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3 de septiembre de 2011

historia de silvio


(que en realidad cuenta la fantástica historia de la muerte de doña Aurelia y el ascenso al poder de su malvada hija, Consuelo)

Doña Aurelía había vivído siempre en aquella casona de la esquina. Los nietos de las mujeres que iban a comprar gallinas vivas a su almacén de ramos generales contarían la historia de la esquina a sus amigos de la universidad. Por lo general las mujeres que iban a hacer las compras en aquellas épocas eran criadas, los nietros sabrían esto y no lo dirían por pudor, aquel aun era un lindo barrio y a todos les daba cierto sentido de pertenencia el pensar en generaciones anteriores ya instaladas allí, formando parte de su quintaesencia.
La cuestión es que las gallinas eran degolladas en los patios de las casas por las criadas que soltaban los cuerpos sin cabezas para que corrieran por la casa y asustaran a los niños. Doña Aurelia siempre había tenido pánico a las gallinas, entonces dejaba a su marido encargarse del trabajo duro mientras ella se ocupaba de las cuentas y los abastecimientos.
Un día, cuando se proponía cruzar la calle del almacén para ir a la estación a comprar un pasaje de tren, Aurelia tropezó con el cordón, cayendo todo su cuerpo hacia atrás e impactando su nuca contra el tronco de un jacarandá que daba sombra a la esquina. Murió al instante. 

capitulo ¡!

Establecido de esta manera nuestro nuevo vinculo, las dos nos impusimos, a espaldas de la otra, el adaptarnos a esta nueva vida. Mama claramente no disfrutaba de mi compañía y yo aún no tenía recursos económicos ni emocionales como para irme y dejarla a ella atrás. Me quedé y así fueron las cosas; me acostumbré a obedecerla por no generar desencuentros y todo marchó sobre ruedas.
Un día tocaron el timbre por la tarde y era el hermano de mamá, Silvio. Ni mamá ni yo lo veíamos desde hace cuatro años, cuando habíamos ido a su casa a pasar una navidad. Siempre sostuve la impresión de que no les habíamos caído bien porque mamá no había querido gastar en regalos y en aquella fiesta todos habían preparado regalos para todos, menos nosotros.
De todas maneras, aquí estaba; era la primera vez que un hombre pisaba la casa desde Héctor. Mamá, al dejarlo entrar por el hall, me pidió que me fuera a mi habitación hasta que me volviera a llamar. Yo obedecí y sentía la rabia picarme debajo de las uñas mientras me encerraba. Esperé adentro durante una hora y media antes de darme cuenta de que mamá se había olvidado de mí. Salí de la habitación y me camine a través del living: allí estaban ellos, sentados a la mesa, tomando té caliente, sin mirarse a los ojos. Silvio contaba una historia y mamá, callada, lo escuchaba.

8 de julio de 2011

capítulo

Para Ro, que lo pidió


A veces el corazón me obligaba a ir a sentarme junto a él y conversarle. Le preguntaba por su trabajo, por sus gustos musicales; las conversaciones eran fluidas por intrascendentes y yo encontraba mi relación con aquel hombre equivalente a la de un matrimonio que lleva 120 años de casados.
Hasta que un lunes me levanté y no lo encontré en la cocina. Preparé un té, aparte una silla y me senté a la mesa. Sostuve la taza caliente entre mis frías manos durante un segundo, me puse de pie, alejando la silla con mis pantorrillas. Recorrí la casa de forma lenta, sigilosa, llevando la taza entre mis manos, creo que estaba buscando a Héctor.

Pase por la puerta de la habitación de mamá y me pidió que le alcanzara la Biblia que se encontraba en la biblioteca del living. Inocente, sin saber que en ese mismo momento me estaba estableciendo como la cuidadora de mi madre y sus necesidades, hice lo que me pedía. Mama, en posición horizontal, recibió la Biblia con ambas manos tensas, al acecho. La vi, como un tigre atacando a su víctima sin clemencia, rasgar la tapa de cuero del libro, desgarrándolo, comenzar a arrancar sus páginas, a escupirlas mientras maldecía como un criminal, pararse sobre su cama, saltar sobre las páginas, gritar, girar sobre su eje, despeinada, repitiendo pasajes “Y mirando él atrás, los vio, y los maldijo en el nombre de Jehová. Y salieron dos osos del monte, y despedazaron de ellos a cuarenta y dos muchachos”, desvariando. Abandoné la habitación por prudencia; no era bueno para mí inmiscuirme entre mamá y sus problemas. Un rato después, recompuesta y envuelta en su vieja bata, entró a la cocina y me pidió que encendiera el horno. Lo hice y ella se dedico durante las horas siguientes a quemar lo que quedaba del libro. La casa se llenó de humo y pronto los vecinos comenzaron a tocar el timbre preocupados o curiosos por ver si la desgracia había tocado a nuestra puerta una vez más. Mamá me pidió que saliera yo y los mandara al demonio.

3 de julio de 2011

Algunas noches él dormía en el sillón del living de casa. Una de aquellas noches parece que me levanté estando dormida porque al día siguiente oí a mamá hablando por teléfono con la secretaria de su médico –el mismo que le había puesto el diu-, pidiéndole de manera desesperada un turno para mí:

-En el medio de la noche entró a mi habitación, no respondía a mis preguntas y se movía lento, ¡como hipnotizada! Se acostó en el lado vacío de la cama, se cubrió con la frazada y volvió a dormir. ¡hoy me levanté y ya no estaba!


Luego continuó contando una historia en la que yo parecía poseída y afirmando que, de hecho, ella pensaba que yo lo estaba, como había visto en ciertos documentales basados en historias reales.
Escuchar aquel relato que hablaba sobre mí, pero con el cual yo no podía identificarme en absoluto, me hizo sentir, por primera vez en mi vida, dividida y confundida respecto a quién era yo verdaderamente. ¿Era acaso aquella persona que salía a caminar a oscuras por la casa, a hacer sólo la sombra sabe qué cosas? ¿O era esta, la pensante?
Mamá no pudo conseguirme turno urgente con aquel doctor; la secretaria se negaba a hacer de un “exorcismo” un procedimiento de emergencia. Se enojó tanto que le juró a aquella mujer que nunca volvería a ser paciente de su jefe gracias a ella. Así fue que mi madre adquirió el hábito de auto diagnosticarse cada vez que algo no andaba bien y comenzaron a circular por la mesada de la cocina y el botiquín del baño todo tipo de tabletas de pastillas o botellitas con jarabes rosas, ocres, frasquitos con pelotitas de azúcar, jeringas, cremas y ungüentos. El aire de la casa se convirtió en un vaho intenso y húmedo con olor a pasillo de hospital mentolado que se impregnaba a la ropa, a la piel y hasta al alma. Cuando mamá dormía, yo aprovechaba para abrir de par en par las ventanas de la cocina, el living y mi habitación y dejar correr al aire libre por los pasillos, agujeros y recovecos de la casa llevándose consigo el vaho para liberarlo fuera donde, mezclado con muchísimo aire, pasaría inadvertido.
Un día volví de mi paseo por el parque y me encontré con que todas las puertas habían sido marcadas, en su parte superior, con una huella roja de dedo pulgar. No pregunté a mamá qué había sucedido. Imaginé que había visitado la casa alguna espiritista. Desde entonces y sin siquiera brindar falsos pretextos, mamá comenzó a exigirme que realizara el lavado de todas las telas de la casa, incluyendo la mantelería, en baldes de agua hirviendo.

1 de julio de 2011

el hijo de héctor

El día después de haber conocido esta historia, mamá pidió turno con el médico para ponerse un diu. Conociendo el fruto de los genes de Héctor, estaba convencida de que dejar abierta la posibilidad de reproducción era tentar al diablo.
Yo pienso que nada tenían de malo los genes de Héctor, que mamá se estaba poniendo grande y ya le daba pereza criar más hijos y aun más si eran de un hombre que había fracasado rotundamente como padre. Sospecho que fue entonces que mamá comenzó a desencantarse de Héctor. Volvió a utilizar la bata habitualmente y culpaba en secreto al diu por haberle causado un efecto depresivo en su sistema nervioso. Mamá dejó de salir de casa los miércoles; ahora sólo se veían cuando Héctor la venía a visitar. Incluso entonces, dormía hasta más tarde y hasta se acostaba más temprano. A mí no me importaba en absoluto ese comportamiento porque me permitía tener aún más tiempo a solas con Héctor; me parecía que él se sentía un poco solo y necesitaba más que nunca de mi compañía.

30 de junio de 2011

lúcifer ya no vive aquí

Un día trajo un equipo de música y un montón de compacts. Había de música clásica, de ópera, y hasta alguno de los Beatles. Mama y yo éramos amantes de Los Beatles; ella solía decir: -Mi reino por poder cocinarle una cena a Paul o plancharle las camisas a John. A mí aquello me despertaba curiosidad porque mamá no sabía cocinar y nunca jamás planchaba; aquellas eran solo un par de las muchas tareas que yo tenía en el hogar. Me preguntaba qué significaba para ella cocinar o planchar. Solíamos escuchar a Los Beatles en la radio durante el desayuno, pero papá se había llevado el reproductor cuando se había ido de casa, dejándonos sin la música. Ninguna de las dos propuso comprar uno nuevo, simplemente nos adaptamos a aquel cambio. Creo que no nos habíamos dado cuenta de cuánta falta nos había hecho el aparato aquel hasta que llegó Héctor con el nuevo y el sonido de la música comenzó a acompañar al viejo y solitario ruido de las cucharitas chocando con la porcelana de las tazas o la pata de alguna silla chillando contra el suelo.

La cena siempre fue mi comida preferida para compartir con Héctor, desde la primera que tuvimos. Antes de conocerlo solo había valorado al desayuno porque durante los cinco minutos que duraba, yo mantenía en mi corazón la ilusión de un nuevo comienzo. La ficción se desvanecía pronto, cuando iba reconstruyendo mis memorias, mis coordenadas, el último estado de ánimo de que había disfrutado mi consciente, lo que debía hacer esa mañana. Como un olor repugnante me invadía la sensación de que ya no existían los comienzos, de que lo que fuera a suceder aquel día iba a estar inevitablemente ligado a lo que había sucedido el día anterior y a lo que el día anterior a aquel y a lo que el día anterior a ese y así hasta el primer día de nuestras vidas, sino antes. De todas maneras, yo valoraba mucho a los desayunos gracias a aquellos breves cinco minutos.

No fue nada difícil cambiar de preferencia, con Héctor en casa ya nada podía compararse con las cenas. El hombre era un caballero y poseía modales para la mesa como no habíamos visto antes. Jamás comenzaba sin antes haber estirado con sus delgados, largos y elegantes dedos la servilleta blanca sobre su regazo, llevaba los alimentos a su boca, masticaba y tragaba con una meticulosa lentitud que lo hacía parecer tan majestuoso como un trono rojo incrustado con finos diamantes y piedras preciosas. Se sentaba con la espalda derecha y llevaba siempre los cabellos hacia atrás. Durante aquella época yo procuraba tomar nota mental de cada gesto de Héctor para luego repasar mis apuntes antes de entrar en el mundo de los sueños, acostada en mi cama. Repasaba por necesidad de aprender aquellos modales, de tener acceso a aquel mundo de emoción en la sutileza; entonces al día siguiente repetía los modales aprendidos la noche anterior. La enseñanza no terminaría nunca, cada día encontraba algún nuevo detalle fríamente calculado en el comportamiento de Héctor y proseguía a incorporarlo. Estaba bien que así fuera, aquellas sonn cosas importantes que solo la experiencia o la práctica metódica pueden brindarle a una persona.

Cenábamos y en la mesa se trataban temas interesantes, Héctor hablaba la mayoría del tiempo. Y nosotras estábamos a gusto con que así fuera, sospecho que para mamá el escucharlo hablar era casi tan fascinante como para mí. Una noche nos contó la historia de su hijo.

14 de junio de 2011

x

Héctor comenzó a venir cada vez más temprano y a irse cada vez más tarde. Yo esperaba su visita con ansias, sobre todo porque durante la espera no podía parar de ir al baño a mirarme cómo estaba vestida, cómo estaba peinada, qué olor tenía mi aliento. Una y otra vez realizaba la misma rutina, con el corazón lleno del vértigo de saber que en cualquier momento sonaría el timbre y sería él. Siempre abría la puerta yo. A mamá no le gustaba abrir la puerta: -Los vecinos siempre esperan el momento para echar una mirada a la casa, decía. Yo creo que lo que los vecinos miraban en realidad cuando mamá abría la puerta era la pinta de mamá. Llevaba siempre el pelo revuelto, la piel pálida, las pantuflas viejas casi sin suela y la misma bata cuadrillé que usa desde el día en que nací. En la escuela primaria hicimos una vez un álbum fotográfico de nuestras vidas; en el álbum iba una foto de cada año de la vida de cada niño con su familia. En la mitad de las fotos de mi álbum faltaba papá, pero en todas mi madre llevaba su bata.
De todas maneras; yo abría la puerta a Héctor. Siempre deseaba con mucha fuerza que mamá durmiera todavía un rato más así podía quedarme un rato a solas con Héctor. Entonces hablaríamos del día y los pajaritos que cantan en la ventana. La mayoría de las veces mamá se encontraba despierta, curando sus males con estricto reposo en su habitación. Héctor la consentía en todo; le traía ramos de flores que él mismo se encargaba de poner en el florero con agua y unas gotitas de lavandina, iba con ella a hacer las compras y llevaba el coche para que no tuvieran que cargar las bolsas a la vuelta e incluso la acompaniaba mirando la novela. Puede decirse que aquel hombre fue lo único realmente bueno que le sucedió a mi madre en su vida entera. Y ella en algún punto lo sabía; hasta había comenzado a usar menos aquella bata escalofriante. Ahora se la podía encontrar apropiadamente vestida incluso en los días de entrecasa.
La primera rutina construida con Héctor en nuestro hogar consistió en que él visitaba los lunes y viernes nuestra casa y mamá se quedaba los miércoles en casa de él. Pasados un par de meses comenzó a venir también los martes, y más adelante hasta los domingos. Un día trajo un equipo de música y un montón de compacts. Había de música clásica, de ópera, y hasta alguno de los Beatles. Mama y yo éramos amantes de Los Beatles; ella solía decir: -Mi reino por poder cocinarle una cena a Paul o plancharle las camisas a John. A mí aquello me despertaba curiosidad porque mamá no sabía cocinar y nunca jamás planchaba; aquellas eran solo un par de las muchas tareas que yo tenía en el hogar. Me preguntaba qué significaba para ella cocinar o planchar. Solíamos escuchar a Los Beatles en la radio durante el desayuno, pero papá se había llevado el reproductor cuando se había ido de casa, dejándonos sin la música. Ninguna de las dos propuso comprar uno nuevo, simplemente nos adaptamos a aquel cambio.

13 de junio de 2011

ix

Héctor llenó la casa de una alegría que nunca habíamos conocido. Comenzó a venir regularmente durante las mañanas; conversábamos durante el desayuno –principalmente sobre asuntos de su trabajo- y hasta a veces jugábamos los tres a la canasta. Digo a veces porque realmente lo hacíamos solo cuando Héctor tenía tiempo, aunque mamá y yo siempre estábamos dispuestas y hasta un poco ansiosas por jugar. Esos días en que Héctor sí tenía tiempo nos quedábamos durante horas los tres sentados. Héctor, que era muy caballero, nos dejaba las dos sillas con respaldo a mamá y a mí, y él se sentaba en la banqueta que traíamos del lavadero y que normalmente utilizábamos para apoyar la ropa planchada. La mayor parte de aquel tiempo la pasábamos callados, intercambiando solo los gestos que el desarrollo del juego nos exigía: alguno repartía las cartas, cada uno tomaba su montoncito de la mesa y lo extendía cuidadosamente frente a sus ojos, con celo de que nadie atestiguara qué cartas le habían tocado. Entonces comenzábamos a funcionar como un engranaje silencioso y preciso: un brazo recoge una carta el montón del centro de la mesa, el otro arroja una carta al montón, el siguiente recoge y arroja. Y así durante horas, interminables horas llenas de esa perfecta sincronía. Yo me daba cuenta porque, si bien me resistía a mirar al reloj de pared porque quería sentir que el tiempo no corría y que aquello duraría para siempre, al comienzo de la primera partida, la raya de luz solar que se colaba por entre la persiana cerrada del comedor se encontraba casi pegada a la ventana y hacia la última partida la raya ya había trepado por casi toda la pared paralela a la ventana. Era Héctor quien ganaba el juego con más frecuencia y la peor jugadora era mamá. Cuando terminábamos, yo ofrecía un cafecito porque lo veía a él bastante cansado y no quería que se fuera. La mayoría de las veces lo rechazaba, pero de vez en cuando me lo aceptaba. Yo creo que esas veces eran justo las veces en que yo usaba mi cara especial para ofrecerle el café. No sé por qué justo esas veces elegía hacer la cara, no era algo que yo ya tuviera meditado. La mayor parte de las veces no salía, aparecía mi cara normal, la que no decía, no rogaba entre sus gestos. Pero cuando aparecía la cara, entonces sí que no se la podía detener: en medio de la frase yo ya sentía a mis facciones acomodarse independientes de mi voluntad, haciendo aquel gesto de mirarlo fijo a los ojos arqueando las cejas sobre mi frente y sonreír elevando demasiado mi labio superior: entonces sí que aquello era un ruego. Y él obedecía y se quedaba, tomábamos café los tres mientras la tarde daba sus últimos respiros.

12 de junio de 2011

IIX


Durante un largo periodo de tiempo, mamá y yo casi no intercambiamos palabras; ella tan solo se dirigía a mí para darme algunas órdenes respecto a la casa y yo me dirigía a ella para pedirle dinero para las compras del almacén. Todo cambió de manera repentina cuando apareció Héctor en nuestras vidas. Mamá lo había conocido un domingo  volviendo del super en una escena clásica: a ella se le rompe una bolsa de compras, ruedan por la calle un montón de zapallitos, tomates y cebollas, tintinean contra el piso unas cuantas pequeñas monedas, el plástico se quiebra y frunce con ese sonido rasposo, la mirada se sorprende, el cuerpo da un paso atrás. Se agacha a juntar las monedas y se encuentra cara a cara con él, dispuesto a ayudarla. Mirada, mirada, el tiempo se detiene. Sonrisa, mirada. Levantan las monedas, se incorporan, se estiran la ropa. Alguien dice la primera palabra. El tiempo vuelve a correr.
Aquel día fueron a tomar un café y a partir de entonces comenzaron a verse con regularidad fuera de casa. Yo me sentí en las nubes durante un año: toda aquella casa todo aquel tiempo solo para mí.  Mis momentos preferidos sucedían cuando mamá pasaba la noche en casa de Héctor. Entonces podía sentarme en la cocina a tomar un té caliente, sobrando lentamente, sosteniendo la taza con ambas manos, acercando el líquido caliente hacia mi cara, sintiendo cómo el vapor abría lentamente los poros de mi nariz. Entonces había un silencio arrullador como las olas del mar y yo podía simplemente estar en el espacio, meditando y juntando fuerzas para lo que haría a continuación.  Terminado aquel proceso, me levantaba, me calzaba los pies con las pantuflas de mamá y salía por la puerta trasera. Atravesaba el pasillo de la parra seca, abría la puerta que relinchaba y ahora ofrecía todavía más resistencia, y entraba a la casa. En la cocina, me acercaba al mueble esquinero y hurgaba entre las latas de galletitas para encontrar una llave. Un rato después, me acomodaba horizontalmente sobre la cama de mi abuela; a mi lado yacía la vieja escopeta de mi abuelo. Esos eran mis momentos preferidos, y hoy pienso que incluso fueron los mejores momentos de mi vida entera. Luego devolvía todo a su lugar, escondía la llave y volvía a casa. Durante el resto del día miraba la novela y me ponía al día con la costura.
Así fue cada tanto, hasta que una mañana, sin previo aviso, mamá llegó a casa con un invitado. Era tan alto que para poder siquiera mirar a los ojos a sus interlocutores, debía agacharse; por esta cualidad física ya se le había hecho costumbre pasar por jorobado, cuando en realidad no lo era. Tenía una voz grave y profunda, como un eco, y llevaba un bigote como yo solo había visto en las películas.  

VII

La abuela murió pasadas las seis primeras horas del siete de junio de aquel mismo año. Unas horas antes nos había contado a mamá y a mí un par de historias que no había querido llevarse con ella al espacio cerrado, restringido y oscuro de la tumba. Que ella siempre había pensado que el abuelo era homosexual, que había vivido su vida entera con miedo a perder su fortuna y con ella sus lujos –era impresionante creer que ella pudiera no darse cuenta de que todo aquello estaba en ruinas y que sus alhajeros se habían ido vaciando a lo largo de los años a cambio de algún dinero luego destinado a las necesidades de la casa-, que en realidad nunca había ido a natación y que había inventado aquello de que se había roto un caño en la pileta que había helado el agua al punto de hacer imposible la práctica del nado.  Creo que deshacerse de tanta compañía fue lo que le permitió finalmente morir.
Entonces quedamos mama y yo. Como yo siempre tuve la cara muy parecida a la de mi familia paterna, más específicamente a la de mi padre, y mamá por ese entonces detestaba a papá y lo culpaba por todo lo que había alguna vez salido mal en su vida, a mí me daba vergüenza mostrarle el rostro e intentaba aparecérmele de frente lo menos posible. Vivir sola con mama me aterraba porque ahora no había nadie más que la distrajera y yo siempre había sido mala compartiendo con las personas.  

10 de junio de 2011

cap VI

Aquellas cosas terminaban siempre en nuestras manos porque la abuela no se encontraba en condiciones de comer cualquier cosa o de fumar cualquier cosa. Creo que era una de las razones secretas por las cuales no enviábamos a la vieja a un asilo: todos aquellos lujos gratuitos que terminaban en nuestras manos como por obra del Señor.
Por supuesto que era mamá quien decidía quién se quedaría con qué. Justo unos días antes de que llegara un gran envío, había sido abandonada por mi padre, que se había ido con una mujer con un espíritu mucho más ligero que el de ella; entonces yo no protestaba y dejaba que en la repartija me tocara siempre alguna porquería que más que un regalo parecía una desgracia. La caja vacía de los habanos luego de que mamá se los terminara; la podría usar de alhajero o de alcancía. O la bolsa donde venía la botella de whiskey escocés; la podría utilizar como bolsa para ir al súper. Siempre me carcomía por dentro la ansiedad de que terminara de dar opciones estúpidas para el uso de productos absolutamente desechables, sentía que no podía escuchar una palabra más, que la rabia me estallaría la voluntad por dentro y me obligaría a lo peor.
Con el tiempo, cuando sus aventuras telefónicas ya habían sido descubiertas, cuando su historia ya había salidos en noticieras de cuatro o cinco países y hasta ya había tenido algunos admiradores que intentaron imitar sus andanzas con mucho menos éxito, mi abuela enloqueció. Un día nos dijo que a partir de entonces solo hablaría con la diputada nacional Margarita Stlovizer, se encerró en su casa y no volvió a hablar con nadie. Con mamá no sabíamos qué hacer porque aunque papá se había ido y ya nadie se encontraba relacionada directamente con aquella anciana, temíamos que algún vecino nos acusara finalmente con la policía y tuviéramos que hacernos cargo de un caso de homicidio. Hasta entonces siempre nos había cortado el teléfono al escuchar nuestra voz, pero ese día mamá tuvo un brillante plan:
-Hola señora, aquí le habla Margarita Stolvizer. ¿Cómo se encuentra usted?
Entonces la abuela le contó una historia tristísima de desamor y soledad y Margarita le rogó que tomara el antidepresivo, guardara el arma y se fuera a dormir.

7 de junio de 2011

el sonido del llanto. cap V

Ahogada hasta el cogote en aquella soledad, había decidido un día, a mis veinte años, inventar un lenguaje secreto entre los objetos y yo. Se trató de un proceso difícil, sobre todo en sus comienzos. Tuve que seleccionar y catalogar a los objetos que participarían del lenguaje secreto, para luego estudiar minuciosamente sus posibilidades de comunicación. Por ejemplo: el espejo del botiquín del baño podía estar limpio o sucio, abierto o cerrado, reflejando mi rostro o la misma pared de siempre, y esa era su manera de comunicarme distintas cosas. Quizás historias de los rostros que le había tocado reflejar aquel día, o sobre el polvo que había entrado por la ventanilla del baño dándole tos y opacando su misteriosa transparencia. De la misma manera me hablaban las ventanas que daban a la calle acerca de la gente que paseaba por la vereda, las cosas que decían, los zapatos que llevaban las mujeres en los días de lluvia.
Pronto me aburrí de las limitadas posibilidades lingüísticas que poseían aquellos habitantes de la casa; fue entonces que me di cuenta de que la infancia había terminado y con ella las posibilidades de habitar  un mundo aparte del que me había tocado. Fue triste y me mantuve triste durante un largo tiempo. Luego comencé a utilizar aquellas ventanas para observar qué sucedía allí afuera. Pronto me aburrí porque me di cuenta de que sobre la fisonomía humana descansa una gran verdad del universo. Nadie se acerca a los feos porque creen que la fealdad externa es un castigo por la fealdad interna. Los lindos, por ser lindos, no invierten tiempo en alimentar su vida interna. La única conclusión posible fue que el mundo de los humanos es una porquería y que mejor estaba en casa con mamá y la abuela, aunque frecuentemente fueran un poco más de lo que uno podía tomar.
Con el tiempo me fui cansando de la abuela, que nunca me agradecía los cuidados. En un principio le ganó el orgullo y quiso hacerse autosuficiente. Pero al poco tiempo comenzó a hacer llamadas telefónicas de su casa a la mía, pidiendo asistencia. Las primeras veces lograba darme pena, entonces hacía caso a su pedido y recorría el camino de mi casa a la suya, atravesando aquel pasillo de la parra muerta. Sus pedidos de ayuda consistían principalmente en que le cambiara el canal del televisor porque no encontraba el control remoto entre las sábanas de su cama o que por favor le trajera papel higiénico del baño para sonarse la nariz porque alguna película romántica la había hecho llorar. Otras veces desvariaba y me pedía que le alcanzara a la cama las viejas armas del abuelo; yo algunas veces lo hacía y otras no. Cuando lo hacía, mi abuela se recostaba completamente horizontal sobre el colchón y yacía abrazada a una larga escopeta que era su preferida. Yo me quedaba por horas allí, sentada sobre la alfombra en una esquina. Menos por curiosidad que por miedo a que algo sucediera con aquella escopeta en mi ausencia. Antes de irme, tomaba las armas y las guardaba en su cajón correspondiente cerrado con una llave que me encargaba siempre de esconder en la cocina, entre las latas de galletitas.
Luego me cansé de ella y dejé de ir. Ella, sin embargo, siguió haciendo llamadas a casa durante un largo tiempo, nadie la atendía. Fue entonces que se volvió más ingeniosa. Misteriosamente consiguió los números de los vecinos de la manzana y comenzó a llamarlos a ellos, diciendo que se había lastimado y que sus familiares –que vivían en la misma casa que ella- no le brindaban ayuda. Los vecinos comenzaron a golpear la puerta de casa con cara de poco amigos, con mirada acusadora, instándonos a que cuidáramos de la anciana o nos denunciarían. Mamá y yo ya no sabíamos de qué disfrazarnos en el barrio. Hasta que un día mi abuela vio una película sobre dos viejos que se conocían en un café y se enamoraban;  comenzó a salir de la casa vestida en sus mejores ropas, llevando las más finas joyas que le había regalado mi abuelo y los labios delineados y coloreados. Se sentaba así durante horas en el bar más concurrido del barrio, donde la veían vivita y coleando los vecinos que comenzaban a creer en nuestro argumento de que la abuela no necesitaba ningún tipo de asistencia y sí muchísima atención.
Cuando los vecinos dejaron de recurrir ante sus llamadas, comenzó a discar números al azar. No se preocupaba ni siquiera por que los números tuvieran 7 dígitos; hacía llamadas a larga distancia y hablaba por horas con extranjeros, explicándoles su lastimosa situación y pidiéndoles que tomaran nota de los últimos deseos de una vieja sola y moribunda. Total, la cuenta de teléfono la pagábamos nosotras. Así fue que comenzaron a llegar a casa habanos de Cuba, patas de jamón desde España, perlas del Japón. Fue un verdadero despliegue del mágico poder de mi abuela.

el sonido del llanto. cap. IV

Pero, como todo, la etapa de la escuela secundaria habría de pasar sin pena ni gloria. Claro que, también como todo, había dejado sus marcas en mí; aquel ambiente hostil terminó de dar forma a mi afán de pasar desapercibida. Si me había hecho algún amigo o intentando compartir alguna inquietud o interés con algún profesor, fue a los comienzos, cuando aún conservaba algo de aquella intención de aplacar mi naturaleza misántropa. Se multiplicaron los años y el malestar, el desacomodamiento; finalmente la obra se vio terminada: la vida, como un artista, había dado perfecta forma a mi desaliento social. A los quince años realicé mi último intento por entablar una amistad, luego desistí.
La entrada a la adultez tuvo la facilidad del abandono; sin expectativas sociales, me sumí en un mundo regido y habitado solamente por mí y por aquellos seres a los que mi vida se encontraba inevitablemente ligada: mis padres y mi abuela paterna. El resto de mi familia era inexistente o se encontraba ya del otro lado. Claro que con lo que éramos ya tenía suficiente.
Para ser justa, debo decir que mi abuela valía por tres familiares: podríamos decir un enfermo terminal, un desequilibrado mental y un niño berrinchoso. Con los años fue corriendo su límite hasta que fue imposible adivinar hasta donde llegaría. Ella vivía en una casa detrás de la nuestra, sobre el mismo terreno; todo aquello había pertenecido a su familia durante años. Mis abuelos había vivido una juventud aristocrática durante el esplendor de aquella vivienda: allí recibían a las visitas más ilustres con las cuales conectaban gracias al puesto de alto rango en la policía federal que ocupaba entonces mi abuelo. Cuando mis padres se casaron, mi abuelo ya estaba enfermo, entonces decidieron prestarles la casa grande y mudarse ellos a la casa del fondo bajo la condición de que mis padres –y la descendencia que tuvieran- se encargaran de los cuidados médicos de los entonces no tan ancianos. Siempre supuse que mis padres aceptaron aquel trato con la esperanza de tener muchos hijos a quienes relegar aquella tarea y de que los viejos murieran relativamente pronto. Ninguna de aquellas cosas sucedió. Mi abuelo murió pronto, sí, pero mi abuela viviría todos los años que le quedaban más los que había vivido mi abuelo.
Los cuidados de mi abuela habían sido divididos entre mi madre y yo. Cuando sucedió aquel asunto de mi padre, mamá decidió abandonar a la vieja a su suerte en la casa de atrás. Durante varios años yo me encargué de ella, adentrándome todos los días en su mundo del fondo, al que se accedía por un pasillo oscuro, cubierto con una parra seca hace años. Abría entonces la puerta oxidada e inútil y con calculada destreza atravesaba la cocina evitando respirar el olor a tristeza que reinaba aquel ambiente y que sin embargo golpeaba mi piel y se adentraba por mis poros. Subía la escalera cubierta de una alfombra vieja y desgastada de algún color incierto y encontraba a mi abuela en su habitación. Siempre la encontraba igual: acostada, con la espalda apoyada sobre el respaldo de la cama, un cenicero en el regazo y un cigarrillo en la mano. Aunque estuviera adentro, llevaba siempre sus anillos, sus aros de perlas y su maquillaje. El televisor se encontraba indefectiblemente prendido y pasando algún programa de chimentos. Yo conservo la duda acerca de cuanta atención podía presarle mi abuela a aquello. Quizás, mientras sus ojos vacios se dirigían hacia aquel cuadrado luminoso, los ojos de su alma se dirigían hacia tiempos remotos. Su infancia en Banfield, quizás, o su noviazgo con José, anterior al que había tenido con mi abuelo.
La habitación daba la impresión de ser un cofre tamaño gigante. Todo estaba recubierto: la alfombra, las paredes forradas con papeles pesados y telas, el enorme cubrecamas manchado por los años, los manteles sobre las mesas de luz y la mesa del televisor.
Por dentro la casa tenía un aspecto amarillo; todo tomaba ese tinte: los envases, la heladera, la pantalla del televisor, las esquinas. El amarillo era la presencia del paso del tiempo, del desdén. El amarillo era la vejez.

4 de junio de 2011

el sonido del llanto. cap. III

Recordaba, por lo general, escenas de la infancia. Me viene a la memoria, ahora, el día en que hacía un frío especial, un frío que había conservado a todos dentro de sus casas y me había dejado a mí visitando el parque sola, como en una escenografía; aquel día me había sentado a pensar sobre las cosas que uno cree, en las verdades que edifican nuestras vidas. Entendí una distinción básica entre la niñez y la adultez que implica la diferencia entre edificar nuestras vidas a partir de lo que nos dicen que tenemos que creer y luego a partir de aquello que creemos que creemos libremente. Todo esto vino a cuento de aquella mentira de la infancia que había llegado preñada de consecuencias. Un mediodía, durante un almuerzo familiar que había incluido a tíos y primos, mi hermano comenzó a increpar a los adultos sobre la cultura de los gauchos, el mate y el campo. Estaba en tercer grado y en su escuela comenzaban a enseñarle la bendita versión oficial del nacimiento de la patria argentina. Fue entonces cuando mi padre mencionó al valiente gaucho Martín Fierro y nos contó acerca de un famoso libro que había escrito sobre él nuestro abuelo con un nombre falso. Nos explicaron que aquello del nombre falso era en realidad un “seudónimo” y que muchos artistas –como mi abuelo- los usaban por miedo a volverse famosos y no poder escapar a los periodistas. Mi hermano y yo decidimos entonces ponernos nuestros propios seudónimos: yo sería Ana de papel y él Luciano el Tercero. Ahora, echada luz sobre aquella mentira, pienso que a lo mejor tendríamos que habernos llamado Virginia Lobo y Jaime Yois.
Entrar a la adultez consistió, para nosotros, en un duro proceso de demolición de aquellas verdades impuestas. Mi abuelo no había sido el autor del "Martín Fierro", nunca había caído un meteorito en el jardín de nuestra casa y el vagabundo que paseaba por el barrio mascullando groserías no era el viejo de la bolsa. Lo más difícil ha sido tener que comprender que para llegar a Mar de Ajo desde la capital de Buenos Aires no hace falta tomar un barco. Cuando yo tenía seis años, mis padres nos llevaron de vacaciones a Punta del Este. Como yo me encontraba becada en la escuela privada, era importante que nadie supiera que mi familia podía acceder a vacaciones tan caras, entonces decidieron hacernos creer que nos encontrábamos en Mar de Ajo, en la costa argentina, y no en Uruguay. Aun al día de hoy no comprendo cómo fue que nunca recordaron aclarar esta buscada confusión, ahorrándome la terrible humillación de que fui víctima al entrar en la escuela secundaria y confundir los mares, los ríos y las ciudades.

1 de junio de 2011

el sonido del llanto. cap. ii

Yo siempre supe de la importancia secreta de ciertas cosas, nació primero en mí como una intuición, pero con el tiempo comencé a darme cuenta de que poseía un arte infalible.
Cuando lograba salir de casa, cuando cada pequeño antojo de mamá había sido satisfecho y realizado al máximo nivel de perfección posible –siempre me preguntaba cómo podía considerarse que la perfección fuera sensible a gradaciones-, en esos momentos, la vida se me aparecía como un milagro.
Claro que nunca le decía a mi madre que saldría de paseo. Ella lo sabía, de todas maneras. Era un pacto implícito en el que ambas sabíamos lo que estaba sucediendo, pero preferíamos –por vagancia o por celos- dejarlo dicho entre líneas. “Voy a la lavandería y luego a comprar harina al almacén” decía yo, o “voy a llevar estos zapatos a lustrar y luego pasaré por la iglesia a saludar a Juanita” -Juanita era una amiga que yo había inventado para contarle historias a mamá sobre los chismes del barrio; todo siempre me lo había trasmitido Juanita, que porque era monja siempre se enteraba de los pecados de los devotos y como era joven aun sentía la cosquillita del chisme que luego perdería con los años y la repetición de los mismos pecados una y otra vez- “bueno, no tardes” decía ella, “a las siete empieza la novela y necesito que me ubiques la antena”.
Yo salía entonces con el corazón lleno de triunfo y caminando a paso veloz para pasar el menor tiempo posible en el camino al parque y el mayor tiempo posible en el parque.
Una vez allí, me sentaba en el banco de siempre y me disponía a cerrar los ojos y respirar el aroma frio y cristalino de aquel aire de invierno, a escuchar con atención las conversaciones de la gente que pasaba por delante del banco, o de la que se detenía cerca o de la que se sentaba lejos pero hablaba lo suficientemente fuerte. Las veces que no llegaba a escuchar, inventaba diálogos posibles. Quizás diálogos entre mamá y yo o entre yo y algún muchacho. Con el tiempo comprendí que había algo más importante que el oído para comprender una conversación ajena y fue entonces que me di cuenta: la clave estaba en observar los ojos de los que hablan. La mirada tiene una importancia secreta que nadie quiere terminar de comprender porque a todos nos gusta un poco que nos mientan. La mirada viene a terminar con esa posibilidad, a aniquilarla de un solo golpe.
Y entonces en esos días que eran como milagros, yo comencé a sentarme en aquel banco a observar las miradas de las personas que charlaban, cómo ponían los ojos al decir las cosas y al escucharlas. Me sentaba y observaba aquella danza secreta entre las miradas de un hombre y una mujer que repentinamente miraba a un niño que yacía en los brazos de una mujer que lo miraba de cerca, mientras el niño intentaba seguir, fascinado, con sus ojos vírgenes el caer de las hojas rojas, amarillas y naranjas que volaban, columpiándose lentamente, desde lo alto de un viejo y generoso árbol.
Es curioso que entonces pensara en mamá.

19 de mayo de 2011

el sonido del llanto

Cuando uno piensa en el sonido del llanto, piensa en algo así como un susurro seguido de algunas aspiraciones. Escuchar a alguien llorar es como escuchar al viento que se cuela por los accesos involuntarios de una casa: el espacio entre la puerta y el piso, entre una y otra hoja de la ventana. Pero nada de eso había en el llanto de mi madre, no señor, aquel llanto no era amigo de las sutilezas del dolor ni de los límites de la paciencia ajena.
Lo primero que escuche hoy por la mañana fue mi nombre en boca de mi madre. Lo gritaba, lo reclamaba. Si tan solo hubiese podido ignorarla, pero no: los nombres propios tienen esa cualidad: si mi madre hubiera gritado “cuadro” o “pava” o mismo “heladera”, nada hubiera sucedido, ninguno de los objetos se hubiera dado por aludido, nuestra heladera podría haber pensado que ella se dirigía a la heladera del vecino y la cadena de desentendidos podría haber sido infinita. Pero yo era yo, y ella articulaba mi nombre: no había lugar para equívocos.
Me levanté y perseguí el sonido por la casa. La encontré en el baño, sentada sobre el inodoro, con la cabeza entre las piernas. Se incorporó, pero no lo suficiente como para que su cabellera dejara de cubrirle la cara. Me habló, entre todos aquellos pelos: dijo que no se sentía bien, que ¡ayyy! Se le partía la cabeza, ¡ayyy!, no se había sentido tan mal desde el día en que me había traido el mundo, ¡ayyy! Cómo había sufrido aquel día y qué suerte que había decido ponerse el diu ¡Ayyyyy!
¡Cuánto de contagioso hay en el dolor!
Me pidió que fuera a comprarle algo dulce, era eso lo que le sucedía, necesitaba algo dulce. Familiarizada con estos ejercicios de autodiagnóstico de mi madre, decidí simplemente hacer caso para desentenderme del asunto lo más pronto posible.
“Hola chica”, me saludó como de costumbre el chino del súper. Me miró atento con sus ojos de alcancía mientras elegía de entre ese mundo multicolor y multiforme un montón de las más diversas golosinas. Ya conocía a mi madre y bien sabía que era capaz de mandarme de vuelta porque no se le antojaba en ese momento chocolate negro o porque el que había comprado no llevaba la necesaria cantidad de leche. Pagué con monedas e inmediatamente pensé en cómo sería que los ojos del chino fueran de verdad rendijas de una alcancía y que él estuviera lleno por dentro de las monedas de sus clientes.
En casa encontré a mamá en la misma posición, solo que sentada sobre la mesada de la cocina. Fui hacia el baño, recogí los pedazos de papel higiénico que flotaban por ahí y que ella había destrozado víctima de los delirios del dolor, apagué la luz, cerré la puerta.
Los chocolates parecieron calmarla. Tras haber saboreado el último pedazo, bajó de la mesada y se dirigió hacia el sillón del living donde se acostó prolijamente, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos cerrados, como un muerto. Yo me quedé en la cocina, levantando los envoltorios de golosinas desparramados por el piso. También recogí el repasador azul que mamá había utilizado, a falta de algo mejor, para soplarse la nariz. Dude entre tirarlo en el cesto de basura o en el de la ropa sucia. Decidí ponerlo a lavar, si mamá se diera cuenta de que había arrojado un trapo todavía útil, montaría en cólera y yo ya no quería más conflictos.
Apagué la luz y salí de la cocina. Intenté atravesar el living silenciosamente, para no molestar al muerto o agudizar sus dolores. Estaba por llegar a destino cuando la escuche mascullar algo inentendible. Mama era una ferviente creyente en la economía verbal y se irritaba cuando uno le pedía que repitiera lo que ya había dicho una vez. No pregunté nada, me acerqué al sillón y descubrí sus pies desnudos; me acomodé sobre la punta del almohadón, sostuve su pie izquierdo entre mis manos y comencé a masajearlo. Estaba frio y yo pensaba en empanadas y en que si bien las empanadas eran un buen almuerzo también constituían un perfecto desayuno. Diez minutos después hice lo mismo con su pie derecho y diez minutos más tarde apoyé ambos pies calentitos sobre el almohadón, me frote las manos sudadas y me levanté del sillón.
Entonces mamá pidió que prendiera la música. Esta vez no utilizó mi nombre, lo pidió al aire, como si este le debiera algo de sus fuerzas mágicas, como si aquel elemento del universo quisiera sufrir al unísono conmigo la tortura de aquella sucesión de mantras tibetanos que mi madre reclamaba como una cotorra día y noche y que parecía absorber poco a poco su paciencia y bondad en vez de devolvérsela. Me hice cargo del pedido y encendí la música, pensando en que madre hay una sola.
Apagué la luz del living, y desde la entrada me tomé un minuto para observar aquel cuadro. Mi madre, como un muerto, reposando sobre el sillón, como un muerto, con los brazos cruzados sobre su pecho y los pies calientes que yo había manoseado durante largo rato hace unos minutos. Los mantras tibetanos que resonaban por la casa ahora oscura, atardecida. La boca de mi madre que intentaba repetir el canto pero parecía nunca coincidir con la voz de aquel monje o quien fuera que recitaba. El aire se llenó de tristeza, pero no de esa tristeza melancólica que fortalece a los mejores corazones, sino de tristeza rancia, rancia e ineludible.
Delicadamente camine hacia la cocina. Encendí el gas de una hornalla y lo deje llenar el aire durante unos segundos. Luego unos segundos más. Tenía la caja de fósforos en una mano, pero no tenía la voluntad de encender aquel fuego. La otra mano sostenía abierta la perilla de la hornalla. El olor a gas me despertó como una cachetada. Inmediatamente encendí un fósforo, prendí aquel fuego y puse agua a calentar. Elegí una taza color naranja del estante y desenvolví un saquito de té. Mama guardaba sus pastillas para dormir en la heladera. Decidí tomarme una para poder retomar el sueño que tan violentamente había sido interrumpido. Saqué una del pastillero y antes de que me hubiera dado cuenta, la había hundido en el agua hirviendo. Automáticamente, como poseída, saqué otra y otra y hundí en el agua una y otra y así unas quince o dieciséis veces.
Me acerque a la puerta del living: “Mami, ¿querés un te?”, dije y fue como hablarle a un muerto.