileta.

Julián se acercó a la reposera de Griselda. Estiró la mano para taparle el sol de la cara. Ella abrió los ojos. 

—¿Qué haces? Ubicate. 

—¿Dónde están tus papás?  

Griselda buscó a sus hermanos con la mirada y no los encontró.

—Vuelven en unos días. 

Julián se agachó en el borde de la pileta, agarró la pelota y la sacudió, hizo un saludo general y se fue por donde había venido. Mora lo siguió para abrirle la puerta, con la esperanza de cruzarse con Tomás adentro.

Griselda se sentó en la reposera para atarse la bikini. Cerró los ojos y sintió la energía de todo su cuerpo, caliente por el sol y los nervios. Quería disfrutar de la adrenalina de haber tenido a Julián cerca, aunque hubiera sido un momento tan corto. Tan corto que, a medida que pasaban los minutos, Griselda empezó a dudar si la conversación había sido real; si Julián había ido a la casa o si lo había soñado mientras dormía en la reposera.  

—Tengo frío, ¿vamos a depilarnos? —la voz de Mora la despertó—. Quiero hacerme el cavado completo. 

—Ni loca me meto cera entre las piernas. 

—¿Qué onda Julian?

Kiki las escuchaba, escondida entre las hojas de la enredadera. Vio que su hermana se levantaba de la reposera, pero no pudo escuchar la respuesta. Griselda caminó hacia adentro y Mora la siguió. El mantel bailaba con el viento, sostenido solo por el peso de los esmaltes y el vaso de whiskey.  


Las amigas entraron a la habitación y cerraron con llave. Griselda abrió el placar y sacó un horno eléctrico lleno de cera verde y maciza. Mora lo enchufó debajo de la mesita de luz.  Se sentaron en el suelo a esperar a que calentara. La cera se derritió y las motas de pelo emergieron a la superficie.  

—Traé el colador de la cocina —dijo Griselda, que sabía que Mora no se iba a negar.

Mora se quejó pero fue igual. El efecto de la marihuana amainaba, y quería encontrar a Tomás antes de que ambos perdieran la conexión. 

Bajó por la escalera de madera sin hacer ruido. Después de revisar los cajones de la cocina, espió el living. Tomás estaba tirado en el sillón durmiendo con la boca abierta. El elástico del bóxer rojo le asomaba por los pantalones. El perro dormía a sus pies sobre la alfombra. En la mesa ratona había un frasco de mayonesa con un cuchillo adentro.


—Cerrá con llave —le ordenó Griselda. 

—Hay un olor horrible. 

—¡Cerrá! 

Mora sostenía la olla metálica y volcaba la cera a través del colador que Griselda apretaba entre las manos. El recipiente final, donde iba la cera limpia, era un florero vacío que habían encontrado en el baño. Mora tenía miedo de quemarse, respiraba despacio para no hacer movimientos bruscos. Le picó la nariz, acercó la cara a la mano para rascarse con el dedo chiquito, el movimiento inclinó la olla e hizo que la cera le cubriera la yema de los dedos que la sostenían. Un gran estornudo hizo el resto:  Mora soltó la olla, que cayó por el piso y rodó hasta una esquina. La cera dio una vuelta en el aire, la masa verde y blanda voló por todos lados. Aterrizó sobre el mármol y sobre las manos y las piernas de las chicas. El viento golpeó las ventanas. 

—¡Pelotuda! —gritó Griselda.  

Mora se metió en la bañera y abrió el agua fría para aliviar la quemazón. Griselda juntó algo de cera con un lápiz antes de que se secara, se untó los bigotes y las axilas, y también se metió bajo la ducha. 


Afuera, los esmaltes estaban en el suelo y el mantel se había volado a los arbustos del fondo. Kiki jugaba con las hormigas que volvían al hormiguero para escapar de la tormenta que se venía. Hacía rato que no escuchaba a las demás. Se acercó al borde de la pileta y estiró el pie dentro del agua. Las cortinas de la cocina volaban por fuera de la ventana.

Un trueno partió el cielo como un mosaico.

—Chicas, ¡me meto! ¡Eu! —Kiki bajó un escalón de la pileta.  

Cuando el agua le llegó a la cintura, Kiki tuvo un escalofrío. El viento movía las hojas y los bichos muertos que flotaban en el agua. Sumergió la cabeza. Lemer soltó un ladrido de otro planeta y corrió a su cucha con la cola entre las patas. Ella no escuchó nada desde abajo del agua. En el barrio nunca había ruido a la hora de la siesta. 

Salió a la superficie cuando la pelota de los vecinos volvió a cruzar la medianera. Cayó en lo hondo, donde Kiki nunca se había animado a ir.

—¡Chicas! —gritó hacia la casa.

Lemer sacó el hocico de la cucha y lo guardó de vuelta. Kiki estiró el brazo sobre el agua a ver cuán lejos podía llegar. Ni cerca de la pelota. Dio unos pasos hacia adelante. Quizás, en puntas de pie, con el cuerpo y el brazo muy estirados, podría llegar a tocarla, pero todavía estaba demasiado lejos. Tomó una bocanada de aire que mandó directo a su panza baja, y se puso a nadar perrito. Movía las manos y los pies lo más rápido posible. Tiraba la cabeza hacia atrás para que el agua no le entrara en la boca. Avanzaba de a poco y con la respiración agitada. Alcanzó la pelota y la usó como flotador. Pataleó hasta hacer pie y salió.

—Soy Kiki, la mejor —dijo.

Se escurrió el pelo y se envolvió en una toalla. Las sandalias de Griselda estaban al lado de la silla. Le encantaban. Se sentó y se las puso. Eran de cuero, marrones y con apenas un poco de plataforma. Se estaba cerrando los broches cuando sonó el timbre. Salió corriendo, no quería que nadie más abriera. Abrió la puerta y vio a Julián al otro lado de la reja.

—Se nos fue la pelota.

Kiki corrió al jardín y volvió con la pelota bajo el brazo.

—Tirala por arriba —le dijo él.

Ella dio un paso atrás y agarró la pelota con ambas manos para lanzarla. En el aire ya se sentía el olor de la lluvia.

—Esperá —dijo y volvió a acercarse a la reja—, te la paso con una condición.

Un trueno hizo sonar la alarma de un auto estacionado. Las hojas y los paquetes de golosinas de la vereda volaron en un remolino. Julián no dijo nada.

—Si me das un beso —dijo ella y pegó el cuerpo a la reja.

Él puso cara de confundido.

—Dale, antes de que llueva.

Kiki cerró los ojos y estiró el cuello entre los barrotes de la reja, el viento tibio se le metió entre las piernas. La sorprendió el frío de otra mano sobre la suya y después los labios suaves de Julián sobre su boca, la lengua húmeda que le tocaba los dientes. Cayeron las primeras gotas, pero a ella el agua no le daba miedo.