25 de enero de 2012

XIX

Estimada:
Ay de mi y de esta manía de hacer las cosas al revés, al contrario o por la curva; hay tanto de atractivo en lo difícil, lo caótico y lo desastroso. No me gusta lo prolijo y a veces duele.
Salimos con las yanquis del templo jipi. Nos ponemos nuestros mejores trapos y a romper la noche. Una de ellas vino en el auto con uno de los profesores del colegio donde trabaja. Le manda un mensaje para encontrarnos a la noche a tomar algo.
Hace un frio que pocas veces sentí en mi vida. Le presté mi campera abrigada a la yanqui que está enferma y me puse un saquito miserable que no abrigaba ni el alma.
La ciudad antigua de Santiago es un laberinto de calles ínfimas donde es imposible ubicarse y llegar a pasar dos veces por el mismo lugar. Cada vez que doblamos, nos encontramos con un grupo de gente nuevo o con una calle vacía o con un perro comiendo de la basura. Los edificios son altos y el frio parece callar todo. Las figuras de personas son negras, con sacos hasta el piso y, por lo general, salen de puertecitas que ocultan grandes y abrigados bares de madera. Nos metemos en uno, hace calor y hay gente. Es normal encontrar a mucha gente para en los bares españoles; normal y un poco molesto. Entrar salir, pedir bebidas, todo es complicado y los contactos se vuelven bastante íntimos.
¿Dije ya que la tristeza se disipa, se mezcla con otras emociones y va cediendo lugar? Hace rato que quiero escribirlo, siempre lo olvido.
En el bar pedimos tres copas de vino y nos sentamos. La pares es irregular, hecha de piedras, y entre los espacios la gente ha ido poniendo monedas chiquitas. Para fortalecer la costumbre, ponemos una cada una. Cuando estamos yéndonos del bar, nos encontramos de casualidad con el amigo de la yanqui. Es enorme y profesor de música. Está con sus amigos y nos quedamos charlando, la novia de uno es argentina. “Argentina”, vive hace veinte años en España ¿cómo conserva ese acento?
Me cuenta de su vida en Zarate y en España. Se la ve contenta y no piensa en volver; no sabe lo llenas que están las calles.
Al rato las yanquis se ponen impacientes porque quieren jarana. No se recuerdo si ya lo mencióné, pero las yanquis son altas bailarinas. Les gusta mucho el regueton y lo bailan como si mañana les fueran a cortar las piernas. Lo disfrutan y bailar con ella se vuelve todo un evento de plena libertad y distensión. A una le interesan especialmente los temas de Shakira; vamos por la calle y le canto “Rrrrabiosa” para que me haga su baile doblando la espalda y la melena para atrás, sacudiendo las caderas y meneando los brazos en el aire. El amigo nos guía por entre los pasillos del laberinto hasta una especie de boliche. Durante el trayecto cruzamos: una pista de patinaje en el medio de una calle, con gente patinando dentro, grupos de españoles intentando dirigirse a nosotras en inglés, un par de borrachos y una gitana. Llegamos y el lugar lleno de gente: las mujeres de pantalón apretado y tan bajo que mostraban la raya del culo, los tacos altísimos y maquillaje de travesti; los tipos engelados, con remeras apretadas que exhiben mensajes (recuerdo uno es especial que me causó cierta impresión: “yes, i still live with mum, so go sleep in your appartment”) y hasta algunos con anteojos. Bailamos un rato; yo me aturdo rápido y aprovecho la instalación a nuestro costado de un grupo de gringos altísimos, viejos, con sacos negros largos hasta el piso que nos miraban al unísono lascivamente para sugerir que nos fuéramos. Funciona.
El camino de vuelta es la mismísima muerte. Siento que me voy a quedar congelada perdida en alguno de estos pasillos.
Llegamos al hostal con vida. Está la puerta secreta del jipi abierta, aquella donde había estado con sus amigos cuando yo llegué. Las yanquis se mandan y yo las sigo: resulta que es una sala compartida para todos, hay calefacción al mango y tres jipis más acompañan a nuestro amigo. Nos miran la ropa, el pelo sin rastas, nos observan el maquillaje. Nos juzgan. A las yanquis les chupa un huevo y se sientan en la ronda, cerca del calefactor. Se ponen todos a charlar. De las otras minas, dos son yanquis que tocan el ukelele y le tienen ganas al jipi principal y la otra es una holandesa llena de rastas rojas, trapos de ropa y cara de culo. Las yanquis le cuentan de la salida al boliche horrible y la holandesa sólo repite: “oh, that´s so negative, that´s so negative”. Nos enteramos de que estos viven acá gratis porque supuestamente atienden el hostel, te preparan el desayuno y limpian. Después se van a viajar a otro lado. Una de las yanquis enemigas agarra su ukelele y empieza a tocar, dándonos la señal de retirada con aquel molesto molesto ruido.
Así que mañana, con más silencio, te seguiré contando.
Por ahora besos y abrazos. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Querida Dan:

No siempre a una le salen las cosas como quiere, no quiero sonar maternal, pero deberìas cuidarte más del frío húmedo y unánime de Santiago.

Por aquí se te espera Z, C, N y yo te extrañamos muchos

besos X