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6 de octubre de 2013

las mañanas de lidia

A la mañana siguiente, Lidia abrió los ojos y vio la cama de su hermana vacía y deshecha. afuera era de día, pero las persianas bajas guardaban la oscuridad de la habitación. Lidia se estiró en la cama de un lado a otro, recordaba a su abuela que la llamaba gato perezoso; soy un gato perezoso, mis garras filosas podrías rasgar estas sábanas, podría saltar por la ventana y acabar con todo esto, deslizarme hasta la casa, pasearme por sus pasillos. Entonces giró su cuerpo y ahora pudo ver las cortinas de tela blanca que parecían flotar por la habitación, empujadas por un viento suave que entraba por la ventana. Lidia se levanto de golpe. Sintió un fuerte mareo en la cabeza, su vista nublada; quizás era el momento de la transformación. Cuando volvió a si, lamentó con tristeza no haberse encontrado cubierta de pelo. Caminó hasta la ventana y se paró detrás de las cortinas. Ahí estaba, como todos los días, como toda la vida: la casa. Cuando posaba sus ojos sobre ella, Lidia no podía dejar de mirarla. ¿Y si saltara y fuera hacía allá? Ahí estaba, al alcance de su mano; pero entonces a imagen de su madre y su hermana sentadas bajo el altar, su pobre madre sola en la búsqueda y los diarios, ya nadie escribiría los diarios. Corrió las cortinas, fue hacía la mesa de luz y abrió el cajón. El olor a sangre atestó la habitación. En una esquina, un puñado de dientes viejos empezaban a pudrirse. Lidia sacó su diario y cerró el cajón con fuerza. Se tiró sobre la cama y empezó a escribir, apretando demasiado el trazo contra el papel. Lo que escribía se marcaba, entonces, no solo en la hoja que estaba usando, sino en todas las hojas del diario que recibían, heridas, la presión de su mano. 

5 de octubre de 2013

Lidia y Selva

Lidia y Selva fueron reclutadas como soldados de batalla. Ellas eran piezas claves para encontrar a la empleada perfecta. Al lado del altar, en el living de la casa, se construyó el muro estratégico. Beatriz pegó una placa de corcho contra la pared y contribuyó con el primer grano de arena: en un papel cuadrado escribió con un marcador negro y grueso el título de la nueva misión: “La búsqueda”.  Alrededor del flamante centro de comando encendió tres velas que robó del altar del santo. Entonces, Beatriz y sus dos hijas se hincaron a rezar a la Virgen y todos los santos por que les enviaran una mucama que fuera el diamante del hogar.
Esa noche, Selva tuvo dificultades para dormir. En su cabeza, los ojos del santo que regenteaba el altar del living ardían rojos como el fuego. Pensaba que el todopoderoso, enardecido, se vengaba por el robo de las velas para una causa ahora más importante. En la oscuridad de la habitación, Selva sentía como caían las lágrimas desde la punta de sus ojos, imitando el recorrido recto de la sangre que se deslizaba cada noche desde sus comisuras hasta la almohada. Se refregó los ojos con las manos hechas puño y salió de la cama. Se deslizó por la casa que descansaba, bajando las escaleras y entrando al living. Conocía bien a los habitantes de la oscuridad, bien sabía que nada podía hacerse en contra o a favor de ellos, intentaba caminar ignorando el vértigo en la espalda, la tensión en los hombros y la electricidad en el pelo; consecuencias, sabía, de la vida en las penumbras.
Llegó frente al centro de operaciones, se agachó, pidió perdón en voz baja y llevó las velas de un altar al otro. No lo veía, pero sabía que los ojos del santo ya no echaban fuego y, con esa certeza, atravesó la espesura y volvió a su cama. Lidia se retorcía en la cama de al lado y Selva sabía que su hermana transitaba las noches de manera distinta. Ahora que todo había vuelto a su orden habitual, a lo mejor ambas podrían descansar mejor. 

1 de octubre de 2013

los diarios de zulma

querido diario:
no sé por dónde empezar a contarte hoy toqué el timbre de mi nuevo trabajo durante como media hora. no sabía qué hacer, si irme o quedarme, pero si me iba quizás ya arruinaba todo desde el primer día. cuando la señora me abrió, entre a la cocina y vi un montón de platos goteando en el secador. la señora no habla mucho conmigo así que no le pregunté nada. pedí permiso y me vine a la pieza a cambiarme. la señora me dio un delantal rosado. me parece que es nuevo. preferiría limpiar con mi ropa porque me da miedo mancharlo. raúl me dice que justo a mí se me ocurre trabajar de empleada, que soy más desordenada que nada. es muy dulce. también ayer me dijo que igual me imagina con el uniforme rosado y qué lindo me debe quedar. le dije que un día pase por la casa para ver cómo me queda, pero no se cómo haríamos para que la señora no se de cuenta o la lidia no lo asuste. las hijas tampoco hablan mucho, pero la más chica es la que más miedo me da. ba, miedo no me da porque es chica, pero algo. por el piso que va a su pieza encontré hoy unas manchas de sangre seca que llegaban hasta el baño. un cepillo de dientes también estaba todo rojo pero no me animé a lavarlo. ese no es mi trabajo. no hay que tocar la sangre de los otros, eso yo lo sé. pienso en raúl y cómo va a ser la primera vez que hagamos el amor. hoy cuando esperaba en la puerta a que la señora me abra pensaba en eso también. irma dice que te sale sangre, mucha sangre porque se rompe algo con la penetración. tengo miedo y verguenza de que el raúl se enoje o piense también como yo que la sangre de los otros no se toca. o también pensé que la sangre seca del piso puede ser mía porque más o menos yo ya sé qué va a pasar. y entonces debería tenes cuidado con las nenas, las hijas de la señora y con el delantal, que tan lindo y tan rosado es.

16 de septiembre de 2013

...


Para cuando terminaba de limpiar el baño, ya había limpiado toda la casa y eran, tan solo, las cinco de la tarde. A veces lograba terminar a las seis y entonces festejaba; no le gustaba terminar temprano porque entonces ¿qué hacía? Su habitación era pequeña y sólo una cama de una plaza cubierta con una frazada de lana picosa cabía ahí además de ella. El guardarropa de madera marrón oscura se escondía en una de las paredes. No tenía televisor, pero sí una radio grande que trasmitía a la perfección todas las frecuencias. Recién a las siete tenía algo que escuchar. Era la radio novela y esta semana sabía que Nandito y la lisiada se iban a besar. Para escucharla apagaba la luz, se acostaba en la cama y cerraba los ojos. Entonces podía armar en su cabeza el detallado dibujo de Nandito y su abundante cabellera y la lisiada, tan similar a Lidia, tan parecida en todos sus rasgos y maneras, tan parecida su voz, que casi podía decirse que…

lidia

Las mujeres de la casa aun se le presentaban como extrañas y no podía evitar la incomodidad cada vez que se cruzaba con alguna. Todas las tardes limpiaba el baño cuando Lidia llegaba de la escuela. Lidia, además de hacerla sentir fuera de lugar, la aterrorizaba. Algo tenía aquella niña, su manera de andar, la brisa huracanada que soplaba segundos antes de su llegada. Poseía una cualidad, como el olor de la lluvia cuando está por venir.
Lidia asomaba su cabeza por la puerta entrecerrada del baño y, con un hilo de voz, balbuceaba unas palabras que Zulma no pudo comprender durante la primera semana de trabajo. Simplemente agachaba la cabeza y salía del baño, como obedeciendo a un pedido.
Entonces Lidia empujaba la puerta y la cerraba con fuerza. No entendía por qué las personas huían de su saludo y por qué Zulma, que tan buena parecía, la dejaba sola cada tarde en el baño. Sentía que debía hacer algo para lo que aun no estaba preparada. Entonces se acercaba al espejo, se miraba la piel lisa de la cara, los ojos desgraciados, con dos o tres pestañas que colgaban tristes de sus párpados. Pronto se aburría de ver su imagen de nuevo, la misma de cada vez, y entonces practicaba llorar; se miraba con fuerza a los ojos, los entrecerraba, los abría grandes, la habitación se suspendía en la tensión de la propia observación hasta que aparecía la primera lágrima, pequeño milagro de la creación. A la primera le seguían miles. Luego Lidia se lavaba la cara, se secaba con una toalla y se sentía lista para salir.

En la entrada del baño, se encontraba con Zulma a la espera. Todavía agachaba la cabeza y entraba al baño de nuevo sólo cuando la niña ya había desaparecido por la casa. Entonces pensaba que algún bien le hacía el encierro a esa criatura, que debía cargar con mucho que reflexionar teniendo el mundo a cuestas y ese huracán de anticipo. 

14 de septiembre de 2013

Los días parecían más cortos ahora que cumplía con el oficio de patrona. Además de los encuentros de catequesis, debía monitorear el trabajo de Zulma hora a hora. Al rondar el mediodía, las camas debían estar tendidas, la ropa interior de las niñas y la señora en remojo, los suelos relucientes y la comida al horno, despidiendo aroma para abrir el apetito.
Lidia, Selva y Beatriz comían en la mesa de la cocina mientras Zulma las observaba desde atrás de la barra, sentada en un banquito a la altura de las piletas para lavar los platos. Como una hiena al acecho, la empleada debía estar lista para el momento en que las niñas o la patrona terminaran su plato para levantarse y velozmente retirarlo de la mesa. Luego volvía a su escondite silencioso.
Su turno de comer era más tarde, cuando sus crías satisfechas abandonaban la cocina. Comía atormentada con la idea de que alguna volviera a entrar y la encontrara de cara a su plato, volcándole toda su pena; que la descubrieran sola y en silencio; que se evidenciara, en un solo golpe, la gran magnitud de su miseria

3 de septiembre de 2013


De la iglesia la madre siempre volvía con nuevas ideas para la casa. Alguna renovación en la decoración, en la ubicación de los elementos o, incluso, en la rutina de la familia. Así, había decidido archivar todas las copas de cristal de la abuela, que ocupaban el mueble del living, y, en su lugar, construir un pequeño altar a la virgen desatanudos, luego de que el cura del barrio diera una misa en su honor. Cuando el mismo cura, dos semanas después, pidió por la salud del Papa, Beatriz vendió todas las copas de su familia y mandó el dinero en un sobre al Vaticano. Y cuando, indignado, el mismo cura habló del peligro del pecado entre los adolescentes, ella descosió los ruedos de todas las polleras de sus hijas y nunca más se vio una rodilla desnuda entrar o salir de aquella casa. Hasta que un día llegó con una idea casi tan avasallante como la de Jesús: había que conseguir una empleada doméstica. Todas las señoras de la iglesia tenían una y aseguraban que era la mismísima salvación.

Dedicó varias horas del día siguiente a recorrer la casa, esquina por esquina, en busca de espacios para ser limpiados, tomando nota de cada una de las tareas y del detalle con el que debían ser realizadas. Examinó las habitaciones que conocía hacía años, que habían sido envases para su vida, para cada uno de sus recuerdos que ya se iban turbando en su cabeza. Con diligencia, se deshizo de sus sentimientos y cada ambiente tomó el sentido del trabajo: acá pasaría media hora, este piso ha de fregarlo agachada. La idea de tener una empleada le dio a su vida un empujonazo de adrenalina. Comenzó a fantasear con las tareas que le indicaría, practicaba en su recorrido el tono que emplearía para explicarle las cosas

-Mirá, Marcela, estos pisos son de pino plastificado, no pueden limpiarse con cualquier producto, los haría pelota

-¡Marcela! Este piso vale más que tu vida

Alguien más estaría a disposición de la casa y el orden sería para ellas lo que los panes a Jesús. Suspiraba frente a  la imagen posible del altar reluciente, de las polleras planchadas con almidón y las cortinas, fieles guardianas de su cristiana intimidad, reluciendo de tan blancas, como la paloma del espíritu santo.  Más y más creía que había tenido una fantástica idea y ¡la gente del barrio! Ahora sí tendrían algo de qué hablar: Beatriz y su servicio, Beatriz y su casa reluciente ¡Gracias al señor!

III

De la iglesia la madre siempre volvía con nuevas ideas para la casa. Alguna renovación en la decoración, en la ubicación de los elementos o, incluso, en la rutina de la familia. Hasta que un día llegó con una idea casi tan avasallante como la de Jesús: había que conseguir una empleada de limpieza. Todas las señoras de la iglesia tenían una y aseguraban “que les salvaba la vida”.

Dedicó varias horas del día siguiente a recorrer la casa, esquina por esquina, en busca de espacios para ser limpiados, tomando minuciosa nota de cada una de las tareas y del detalle con el que debían ser realizadas. Examinó las habitaciones que conocía hace años, que habían sido envases para su vida, para cada uno de sus recuerdos que ya se iban turbando en su cabeza. La idea de tener una empleada le dio a su vida un empujonazo de adrenalina. Comenzó a fantasear con las tareas que le indicaría, practicaba en su recorrido el tono que emplearía para explicarle las cosas

-Mirá, Marcela, estos pisos son de pino plastificado, no pueden limpiarse con cualquier producto, los haría pelota y eso es lo que queremos evitar

-¡Marcela! Este piso vale más que tu vida

Alguien más estaría a disposición de la casa y el orden se multiplicaría. Más y más creía que había tenido una fantástica idea y ¡la gente del barrio! Ahora sí tendrían algo de qué hablar: Beatriz y su servicio, Beatriz y su casa reluciente ¡Bendición del Señor!

2 de septiembre de 2013

les amies


Subió las escaleras, víctima de una fiebre que su propio interés fabricaba, sosteniéndose de la baranda para darle a su paso firmeza. Si bien no había nadie en la casa aparte de Lidia, la madre pisaba suave para que el roce de las pantuflas y el piso no hiciera un ruido fuerte. La acompañaba a su paso una especie de culpa anticipatoria mezclada con un placer tan profundo y lleno de ansiedad que le vaciaba la cabeza de cualquier preocupación. Al llegar a la puerta de la habitación de Estela, se detuvo. Acercó la cara a la madera, pegando el cachete y la oreja sobre la puerta, respiró hondo, como si la estuviera oliendo. El corazón le palpitaba veloz y fuerte como un caballo al galope.

Mañana, se dijo, mañana es mejor, dilatando así el placer esperado, el encuentro con el bien más codiciado de la casa entera en aquel momento. El diario de Estela la esperaba para llenar su vida de salvajismo y pecado.

27 de agosto de 2013

los amigos de lidia


Fue entonces decidió que, como Zulma escribía sus diarios, ella escribiría sus sueños por el resto de su vida. Abrió su mochila, sacó su carpeta de geografía y le arrancó dos hojas en blanco. Las dobló por el medio una sobre la otra, formando un pequeño cuaderno. En el vértice superior izquierdo de la primera página, escribió con letra cursiva: Lidia. Después empezó a describir trazos largos alrededor de la página que parecían no significar nada hasta que terminó. Apretó el cuaderno sobre su pecho y lo guardó en el cajón de su mesita de luz.

El sol anunciaba su caída cuando Selva llegó a la casa. Lidia descansaba sobre la cama, boca arriba y su madre aun habitaba el mundo del libro que descansaba sobre la mesa. Los últimos destellos de luz no alcanzaban para que leyera con comodidad, sin embargo, le era imposible detener el rito de sus ojos sobre las líneas del cuaderno.

Selva atravesó la puerta de calle silenciosa, pasó por la entrada de la cocina sin que su madre percibiera su presencia y subió las escaleras con lentitud. Arriba estaba oscuro y le parecía estar ascendiendo hacia la penumbra, con cada escalón iba perdiendo algo de luz. Entró en la habitación que compartía con su hermana y Lidia la miró. Desde la comisura hasta el cuello la recorría una línea de roja sangre y seca que comenzaba a cuajarse. En la oscuridad, Lidia sintió miedo de aquel vampiro en que se había convertido su hermana.

-¿De nuevo los dientes?, le preguntó
-Acabo de perder otro en la escalera

Lidia volvió a sentir ganas de llorar y se fue a bañar para evitar humillar a su hermana. Sola en la habitación, Selva se puso el pijama y se tiró sobre la cama de su hermana. Abrió el cajón de la mesita de luz y encontró algo nuevo: sobre un rejunte de hojas, el nombre Lidia y un dibujo de la casa que ya nadie se atrevía a nombrar.

24 de agosto de 2013

los amigos


Y la niña mintió con que no había más y que Carlos le había regalado las lentejas. Para probarlo, le devolvió a su madre la plata que le había dado para las compras. Beatriz terminó por creerle, pero, por las dudas, le quitó la lata de lentejas y la guardó en la alacena de la cocina. Luego volvió al libro que reposaba sobre la mesa. Lidia se quedó para en la entrada de la cocina sin pensar.

El tiempo se detuvo por un momento. El sol de la ventana se volvió eterno y los pensamientos de las dos mujeres se unieron en una masa amorfa que disparaba en todos los sentidos contra las paredes de la cocina. La habitación, el libro sobre la mesa, los estantes tranquilos eran ahora el mundo y no había nada por fuera de eso. Y el silencio aunaba y cubría la casa con una seda delicada.

El sutil equilibro del universo explotó con la fuerte carcajada de la lata de lentejas que, desde la alacena, señalaba a Lidia y se burlaba de su existencia. La niña llenó la cocina de furia y viento y, como un rayo, subió las escaleras hasta su habitación. Su madre, mientras tanto, no se había enterado de tantos cambios trascendentales y se hundía cada vez más en el universo de las páginas que habitaba hace días.

En su habitación, casi vacía, Lidia se encontró con la soledad de siempre. Buenos días, le suspiraba por las mañanas, cuando abría los ojos por primera vez como un recién nacido. Y buenas noches por la noche, cuando Lidia se sumía contra su voluntad en el mundo de los sueños. La aterrorizaba el pensar que hubieran dos vidas, ¿cómo era posible? ¿Dónde era que estaba cuando soñaba y quién era esa persona que ella veía ser, noche tras noche, en mundos imposibles? Los sueños la obligaban a despertarse con sentimientos de angustia que no la abandonaban durante el día. Muchas veces soñaba con su padre o su abuela, con caídas o animales que se devoraban las sábanas de su cama.

Caminó hacia la ventana y corrió la cortina blanca que la cubría. Imponente se alzaba la misteriosa casa que nunca había visto a nadie vivir. Lidia volvió a sobresaltarse pero no cerró la cortina. Se mantuvo de pie frente a la imagen de sus pesadillas. Fue entonces decidió que, como Zulma escribía sus diarios, ella escribiría sus sueños por el resto de su vida.

 

21 de agosto de 2013

Los amigos de Lidia




La casa estaba pintada de blanco y el tiempo parecía tener con ella un trato más benevolente que con las demás. La fachada conservaba un estado impecable y, si bien nunca nadie había visto ni una sombra entrar o salir por la puerta, los vidrios no ostentaban ni una mancha y el jardín delantero se mantenía prolijo y perenne.

A ninguno de los vecinos le gustaba caminar por el frente de la casa. Rara vez alguno se animaba a caminar la cuadra entera sin cruzar de vereda dado el momento. Algo, intangible, parecía flotar en el aire alrededor de la casa, sobre los jardines. Los pastos se inclinaban hacia un lado u otro, según el paso de los espectros. Nadie quería topárselos de frente ni tener que preguntarse demasiado qué es lo que sucedía ahí. Intentaban no hablar del tema en público, manifestando una exagerada indiferencia hacia la casa vacía con la que habían convivido generaciones y generaciones de vecinos con miedo.

Un tarde de febrero, Beatriz mandó a Lidia al almacén de la esquina a comprar barras de azufre.

Eran pocas las veces en que su madre la dejaba salir de casa porque sí y sola. En esas ocasiones, cuando cerraba la puerta de casa y se encontraba a si misma del otro lado d la muralla, Lidia era invadida por un sentimiento de libertad y anarquía que le daba palpitaciones. Iba pateando las flores secas del otoño, al frente de cada casa, las raíces un árbol distinto y centenario destrozaban las baldosas. La vereda de aquella cuadra era de los árboles más que de los vecinos y recorrerla era una tarea de equilibrio. Lidia, que carecía de la ligera gracia de la infancia, caminaba con dificultad por entre los escombros de la vereda y no era poco habitual verla apoyarse sobre los árboles o las rejas para ayudarse a andar.

Para entrar al almacén, había que atravesar una cortina de tiras de plástico de colores a la que Lidia le tenía fobia. Temía quedarse enredada entre esos tentáculos, no poder salir de esa maraña y que alguna tira de plástico se envolviera alrededor de su cuello y la ahorcara. La curiosidad por entrar al almacén siempre era más fuerte y Lidia eventualmente cruzaba la entrada con dificultad. El almacén era oscuro y olía a queso viejo. Pasearse por sus pasillos era como visitar un templo sin tiempo: las góndolas altas llenas de viejas y sabias latas y botellas la saludaban al pasar. Lidia sospechaba que esos rincones guardaban largas y siniestras historias.

27 de junio de 2013


La cuadra tenía cinco casas, una de las cuales estaba abandonada. Nadie recordaba a quién había pertenecido, ni siquiera quienes habían sido los últimos en habitarla. En los recuerdos de la gente de la cuadra se mezclaban las caras de sus propias familias, con las voces de viejos amigos y los nombres de antiguos compañeros de trabajo. Todo intento de reconstrucción de la historia de aquella casa daba como fruto un híbrido de personajes mutantes que de alguna manera u otra se relacionaban con la historia de cada vecino. Las especulaciones nunca se acercaban a la verdad; quizás sí ¿cómo saberlo? Podríamos afirmar que no existe tal cosa como la verdad y admitir, entonces, una cuota de certeza en cada relato, en cada imaginación, por más de que uno pueda negar al otro y quizás hasta estemos burlándonos de las leyes de la consecuencia.

24 de junio de 2013

más amigos de Lidia


El caos circundante la había hecho codiciar el orden por sobre todas las cosas, dentro de todo lo que se pudiera controlar. Habitaba un mundo en el que las camisas se doblaban con regla y escuadra y las trenzas de las niñas eran hechas con igual número de vueltas a cada lado, los escalones se bajaban siempre con el mismo pie, se dormía y amanecía a horas fijas  y nunca jamás sucedía lo que no debía suceder. 

Ella no era como otras mujeres, por ejemplo Adela Pando, que fingían pulcritud con sus familias aparentemente perfectas y libres de toda angustia mientras uno podía ver, claramente, la tensión entre ellos, quizás no “tensión”, rareza, inquietud. Cada tanto se la podía ver bien. En realidad era solo ella la que la veía cada tanto, y no estaba tan segura. De todas maneras: era claro que Adela Pando se creía mejor de lo que era.

los amigos de lidia


Puertas adentro, todos culpaban a la madre de las niñas –Lidia y su hermana- por  haberles impreso una excéntrica personalidad. Pero ¿Quiénes eran ellos para opinar? Ellos, que ignoraban los destellos oscuros de su mirada,  que ni sabían a qué olían sus comidas ni cómo se sentían sus manos. ¿Ellos qué sabían de la vida de ella? Ella, que había llegado a este mundo acusada de intrusa y siempre había que tenido que luchar con uñas y dientes por defenderse, por proteger su orgullo y dignidad, ¡Sí! Que había sido una persona, ¡una mujer! , digna y honesta a pesar de su entorno y su crianza, que se había hecho de abajo y había amasado cada centavo de su pequeña fortuna con el sudor de su frente, que a pesar de no haber tenido el ejemplo de una familia, decidió parir a su hija a pesar de haber sido abandonada por el padre y que decidió a parir una segunda hija cuando el padre decidió volver, sólo para terminar siendo atropellado por un camión de acoplado la misma noche en que había decidido volver a abandonar a su familia y cruzaba la calle llevando una valija en cada mano. Ella, que siempre había estado a la altura de las circunstancias, que abandonó la pena y la reemplazó por una sólida y consecuente furia contra el número dos en cualquiera de sus manifestaciones y contra los números pares en general.  Con la frente alta acepta todos los días la desgracia de la doble vuelta y la existencia de dos, ¡santo diablo!, hijas nacidas de su vientre. Con cuánta malicia condenan los miserables al fuerte.

3 de junio de 2013

los amigos de lidia


¿Cuántos días tardaría en congelarse el mar? ¿Cuántos y por qué? ¿Por qué?

¿Por qué?

Para Lidia, las preguntas de su madre no tenían razón de ser. Se sentaban durante una hora cada tarde a “repasar los asuntos de la escuela”  para mejorar las notas de Lidia que eran buenas, pero no lo suficientemente buenas. La madre inauguraba el ritual colocando el cuaderno azul sobre la mesa de madera, perfectamente oblicuo a su pecho y procediendo a abrirlo haciendo uso de un solo dedo – ¡sorpresa! Algunos días usaba el índice derecho, otras el pulgar izquierdo o cualquier otro dedo de cualquiera de sus manos (¡jamás el mismo dos veces!) – y bajando la mirada sobre las hojas. Al retirar los ojos del cuaderno, se los veía llenos de preocupación. Siempre. Nunca en paz.

Entonces avanzaba el flujo de preguntas. Si hubieran estado haciendo lo que deberían haber estado haciendo –eso es: estudiar- las preguntas de la madre hubieran tenido algo que ver con los programas académicos de una escuela primaria de la argentina. Pero no estaban haciendo lo que debían y las preguntas nada tenían que ver con lo que Lidia debía saber. La madre indagaba e indagaba y parecia, más que preguntarle a Lidia, preguntarse a si misma.
La falta de respuestas era inquietante y las preguntas de la madre -que eran contagiosas- muchas veces terminaban por llenar la cabeza de Lidia con dudas y angustias.



Unos años más tarde, cuando la pequeña Lidia llegó a la edad de comprender, las preguntas seguían ahí, amarradas a un cerebro acostumbrado a dudar y sufrir. A las viejas incertidumbres se sumaban nuevas, propias y por eso más fuertes. Lidia era frágil y tímida. En la escuela no encontraba respuestas y su madre, víctima de un carácter virulento, se había entregado en cuerpo y alma a la religión.

La madre de Lidia, ella sí que había encontrado las respuestas. Para todas y cada una de las cosas por debajo o por encima del suelo, existentes o no, la madre ahora poseía una explicación, ¡qué poder maravilloso! La vida de Lidia cambió mucho con la entrada de Jesús a su hogar.