XV
Yo seguí yendo todas las tardes al
mismo comedor en la esquina de la plaza. Me acostumbré al olor de las calles y
fue como si hubiera crecido recorriendo aquellos pasillos. Algunos vendedores
llegaron a reconocerme y a saludarme a diario, caminaba por las calles
adoquinadas con soltura y familiaridad. Por las tardes tomaba siempre lo mismo:
un té con menta y varias golosinas de almíbar, nueces y leche. La gente pasaba
a mi alrededor y rara vez encontraba turistas por allí. Cuando los había, eran
inconfundibles: la mirada alerta los delataba, tan distinta a la de los
locales, negra y pesada de aburrimiento, los nuevos llevaban chispas de miedo y
asombro. Observarlos me generaba una fuerte vergüenza ajena, aceptaba que
alguna vez había sido uno de ellos. Hoy el mozo del comedor sabía mi nombre y
mis deseos. La cocinera conocía mi historia e incluso me había intentado ayudar
alguna vez a resolver el misterio de mi viaje, sin mayores resultados. Aquellas
personas verían lo que venían a ver y luego volverían a sus vidas, las de
siempre. A mí me parecía que ya nunca volvería a mi vida de siempre y que debía
entender de una vez por todas que ahora vivía en una calesita que daba vueltas e iba
mostrando nuevos escenarios constantemente, sin fin; las imágenes se repetían,
pero nunca eran las mismas. Una hoja se mueve con el viento, una persona relaja
una sonrisa, baja el sol y se alargan las sombras. Otro niño agarra la sortija.
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