12 de enero de 2012

IIX

Life's but a walking shadow, a poor player,
That struts and frets his hour upon the stage,

And then is heard no more. It is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury,
Signifying nothing.


Querida X:
Las yanquis estan de acá para allá y yo decido no seguirles el ritmo. Hoy por la manana se van a hacer un tour a pata por la ciudad y yo me quedo en el hostal esperándolas. Nos vamos a la tarde para Oporto. Me hago un poço la boluda porque este dia ya no lo pagamos, pero Tatiana me invita a quedarme tranquila, ver una peli, hacer lo que quiera. Me quedo dormida a los dos minutos de encender la tele. Llegan las yanquis y vamos a comer. Una de las dos se acusa de ser muy indecisa: lo empiezo a sufrir. Tiene que pedir un menu en el negocio de sanguches y le pregunta a la vendedora: ¿vos qué pedirias? La respuesta es una cara de poços amigos que dice, entre líneas, que no pediria nada y romperia a patadas todo el negocio. Termina pidiendo la sopa.
Comemos afuera entre un millón de palomas mutantes que parecen haber tomado la ciudad y no tener miedo de los humanos. Después nos damos licencia y vamos a recorrer los negócios de ropa en oferta. De nuevo la tortura de la yanqui: ¿esto o este? ¿este color o aquel? Me está llevando al limite de la paciencia.
En el paseo las yanquis me cuentan un poço mejor qué hacen en Portugal. Viven en Espania enseniando inglês en colégios. Les pregunto si son maestras: no. Resulta que Estado Unidos tiene un programa mediante el cual cualquier persona com titulo universitário puede ir a Espania (el país con el índice más alto de desocupación de Europa) a trabajar en colégios primários o secundarios. Y no es requisito ser profesor, ni docente, ni nada de nada. Solo ser yanqui y universitário. De la misma manera, las chicas fueron a Costa Rica y Perú, com programas que las metían a vivir en comunidades cerradas para enseniarles inglês. Y he aqui, seniores, la colonización del siglo XXI.
No las puedo culpar. Me caen bien. A la vez las quiero matar un poço. Para peor: no les gusta espania.
Abusamos de las ofertas y vamos a buscar los bolsos para partir. Como ya he hecho en otras oportunidades, decido dejar la mitad de mis pertenencias detrás. Pido que me las guarden en el hostal y me dicen que sí. Me voy mucho más liviana.
Llegamos a la estación de trenes de Lisboa. Es una zona mucho más moderna de la ciudad. El edifício parece una nave espacial y ni bien bajamos del tren, me encuentro com un mural enorme de Hunderwasser. Sabia de esto y pense que no iba a llegar a verlo. Sacamos mil fotos. La estacione es gigantezca y nos abrumamos rápido. Preguntamos acá y allá y terminamos sacando boletos para lo que creiamos que era un micro a Oporto que salía dos horas después. Guardamos el equipaje en unos lockers futuristas que nos tomo un largo rato comprender y salimos a husmear esta nueva faceta de la ciudad. No nos gustó nada.
A la vuelta nos enteramos de que el guardaequipajes salí un huevo y de que nuestro micro era en realidad un tren. Las yanquis se pusieron de mal humor y yo feliz, aunque por dentro, porque siempre rpefiero viajar en tren.
El viaje en tren fue una continuación de esta seguidilla de infortúnios: tuvimos que atravesar como 30 vagones en busca del nuestro, mientras el tren arrancaba y todos ya se habían acomodado. Y luego: empece a leer La hora de la estrella, regalo de Santha, recomendaci+on de Ceci; pasó el guardiã y retó a la yanqui por poner las zapatillas sobre el asiento. Mientras: dos negros al fondo del vagón musicalizaban el viaje con el sonido latoso de algúnn celular que reproducía hip hop al mango, mientras hablaban entre ellos a los gritos.
El viaje de la muerte llegó a su fin y fue seguido de muchos pedidos de indicaciones a los peatones. Llegamos, trás subidas y bajadas por las sinuosas calles portuguesas y papelones de la yanqui que en vez de mochila se había traído una valija com rueditas, al nuestro bendito hostal. Justo debajo del edifício está sucediendo, paralelo a nuestra llegada, un botellón. Léase: un millón de personas abrigadas hasta la medula, chupando en la calle, bailando, charlando. Y nosotras. Con la valija.
Hostel, llave, habitación. Queremos salir, nos acicalamos y sólo llegamos a la esquina a comer unos sanguchitos. Las yanquis caen rendidos y a mí me cuesta dormir. De nuevo las ganas de llorar. No sé como en cuándo, pêro en algún momento me duermo.
Manana será otro dia, quizás.
Abrazo.

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