25 de enero de 2012

XX

Just let me hear some of that rock and roll music 
Any old way you choose it




Queridísima x:
Con las yanquis no pudimos evitar notar que el jipi responde a todo diciendo: rockandrollllll, lento y con voz de arruinado. Ya no podemos evitar reírnos en su casa. lo bueno de que estos dirijan el hostal es la anarquía que ello implica. Se puede comer todo, a cualquier hora, sin rendir cuentas a nadie, usar la compu de otro, fumarse sus cosas, etc etc.
Nos vamos de paseo por la ciudad vieja. Caminamos por ahí, saco fotos. Dicen que es un milagro que no lleva. Vamos de compras y la yanqui indecisa nos tiene un trillón de años en cada local, probándose y dedicándose por completo a la maestría de la indecisión.
Al poco tiempo pido piedad y que nos sentemos, ¡por favor!, a comer algo. Lo hacemos, como mi segundo donner del viaje, me llena el alma de felicidad. Charlamos un poco más sobre la vida y me cuentan que los amigos de estados unidos les preguntan cuándo van a sentar cabeza y conseguirse un trabajo en serio. Salimos del barcito y nos encontramos con las jipis tomando un café: la conversación no duro tres minutos y versó sobre la posible o no lluvia. Seguimos camino: rockandrollll. Vamos a visitar la famosa Catedral de  Santiago. Las catedrales me tienen las bolas llenas e intento no sacarle fotos a las mil trillones instalaciones  católicas que hay por Portugal y España. Sin embargo, adentro encuentro algunas cosas dignas: en la punta de la cúpula, pintado al centro, como mirando hacia abajo, un ojo siniestro; debajo de un altar, un montón de “velas” eléctricas a las cuales se les enciende una bombilla roja metiendo una moneda de un euro por una ranura; un cartel con un número telefónico al que mandar mensajes de texto para donar dinero a la iglesia. Las iglesias no me movilizan y sí me dan algo de terror.
La arquitectura es bastante hermosa, pero se anula con el resto, con el oro, con los muñecos desnudos, las imágenes sangrientas, los asientos para arrodillarse.
Salimos y me gusta ver a los peregrinos que llegan. Vestidos con ropas tecnológicas que parecen de Noruega o Suecia, bastones y zapatillas ultratecnológicas, unos cinco orientales se sacan fotos con la lengua afuera y la catedral de fondo.
Seguimos el paseo hasta que decido desistir por falta de fuerzas. Tengo frio, necesito de una siesta y tengo ganas de escribirte esta carta y de pasar un rato sola.
Llego al hostal y abro mis mails. Recibo malas noticias de Buenos Aires. De nuevo me siento invadida por sentimientos con los que nada quiero saber, con una tristeza nueva e inconfundible por profunda, con un cansancio que no me permite mantenerme despierta y me deja en la cama de la habitación sola y llorando, sintiéndome lejos de todo.
Ruego por que lleguen las yanquis y se toman mucho más tiempo del que esperaba. No terminaban de cruzar la puerta cuando les dije que había estado llorando y que había recibido malas noticias. Se sentaron conmigo y solté abruptamente, como un vomito, tres metros de palabras inconexas, cuentos chinos, túneles sin salida, sonidos insignificantes y gestos inhumanos. Hablaron ellas después por un buen rato, contaron cosas suyas, comparamos situaciones, opinamos y, cada tanto, intentamos hacer reír a las demás soltando un grave rockandrollll.
Se largó a llover y es noche de sábado. Yo había prometido preparar algo casero para comer y nos acomodamos las tres en la cocina para que yo preparara un guiso de fideos. Una de las yanquis puso en su mp3 con parlantes reguetón al mango. Pensé que los jipis nos iban a echar y me sentí un poco mal. La yanqui, sin embargo, se puso a bailar por toda la cocina como loca. Al rato habían entrado varias personas y la aplaudían o le charlaban o bailaban con ella. Había logrado conquistarlos a todos con sus bailes extraños y despreocupados, una genialidad.
El guiso toma su tiempo, terminamos comiendo con vino tinto, queso rallado y queso. Nos comemos la olla entera, salió riquísimo. Seguimos charlando, nos mostramos fotos de los pibes que nos gustan, de nuestros amigos, boludeamos. Termino mostrándoles fotos de Iberá; llega un punto en que creo que ya no les interesa, no importa, yo sigo: y esta es Flori, que cuando se mudó Ceci y se fueron los brasileños al sur, vino a vivir a casa. La historia me la cuento a mí misma, relatándome episodios de un año pasado que aún no logro entender del todo.
Nos quedamos dormidas y descanso sobre un sentimiento de felicidad y cierta angustia de despedirme mañana de las chicas. Armamos un lindo trayecto juntas.
Hasta mañana, entonces.
  

1 comentario:

Anónimo dijo...

Siempre nos mostramos las fotos y a veces los videos a nosotras mismas delante de los demás, creo que esta es la primer señal que noto en vos de extrañar B A. Acá tambièn mostraras las foto de las yankies y de yuyu, a vos misma.

te quiere X