22 de enero de 2012

Estimada:
Ay de mi y de esta manía de hacer las cosas al revés, al contrario o por la curva; hay tanto de atractivo en lo difícil, lo caótico y lo desastroso. No me gusta lo prolijo y a veces duele.
Salimos con las yanquis del templo jipi. Nos ponemos nuestros mejores trapos y a romper la noche. Una de ellas vino en el auto con uno de los profesores del colegio donde trabaja. Le manda un mensaje para encontrarnos a la noche a tomar algo.
Hace un frio que pocas veces sentí en mi vida. Le presté mi campera abrigada a la yanqui que está enferma y me puse un saquito miserable que no abrigaba ni el alma.
La ciudad antigua de Santiago es un laberinto de calles ínfimas donde es imposible ubicarse y llegar a pasar dos veces por el mismo lugar. Cada vez que doblamos, nos encontramos con un grupo de gente nuevo o con una calle vacía o con un perro comiendo de la basura. Los edificios son altos y el frio parece callar todo. Las figuras de personas son negras, con sacos hasta el piso y, por lo general, salen de puertecitas que ocultan grandes y abrigados bares de madera. Nos metemos en uno, hace calor y hay gente. Es normal encontrar a mucha gente para en los bares españoles; normal y un poco molesto. Entrar salir, pedir bebidas, todo es complicado y los contactos se vuelven bastante íntimos.
¿Dije ya que la tristeza se disipa, se mezcla con otras emociones y va cediendo lugar? Hace rato que quiero escribirlo, siempre lo olvido.
En el bar pedimos tres copas de vino y nos sentamos. La pares es irregular, hecha de piedras, y entre los espacios la gente ha ido poniendo monedas chiquitas. Para fortalecer la costumbre, ponemos una cada una. Cuando estamos yéndonos del bar, nos encontramos de casualidad con el amigo de la yanqui. Es enorme y profesor de música. Está con sus amigos y nos quedamos charlando, la novia de uno es argentina. “Argentina”, vive hace veinte años en España ¿cómo conserva ese acento?

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