Querida Pessoa:
Me levanté ayer mejor y con destinos: Póvoa de Varzim y Vila do Conde, dos pueblos al norte de Oporto. Salí tranquila porque se llega en metro y no es difícil. Primero voy a Viena, que es más lejos. No hay mucho que contar, salvo el mar. Lo encontre pronto y no pude evitar qedarme en la playa un rato largo. Había sol y la playa vacía era un espectáculo. El mar parece perder y ganar en el invierno. Pierde, quizás, la diversión; gana, en cantidad, mistério y belleza.
Paso un tiempo largo hasta que junté pilas para seguir. Tenía apuntado ir a conocer un viejo barco hospital, no lo encontre. De vuelta a la estación, caminando por una calle comercial del barrio antiguo (son muy parecidos los de todos los pueblos: calles de adoquines chiquitos, veredas ínfimas, edifícios chatos y coloridos), escuché tango. Por unos parlantes que recorrían y muscalizaban toda la ciudad estaban pasando tango. Me detuve un minuto para no equivocarme, era cierto. También es cierto que encontre muchos cartels pegados por la calle com fotos de gente muerta. Los familiares anuncian el fallecimiento e invitan a todo el mundo al funeral.
Viena do Castelo vino después. Bajé del tren y encaré para el lado equivocado (o no). Tres casas y pronto el barro, la vieja gritano por la ventana, las ovejas, la montania al fondo y la cruz de la iglesia que se veía a lo lejos. Com tiempo llegué al lado correcto: la ciudad vacía. Parques impeables, com el pasto corto y las rsas en flor. Y yo. Una enorme muralla medieval que atraviesa la ciudad entera. Y yo. Recorri el pueblo, las calles, miré los decorados horribles en los negocios y después encontré un monumento a la mujer rendilheira (las mujeres hacen un bordado que es típico e esta zona de Portugal y muy bonito).
Me meti, finalmente, en un bar, muerta de hambre. Empece a pedir y pedir, sin darme cuenta: pan de ajo, sanguche de pollo, papas fritas. A los cinco minutos tenía la mesa tapada de comida. Me llevé las sobras.
Tuve que pedir instrucciones para volver al ren. Había caminado tanto y sin rumbo que ya no tenía idea de nada. Me llevé mis sobras y anduve lo que faltaba, todo por la costa del rio.
Llegué al hostal. Ya logré diferenciar a los 4 empleados: está la de rulos que parece un personaje de una serie yanqui, la linda y buena que trabaja de noche y sabe de lisboa, el bueno que me ayuda y se rie de mis chistes y el lindo con el que tenemos mala onda.
Está el bueno. Mañana me voy y todavía no probé el oporto; lo venden en el hostel. Soy la única huesped, qué más da. Le pido oporto al bueno. Me dice que estamos en happy hour, así que cada vaso me sale treinta centavos de euro, ¿cuántos quiero? Dame cinco.
Yo me había pensado que el oporto era un vino, X, pero no: es vino y aguardiente. Me enteré de la receta a la vez que recibía, por primera vez, sus virtudes. A la media hora me sentía más mariachi que nunca. Lamentablemente, la noche no estaba para andanzas y nos quedamos en el hostel con el bueno tomando oporto y muriéndonos de risa.
Esta noche dormí y no tuve miedo de los asesinos portugueses.
Mando besos que van y que vienen, desde este cielo que habla otro idioma pero abriga igual.
1 comentario:
Querida DAn, que cierto todo lo que decis, lo del oporto, pero sobretodo lo de el mar, tal vez cruce a nado estos doce mil kilometros durante la noche y me tengas por la mañana mojada y tiritante en la orilla de tu hostal para abrazarte.
tuya Pessoa
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