5 de agosto de 2012



XV
Yo seguí yendo todas las tardes al mismo comedor en la esquina de la plaza. Me acostumbré al olor de las calles y fue como si hubiera crecido recorriendo aquellos pasillos. Algunos vendedores llegaron a reconocerme y a saludarme a diario, caminaba por las calles adoquinadas con soltura y familiaridad. Por las tardes tomaba siempre lo mismo: un té con menta y varias golosinas de almíbar, nueces y leche. La gente pasaba a mi alrededor y rara vez encontraba turistas por allí. Cuando los había, eran inconfundibles: la mirada alerta los delataba, tan distinta a la de los locales, negra y pesada de aburrimiento, los nuevos llevaban chispas de miedo y asombro. Observarlos me generaba una fuerte vergüenza ajena, aceptaba que alguna vez había sido uno de ellos. Hoy el mozo del comedor sabía mi nombre y mis deseos. La cocinera conocía mi historia e incluso me había intentado ayudar alguna vez a resolver el misterio de mi viaje, sin mayores resultados. Aquellas personas verían lo que venían a ver y luego volverían a sus vidas, las de siempre. A mí me parecía que ya nunca volvería a mi vida de siempre y que debía entender de una vez por todas que ahora vivía en una calesita que daba vueltas e iba mostrando nuevos escenarios constantemente, sin fin; las imágenes se repetían, pero nunca eran las mismas. Una hoja se mueve con el viento, una persona relaja una sonrisa, baja el sol y se alargan las sombras. Otro niño agarra la sortija. 

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