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Nos han engañado. En Portugal no llueve ni hace frío y además está vacío, así como sus calles, sus bares y sus casas ¿Quién vive acá?
Nos han engañado. En Portugal no llueve ni hace frío y además está vacío, así como sus calles, sus bares y sus casas ¿Quién vive acá?
Los edificios vacios, enormes, que decoran la ciudad me dan ganas de llorar, tanto como las calles de Buenos Aires repletas de gente. Omití contar que anoche me fui a dormir llorando.
Se me mezclan los caminos de pensamientos y hay lugares donde llego a encontrar sutiles intersecciones. Hace mucho que pienso en la felicidad y sus posibilidades. Sé que soy una persona feliz, que he sentido demasiadas veces el escalofrío de la emoción de lo que vendrá, que recuerdo con cierto atisbo de orgullo, que hasta puedo contemplar, por momentos, el panorama presente con cosquillas en la tripa. Lo sentí demasiadas veces y con demasiada frecuencia como para considerarme infeliz y sé que no siempre ha sido así y que hay un camino recorrido, un límite aprendido, un conocimiento. a veces me pregunto si la felicidad no es una frivolidad y pienso que más frívola debe ser la infelicidad del que tiene. No digo que tener implique felicidad, pero es que hay tanto para restar desde donde se está. Cada tanto me duele conocer el límite de sólo saber ser quien soy y tener lo que tengo ¿Me animaría a cambiar lugares?
Entonces se me mezclan, como en un puchero, mis ideas sobre la tristeza.
Hoy tuve muchos sueños, hilados. En el primero, se me aparecía Santiago llorando a lágrima suelta. Lloraba y lloraba y golpeaba el puño contra la mesa diciendo que había sido todo mi culpa. Siguiente: caminábamos mi abuela, mi hermana y yo por la calle, tomadas del brazo. Ibamos hablando, ya no me acuerdo de qué, y, como si nada, mi abuela se empezaba a doblar sobre si misma, se rompía en pedazos y empezaba a sangrar por la calle. Negro. Me encuentro con Mariano. Es bajito, me tengo que agachar para abrazarlo; lo abrazo con fuerza. Empezamos a caminar y me acuerdo de haberme sentido muy sorprendida de que no estuviera muerto. Se lo dije: Pensé que estabas muerto. Se reía mucho. No fue un sueño feo, yo sentía cierta paz. Zafé de esa, me decía y se reía de nuevo. Pero sos tan chiquitito.
Por último, me encontraba acostada en una cama con una de las yanquis que me acariciaba la cabeza, consolándome y sólo me decía: Todo va a estar bien. Yo, como era de esperarse, lloraba.
Los sueños me dejaron medio mareada y me pasé otro día en un limbo mental.
Fuimos con las yanquis a conocer Sintra, cerca de Lisboa. No es nada más y nada menos que el país de las maravillas. Tal como cualquiera puede imaginárselo: verde, laberíntico, hermoso. Anduvimos por castillos portugueses, viejas casas de veraneo de la aristocracia, fuertes moros, todo cubierto con el mismo velo de ensueño. Fue un día grandioso para los ojos.
A la vuelta tuve que parar a comer. De nuevo este problema de viajar con gente que no comprende que uno tenga hambre, ¿cómo pueden comer tan poco? Terminamos las tres sentadas en un Pizza Hut, les dio antojo a ellas también. Les conté de mis sueños y de las tristezas que vengo arrastrando del año que pasó, todas relacionadas con la familia. Ellas me miraban y me escuchaban bien, pero parecía que no lo entendieran. Una de ellas cortaba la pizza con sus cubiertos y agarraba el tenedor como si fuera un lápiz. Lo noto, se lo digo, y me dice que así lo hizo toda la vida, pero que acostumbra comer con las manos. No entiende mi burla, me siento medio ridícula. ¿Ves mucho a tu família?, me pregunta la otra. Claro.
Me dice que ellas no, que no hablan nunca y que quizás se ven una o dos veces por año, como todos los yanquis. Las observo ahora y no puedo evitar verlas como personas tiradas en el mundo. Nunca fui una fundamentalista de la familia, pero esta impresión me toma por sorpresa, las veo desamparadas y chicas, a lo mejor medio vacías. Quizás sea yo que me estoy poniendo vieja.
En el hostal pagué por un candado para guardar ciertas cosas bajo llave. Es la primera vez que hago eso en un viaje. Definitivamente me estoy poniendo vieja.
Se va el tren y, como siempre, llego con los minutos contados.
Beso!
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