El Chevette azul de la familia Palmieri avanzaba por la ruta vacía. El polvo que levantaba a su paso se mezclaba con la humedad, y el paisaje detrás de la luneta parecía cubierto con una pátina sepia. Adelante, el horizonte los esperaba con un cielo de nubes cargadas.
Vicente, Lucía y sus dos hijos volvían de pasar el fin de semana en el pueblo donde quedaba la pequeña casa que acababan de heredar de una tía abuela. Hacía horas que no se cruzaban con nadie. Lucía no estaba de acuerdo con volver por esa ruta, hubiese preferido ir por la autopista, que era más rápida y segura. Pero Vicente estaba obsesionado con volver por la Veinticinco, el camino que habían recorrido sus abuelos con ese mismo Chevette cada vez que iban a visitar a la tía. El camino lindo, lo llamaban, porque al costado de la ruta crecían unos pastizales altos que se llenaban de flores en primavera. El resto del año se engrosaban como paredes de ladrillo.
Vicente había planificado un viaje placentero, con una parada de diez minutos cada dos horas. Iba a ser un viaje largo, pero había pensado que entre las charlas, la música y el paisaje, pasaría rápido. Sin embargo, después de la primera parada en la estación de servicio del cruce, él mismo se empezó a sentir cansado. El vidrio de sus anteojos tenía marcadas las huellas de sus dedos. Su camisa estaba adherida al asiento. Todo dentro del auto olía mal y ya no quedaban temas de conversación.
—Vamos a seguir las pisadas del abuelo —dijo para darse ánimo, pero ya nadie lo escuchaba.
Cayeron algunas gotas que pronto se convirtieron en una llovizna persistente. El Chevette era hermoso cuando estaba mojado. El agua sacaba a relucir el brillo de la pintura metalizada y los neumáticos se deslizaban sobre el asfalto como en una pista de patinaje. Cada uno miraba por su ventana, los Palmieri viajaban también en los paisajes de sus propios pensamientos.
A Pepi, la hija menor, le agarró un ataque de tos.
—Tomá lluvia —le dijo su hermano, Facu.
Pepi bajó la ventanilla y sacó la cabeza fuera del auto. Estiró el cuello y las gotas le atacaron el rostro como un enjambre de abejas.
—Cerrá que vas a mojar el tapizado —dijo Vicente.
—Papá, hay alguien en la ruta —dijo Pepi y bajó más la ventana.
Facu se colgó del asiento, pero solo vio el agua cayendo por el parabrisas.
—¡Es un perro! —dijo Pepi—. Papá, tenemos que frenar, no podemos dejarlo.
—Está muerto.
—Papá, por favor —gritó Facu—. Frená, no seas tan amargo.
—¡No vamos a levantar un perro muerto!
—¡No está muerto!
Vicente apretó las manos sobre el volante. Si frenaba, solo Dios sabía cuánto tardarían en volver a arrancar. No había tiempo para perder rescatando perros por la ruta. Entre llantos, su hija gritó que si no lo ayudaban, otro auto lo iba a matar. Lucía se mordía el labio inferior; si bien no le gustaba la idea de tener al animal cerca, le encantaba ver bullir los nervios de Vicente.
—Si íbamos por la autopista en vez del ¨camino lindo¨ no hubiéramos encontrado animales muertos en la ruta —dijo.
Vicente soltó el acelerador, puso el cambio en punto muerto y pisó el freno hasta que el Chevette azul se detuvo al costado de la ruta. Lucía quiso bajar, pero él la agarró del brazo. Ella no ofreció resistencia y lo dejó que se hiciera cargo.
—Quédense todos acá —dijo Vicente y se cubrió la cabeza con la campera.
Salió bajo la lluvia y miró a ambos lados de la ruta antes de correr hacia el perro. Era una bola oscura de pelo mojado. Vicente distinguió dos ojos amarillos. Se acercó y lo intentó agarrar de la pata para arrastrarlo hasta el auto. El perro aulló, la lluvia empezó a caer con más fuerza. Vicente volvió a mirar hacia el auto y la imagen del Chevette bajo la tormenta le generó un nudo en el estómago. Se agachó y alzó al perro. Las zapatillas se le resbalaban sobre el asfalto. Mientras corría, una ráfaga de viento le infló la campera como un paracaídas. Abrió la puerta trasera y metió al perro como pudo.
—¡Está mojado! —gritó Pepi.
—¡No lo toques! —dijo Lucía con la voz temblorosa.
El perro se acomodó en el medio del asiento. Era tan oscuro que se confundía con el tapizado. Facu lo miraba con asco; olía mal y era antipático, no se comportaba como los otros perros que conocía.
—Está temblando —dijo Pepi y lo cubrió con su campera.
Lucía echó un soplido y se puso los anteojos.
Se habían retrasado. Todavía faltaban al menos tres horas, quizás más por la lluvia. Vicente iba revisando cada uno de los hechos que los habían llevado a esa situación. Él y Lucía no podían ni disfrutar de unas vacaciones juntos. En algún momento de sus veinte años de casados habían empezado a leer el mundo de maneras distintas.
—Este es el peor viaje de mi vida —dijo Lucía mirando hacia el frente.
Atrás, los chicos dormían y el perro masticaba con paciencia la alfombra a los pies de Pepi. Cada tanto cambiaba de posición, tomaba una inhalación profunda, como si ya se hubiera cansado de ellos, y se ponía a masticar otro punto de la alfombra.
Las nubes se abrieron y el sol volvió a ocupar su puesto. Bajaron los vidrios. El olor a pasto húmedo destronó al olor a perro. La ruta no ofrecía ninguna distracción. Vicente luchaba por quedarse despierto en la monotonía del camino. Pestañeó varias veces cuando vio un punto negro a lo lejos. Pensó que era un insecto, pero el vidrio del parabrisas estaba impecable. Se frotó los ojos.
El punto creció hasta convertirse en un hombre con un bolso a sus pies, que sostenía un cartón con algo escrito. La letra era ilegible.
—¿Podemos levantarlo? —dijo Facu sacudiendo el asiento de su madre.
—¿Estás loco? —dijo Pepi—. ¡Si él sube yo me bajo!
—Es él o el perro —respondió Vicente.
—¡Siempre es lo que quiere ella! —gritó Facu—. ¡No es justo!
Entonces Lucía se sumó al pedido.
—¿Qué te cuesta? —dijo con tono de queja.
Vicente quería gritar. Sintió el impulso de salir corriendo, de dejarla sola a ver cómo se manejaba sin él. Quería hacer un escándalo, pero la presencia de sus hijos lo detuvo. Para sorpresa de todos, volvió a frenar el auto.
El hombre soltó el cartel y corrió hacia el auto como un animal. Era flaco y llevaba pantalones apretados. Tenía el pelo oscuro, largo y lleno de rulos.
—Abrí la puerta —le dijo Vicente a Pepi mirándola por el espejo retrovisor.
Ella estaba paralizada. No quería que el extraño subiera al auto. Lo vio acercarse bajo los rayos del sol, entre el vapor que brotaba de la tierra mojada. Vicente gritó y Pepi abrió la puerta. Se movió hacia la mitad del asiento, acomodó al perro a sus pies y lo volvió a cubrir con la campera, a la que el perro ya le había masticado todo el puño.
El aire fresco entró desde afuera y el tiempo se detuvo en el interior del auto. Lucía miró a Vicente esperando que arrancara, pero tanto él como sus hijos tenían la atención puesta en el extraño.
—¡Benditos sean! —dijo el hombre recuperando el aliento.
—Vicente Palmieri.
Le sacudió la mano orgulloso, él también podía ser espontáneo. A Pepi le molestó que su papá quisiera hacerse el simpático; no se sentía a salvo. Se acercó a Facu buscando contención, pero él también estaba entusiasmado con la novedad.
—Mi nombre es Jarry —dijo el extraño.
Los ojos de Lucía se encontraron con los de su marido. Era el nombre más ridículo que ambos habían escuchado en sus vidas. Los dos pensaron lo mismo: sin dudas era falso. Si no hubiesen estado peleados, hubieran entrado en pánico juntos.
El auto empezó a tomar velocidad. Lucía quiso decir algo, pero no supo qué. Vicente miraba cada tanto por el espejo retrovisor; esperaba que Jarry iniciara un diálogo, pero eso nunca sucedía. Se sintió mal por sus hijos y por su mujer; la aventura no fluía como habían esperado.
—¿Qué hora es? —preguntó Jarry y sacó un pequeño anotador de cuero marrón del bolsillo de su camisa.
—Son las doce y media —dijo Facu.
—Mhm, las doce y media. Muy bien, muy bien.
Jarry anotó algo en su cuaderno, lo cerró, lo envolvió con un elástico, y lo volvió a guardar en su bolsillo. Facu siguió sus movimientos a la espera de alguna conclusión, pero de nuevo el desconocido decepcionó sus expectativas. Recién entonces Jarry descubrió que había un perro en el auto. Estiró el brazo y lo acarició en la cabeza.
—Qué animal con suerte el perro. Hace días que no duermo —dijo.
—Yo tampoco —le respondió Lucía desde adelante—, el aire en este lugar es demasiado seco.
Él no dijo más nada. Apoyó las manos blancas sobre sus rodillas. Su enorme cabellera bailaba con el viento y le cubría la cara.
Cuando el cuentakilómetros marcó los trescientos, Lucía sacó el mapa de la guantera y lo desplegó sobre sus piernas. No estaban ni a mitad de camino. Intentó volver a doblarlo, pero le fue imposible reproducir los pliegues originales con las manos temblorosas. Lo metió en la guantera hecho un bollo. Jarry dormía con la cabeza hacia atrás. Quizás podían abrir la puerta y empujarlo del auto.
Avanzaban sobre kilómetros de ruta sin cruzarse con nadie. Pepi estaba ansiosa por llegar, Jarry ocupaba gran parte del asiento y apoyaba el brazo contra su muslo. Ella intentaba no mirarlo y concentrarse en su música. Pensó en la película que había visto de esas dos chicas que se iban de viaje y conocían a un extraño que las terminaba secuestrando y encerrando en un gallinero.
De repente, Jarry se sobresaltó.
—¡Me están matando los mosquitos! —dijo y se rascó el brazo con fuerza.
Lucía y Vicente volvieron a cruzar miradas. No había ningún mosquito en el auto.
—¡Cómo me comería una milanesa con fritas! ¿Y vos, Pepi? —dijo Vicente.
—Yo, patitas de pollo.
—Yo, un asado —dijo Facu que hacía horas esperaba cruzarse con una parrilla.
—Ñoquis con pesto —dijo Lucía.
El único que no respondió fue Jarry. Miraba por la ventana con la mano en la boca. Intentaba arrancarse una uña con los dientes.
—¿Sabían que el cielo, en verdad, no es de color azul? —preguntó Jarry.
—Yo lo veo azul —dijo Facu.
—No importa lo que veas, lo que importa es la verdad.
—La verdad es que toda la vida lo voy a ver azul.
Facu buscó sin encontrar la mirada cómplice de su padre. Vicente encendió la radio y empezó a girar el dial sin quitar los ojos de la ruta. Lucía revisaba su cartera, sabía que en algún lado había guardado el Rivotril; el ruido que salía de los parlantes se le hacía insoportable. Pepi volvió a ponerse los auriculares e intentó distraerse con su música, pero no escuchar lo que estaba pasando en el auto la ponía más nerviosa. Era mejor estar alerta; apagó la música y se dejó los auriculares puestos para hacerse la distraída. Vicente logró sintonizar la radio clásica y subió el volumen.
La música había logrado que todos se durmieran y Vicente había vuelto a conectar con el placer del viaje. Se metía el dedo en la nariz, se sacaba los mocos y los dejaba volar por la ventana. Manejaba a ciento cincuenta clavados, decidido a recuperar el tiempo que habían perdido. Cuando llegaran a la estación de servicio, se detendrían a estirar las piernas y encontraría una manera de deshacerse del perro y de Jarry. Después, frenar en La Calesita y comer una parrillada antes de entrar a Buenos Aires. Era un buen plan.
Se encendió la luz del combustible en el tablero. Vicente giró el volante hacia un lado y el otro, las ruedas estaban pesadas con la carga del auto. Jarry tosió y Vicente acomodó el espejo retrovisor para verlo. Se sorprendió de que estuviera despierto; se preguntó cuánto hacía que lo estaba. Recién cuando volvió a poner la atención en la ruta, vio que un kilómetro adelante los esperaba un control policial; sintió alivio, y de repente la situación con Jarry dejó de parecerle tan amenazante.
—Se te terminó la jodita —dijo en un suspiro que había querido ser solo un pensamiento.
—¿Qué? —preguntó Pepi y se sacó los auriculares.
—Nada —dijo Vicente —, dije que ahí está la policía.
Volvió a mirar por el espejo retrovisor con un gesto triunfal, pero Jarry parecía tranquilo con la mirada enfocada en el paisaje.
Vicente sacudió a Lucía por el hombro. Ella giró la cabeza hacia otro lado, pero él insistió hasta que ella abrió los ojos y por un segundo pensó que habían llegado. Cuando se dio cuenta de dónde estaban, se enderezó y miró a su alrededor. El patrullero estaba estacionado al costado de la ruta. Tres policías se apoyaban sobre el capot, y un cuarto hacía señas para que el Chevette se detuviera. A Lucía todo le daba mal augurio, el polvo, la policía, el sol que empezaba a caer y el pastizal como un paredón.
Vicente bajó la velocidad hasta detenerse. Afuera estaba oscureciendo, los grillos cantaban a destiempo y fogoneaban la sensación de caos en su cabeza. El perro abrió los ojos y se puso a mover la cola, su pelaje brillaba en la oscuridad.
—Buenas noches —dijo el policía y apoyó la mano sobre el techo del auto.
—Buenas noches, oficial —respondió Vicente y se estiró para buscar los documentos en la guantera frente a Lucía.
El policía agarró los papeles y los revisó con indiferencia mientras daba una vuelta alrededor del Chevette. La última luz del día se había apagado, así que encendió su linterna y volvió a la ventanilla del conductor. Iluminó a los pasajeros uno a uno hasta llegar a Jarry. Vicente se sintió aliviado.
—¿El señor no lleva cinturón de seguridad? —, preguntó el policía y todos miraron a Jarry.
Sus rulos bailaron bajo la luz de la linterna cuando sacudió la cabeza para responder que no; el silencio era tal que el sonido del roce de las hebras de pelo enloqueció a Vicente.
—Los voy a dejar ir con una multa. Tienen suerte, en realidad deberíamos confiscar el vehículo.
Jarry se cruzó de brazos y se apoyó contra la puerta con los ojos cerrados. El oficial redactó la multa bajo la mirada de Vicente.
—La pagan en cualquier comisaría de su localidad —dijo, arrancó el papel de su talonario y se lo alcanzó.
Dio dos golpes sobre el techo y apagó la linterna. Vicente arrancó. Las palabras del policía quedaron suspendidas en el auto hasta que se desvanecieron y el silencio fue demasiado grande como para decir cualquier cosa. El perro se acomodó en el asiento, dobló las patas y apoyó la cabeza en el regazo de Jarry.
Vicente no podía salir del círculo de sus pensamientos: ¿cómo sacarle a Jarry el dinero de la multa? Después de todo, la falta había sido de él. Todo era culpa de sus hijos y de Lucía, capaces de hacer cualquier cosa para irritarlo. ¿Y él? Siempre quería lo mejor para todos. A lo sumo ellos debían encargarse de la multa, ellos habían tenido la idea.
Unos kilómetros más adelante entraron en una estación de servicio. Ni bien se detuvieron, se abrieron las puertas y volaron todos hacia afuera menos el perro. Pepi lo llamaba, pero él estaba adherido al asiento como si supiera que se querían deshacer de él. Vicente cerró el auto de mal humor y lo dejó dentro.
Jarry dijo que iba al baño. Los demás entraron a la estación y ocuparon una mesa bajo la luz fría del interior. Vicente movía los ojos entre la puerta del baño de hombres y el Chevette, que descansaba bajo la sombra del techo de hormigón. Lucía estaba en el mostrador comprando café y un paquete de galletitas para los chicos. Si se apuraban, quizás podrían irse antes de que Jarry volviera.
Vicente sintió el cuerpo cansado, no podría ni siquiera correr. Sus manos, apoyadas sobre las piernas, estaban agarrotadas. Respiró hondo e intentó relajarse, soltó los dedos y cerró los ojos.
En su sopor vio la ruta, la tierra y el pastizal. Algunas cañas se habían quebrado y se amontonaban sobre el asfalto. El perro estaba en el asiento del conductor con la lengua afuera, rasguñaba el vidrio de la ventana con su pata sucia. Vicente escuchaba las voces de sus hijos que conversaban, algo del agua, de la comida, de bajar el vidrio para que el perrito pudiera respirar. Pronto no pudo diferenciar una voz de la otra, la charla era un zumbido constante en su oreja, un clavo que poco a poco le perforaba la nuca. Pepi le pidió la llave del auto, era urgente sacar al perro antes de que se comiera el volante. Había que darle agua, había que pasearlo. La cafetera, la ruta y las voces se unieron al zumbido, pero Vicente se resistió a cortar el hilo que lo unía al sueño.
Pepi logró sacarle las llaves de la mano y corrió a abrir el auto. Vicente lo vio todo desde lejos: ni bien su hija destrabó la manija de la puerta, el perro salió enloquecido, la empujó al piso y corrió hacia la ruta. Pepi dio un grito desesperado. Jarry puso en marcha sus piernas largas y en tres hábiles zancadas logró alcanzarlo. Pepi se levantó y abrazó a su madre, Facu corrió a ayudar a Jarry, que lo recibió con una palmada en el hombro; juntos devolvieron el perro al auto. Se reagruparon todos alrededor del Chevette. Lucía sacó un cigarrillo de la cartera y Jarry le ofreció fuego. Desde lejos parecían la familia perfecta.
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