Querida:
Tras un par de vueltas de más, llegué a mi destino en Braga: el hostal POP. Mis expectativas eran absolutamente nulas; pensé que sólo a mí se me ocurriría venir a caer muerta a este punto del mapa.
A hostal me llevaron unas largas, larguísimas escaleras que me dejaron sin aliento. Tocar el timbre de lugares así, en esta época, siempre me parece un poco extraño, presiento la respuesta: un tipo en calzones, tomando cerveza que nada se imaginada de una argentina que iba a llegar en pleno invierno a su hostal cerrado. Toco así, con un poco de pudor en las manos.
Al principio contaba mis viajes invernales como cierta consecuencia de mis distracciones o de la espontaneidad de las decisiones. Llega un punto en que la repetición de las acciones no nos deja más escapatoria que el tener que enfrentarnos con algún por qué. Y ahora me defiendo y me defino: me gusta viajar en invierno. Es como tomar a los destinos por sorpresa, cuando menos te esperan, cuando más se agradecen de tu presencia.
La señorita detrás del mostrador me dio la bienvenida, me paseó por el hostal: la cocina, la colorida sala, los baños y, finalmente, mi habitación. Para mi sorpresa había otras mochilas por ahí.
-Ah, Daniela, mañana vienen de la televisión a hacer un reportaje sobre el hostal. Es que Braga es la capital de la juventud europea durante el 2012 y todo comienza mañana ¿Te molestaría que te hicieran un par de preguntas?
Imposible negarse. Viene siendo todo tan bueno para mí, algo hay que devolver. Además: jamás pasaría a una oportunidad de fama y dinero.
Dejo mis cosas y salgo en busca de la ciudad. Y la voy encontrando poco a poco, intuitivamente. Entro en lo que parece ser un edificio importante, las señoras dejan de barrer y me dan la bienvenida: -¿castillo o jardines? Jardines, lógicamente.
A los pocos minutos me encuentro recorriendo unos jardines prolijos, románticos, repletos de flores. Hay algo entre los portugueses y los jardines, un don. Me paso dos horas recorriendo, mirando cada planta, fascinada con la mezcla de crudeza y cálculo que me rodea. No hay nadie. Encuentro una huerta, un espantapájaros, acelgas que me recuerdan a Ceci, coliflores que me recuerdan a Flor. Hay algo sereno en el aire que se contagia y se queda con uno. Tardo un rato en irme, enamorada, del jardín.
A los pocos metros escuché una música que venía de adentro de un edificio. Me acerqué a la ventana y entre las maderas de la persiana pude ver a una banda ensayando. La música era alegre y tocaban muchísimos instrumentos; me quedé un rato espiando a ver de qué se trataba. No tardó en aparecérseme un hombre invitándome a pasar a escuchar.
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