Querida querida:
Los últimos días fueron una sucesión de viajes dentro de viajes. Logré despertarme con las yanquis y nos encaminamos hacia Belem, cerca, bastante cerca de Lisboa. Julia me mandó indicaciones entusiastas para recorrer Portugal, las yanquis las leen por sobre mi hombro: el resto del día se la pasan jodiendo: diviiino, increiiible. A agresión derrumba barreras y pronto yo misma las empiezo a tratar sin ninguna delicadeza: parece que no queda hielo por romper.
Los últimos días fueron una sucesión de viajes dentro de viajes. Logré despertarme con las yanquis y nos encaminamos hacia Belem, cerca, bastante cerca de Lisboa. Julia me mandó indicaciones entusiastas para recorrer Portugal, las yanquis las leen por sobre mi hombro: el resto del día se la pasan jodiendo: diviiino, increiiible. A agresión derrumba barreras y pronto yo misma las empiezo a tratar sin ninguna delicadeza: parece que no queda hielo por romper.
Belem es más de lo mismo, más belleza: la torre, el museo, los pasteles. Al museo entramos a las corridas y casi de casualidad. Me encanta, pero por momentos apuro el paso con miedo de que ellas no estén tan interesadas. Hay una exposición de propaganda de la segunda guerra mundial, le saco fotos a todos y cada uno de los afiches, no sé para qué. Es muy impresionante. No me conmueven los museos, pero este sí, tiene algo. A la vuelta me entero, leyendo, que adentro había obras de Magritte y Warhol. Me las perdí, pero gané la experiencia de quien no sabe en lo que se mete y lo disfruta desde la poca expectativa. Decido no subir a las torre y me quedo esperando a las chicas durmiendo a la sombra de un árbol. Estoy agotada todavía. Y con hambre: me morfo dos magdalenas de chocolate en un segundo; las porquerías son baratas en Europa.
A la vuelta recorremos las callecitas en busca de un buen lugar para probar los famosos pasteles. Ellas buscan con más vehemencia. Son más chicas, no hablamos de eso, pero se nota. Ellas quieren un buen lugar y quieren ricos pasteles. A mí me da igual, ya me comí las magdalenas y preferiría un bien café, me distraigo con un árbol en el camino que creció entre las rejas de su casa y parece que las abrazara. Como viajeras, ellas son mucho más disciplinadas que yo.
Comemos los benditos pasteles en un lugar definitivamente rancio –nos ganó a todas la distracción y terminamos yéndonos demasiado lejos de la zona turística, hipnotizadas por las puertas de calle definitivamente demasiado bajas para los humanos- y nos volvemos para Lisboa. Yo duermo durante todo el camino y seguramente con la boca abierta.
De vuelta en Lisboa, la misión es tomar el tranvía 28 que da la vuelta a todos los barrios de la ciudad. A mi se me están por quebrar las piernas, sin embargo sigo a la vieja que le promete a una de las chicas guiarnos y termina tirándonos a cualquier lado. Culpo a la necesidad de pedir instrucciones: nuevamente, las yanquis no paran de preguntar, yo prefiero perderme y tardar veinte siglos para todo. Tomamos el tranvía y no es gran cosa.
Llegamos al hostal y creo que no digo tres palabras antes de caer muerta.
Esta noche vamos al famoso bar de fado gratis. Le pregunto a la chica del hostal –no es Tatiana, es el turno de la noche, en esta no confío- y no me da ni pelota. Se llama no me acuerdo cómo y lo único que quiere es hablar de ella. Que se abra un blog y deje de trabajar en un hostal, digo yo.
Yo soy la responsable de que lleguemos al bar y nos hago perder. Nuestro destino es el Barrio Alto y como bien indica su nombre, hay que ir mucho para arriba. Empieza a olerse el mal humor. Me rindo al método yanqui y empiezo a preguntar, me siento una idiota. Llegamos al famoso bar de faso, sí, pero mucho más tarde de lo que debíamos. Está hasta las bolas. Me recuerda al boliche de Roberto. Nos acercamos a una mesa con un banco libre y le preguntamos a la gente que está en el otro si podemos sentarnos. Dicen que la mesa esta reservada, que ellos están ocupando ese banco hasta que los echen, así que más bien. Nos sentamos e inmediatamente nos echan. A nosotras, a los otros no. Le insisto a las yanquis para que no nos levantemos, no hay caso. Tenemos que estar paradas en la puerta, cagándonos de frio. Empieza el fado y canta el mismo tipo que nos echó, mientras: el banco reservado sigue vacio y sigue y sigue y sigue
Prefiero el fado cantado por mujeres y este tipo me rompe las pelotas, así que decido irme. Las yanquis me siguen, al fin se hartaron también. Vamos de bar en bar, en ninguno nos tratan especialmente bien. Empiezo a sospechar que así el maltrato tiene que ver con el hecho de que pareemos tres yanquis. Sospecho bastante. En uno de los bares bailamos cerca de un pibe con dos minas; el pibe persigue a una y la otra queda medio colgada; la perseguida lo rechaza y alega: mi amiga, mi amiga. La amiga termina bailando con nosotras y, no sé cómo, estamos todos haciendo migas. Buenísimo, el flaco es chileno, se vino a Portugal a buscar a esta flaca portuguesa que conoció en Londres. Otro que vio pocas comedias románticas. La tercera en discordia me abraza, dice que ama a los argentinos, que tuvo un novio porteño y ahí decido dejar de escuchar porque imagino el final. Terminamos en un bar de música brasileña en vivo y no está tan mal.
A la vuelta una de las yanquis nos guía por un atajo: la tiene clara. Encuentro un fotomatón en la estación y no puedo evitarlo. Nos sacamos 4 fotos con un fondo horrible de gatitos: una para cada una y la cuarta queda en la mesa del hostal, debajo del vidrio protector, entre cartas viejas, de entre 1930 y 1950, escritas a máquina y a puño que encontró el dueño cuando compro el edificio.
De nuevo el sueño y con él los besos!
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