Recién empezaba el verano y la pileta pasaba la mayor parte del día a la sombra. El reflejo tranquilo de la escalera sobre la superficie del agua se agitó cuando las chicas bajaron desde la terraza. Griselda hubiese querido que fueran solo ella y su amiga Mora disfrutando de la casa vacía, pero sus hermanos estaban ahí para recordarle que la familia no desaparece así nomás.
Kiki, la menor, propuso que jugaran al Marco Polo, pero Griselda dijo que no, que iban a hacer mucho ruido y que podrían avivar a los vecinos. Antes de salir de viaje, su mamá les había recordado varias veces que no se metieran a la pileta, que no invitaran amigos y que nadie se enterara de que no había adultos en la casa. Hacía mucho tiempo que sus padres no podían tomarse vacaciones, así que habían aceptado la invitación a la playa de una pareja amiga y dejaron su casa al cuidado de los hijos por primera vez. Si alguien preguntaba por ellos, los chicos debían decir que ambos estaban trabajando hasta tarde, nada más.
Lemer, el dálmata que había recibido Kiki para su cumpleaños, perseguía un abejorro entre los arbustos al fondo jardín. Soltaba tarascones y ladridos y se lastimaba con las ramas, pero no lograba alcanzarlo. Estiró las patas sobre el tronco del sauce llorón como un oso buscando miel. El abejorro voló por encima de la copa de árbol y descendió sobre la pileta. Lemer corrió hasta el borde, mostró sus colmillos largos y filosos y empezó a ladrar hacia donde estaban las chicas.
Mora salió de la pileta, dijo que no valía la pena mojarse el pelo si el agua estaba tan fría. Griselda la siguió, estaba contenta de no tener que desobedecer a su madre para complacer a su amiga. Solo Kiki se quedó en el agua, caminando de lado a lado en lo bajo.
—Salí o te vas a ahogar y nadie te va a escuchar —la amenazó Griselda, que había heredado la personalidad miedosa de su madre.
—Es como caminar en cámara lenta —le respondió Kiki y escupió un chorro de agua hacia arriba con los brazos en alto — ¡Miren! Soy una fuente.
—No sabés lo horrible que es morirse ahogada —insistió Griselda y se envolvió con un toallón azul.
Kiki no quería que su hermana le gritara frente a Mora, así que salió y se sentó sobre el borde de la pileta. Se puso a mirar cómo sus pies se deformaban debajo del agua. Esa tarde su hermana mayor ya la había mandado a hacer la tarea, a levantar la mierda de Lemer y a atender el timbre. Ella la había obedecido en todo y ahora sentía que tenía derecho a estar en el jardín.
Griselda y Mora se sentaron en las sillas de hierro alrededor de la mesa. Los almohadones floreados absorbían la humedad de las bikinis mientras ellas revisaban sus teléfonos. Tomás, el hermano mayor, tocaba la guitarra sentado contra la pared de ladrillo a la vista. Mora lo espiaba cada vez que podía. Hacía tiempo que le gustaba; ella pensaba que era su secreto, pero Griselda se daba cuenta de todo. Cuando los ojos de él encontraron los de Mora, Tomás le sonrió con sus dientes de estreno. Al fin le habían sacado la ortodoncia y, aunque todavía le dolían un poco las encías, nunca había estado de mejor humor. Se sentía tan bien que había empezado a ir al gimnasio con sus compañeros de curso.
—Tenemos que subir alguna foto en el jardín —dijo Mora y se acarició el hombro para acomodarse el bretel de la bikini.
Griselda levantó la mirada, tenía las cejas húmedas y peinadas como dos plumas.
—Dame que te saco —respondió y estiró la mano.
—No, así ni loca —se rio Mora y escondió el teléfono entre su muslo y el almohadón.
Se apoyó sobre el respaldo de la silla, entrecerró los ojos y dejó que el sol la cubriera.
Griselda volvió a su pantalla. Kiki practicaba la medialuna sobre el pasto mullido del jardín; tras varias pruebas llegó a pararse sobre las manos, aunque no pudo estirar las piernas del todo. Cada vez que mejoraba, las hojas de la hiedra agitadas por el viento la aplaudían como si estuviera en las olimpiadas. Siguió intentando hasta que hizo la medialuna perfecta.
—¡Bravo! —celebró Mora, que lo había visto todo.
—¿Qué pasó? —preguntó Griselda.
—¡Nada! —dijo con la voz aguda y una risita que llamó la atención de Tomás —. Tu hermana acaba de hacer la medialuna.
Griselda resopló y volvió al teléfono. Mora sentía que los ojos de Tomás seguían sobre ella, pero no se animó a devolverle la mirada. Pensó que ya era momento de contarle su secreto a Griselda; era la única que podía ayudarla con él.
—¿Qué te vas a poner para la fiesta de quinto? —le preguntó.
Griselda apagó el teléfono y lo dejó a un lado, se sirvió jugo de manzana en el vaso con hielos y tomó un trago.
—Mm, o mi vestido negro largo, o quizás le robo algo a mi mamá. No sé, ¿vos?
Mientras Mora hablaba, Griselda hacía girar su vaso de jugo de manzana como si fuera whiskey. Le gustaba el sonido de los hielos que chocaban. No le interesaba particularmente esta amiga, había compañeras del curso que le caían mejor, pero Mora era de las más lindas como ella, entonces entre ellas no había envidia. Su mamá le había enseñado que las amigas con envidia eran lo peor.
Griselda mordió los últimos dos cubos de hielo, sintió el frío que le bajó por la nuca. Se estiró sobre la silla y tocó el pasto con la punta de los pies, acomodó el cuello sobre el respaldo y la mirada hacia el cielo.
—¡Mirá! Esa nube negra tiene forma de elefante.
Kiki se acercó a la mesa con la cartuchera de esmaltes de su mamá. Griselda la miró con los ojos muy abiertos y las cejas arqueadas.
—¿Qué? —dijo Kiki con expresión desafiante—. Mamá me deja.
Abrió la cartuchera y puso varios esmaltes sobre la mesa: el rojo, el negro, el azul platinado. A Mora le encantaba pintarse las uñas; metió la mano en la cartuchera y sacó el verde neón.
—¡Amo sus esmaltes! — dijo agitándolo— ¿Nos pintamos?
—Bueno, pero si mamá nos descubre, fue todo tu culpa —respondió Griselda señalando a su hermana con el esmalte amarillo, su preferido de la cartuchera.
Mora terminaba de darse la segunda capa de esmalte rojo en las uñas de las manos. Hacía rato que tenía ganas de hacer pis, pero la presencia de Tomás en el camino al baño le generaba demasiada ansiedad. Mientras se soplaba las uñas para secarlas, visualizó cómo iban a ser sus movimientos al levantarse y al caminar, qué cara iba a poner y a dónde iba a dirigir la mirada. Pero ni bien se animó a levantarse de la silla, Lemer se acercó por detrás y le metió el hocico en la entrepierna. Kiki y Griselda se rieron.
—No lo tomes personal, ama oler culos.
Mora sonrió y caminó rápido hacia la casa para que nadie se diera cuenta de que se había puesto colorada. Se encerró en el baño, abrió la canilla y se mojó la cara. No aguantaba más la incomodidad de estar ahí con Tomás. Decidió que iba a dejar pasar un rato y se iba a ir a su casa con la excusa de que su mamá la necesitaba para algo. Miró su rostro en el espejo: no se veía mal, el sol le había avivado las mejillas y la punta de la nariz.
Cuando salió del baño, se encontró con Tomás apoyado sobre la mesada de la cocina. Él le habló con un gesto que pareció ensayado.
—¿Querés?—dijo y le ofreció un porro mal armado.
Mora lo recibió con la punta de los dedos y se lo llevó a la boca. Fumó. Una, dos, tres veces; no sabía cuántas estaba bien fumar. Empezó a toser, con una mano se tapó la boca y con la otra le devolvió el porro a Tomás. La tos no se calmaba. Intentaba respirar y la garganta irritada le devolvía espasmos. Se moría de vergüenza; sonrió con los ojos llorosos hasta que por entre los dientes se le escapó de nuevo la tos y el humo. Él le sirvió un vaso de agua y Mora lo tomó de a poco. En el cielo estalló un trueno que hizo que Lemer llorara desde su escondite debajo de la mesa.
Cuando Mora volvió al jardín, las hermanas estaban peleando por un esmalte azul. Kiki se levantó, empujó la silla de Griselda y se perdió por el fondo. Griselda se acostó en la reposera a tomar sol, se tragó la bronca contra su hermana porque no quería seguir la pelea frente a su amiga.
Mora contrastó distintos colores de esmaltes con sus uñas, quería hacerse lunares sobre la pintura roja. Poco a poco empezó a sentir la cabeza liviana y las piernas sueltas.
Una pelota saltó la medianera tan despacio que no asustó a nadie. El perro ladró un par de veces y desistió. Mora levantó la vista y soltó una carcajada: la pelota negra y blanca flotaba en la parte baja de la pileta.
—Es de Julián, el nabo de al lado —dijo Griselda y se escurrió el pelo para hacerse una trenza—, en cualquier momento viene a buscarla.
El timbre eléctrico tocó las primeras notas de Para Elisa y Mora acompañó la melodía con su voz. Se repitió tres veces. Kiki cantó “no voy” primera, le siguieron Tomás y Griselda. A Mora no le importó porque quería volver a pasar cerca de Tomás. Se acomodó el corpiño de la bikini y se levantó.
La calle estaba en silencio, la vereda cubierta de un sol tan fuerte que las baldosas le quemaron los pies. Julián, el vecino, esperaba al otro lado de la reja. Iba al colegio con las chicas y Griselda estaba enamorada de él. Mora lo saludó con un beso en la mejilla, sintió sus labios calientes y el olor a cloro de su piel.
—Pasá a buscarla vos —le dijo, sabiendo que su amiga se iba a poner contenta de verlo.
Lo guió a través de la cocina hasta el jardín. Griselda tomaba sol en una posición estudiada, boca abajo con la bikini desabrochada. Kiki jugaba con Lemer y Tomás no se veía por ningún lado. La pelota flotaba en medio de la pileta.
Julián se acercó a la reposera de Griselda. Estiró la mano para taparle el sol de la cara. Ella abrió los ojos.
—¿Qué haces? Ubicate.
—¿Dónde están tus papás?
Griselda buscó a sus hermanos con la mirada y no los encontró.
—Vuelven en unos días.
Julián se agachó en el borde de la pileta, agarró la pelota y la sacudió, hizo un saludo general y se fue por donde había venido. Mora lo siguió para abrirle la puerta, con la esperanza de cruzarse con Tomás adentro.
Griselda se sentó en la reposera para atarse la bikini. Cerró los ojos y sintió la energía de todo su cuerpo, caliente por el sol y los nervios. Quería disfrutar de la adrenalina de haber tenido a Julián cerca, aunque hubiera sido un momento tan corto. Tan corto que, a medida que pasaban los minutos, Griselda empezó a dudar si la conversación había sido real; si Julián había ido a la casa o si lo había soñado mientras dormía en la reposera.
—Tengo frío, ¿vamos a depilarnos? —la voz de Mora la despertó—. Quiero hacerme el cavado completo.
—Ni loca me meto cera entre las piernas.
—¿Qué onda Julian?
Kiki las escuchaba, escondida entre las hojas de la enredadera. Vio que su hermana se levantaba de la reposera, pero no pudo escuchar la respuesta. Griselda caminó hacia adentro y Mora la siguió. El mantel bailaba con el viento, sostenido solo por el peso de los esmaltes y el vaso de whiskey.
Las amigas entraron a la habitación y cerraron con llave. Griselda abrió el placar y sacó un horno eléctrico lleno de cera verde y maciza. Mora lo enchufó debajo de la mesita de luz. Se sentaron en el suelo a esperar a que calentara. La cera se derritió y las motas de pelo emergieron a la superficie.
—Traé el colador de la cocina —dijo Griselda, que sabía que Mora no se iba a negar.
Mora se quejó pero fue igual. El efecto de la marihuana amainaba, y quería encontrar a Tomás antes de que ambos perdieran la conexión.
Bajó por la escalera de madera sin hacer ruido. Después de revisar los cajones de la cocina, espió el living. Tomás estaba tirado en el sillón durmiendo con la boca abierta. El elástico del bóxer rojo le asomaba por los pantalones. El perro dormía a sus pies sobre la alfombra. En la mesa ratona había un frasco de mayonesa con un cuchillo adentro.
—Cerrá con llave —le ordenó Griselda.
—Hay un olor horrible.
—¡Cerrá!
Mora sostenía la olla metálica y volcaba la cera a través del colador que Griselda apretaba entre las manos. El recipiente final, donde iba la cera limpia, era un florero vacío que habían encontrado en el baño. Mora tenía miedo de quemarse, respiraba despacio para no hacer movimientos bruscos. Le picó la nariz, acercó la cara a la mano para rascarse con el dedo chiquito, el movimiento inclinó la olla e hizo que la cera le cubriera la yema de los dedos que la sostenían. Un gran estornudo hizo el resto: Mora soltó la olla, que cayó por el piso y rodó hasta una esquina. La cera dio una vuelta en el aire, la masa verde y blanda voló por todos lados. Aterrizó sobre el mármol y sobre las manos y las piernas de las chicas. El viento golpeó las ventanas.
—¡Pelotuda! —gritó Griselda.
Mora se metió en la bañera y abrió el agua fría para aliviar la quemazón. Griselda juntó algo de cera con un lápiz antes de que se secara, se untó los bigotes y las axilas, y también se metió bajo la ducha.
Afuera, los esmaltes estaban en el suelo y el mantel se había volado a los arbustos del fondo. Kiki jugaba con las hormigas que volvían al hormiguero para escapar de la tormenta que se venía. Hacía rato que no escuchaba a las demás. Se acercó al borde de la pileta y estiró el pie dentro del agua. Las cortinas de la cocina volaban por fuera de la ventana.
Un trueno partió el cielo como un mosaico.
—Chicas, ¡me meto! ¡Eu! —Kiki bajó un escalón de la pileta.
Cuando el agua le llegó a la cintura, Kiki tuvo un escalofrío. El viento movía las hojas y los bichos muertos que flotaban en el agua. Sumergió la cabeza. Lemer soltó un ladrido de otro planeta y corrió a su cucha con la cola entre las patas. Ella no escuchó nada desde abajo del agua. En el barrio nunca había ruido a la hora de la siesta.
Salió a la superficie cuando la pelota de los vecinos volvió a cruzar la medianera. Cayó en lo hondo, donde Kiki nunca se había animado a ir.
—¡Chicas! —gritó hacia la casa.
Lemer sacó el hocico de la cucha y lo guardó de vuelta. Kiki estiró el brazo sobre el agua a ver cuán lejos podía llegar. Ni cerca de la pelota. Dio unos pasos hacia adelante. Quizás, en puntas de pie, con el cuerpo y el brazo muy estirados, podría llegar a tocarla, pero todavía estaba demasiado lejos. Tomó una bocanada de aire que mandó directo a su panza baja, y se puso a nadar perrito. Movía las manos y los pies lo más rápido posible. Tiraba la cabeza hacia atrás para que el agua no le entrara en la boca. Avanzaba de a poco y con la respiración agitada. Alcanzó la pelota y la usó como flotador. Pataleó hasta hacer pie y salió.
—Soy Kiki, la mejor —dijo.
Se escurrió el pelo y se envolvió en una toalla. Las sandalias de Griselda estaban al lado de la silla. Le encantaban. Se sentó y se las puso. Eran de cuero, marrones y con apenas un poco de plataforma. Se estaba cerrando los broches cuando sonó el timbre. Salió corriendo, no quería que nadie más abriera. Abrió la puerta y vio a Julián al otro lado de la reja.
—Se nos fue la pelota.
Kiki corrió al jardín y volvió con la pelota bajo el brazo.
—Tirala por arriba —le dijo él.
Ella dio un paso atrás y agarró la pelota con ambas manos para lanzarla. En el aire ya se sentía el olor de la lluvia.
—Esperá —dijo y volvió a acercarse a la reja—, te la paso con una condición.
Un trueno hizo sonar la alarma de un auto estacionado. Las hojas y los paquetes de golosinas de la vereda volaron en un remolino. Julián no dijo nada.
—Si me das un beso —dijo ella y pegó el cuerpo a la reja.
Él puso cara de confundido.
—Dale, antes de que llueva.
Kiki cerró los ojos y estiró el cuello entre los barrotes de la reja, el viento tibio se le metió entre las piernas. La sorprendió el frío de otra mano sobre la suya y después los labios suaves de Julián sobre su boca, la lengua húmeda que le tocaba los dientes. Cayeron las primeras gotas, pero a ella el agua no le daba miedo.
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