19 de enero de 2012

XIV


En el invierno viajaremos en un vagón de tren
con asientos azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos
oculto en los rincones.
Sueño para el invierno, A. Rimbaud

Querida:
Tras un par de vueltas de más, llegué a mi destino en Braga: el hostal POP. Mis expectativas eran absolutamente nulas; pensé que sólo a mí se me ocurriría venir a caer muerta a este punto del mapa.
A hostal me llevaron unas largas, larguísimas escaleras que me dejaron sin aliento. Tocar el timbre de lugares así, en esta época, siempre me parece un poco extraño, presiento la respuesta: un tipo en calzones, tomando cerveza que nada se imaginada de una argentina que iba a llegar en pleno invierno a su hostal cerrado. Toco así, con un poco de pudor en las manos.
Al principio contaba mis viajes invernales como cierta consecuencia de mis distracciones o de la espontaneidad de las decisiones. Llega un punto en que la repetición de las acciones no nos deja más escapatoria que el tener que enfrentarnos con algún por qué. Y ahora me defiendo y me defino: me gusta viajar en invierno. Es como tomar a los destinos por sorpresa, cuando menos te esperan, cuando más se agradecen de tu presencia.
La señorita detrás del mostrador me dio la bienvenida, me paseó por el hostal: la cocina, la colorida sala, los baños y, finalmente, mi habitación. Para mi sorpresa había otras mochilas por ahí.
-Ah, Daniela, mañana vienen de la televisión a hacer un reportaje sobre el hostal. Es que Braga es la capital de la juventud europea durante el 2012 y todo comienza mañana ¿Te molestaría que te hicieran un par de preguntas?
Imposible negarse. Viene siendo todo tan bueno para mí, algo hay que devolver. Además: jamás pasaría a una oportunidad de fama y dinero.
Dejo mis cosas y salgo en busca de la ciudad. Y la voy encontrando poco a poco, intuitivamente. Entro en lo que parece ser un edificio importante, las señoras dejan de barrer y me dan la bienvenida: -¿castillo o jardines? Jardines, lógicamente.
A los pocos minutos me encuentro recorriendo unos jardines prolijos, románticos, repletos de flores. Hay algo entre los portugueses y los jardines, un don. Me paso dos horas recorriendo, mirando cada planta, fascinada con la mezcla de crudeza y cálculo que me rodea. No hay nadie. Encuentro una huerta, un espantapájaros, acelgas que me recuerdan a Ceci, coliflores que me recuerdan a Flor. Hay algo sereno en el aire que se contagia y se queda con uno. Tardo un rato en irme, enamorada, del jardín.
A los pocos metros escuché una música que venía de adentro de un edificio. Me acerqué a la ventana y entre las maderas de la persiana pude ver a una banda ensayando. La música era alegre y tocaban muchísimos instrumentos; me quedé un rato espiando a ver de qué se trataba. No tardó en aparecérseme un hombre invitándome a pasar a escuchar. Tocaron y  tocaron y me dejaron filmar videos. Eran alrededor de diez hombres, grandes, alguno que otro vestido de traje, cada uno con su instrumento: un triangulo, dos acordeones, un rallador, guitarras, ukelele.  Mientras tanto, el hombre que me había hecho pasar me daba instrucciones al oído: filma a este, esto, lo otro. Finalmente, me pidieron que les sacara una foto y todos, corriendo, fueron a acomodarse en la escalera para posar. Prometí mandarles todo y me despidieron con una canción en mi honor. El hombre que me había gestionado todo me acompañó hasta la puerta:
-Y ¿adónde te vas a quedar?
-No lo sé
-Podés quedarte conmigo, dormimos juntos
-O no
Huí.
Huyo ahora también. Me esperan en otro lado.

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